Narrativas contra la exclusión social

11 Jun 2021 - 2:51 p. m.

Crónicas de los jóvenes de Usme: Las mil y una veces que callé

El Espectador publica esta serie de relatos sobre una de las localidades de Bogotá más afectadas por la pobreza, pero llena de talento.

Kelly Johanna Mejía * / Especial para El Espectador

Marzo 20 de 2017

Canto cada tarde cuando el sol se despide del día. Mientras las palabras brotan de mi boca, mis ojos se dilatan y las lágrimas caen hasta la comisura de los labios. Mis ojos se mantienen lejanos, como ausentes, perdidos en el horizonte. Siento la saliva hecha un nudo que me baja por la garganta. Este es solo un reflejo de los sentimientos atascados en mi interior. Soy un mundo de gritos en silencio, de gemidos interiores, de células sin núcleo, de preguntas sin respuesta.

Entre sollozos, cantos, lágrimas, rabia y temor, vuelvo una y otra vez sobre esa noche. Recuerdo claramente la luz de la ventana que se reflejaba sobre mi cara. Desperté varias veces porque los ruidos eran extraños. Me sentía incómoda, pero me alegraba encontrarme en aquel lugar. En una de esas veces que abrí los ojos, lo vi, observándome, acariciando mi cuerpo con un placer que pude sentir de inmediato. Mi mente se desconectó por unos segundos y no puedo saber qué pasó en aquel instante. Sin saber cómo, me recuerdo minutos después caminando tras ese desconocido. Él corría y yo caminaba, con cuidado, mientras escuchaba los gritos de mi compañera de cuarto. (Lea aquí más relatos sobre la vida en Usme).

El pasillo era largo y oscuro. La poca luz que había llegaba de algunos cuartos abiertos y de la recepción del hotel. Lo seguí hasta que llegó a una esquina y giró hacia la derecha. Antes de girar, chocó con otro hombre que salía de un cuarto. Llegué hasta ese punto y miré a ese segundo hombre acostado en una poltrona de la recepción. Tenía la expresión de alguien que se despierta repentinamente. Me preguntó qué me pasaba y por qué los gritos. Yo solo podía observarle indignada, al tiempo que le pedía explicaciones.

Minutos más tarde, apareció un tercer hombre que portaba un arma. Su mirada se dirigía al piso, mientras preguntaba por el motivo de los gritos. Mi mente entró en shock y lo único que pude pensar era que estaba en completo riesgo y que seguir haciendo preguntas o exigir respuestas no era la opción más adecuada. Horas después, con la ayuda de unas personas que se encontraban fuera del hotel, fuimos trasladadas por una patrulla de policía a un lugar seguro, donde llevamos a cabo la denuncia.

Los días siguientes pasaron en total silencio. La sonrisa y la alegría que me caracterizan emigraron a algún lugar. Era apenas una mente llena de desordenados y molestos recuerdos. Caminaba y caminaba sin querer encontrar un punto de llegada, sin querer hablar con nadie, aunque deseara una compañía que me diera seguridad. El llanto aparecía repentinamente. Cada esquina era un rinconcito apropiado para que las lágrimas brotaran. Había en mi corazón una tristeza profunda y miles de preguntas dándome vueltas en la cabeza. (Recomendamos: Más crónicas sobre la vida en Usme).

Mi cuerpo estaba desecho, seco, como marchito. Dolía cada músculo como si llevara a cuestas pesados bultos. Los intestinos se retorcían sin parar y la boca del estómago se me ampliaba a tal punto que sentía consumirme a mí misma, mordisco a mordisco. Mis ojos permanecían abiertos y vigilantes. El deseo de comer se había esfumado como por arte de magia y la cabeza parecía que me iba a explotar en cualquier momento.

Marzo 30 de 2017

Busco, entre las incontables hojas sueltas que guardo en un destartalado baúl de madera, un ridículo, aunque interesante, escrito sobre mí misma que redacté hace dieciséis años, cuando cursaba décimo grado y era una adolescente enamorada. Al parecer lo he perdido, pero encuentro innumerables cartas mías; cartas y más cartas, escritas al viento, al amor, al olvido, a la desilusión, a la tristeza, a la violencia, a la pobreza, al país y a mí misma. Cada letra parece escrita con tanto sentimiento que incluso hoy puedo sentir la rabia, el odio y la angustia de la adolescente que era entonces. Me emociono y sonrío solitaria.

Reiterados escritos hablan de ella, de mi madre, y de su ausencia. Le juzgan repetidamente por su olvido, su dureza y su machismo. Cada día, cuando sirve la comida para mí y para mis cuatro hermanos, me da una menor cantidad que a ellos. ¡Cuánto me indigna esta situación! Soy la mejor del salón, pero ella no lo sabe. Recibo constantes premios por mi dedicación y compromiso, los exhibo ante mis amigos de la cuadra, pero cuando ella llega cada noche los escondo, porque si los ve me dirá que es pecado izar símbolos patrióticos. La veo cada mañana levantarse muy temprano, poner los platos y las cucharas en un balde y agregarles agua caliente para eliminar las infecciones. Pone muchas ollas llenas de agua sobre la estufa. Cuando empiezan a hervir, nos despierta uno a uno para bañarnos. Toma un pedazo de trapo viejo, lo unta de jabón, lo moja con agua y lo pasa por todo mi cuerpo. Me raspa y me duele, pero me quedo callada y solo espero a que pase rápido. Cuando termina el baño, toma el bolso y se va. Pasan diez o doce horas antes de verla de nuevo.

El pan y el café quedan sobre la mesa. El pan, como todas las mañanas, está roído por los numerosos ratones que habitan la casa, así que es medio pan menos, pero bueno, el hambre asecha, no todo se puede descartar. El día es largo y agradable. Paso las horas en el colegio, juego fútbol con los niños, escalo las lomas que quedan junto a las tres cuadras que tiene el barrio, atrapo cosas interesantes en un basurero contiguo y juego con mi perra. Cuando la vemos venir a lo lejos, corremos a casa, tendemos la cama y lavamos la loza que estuvo todo el día arrumada en el lavaplatos.

Después de su llegada, todo está en silencio. Me pide, entre dientes, que vaya a la tienda y pida fiado el pan del desayuno, el que los ratones roerán y del que nuevamente comeré solo la mitad. Entre alegrías y miedos, voy a la tienda de la esquina. Es un lugar lleno de cosas que yo quisiera comer, pero no tengo dinero para comprarlas. Sin embargo, el señor de la tienda, siempre me encima un dulce, al tiempo que me toma de la mano y me dice que soy muy linda, que tengo unos ojos muy bellos. Quiere que se los regale y yo me pregunto cómo podría hacer algo así. Sus manos tocando las mías me molestan, me siento extraña, creo que algo no está bien, pero jamás se lo diré a ella. Estoy segura que me golpearía la cabeza si lo hiciera.

Abril 25 de 2017

Los recuerdos se han activado, aquí hay algo más: no sé qué hora es, no sé cómo estoy en este lugar, no sé por qué me siento perdida y sin fuerza. Abro los ojos y observo un velo blanco colgado del techo. La luz del cuarto está encendida. No tengo mucho control sobre mí. Estoy acostada junto a mi amiga. Dirijo la mirada hacia mi pelvis y ellos están ahí, dos hombres desconocidos, entre mis piernas desnudas. Con la poca lucidez que tengo los empujo con las piernas, me subo la ropa. Llamo a mi amiga, pero ella está más ida que yo. Me aprieto a su cuerpo buscando protección y mi mente vuelve a irse.

No recuerdo la hora en que desperté, ni sé cómo estaba al levantarme. En mi mente ese día fue borrado. La conciencia me encuentra tiempo después, de pie, caminando en un hotel, vestida completamente en una soleada mañana, tratando de encontrar esos rostros difusos que vi aquella noche.

Mayo 13 de 2017

Han pasado varios meses y todavía me despierto de repente por las noches. Concilio el sueño mirando hacia la puerta del cuarto, con pequeñas luces encendidas y previas respiraciones profundas, que me permitan enfrentarme a la cama, al sueño, al abandono de la conciencia, es decir, a la vulnerabilidad. ¿Qué me hace vulnerable? ¿Ser mujer?

Mayo 18 de 2017

La psicóloga me ha dicho que los seres humanos tenemos en el cerebro un sistema límbico en el que se encuentra la memoria emocional. Esa memoria almacena aquello que nos duele, nos apasiona o nos amenaza. Muchas veces, frente a hechos que ponen nuestros nervios en situaciones extremas, el cerebro guarda muy profundamente algunas cosas y éstas cosas, en ocasiones, se activan tiempo después con ciertos estímulos de la vida. Pues bien, mi mente parece haberlo activado todo y los recuerdos me persiguen veloces.

Aunque no soy religiosa, durante más de diecisiete años fui inducida, como la mayoría de los niños en el planeta, a practicar una religión sin siquiera entender de qué se trataba. Incontables domingos acompañé a mi madre a compartir el mensaje de Dios con otras personas. Creo que tenía diez o doce años cuando íbamos de casa en casa por los barrios populares de mi bella Usme. Yo me colgaba del brazo de mi madre, la única y más grande expresión de afecto que ha existido entre nosotras. Pocas veces me soltaba de ese brazo, pero esa mañana lo hice. No sé por qué caminé sola unas tres casas más adelante, mirando los números de la nomenclatura. En esa tercera maldita casa había una ventana abierta y de ella se colgaba un hombre que se acariciaba el pene. Quedé inmóvil. Sentía un miedo tan profundo transitando todo mi cuerpo. En medio del trastorno, caminé hacia mi madre, la tomé del brazo como siempre y, como siempre, me quedé callada, viviendo mi miedo sola.

Permanecimos en esa cuadra por un largo rato hasta que llegamos a la última casa de la cuadra. Mientras estábamos allí, el sujeto pasó junto a nosotras, sonriendo y mirándome, con la absoluta certeza de que yo no diría nada. Tenía razón.

Junio 3 de 2017

En tan solo cuatro meses, mis treintaitrés años de vida se han sacudido por completo. He vuelto al principio de mi principio, buscando pistas para entender tantas emociones, tantas sensaciones, tantos vacíos, tantos llantos inesperados, tantas misiones abortadas sin explicación. Me reescribo letra a letra, me encuentro tan especial y tan fuerte. Le doy valor a cada mínima cosa. Mi libertad es un cantor que me sigue con lealtad. No hay dinero que me lleve a donde no quiero estar. Tan crédula como incrédula, tan dulce como amarga. No sé hablar de sentimientos porque soy producto de los silencios. Me llamo a mí misma humana subversiva, porque quiero revertir el orden, promover el caos, volar tan alto y tan suave que nadie sienta mi vuelo sobre su cabeza. Soy intolerante ante la lentitud de pensamiento, ante los ojos que sólo ven un color, ante los oídos que escuchan siempre la misma voz. Amante de la negrura y de los sonidos que la constituyen. Me gusta sacudir mentes, sembrar dudas, cazar problemas. Me lanzo al vacío de cada lugar al que voy: lo siento, lo huelo, lo palpo, lo saboreo, lo aprendo. Terca como una mula. Perfeccionista. Orgullosa hasta morir, incluso desconocedora del perdón. Seducida por momentos por el poder, me ufano de tenerlo. Auténtica guerrera de la vida y, como tal, tosca, fuerte, sin lágrimas. No me juzgo, me protejo y me cuido. No acepto la sumisión de ideas, emociones o vicios. No me ato a nada distinto a la vida misma, que vivo en la más productiva autonomía. Bailo la vida, es decir, la disfruto, la agradezco, por momentos le imprimo velocidad, en otros reduzco la intensidad, pero nunca, nunca dejo de bailar.

Octubre 26 de 2017

Así me has dejado vida, una noche me sacudiste y en unos meses me rehiciste, más fuerte, más intrépida, más capaz, más dispuesta, más atrevida. Aquí estoy de nuevo frente a ti, dispuesta a vivirte y enfrentarme a los miedos más profundos, a mis propios monstruos.

* Estos textos fueron publicados originalmente en la revista “Surgente”, producto literario de jóvenes escritores de la localidad de Usme, liderados por el escritor Rodolfo Celis @Fito Celis.

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