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“Cumbres Borrascosas”: cuando los demonios son inmortales

Con su ‘ópera prima’, Emily Brontë relata de forma contundente la relación amorosa de sus dos protagonistas, que se hieren mutuamente, pero a la vez se desean con una pasión inusitada.

Jefferson Echeverría

10 de julio de 2023 - 11:06 a. m.
Esta nueva edición de "Cumbres Borrascosas" de Emily Brontë, es traída por Panamericana Editorial, traducida por Gina Marcela Orozco e ilustrada por María Fernanda Mantilla.
Foto: Panamericana Editorial
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Sobra decir que el estilo inteligente y desgarrador de una escritora como Emily Brontë nunca debe ponerse en tela de juicio. Con su única novela, Cumbres Borrascosas, es razón suficiente para comprobar que su nombre, hoy por hoy, ocupa un reconocimiento importante a nivel literario. Y no es para menos, uno apenas abre el libro, y el estremecimiento que producen sus palabras es capaz de sumergir al más escéptico de los lectores en unos paisajes repletos de una sordidez cautivadora. La soledad trasciende en constantes tragedias de las que siempre están enriquecidas por una prosa audaz y contundente.

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En esta obra, los malos augurios confirman la esencia de los personajes. Nada pasa sin que un hecho desate consecuencias confusas, en su mayoría lamentables. Al parecer, todos los habitantes de Cumbres Borrascosas y de la Granja de los Tordos (lugares donde se desarrollan los acontecimientos), están condenados al sufrimiento; ni siquiera en la muerte, sus almas tendrán la paz eterna que tanto demuestran las supersticiones. De nada les servirá la bondad en sus corazones, porque en el infierno donde habitan, deberán ser testigos y víctimas obligatorios de una eterna confrontación entre dos almas que se aman y al mismo tiempo se aborrecen, se hieren mutuamente, pero a la vez se desean con una pasión inusitada.

Pero, ¿qué tal si hablamos un poco del origen de esta desgracia? Cuando a la familia Earnshaw, propietarios de la notable casa llamada Cumbres Borrascosas, llega por casualidad un alma sin pasado, ni herencia, ni descendencia (cuyo único nombre es Heathcliff), este provoca, en casi todos los habitantes, sensaciones que se confunden entre la lástima, la confusión y la envidia. Por razones azarosas, el señor Earnshaw lo encuentra en las calles de Liverpool. Su aspecto, tan lamentable como si fuera un mendigo, obliga al señor Earnshaw a brindarle techo, comida y unos cuantos privilegios. Los hermanos, Catherine y Hindley, ven en el detestable Heathcliff un potencial enemigo. El trato inicial hacia su persona es drástico e inhumano, sometido constantemente a crueles humillaciones que fortalecen en su interior un resentimiento silencioso.

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A medida que transcurre el tiempo, Catherine transforma su repudio hacia Heathcliff en una complicidad infantil; después, en un deseo irracional por estar siempre cerca de él pese a su detestable presencia; finalmente, en una pasión sobrepuesta a sus convicciones capaz de construir una barrera impenetrable y de causar heridas imborrables. La misma sensación le ocurre a Heathcliff; su amor por Catherine prontamente lo traduce en una obsesión que traspasa todos los límites de la cordura y ensancha un sentimiento rotundo de orgullo y venganza: sus actos no son propios de alguien enamorado, de hecho, suelen ser tan detestables que producirá en los lectores un repudio constante, tal vez justificado al momento de leer las últimas páginas.

El deseo por demostrar quién es capaz de herir más en ese juego construido por el amor imposible, abre una llaga permanente que transcurre en situaciones inhumanas: Catherine manipulando a Heathcliff con el orgullo y la indiferencia; Heathcliff ensañándose constantemente en la memoria de Catherine, valiéndose de todo tipo de artimañas para someter a la estirpe de su amada a los más repudiables actos de deshonra, esclavitud y traición.

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Sin ánimo de aventurarme a un juicio apresurado, me atrevería a decir que, lo de estas dos almas sin escrúpulos, es una concepción diferente del amor: compulsivo, inaudito, imposible, remendado por una pasión arrasadora donde el abandono siempre será la cura definitiva para satisfacer un deseo oculto y a la vez extraño. Mientras en otras historias el amor no puede ser lastimado porque sencillamente pierde la esencia de la pasión revestida por dos almas que se juran mutuo sacrificio, muchas veces sin importar las diferencias de linaje, el transcurrir de los años o la sola idea de padecer la ausencia; en esta obra ocurre todo lo contrario: cuanto más dolor padezca la otra persona, más intenso se hace el amor reflejado en el odio.

Sí, ya sé que muchos lectores de este siglo dirán (o por lo menos intuirán) que esta es la viva representación de lo que absurdamente llamamos en nuestro tiempo “amor tóxico”, y tal vez tengan razón. Sin embargo, esta construcción de amor-odio entre ambos resulta ser más implacable y enfermiza que los episodios comunes a los que nos enfrentamos a diario. Pues no se basta a sí misma si no está presente el repudio. Antes bien, parece que de esta fórmula se nutre este par de almas confundidas y poseídas por el demonio de la tragedia, donde requieren de una fuente inexplicable de sentimientos para lograr un sentido alucinante de inmortalidad. Por eso, quizás es la novela romántica por excelencia, porque la emoción colma la fuerza y los fantasmas del pasado acuden al presente para alborotar a los propios demonios que se encargarán de condenarlos a un futuro tenebroso.

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Esta novela nos envuelve, nos alerta y nos despierta múltiples emociones. Los episodios, narrados por la siempre leal y valiente Ellen (o Nelly) Dean, contribuyen a la más segura testificación de como dos personas densifican el paisaje brumoso, hostil y frío. El tiempo transcurre entre momentos crudos y muertes inevitables, pero el sentimiento de ese amor extraño permanece joven, y las cenizas del odio germinarán a través de diálogos iracundos e ilusiones disueltas por el orgullo. Tan solo nos queda presenciar de principio a fin esta gran obra de una autora que pudo describir de un modo preciso y elocuente el amor en su faceta más abominable.

Con una edición especial de Panamericana Editorial, una traducción impecable y muy bien expuesta por parte de Gina Marcela Orozco, y unas ilustraciones auténticas, tanto de cubierta como de guardas, hechas por María Fernanda Mantilla, Cumbres Borrascosas es una novela imprescindible que todos debemos sufrir para comprender una visión alternativa de ese demonio llamado amor, cuyas heridas profundas solo pueden ser limpiadas por el horror de la inmortalidad.

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Por Jefferson Echeverría

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