Chespirito y una oda a la risa

“La sonrisa es el lenguaje del alma”, dijo Pablo Neruda. Y de ese lenguaje entrañable y lleno de humanidad, fue el que Roberto Gómez Bolaños logró contagiar de risas y de diversión a la sociedad latinoamericana.

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Andrés Osorio Guillott
29 de noviembre de 2018 - 01:38 a. m.
Roberto Gómez Bolaños falleció el 28 de noviembre de 2014 a los 85 años. / Archivo
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A lo lejos del comedor donde estábamos desayunando o de la alcoba en la que estábamos organizando la maleta y los apuntes al llegar a casa, sonaba en el televisor una adaptación de Las marchas turcas de Beethoven, llamada El elefante que nunca olvida y que fue realizada por el francés Jean Jacques Perrey. Y en esas mañanas, o mejor en esos días, reíamos, o en realidad seguimos riendo. Y esa es la mayor de las virtudes, pues las repeticiones de los capítulos del Chavo del ocho, del Chapulín Colorado, de los Chifladitos, del Doctor Chapatín y de los Caquitos guardan su esencia y perduran en el tiempo. Esa mística de la risa imperecedera sigue siendo la huella indeleble de Roberto Gómez Bolaños, ese hombre que fue apodado por el director mexicano Agustín Delgado como un “shakespearito” por su brillantez en la escritura y su genialidad con el lenguaje.

Mientras muchos soñaban con habitar una nave espacial, otros soñábamos con visitar una vecindad. Un barril se convirtió en uno de los lugares predilectos. No fue Superman, ni Capitán América, ni Centella, ni Goku. No fue ningún relato de héroes y fantasías. Fue un Chapulín Colorado el héroe que más admirábamos, porque pese a su torpeza, fue siempre valiente. No sólo resolvía todos los misterios, también nos hacía reír con sus métodos.

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Grababan por horas. Y mientras grababan algunos andaban pendientes del América de México, del Monterrey o del Necaxa. Otros recordaban la época del cine dorado. Mientras jugaban a ser niños, a ser villanos o a ser los seres humanos más incomprendidos del mundo, en el mundo, o por lo menos en América Latina, muchos aclamaban risas que devolvieran la esperanza y aliviaran incertidumbres provenientes de amenazas de guerra o de gobiernos arbitrarios que pretendían borrar los fantasmas del comunismo o los horrores del fascismo.

Detrás de cámaras también bromeaban con Ramón Valdés. Detrás de cámaras también llegaron a discutir a Carlos Villagrán y también llegaron a aprender con Rubén Aguirre. Ya los errores no se solucionaban con una peinilla y una cachetada, y así mismo los temores no se traducían en una garrotera.

“Síganme los buenos”, decía el Chapulín. Y así Rubén Aguirre, Carlos Villagrán, Ramón Valdés, Florinda Meza, Edgar Vivar, María Antonieta de las Nieves, Angelines Fernández, entre otros, siguieron las ideas de Chespirito, un hombre que entendió que a través del humor y de la inocencia podía lograr criticar a una sociedad elitista, sexista y corrupta. Detrás de cada personaje hay un pecado o una crítica. Unos nos hacían reír pero nos hacían reflexionar sobre la desigualdad, el clasismo y la indiferencia.

Lograr que varios países entendieran el lenguaje mexicano fue todo un logro, pues eso refleja que la mirada de Roberto Gómez Bolaños era una mirada que pretendía a lo universal, pues las historias de cada personaje eran las historias de muchos seres humanos a lo largo y ancho del mundo. El contexto de la vecindad y de los callejones por los que se escabullía el Chapulín o el Chompiras era la realidad de muchos países latinoamericanos.

En sus ratos libres, Chespirito soñaba con ser Enrique Borja, ese jugador que por tantas veces imitó mientras le robaba la pelota a Quico y con la que muchas veces le pegó al Señor Barriga. Chespirito anhelaba verse Vestido de nueve, igual que el jugador mexicano que logró 101 goles en 191 partidos y tres títulos con el América de México. Sin embargo, lo que logró fue colgarse la 10 de la televisión en América Latina. La misma 10 del Maradona que alguna vez lo visitó y con el que alguna vez se abrasaron, juntando la genialidad y el arte, porque entre la creatividad de la pelota y el ingenio de las historias no hay mucha tela por cortar ni muchos caminos por recorrer.

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De Roberto Gómez Bolaños se sabe que estudió ingeniería, practicó boxeo, escribió guiones, dirigió obras de teatro, escribió libros y actuó en varias producciones. Todo pudo verse reflejado en Chespirito. Y en Chespirito nos vimos reflejados todos en nuestra infancia, adolescencia y adultez. El niño colombiano, el joven brasilero, el adulto argentino, todos, sin excepción, aprendimos de la nobleza del Chapulín y de la paciencia que nunca le tuvieron al Chavo. Varias generaciones estuvimos marcadas por cada travesura. Cada risa evitó que “pandiera el cúnico” y, de una entre tantas enseñanzas, nos quedamos con la importancia de saber que “la venganza nunca es buena, mata el alma y la envenena”.

Por Andrés Osorio Guillott

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