El pasado domingo 12 de abril, en el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo, ocurrió algo que trasciende la categoría de “buen concierto” y se instala, sin exageración, en el terreno de los hitos culturales. No fue simplemente una noche exitosa ni un programa atractivo: fue la confirmación de que la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia ha alcanzado un nivel artístico que la sitúa, con plena legitimidad, en la conversación internacional.
Las señales estaban ahí desde días antes. La boletería agotada con casi una semana de anticipación no es un dato menor en una ciudad donde la música sinfónica aún lucha por conquistar nuevos públicos. A ello se sumaba la promesa —siempre delicada— de revisitar a The Beatles en clave sinfónica, y la presencia de Guy Braunstein, un músico cuya trayectoria como solista y ex concertino de la Filarmónica de Berlín impone, por sí sola, un estándar de excelencia. La expectativa era alta. La respuesta, aún mayor.
Y ya en la sala, completamente llena, se respiraba esa rara combinación de entusiasmo popular y recogimiento artístico que solo las grandes noches logran convocar.
La primera parte del programa, con “Abbey Road” Sinfónico —arreglo y creación del propio Braunstein— evitó con inteligencia el riesgo de lo anecdótico. Aquí no hubo concesiones fáciles ni guiños superficiales. Por el contrario, Braunstein construyó un discurso musical que respetó la esencia melódica y armónica de los Beatles, pero la proyectó hacia una dimensión orquestal rica, sofisticada y, por momentos, sorprendentemente íntima.
Temas como “Come Together”, “Something” o “Here Comes the Sun” no fueron meras transcripciones, sino verdaderas reinterpretaciones que encontraron en el violín una voz nueva: a ratos nostálgica, a ratos luminosa, siempre profundamente musical. Braunstein no tocó “sobre” la orquesta; dialogó con ella, la desafió, la sedujo.
El momento del bis —un “Hey Jude” que podría haber caído en el cliché— fue, en cambio, un gesto de complicidad artística genuina. Ver al maestro Scharovsky tomar la guitarra y sumarse al solista, antes de fundirse con la orquesta y un público que cantó al unísono, no fue una concesión populista, sino una afirmación: la música, cuando es verdadera, no reconoce fronteras entre lo culto y lo popular.
La segunda parte fue otra dimensión. La “Cuarta Sinfonía” de Tchaikovsky no admite términos medios. Es una obra que expone sin piedad las virtudes y limitaciones de cualquier orquesta. Y la Sinfónica Nacional de Colombia, bajo la batuta de Scharovsky, no solo estuvo a la altura: ofreció una interpretación de una madurez, profundidad y coherencia que obliga a replantear cualquier prejuicio sobre el nivel sinfónico en el país.
Desde la imponente fanfarria inicial —con unos cornos de admirable precisión y nobleza sonora— hasta el vértigo controlado del último movimiento, la lectura fue orgánica, intensa y cuidadosamente estructurada. Las cuerdas, homogéneas y cálidas, sostuvieron un discurso de gran aliento; las maderas, con un fraseo de notable sensibilidad, aportaron color y humanidad; los metales y la percusión, siempre medidos, evitaron cualquier exceso.
Mención especial merece el solo de oboe de Tamás Balla en el segundo movimiento, de una pureza y melancolía conmovedoras, así como el trabajo del fagotista principal, Edgar Sánchez, cuyo sonido —redondo, expresivo, profundamente musical— se cuenta entre los más bellos escuchados recientemente en el país. No son detalles menores: son señales inequívocas de una orquesta que ha trabajado con rigor y visión.
Y en el centro de todo, Scharovsky. Director de gesto claro, economía expresiva y una musicalidad que privilegia la esencia sobre el artificio, ha construido en estos años algo más que un buen nivel técnico: ha forjado una relación de confianza —casi de complicidad— con sus músicos. Dirigir de memoria no es aquí una demostración de virtuosismo personal, sino una herramienta para lograr un contacto directo, casi camerístico, con cada sección de la orquesta. Y desde el “Spoiler Sinfónico” —esa antesala pedagógica que él mismo conduce— hasta el último acorde de cada función, esa relación con el público también se construye, concierto a concierto.
El resultado es evidente: una agrupación que no solo suena mejor, sino que piensa, respira y siente como un organismo artístico cohesionado.
Lo ocurrido esa noche no es fruto del azar. Es el resultado de un proceso sostenido que, en los últimos tres años, ha elevado a la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia a un lugar que ya no admite condescendencias. Hoy, es —sin reservas— una de las mejores orquestas del continente. Y, si se le permite continuar por este camino, no hay razón para pensar que ese horizonte deba detenerse allí.
Queda ahora la tarea más difícil, y quizá la más importante: que el país esté a la altura de su orquesta. Que la valore, la proteja y la entienda no como un lujo, sino como un patrimonio cultural esencial.
Porque noches como esta —en las que los Beatles se encuentran con Tchaikovsky y Colombia se encuentra consigo misma— no deberían ser la excepción, sino el estándar.
*Politólogo, periodista, analista internacional y crítico cultural.
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