9 Jun 2021 - 9:13 p. m.

Crónicas de los jóvenes de Usme: Una entrevista cualquiera

El Espectador publica esta serie de relatos sobre una de las localidades de Bogotá más afectadas por la pobreza, pero llena de talento.

Aleja T. Manrique * / Especial para El Espectador

—Aló.

—Aló, buenas tardes. ¿Hablo con Liliana Velázquez?

—Sí, con ella habla.

—Mucho gusto. Usted se postuló para el cargo de asistente administrativa para la empresa Global Group. ¿Lo recuerda?

—Sí, claro —como si recordara el nombre de las cincuenta postulaciones que hago por día, pienso, mientras busco una libreta para tomar nota.

—Perfecto, ¿le gustaría asistir a una entrevista el día de mañana a las 7:00 am?

—Por supuesto, pero me podría indicar ¿cuál es el salario a devengar?

—Lo conocerá en la entrevista. Ya envié los datos a su correo. No olvide traer la hoja de vida impresa y buena presentación personal. Hasta mañana—. Cuelga. (Recomendamos: Más crónicas sobre la vida en Usme).

Abro el closet, saco toda la ropa y la arrojo sobre la cama. Me pruebo diferentes prendas, pero termino seleccionando el mismo conjunto que uso en todas las entrevistas: un pantalón negro, un blazer blanco y unos botines de tacón bajo. Tomo una cuchilla y, literalmente, afeito el pantalón para quitarle las motas que le dejó la última lavada.

Googleo el nombre de la empresa para asegurarme de que no se trata de una academia de inglés en la que terminas vendiendo libros con la promesa de ganar millones o una red multinivel en donde te prometen ser tu propio jefe. Como no veo malos comentarios en los blogs, busco la dirección y las distintas rutas que puedo tomar a mi destino. Tiempo aproximado para llegar por cualquier ruta que escoja: dos horas. Nada nuevo.

Aprovecho para buscar las respuestas idóneas que debo contestar en los test psicológicos. Para que no me cataloguen como narcisista por ubicar mi dibujo hacia la izquierda o como una persona retraída por situarlo hacia la derecha.

Después de aprender en cuáles cuadros dibujar árboles y en cuáles otros dibujar animales, recolecto monedas en los bolsillos de todas mis chaquetas y bolsos hasta reunir suficiente dinero para imprimir la hoja de vida y tener lo del transporte del día siguiente. Pienso en lo innecesario que es imprimir un documento que ya se encuentra en el correo de mi entrevistador.

Me arreglo el pelo para ahorrar tiempo en la madrugada. Saco mi vieja plancha para alisar mis rizos y dar un aspecto de melena domada. Frente al espejo, aprovecho para practicar respuestas a posibles preguntas que pueden llegar a hacerme. Pero tengo claro que por más que practique por horas, siempre va llegar una pregunta, un ejercicio o una prueba que se sale del guión, me sorprende y tengo que sacar mi lado improvisador. En una ocasión me hicieron hablarle a una pared, en otra me preguntaron ¿cuántos chocorramos creía que se vendían al día?, a lo que respondí siguiendo mis nulos conocimientos en estadística y según la hora del reloj. Eran las 11:34 am, así que moví el punto y contesté 1.134 chocoramos, por dar un número al azar. Desde ese momento no puedo dejar de ver mi reloj sin pensar en chocorramos. Obviamente, no conseguí el empleo.

Luego de tener todo listo, me dispongo a dormir las cuatro horas que me quedan antes que suene la alarma. Al día siguiente, me levanto de un salto luego de haberlo pospuesto cinco veces y tras darme cuenta de que no alcanzo a desayunar. Me baño rápidamente y meto unas galletas en el bolso. Corro hacia la avenida cruzando los dedos para que algún bus pare y pueda entrar entre el gentío. (Lea aquí más relatos sobre Usme).

Por suerte, un bus me abre por la puerta de atrás y puedo ingresar abriéndome paso, echando codo. Llego a mi destino, son las 6.500 chocorramos. ¡Justo a tiempo! Camino hacia el edificio y veo una larga fila de gente, aproximadamente unas cuarenta personas con carpetas blancas en las manos. Me pregunto si todos vienen para el mismo puesto. Me hago de últimas en la cola. Mientras espero el ingreso veo como sigue alargándose.

El celador nos hace ingresar a un salón. Una mujer nos entrega un lápiz y un test de doscientas preguntas, con círculos que deben ser rellenados. Luego de realizar casi de manera mecánica esa y otras tres pruebas más, anuncian a los candidatos que pasan al siguiente filtro. Por suerte esa dormida de nalga por tres horas no fue en vano.

Nos hacen ingresar a otro salón y nos reúnen en grupos para realizar una actividad. Mientras nos dan las instrucciones me pregunto ¿cuántas personas irán a contratar? La mujer que está dando las indicaciones, como si hubiera leído mi mente, dice que solo una persona será escogida al final del proceso. Eso es suficiente para que la mayoría de candidatos comiencen a actuar como aves de rapiña. Por mi parte, las galletas que me comí en el bus no me dan la suficiente energía como para destacar.

Para mi sorpresa, cuando anuncian a los postulantes que pasan a la siguiente ronda ahí está mi nombre. En realidad, en ese punto lo único que quiero es ir a almorzar, pienso. Le pregunto a la mujer que nos está guiando si se puede tomar un receso, a lo que ella me responde que no, que si salgo del edificio quedo fuera del proceso.

Mi estómago ruge cada vez más fuerte, así que mientras los demás postulantes esperan en las sillas a ser llamados, me escapo un momento al baño a tomar agua del grifo. Apenas regreso me doy cuenta que no han avanzado mucho, siguen llamando de uno en uno. Le pregunto a la postulante de al lado si ella sabe cuál es el salario para ese puesto. También lo desconoce. Luego de esperar cuarenta minutos más, por fin escucho mi nombre. Me paro con dificultad por el dolor de estómago. Trato de sonreír carismáticamente al entrevistador y dar un buen apretón de manos. Me pide que me siente y comienza la entrevista indicándome las condiciones laborales. Me cuenta que el salario a recibir si fuera elegida sería el mínimo legal vigente, a lo que respondo con una cara de asombro. —¿Tiene algún problema? —me pregunta.

Niego con la cabeza, mirando hacia el suelo.

—Bueno, entonces iniciemos ahora sí —dice.

Comienza con una pregunta inusual:

—¿Ha escuchado voces dentro de su cabeza?

Lo miro con cara atónita por la rareza de la pregunta, espero unos segundos, miro un punto a lo lejos y digo:

—Vámonos, Firulais, se han dado cuenta de lo nuestro.

Me levanto del puesto, tomo el bolso y cierro la puerta.

* Estos textos fueron publicados originalmente en la revista “Surgente”, producto literario de jóvenes escritores de la localidad de Usme, liderados por el escritor Rodolfo Celis @Fito Celis.

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