Narrativas contra la exclusión social

11 Jun 2021 - 8:27 p. m.

Crónicas de los jóvenes de Usme: “Condenado a soportarse”

El Espectador publica esta serie de relatos sobre una de las localidades de Bogotá más afectadas por la pobreza, pero llena de talento.

Juan Camilo Ahumada * / Especial para El Espectador

I

Lo vi entrar al salón de clase un lunes después de dos semanas de haber empezado el año escolar. Entró en silencio y sin mirar a nadie, buscó muy rápido una silla vacía, se sentó y listo ya era uno más sin que nadie lo presentara ni le hiciera decir nada en frente de los demás. Pasaron sola unas dos o tres horas antes de que las niñas se empezaran a acercar para preguntarle pendejadas. Que de qué colegio vienes, que cómo te llamas, que si me haces un hijo… Por ellas fue que yo terminé hablando con él, no porque me interesara hacerlo mi amigo. Yo ya estaba bastante grandecito para esas vainas de hacer amigos. Amigos para qué, qué necesidad tengo yo de eso. (Lea aquí más relatos de la vida en Usme).

Pues sin buscarlo nos fuimos acercando. Teníamos cosas en común, debió ser por eso. No puedo recordar bien cuáles eran esas cosas que nos hacían compartir tiempo, es más, casi no puedo recordar cómo era él en ese tiempo. Ojos grandes y negros, muy negros y metidos a la brava en su cara blanca como leche, pelo negro y peinado de medio lado. Ja, y ¿no será que esa descripción aplica para cualquier pelinegro de ojos negros y cara pálida? Sí. Pero no puedo inventar señas particulares. Ese es el recuerdo que tengo de Ángel cuando estábamos en décimo en el colegio. Recuerdo perezoso, lento, vago, vano.

En ese tiempo él vivía en el Sucre igual que yo. Como a unos cinco minutos de mi casa. No sé a cuantos de la suya porque no sé usted donde vive. Ángel no hacía nada más en la vida que ir al colegio, como yo, fumar en la esquina de su casa, como yo, y esperar a que pasara algo que le cambiara la vida, como yo. Ya van apareciendo las cosas que teníamos en común. Nos encontrábamos a las doce del mediodía y bajábamos en parche hasta la avenida por esa calle grande que comunica el paradero con Brazuelos. (Recomendamos: Más crónicas sobre la vida en Usme).

Por si usted no conoce el Sucre, permítame le cuento. Después de Monteblanco, la avenida a Usme sigue su curso natural, va buscando el sur; pero en el colegio Monteblanco, ahí frente a la estación de policía, la avenida se divide en dos: la que sigue normalmente y ya mencioné y la que se tuerce bruscamente al oriente y adelante se hace paralela a la de Usme, también busca el sur, pero entre la montaña. Siguiendo por esta última, la de la montaña, usted va a encontrar un barrio de casas repetidas, todas igualitas, prefabricadas; ese barrio se llama Serranías. Siga por la misma carretera y a la derecha en una curva va a ver un colegio muy bonito, muy nuevo, muy grande, y a la izquierda una calle empinada que termina donde termina la montaña. Siga usted por ahí al sur, por la misma que veníamos, hasta que encuentre una cancha de microfútbol a la izquierda. Cuando la encuentre siga al sur, ya casi llegamos, no se canse tan fácil, a usted se le hace lejos porque es la primera vez que viene por acá, pero cuando conozca el camino se va a dar cuenta que no es tan lejos como parece. Vea, ese que ve allá abajo es el río, y ese parque que hay después de la avenida se llama Cantarrana. Ah, pues esa es la avenida a Usme que dejamos allá atrás. Mire, este es el paradero de los buses Universal, ya llegamos. ¿Vio que no era tan lejos? Bueno, sigamos pues, si usted se para aquí en la mitad del paradero (hágalo con precaución) y mira por esta pendiente arriba hacia el oriente verá el primer sector de esto que yo llamo Sucre, pero que realmente cambia de nombre cada tres cuadras. Bueno ya está el primer sector, vamos para el segundo, es decir más pal sur. Mire, aquí después del paradero se divide la calle en otras dos, una que se va plana y serpenteando y otra que va para el mismo lado, pero se encarama un poco más en la montaña. Por la que sube es por donde vivía Ángel, por la que sigue normal es que vivía y vivo yo. Vea, esta cuadra que baja, que va al occidente, la que está a nuestra derecha para que me entienda, por esta es que bajábamos en parche Ángel y yo y los demás. Bajábamos por esta a buscar la avenida a Usme y allá esperábamos un bus que nos llevara a todos por tanto y llegábamos al colegio con el tiempo exacto de fumarnos un cigarro y entrar.

II

Las razones no hay que explicarlas porque tal vez no existan. Salimos a las seis y cuarto, íbamos a fumar como siempre, pero se atravesó la muerte. Pasó entre el humo de los cigarrillos de todos y nadie la vio pasar, se sentó en el callejón y nos esperó. Nosotros llegamos después a la misma calle, ni miramos a la señora de la hoz porque estábamos entretenidos en la pelea. Una pelea normal, como cualquier pelea de colegio, aunque esta tenía un ingrediente particular: el cuchillo.

Hay que ser precisos cuando se utiliza un cuchillo, un error puede costarle la vida al portador. Los cuchillos de acero inoxidable tienen una ventaja, no son escandalosos, hacen su trabajo en silencio. Ángel sacó de su maleta el arma y la mandó tres veces seguidas contra las costillas de Andrés. El silencioso cuchillo se encargó de lo demás, entró rompiendo tejidos uno por uno, pero rápidamente atravesó las costillas colándose por entre ellas. Al final, su objetivo; el pulmón, también lo atravesó y ya está. La sangre no salió. Hemorragia interna, sangre en el pulmón, dolor intenso, inconsciencia, final, muerte.

La señora se levantó, recogió a Andrés, lo llevó al hospital y luego se lo llevó con ella. Mientras la señora de la hoz se ocupaba de su hijo, Ángel y yo corríamos por la avenida bajando a la velocidad de la luz. Corrimos mucho hasta llegar al Sucre. Yo me vine para mi casa sin despedirme de él y él se fue para la suya, se bañó, alistó una maletica pequeña con ropa, jabón y cepillo de dientes. Hizo tinto y le sirvió a la mamá. Doña Martha se tomó el tinto en la sala sentada frente a él esperando que le dijera algo. ¿Qué pasó? ¿Qué le pasó? ¿Qué me le pasó? El tinto se acabó y Ángel seguía sin decir nada. Golpes en la puerta, Ángel se levanta, abraza a doña Martha, abre la puerta y se va esposado en silencio.

III

Cuando por fin pude entrar después de la foto, la fila de dos horas, de entregar los papeles, de la requisa y de los sellos en el brazo, recorrí varios pasillos. Crucé sin mirar a nadie, con la mirada nublada, turbia, indecisa, con los ojos perdidos, no vi nada, solo recuerdo la humedad que estaba a punto de tumbar una pared. Un color grisáceo con bordes en relieve blanco se apoderaba en silencio del muro. Escuché muchas voces, todas desconocidas, hablando en mi idioma, pero no en mi lengua. Algo en esas palabras me era ajeno, no había manera de dejarme tocar por esas frases aisladas. Todo el tiempo pensé en lo primero que tenía que decirle. ¿Saludarlo? ¿Pero cómo? ¿Con qué palabras? ¿Cómo iba a reaccionar él? ¿Se acordaría de mí después de tanto tiempo? En medio de las voces y las zapatillas que se repetían patio a patio llegué a una puerta azul de hierro con una pequeña placa plástica con la inscripción “patio 4” y en la pared escrito con letras torpes “los calientes”.

Ahí el mundo dejó de girar para que yo saliera de mi solipsismo. Empecé a sentir un frío intenso y doloroso en los dedos de las manos, luego en los pies, rápidamente en todo el cuerpo. Mi cuerpo se me salió de control, temblaba, sudaba, dolía y yo seguía inmóvil atinando únicamente a estar de pie, no tenía fuerza para más. Por mi cabeza empezaron a aparecer las imágenes de todo el recorrido que hice para estar ahí: me levanté a las cinco, me bañé, me vestí, salí de mi casa con mucho sueño, compré dos paquetes de cigarrillos y me subí al bus. Luego la fila y los sellos, la requisa, las huellas, el recorrido por los pasillos y el frío intenso.

El mundo volvió a arrancar. La puerta se abrió y sin duda, pero con miedo de no sé qué, entré. Lo busqué con la mirada, pero no lo vi, recorrí varias veces la cancha de microfútbol visualmente sin obtener resultado alguno.

—¿A quién busca? —preguntó un hombre del que ya no recuerdo ni el color de la piel.

—A… —me quedé blanco, no podía recordar su nombre, me sentí imbécil, volví a estremecerme por el frío que no dejaba de recorrerme. —A Ángel. ¿Lo conoce? —Claro que lo conocía. Hacía tres años, desde que Ángel llegó.

—Ya se lo llamo —y se fue perdiendo entre los otros cuerpos tan parecidos unos con otros.

Después de un momento apareció él. Caminaba despacio hacia mí, con la mirada fija, muy lento. Se me fue apareciendo su cara de manera extraña, me sentí descubriéndolo por primera vez.

Ángel llegó hasta donde permanecí de pie y con un acento paisa que no le pertenecía me dijo:

—¿Y usted qué?

¿Qué se puede responder a esa pregunta?

—Bien.

Le conté que había traído cigarrillos, nos sentamos prendimos dos y de nuevo el mundo se detiene, volvió el frío, el temblor, la angustia, los nervios.

Hablamos de muchas pendejadas insignificantes, pero hay dos partes de la conversación que recuerdo claramente, recuerdo incluso la intención con la que mencionaba cada palabra, la manera desesperada como se tocaba una mano con la otra. Recuerdo un balón rojo que fue a dar a mis pies y no fui capaz de devolver porque no quería levantar la cabeza ni ver caras extrañas.

—Y… ¿qué tal la comida? —pregunté desprevenido, como queriendo evitar cualquier intento de pausa, de silencio.

—Se ve asquerosa, pero sabe peor —me respondió y me dijo cuál era su estrategia para poderse comer eso.

Trabarse antes de comer, así le daba hambre y comía rápido y sin pensar en ese vómito de dios que le servían. Que la bareta se la trae la mamá cada quince días.

—¿Y ella como hace pa entrar eso?

—En uno o dos condones —me dice.

Mientras él sigue contándome cuántas cosas le han pasado en este año que lleva aquí, yo pensaba que le habían obligado a cargar con la pena más alta que es no poder morirse cuando uno quiera. Él había tratado de colgarse, de abrirse las venas y nada le había funcionado. Tenía que hablar con psicólogos, médicos y hasta curas.

—Hombre, Ángel, de veras lo siento mucho.

Cómo es de raro el destino, usted le quita la vida a alguien y su castigo es no podérsela quitar a usted mismo. Que no, que eso no era lo peor, que ese no era el castigo. Me dijo:

—El castigo es sentir una maleta pesadísima en la espalda y no poder quitársela nunca. Además, a veces lo veo a él, a Andrés, lo veo pasar por ahí y siento como si me acusara, lo veo siempre en todo lado, él conoce mejor este patio que yo. Lo veo con los ojos cerrados, con los ojos abiertos, sueño con él, cuando hay visitas lo veo entrar y sentarse a mi lado. Hace unos días le dije que me llevara, que yo también quería estar como él y no me dijo nada, ni sí ni no.

Ya es hora, tengo que irme, ya nos están sacando. Me despido apretándole la mano y le dejo los cigarrillos que no nos alcanzamos a fumar. Me levanto con mucho esfuerzo, estoy pesado. Me voy con el miedo que me produce pensar en los muertos. Salgo después de mucho tiempo en filas y requisas, me subo al bus y la culpa por estar aquí afuera se me encarama en la espalda. Así se me fue el día. Al otro día me levanté porque sonó el teléfono muy temprano. Contesté y era Ángel.

—Juan, no vuelva a venir, por favor.

* Estos textos fueron publicados originalmente en la revista “Surgente”, producto literario de jóvenes escritores de la localidad de Usme, liderados por el escritor Rodolfo Celis @Fito Celis.

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