A propósito del reconocimiento que recibió, el mayor que entrega el CPB, ¿qué piensa usted de los premios? Sobre todo de los de periodismo…
Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO
¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar
Es una voz de ánimo en medio del camino. Hay algunos premios que llegan en momentos que hacen falta. Desde luego, este en particular es inmerecido, pero lo recibo con humildad por llevar el nombre Guillermo Cano, que para mí significa tanto, y por ser el reconocimiento de unos colegas a hacer un trabajo que es de toda la vida. Siempre uno piensa que hay personas que se lo merecen más que uno, pero lo agradezco infinitamente y me llega como un viento fresco en el desierto.
¿Ha escrito o hecho algún trabajo pensando en ganarse el premio?
Una vez lo pensé, yo tenía 22 años. Creí que era un buen momento para resaltar un trabajo narrativo que no era muy usual en la televisión colombiana en esa época. Me fui una noche al barrio 20 de Julio con un equipo del noticiero nacional de la época a registrar una cola de unos pensionados que pasaban toda la noche en una zona que era muy fría, muy inhóspita y llena de peligros, cerca de la iglesia del 20 de Julio. Pensé en los elementos narrativos que tenía que considerar esta crónica, como la vivencia del pensionado que necesitaba su cheque para vivir al día siguiente, es decir, que si no le pagaban ese día probablemente no iba a poder comer al día siguiente; por otro lado, el ambiente de la zona y el microcosmos también de necesidad e inseguridad de ese lugar.
Por otro lado, la iglesia, el tema de la fe, el tema de la devoción al Divino Niño y un reloj que vigilaba toda la escena. Y pensé que el reloj podía ser ese articulador que mostraba el paso de los minutos. Desde el minuto cero lo hice diciendo: si soy capaz de contar la crónica bien, me voy a ganar un premio. Esa es la única vez que lo he hecho con honestidad.
¿Y se lo ganó?
Sí: me gané mi primer premio de periodismo en la vida y fue algo que me llenó de alegría y de dicha.
Yo, que era muy joven, me vi recibiendo el premio al lado de personas, de colegas, que eran mucho mayores que yo, a los cuales admiraba mucho y conocía su trabajo, y sentí que los tres minutos que duraba esa crónica se habían vuelto como una especie de presentación en sociedad de mi trabajo, ante la comunidad periodística, sobre todo. Y bueno, yo no puedo negarte que sentí inmensa alegría ese día.
Y ¿qué piensa de quienes dicen que, justamente, hacer un trabajo periodístico pensando en ganarse un premio mata los principios y llamados del periodismo?
En que tienen toda la razón: uno debería estar pensando en la comunidad a la que sirve, en los ciudadanos, y nunca en ganarse un premio. Pero tampoco está mal pensar en un nivel de calidad narrativa, porque en general el periodismo necesita elevar sus estándares tanto en los contenidos como en la forma, y estamos en un momento en que esa elevación de los estándares no es un problema simplemente estético, sino también ético. Vivimos con el influjo de la inteligencia artificial, se han agilizado muchas cosas y es increíble lo rápido que le cedemos el criterio periodístico a la máquina. Por todo esto me parece que mejorar lo que uno hace está bien. Y si el estímulo colateral es ganarse un premio, pues no es el propósito más altruista, pero es válido.
¿Hizo balance al recibirlo?
A ver, hay muchas cosas que reflexiono permanentemente sobre mí, no solo a raíz del premio. Me parece que yo he tenido 40 años de carrera en donde el periodismo ha evolucionado y yo también. Yo he vivido muchas cosas que pensaba hace 40 años y que la vida me ha despojado del candor que tenía en ese momento: envidio la ingenuidad que me permitía ver con menos desconfianza. Esto realmente me imagino que pasa en todos los oficios, pero creo que esa inocencia, que no tiene que ser tonta, pero sí ese candor en la mirada, ayuda mucho a conseguir el periodismo.
Y otra cosa que envidio mucho de la persona que empezaba la carrera es el tiempo que tenía para hacer cualquier cosa. O sea, considera que nosotros trabajábamos en Boca para Noticias, trabajábamos media hora al día y salíamos y teníamos pausas para mirar cosas. Eso va a pasar a la historia, porque hay que trabajar todos los días, 24 horas al día, y pensar que uno no tiene una hora de cierre, como también pasaba en los periódicos, que decías: a las 6 de la tarde cierra Locales, a las 5 y media Deporte Nacional, cierra a las 7 y la primera página a las 8. Eso ya no. Estamos todo el tiempo abriendo y cerrando y no hay forma de parar, porque estamos frente a una necesidad incesante de información combinada con una baja capacidad de atención de la gente.
Pienso que eso de tener tiempos para pensar, para cerrar y para contar es un privilegio que he ido perdiendo con los años y con las responsabilidades. Yo desde muy joven tuve responsabilidades directivas en los medios en que trabajé. Fui jefe de redacción del Noticiero Nacional cuando tenía 22 años. He tenido que manejar equipos periodísticos de diversos tamaños, desde grupos de tres o cuatro personas hasta redacciones de más de 600 miembros, en donde siempre he tenido la responsabilidad de hacer cosas por los demás, salvo paréntesis y excepciones, como aquella noche de los pensionados para hacer una historia que quería contar yo mismo, o investigaciones que he querido adelantar, pero he tenido que delegar o compartir con los reporteros para hacer equipo.
Pero, en usted no se percibe ningún desencanto por el oficio...
No, es que trato de no ser nostálgico nunca. Siempre me doy cuenta de las herramientas que me ha dado también el oficio y la vida, y de que hay cosas que puedo procesar con una mirada. Me doy cuenta de habilidades que tengo en este momento: puedo leer rango de textos con mucha rapidez, puedo cruzar información, tengo herramientas tecnológicas con las que no se contaba en esa época y también debo dar las gracias porque no he terminado de aprender nunca. He tenido mucha suerte: la vida me ha premiado con oportunidades y me ha dado cachetadas también, que me han dado la ocasión de volver a empezar de tanto en tanto.
Todos los medios y los colegas estamos trabajando en medio de una dicotomía constante por estos tiempos: hacer lo que sabemos, como nos enseñaron, sobre todo con los valores de nuestro mandato, y aprender a ofrecérselo a audiencias “distraídas y despistadas”, como usted dijo en su discurso…
Yo creo que es una gran oportunidad la que estamos teniendo ahora: estamos aprendiendo el oficio. Los principios siguen siendo los mismos. Lo que se llama en inglés el delivery ha ido cambiando de manera dramática. Nosotros tenemos que informar con honestidad, contrastar, verificar, buscar la posibilidad de ver cosas más allá de las que vería una persona normal en la misma situación para poder contárselas al público. Pero, a la vez, necesitamos empezar a narrarlo de una forma que logre interesar a la gente y en donde el índice de retención demore un segundo más, un minuto más, en el mejor de los casos 10 minutos más. Y eso requiere reaprender la disciplina narrativa.
No es que la que nosotros aprendimos, heredada de los finales del siglo XIX y el siglo XX, estuviera marcada esencialmente por algo distinto a buscar la audiencia.
Hoy partimos del hecho cierto de que están expuestos a múltiples mensajes simultáneamente y que no es fácil tener el 100 % de la atención de la gente todo el tiempo. Eso quiere decir que tenemos que exigirnos para aprender a contar de otra manera.
Lo escucho emocionado, como si estuviera disfrutando este momento bisagra del periodismo...
Es así: vieras todo lo que estoy aprendiendo a partir del trabajo que estoy haciendo en YouTube: cómo miro con atención, cómo se portan las curvas de audiencia, en qué momento pierdo a la gente, cómo cosas que han sido tradicionalmente útiles en la narración audiovisual, como el silencio dramático para subrayar una escena, pueden resultar contraproducentes frente a un público. En fin, es una cosa maravillosa: nos toca seguir nadando y empujando la maleta, nos toca seguir aprendiendo a contar y a comunicarnos con la gente que se toma la molestia de ver lo que hacemos para ellos.
Hay un libro llamado El color favorito, de una escritora argentina llamada Valeria Tentoni, y en él se habla sobre la entrevista, el poder de las preguntas, entre otros temas. Pensé en ese libro cuando vi su entrevista con Gustavo Petro por varias razones: ella, por ejemplo, dice que en una “buena entrevista” se hace hablar, en vez de registrar simplemente lo dicho, pero en el caso del presidente resulta contraproducente el exceso de ideas en sus respuestas… o ¿qué cree que pasa cuando usted pregunta por temas que resultan en las batallas del siglo XVIII?
Esa entrevista fue una experiencia única en mi vida. Yo pienso que el presidente o no quería contestar o quería contestar a través de unas metáforas demasiado intrincadas para cualquier persona y, sobre todo, para televidentes internacionales. Hice el esfuerzo de llamar su atención sonriendo, haciendo una broma, subiendo el tono de voz, bajándolo, reprendiéndolo, lo que fuera. Y él no quería bailar. La entrevista es como un baile para el cual se necesitan dos.
En algún momento pensé: yo debo terminar esta entrevista ya. Le voy a decir: “Mire, presidente, usted no me está respondiendo esto. Me voy”. Y por la cabeza me pasaba a toda velocidad el caso de entrevistas donde se paraban los entrevistados. Pero nunca, no recuerdo ninguna en donde el entrevistador fuera el que se parara por todo esto.
Veo esa entrevista y tomo notas: hubo preguntas que formulé ocho veces, de mil maneras distintas. Yo creo que el presidente, al que he entrevistado muchas veces, ese día no tenía el ánimo de contestar realmente una entrevista. Quería oírse y quería reflexionar sobre un montón de temas que, siendo importantes, eran absolutamente impertinentes frente a la coyuntura.
Y me queda la satisfacción enorme de haberla luchado mucho. Cuando la veo, me gusta. Es una experiencia surrealista, pero me gusta mucho como entrevista.
¿Estaba preparado para eso? Tentoni también habla de los momentos “anfibios” de las entrevistas, en los que hay preguntas que sirven como transiciones de temas más espinosos a algunos más suaves, más predecibles. ¿Cómo se preparó para esa entrevista? ¿Alistó subidas y bajadas?
No, yo me la había imaginado de otra manera. Para mí iba a ser una entrevista in crescendo, en donde Petro subiera o bajara el tono frente al gobierno de Trump, pero no en donde se metiera en largas disquisiciones que no tenían que ver con el tema.
En cambio, en las últimas horas hice una entrevista que me tiene muy conmovido y, digamos, espiritualmente estremecido.
¿Con quién habló? ¿Por qué lo conmovió?
Fui a la cárcel La Picota y entrevisté, en un pequeño rincón de la guardia, en un patio de La Picota, a David Murcia Guzmán. El cuarto era tan chiquito que estábamos muy apretados él y yo y tres camarógrafos. La proximidad física daba también un nivel de contacto superior al que uno tiene en una entrevista. Y todo eso es un reto y a la vez una oportunidad.
Yo iba a preguntarle unas cosas específicas sobre un candidato y también quería hablar sobre el tema de su vida personal. Cuando pasamos la coyuntura y empecé a hablar del tema de la vida personal, me di cuenta de la indoblegable propensión de David Murcia a hacer fortuna y ese olfato de tiburón para el dinero. Entonces le empecé a preguntar cómo había sido su infancia y me doy cuenta de que esa avidez empezó en la pobreza que vivió cuando era niño.
“Pues sí, yo nací en Ubaté y todo, pero yo desde muy chiquito estuve viviendo en el barrio Prado de Veraniego. Mi papá se murió cuando yo tenía seis años y mi mamá quedó sola con cinco hijos y yo tenía que ayudar a sostenerla a ella y a mis hermanos. Y una vez pasé por una calle y había una cola de gente en la puerta de lo que parecía ser una fábrica. Y dije: ‘¿Por qué están haciendo cola?’. Y me dijeron: ‘No, niño, lo que pasa es que aquí hay una fábrica de ponqués y resulta que cuando cortan el ponqué sobran las esquinitas, sobran los pedacitos, y esos pedacitos los regalan’”.
Hombre duro y curtido, no fácilmente doblegable, suelta un suspiro y va a soltar una lágrima y empieza a contar cómo, para él, era apremiante descubrir la forma de dejar la pobreza.
No sé si publicarlo como una entrevista aparte, para no contaminarla con la coyuntura, sino poder contar esta historia de un niño pobre que pasa a ser un multimillonario cuestionado, a unos niveles de fortuna que son difíciles de imaginar: llegó a guardar 500 mil millones de pesos en efectivo. O sea, imagínate la bodega del tío Rico que hemos dibujado, él nadando en oro y todo. Y luego estar recluido en una cárcel, en este cuartico en donde estamos haciendo la entrevista. Esa montaña rusa de la vida y la esperanza que brilla en los ojos del hombre de que va a reconstruir su imperio.
Son detalles que servirían más para un perfil, ¿no?, para perfilar a David Murcia Guzmán con eso que me está contando y descubrió en la cárcel...
Sí señora. Vamos a ver qué decido... Es algo realmente estremecedor y es una experiencia humana que posiblemente no sea puramente noticiosa; es más una narración más larga que una noticia, pero me sentí en uno de esos momentos de iluminación.
Su premio fue al mérito periodístico: a la insistencia en la defensa de la verdad y a la independencia frente al poder, pero eso en la práctica se traduce en peleas con personas que, en ocasiones, se ven intocables. Poderes aparentemente imposibles de desafiar. ¿Se ha preguntado para qué arriesgarse así? ¿Cómo ha mantenido la fuerza inicial con la que empezó?
María Cristina, mi esposa, dice que yo entiendo la independencia como una forma de quedar mal con todo el mundo. Y yo creo que ella tiene razón, que es así. He tenido ocasionalmente que escribir o decir cosas duras de gente con la que unos días antes tenía buena relación, y la gente entiende eso como si fuera, digamos, una traición o una inconsistencia en la relación humana, y no es eso: es el cumplimiento del deber periodístico. Cuando uno dice que tiene que ser contrapoder, es contrapoder de todos los poderes, del poder del policía de la esquina y del poder del Santo Padre. Uno tiene que tener siempre una actitud desafiante frente a esos poderes, porque de otra manera no es capaz de hacer un trabajo periodístico notable.
La diferencia entre el periodismo y la propaganda es justamente eso: que el periodismo está para ver lo que no está funcionando y para tomarle cuentas al poder a nombre de los ciudadanos. Obviamente, esto pasa por medio de matices y géneros y todo, pero al final del día el periodismo sigue siendo contar lo que alguien con poder quisiera que no se contara.
Usted no se ve como una persona que contradiga, que busque enfrentarse…
Yo no hablo duro; generalmente, he aprendido en la vida a no gritar. He aprendido que la firmeza de las ideas reside más en la coherencia que en el tono. Unos días antes del concierto de Bad Bunny vi un especial de Carpool Karaoke, este periodista que entrevista a la gente en un carro y canta con ellos las canciones. Le hace una pregunta: por qué decidió llamarse así. Y el cantante dijo que “Bunny” siempre tendrá algo de tierno, así tenga el “Bad”. Esa puede ser una buena forma de describirme como periodista.