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¿Cómo fue su infancia?
Yo crecí en El Coco, un sector de la Comuna 13. Fue una infancia de juegos en la calle, con amigos, recorriendo las piscinas públicas de San Javier, donde veíamos la realidad de la Comuna desde otra perspectiva, con naturalidad. Crecí con mi mamá, mi papá y mi hermano, que siempre fueron muy trabajadores, honrados y humildes. Tenían muchas ganas de salir adelante. Desde niño fui entendiendo que, aunque la Comuna 13 tiene muchas realidades, cuando uno la recorre la siente diferente.
¿Cuándo se dio cuenta de que había un trabajo por hacer para mejorar las oportunidades de las personas que viven en la Comuna?
Me vine a dar cuenta de lo que significaba ser de la Comuna 13 cuando entré a estudiar Trabajo Social en la universidad. Solo con decir que era de allá, las personas querían escucharme cuando se hablaba del conflicto armado y de la memoria. Yo no entendía por qué, porque en ese momento creía que todas las personas habían vivido la violencia y que habían visto asesinar a amigos, porque para mí era la cotidianidad; había naturalizado la violencia por completo. Pero, cuando llegué a la universidad y empezamos a hablar de eso, puntualmente en una mesa de derechos humanos en el municipio de Bello, fue cuando entendí que ser de la comuna era algo distinto. Ahí comencé a cuestionar el conflicto, a problematizarlo y empezar a trabajar con las personas del territorio alrededor de ese tema.
¿Esto fue antes o después de que se vinculara a la YMCA?
Fue después. Yo me vinculé a la YMCA en 2014 como beneficiario de un programa. En ese momento era un joven más de esos a los que les decían que no tenían futuro. La pregunta “¿qué quiere ser?” casi nunca nos la hacían, porque uno no conocía a nadie mayor de 20 años, más allá de los papás, y esa no era una pregunta habitual para quienes habitábamos ese sector. Y cuando llegué a la YMCA creo que fui muy ingrato porque gracias a ellos conocí el mundo universitario, me conecté con él y luego me fui, como les pasa a muchas personas. Años después, en 2019, regresé en un ejercicio de liderazgo en un asentamiento humano informal llamado Nueva Jerusalén. Allí tenía un grupo de jóvenes y la YMCA me dijo: “Queremos trabajar con ellos en PaZaLaPaz”, un proyecto que la organización tiene desde hace 23 años. Así me reintegré.
¿Cómo fue para usted volver a la comuna a hacer trabajo social después de haberla vivido?
Voy a ser muy honesto: para mí es una catarsis diaria. Yo me fui de la Comuna 13 en 2018 por un conflicto que tuve con las BACRIM, y regresar a hacer trabajo social ha sido muy difícil. Uno recuerda mucho a los que faltan, a quienes murieron en el camino. También piensa en lo que no hizo, en lo que hubiera querido hacer. Entonces, a nivel personal es un duelo muy fuerte y constante. Pero, desde lo colectivo, es inspirador. Es entender que nosotros nos fuimos, pero muchos se quedaron y siguieron. El movimiento tiene muchas historias de resiliencia: por ejemplo, la mamá de un chico que falleció en 2018 por una granada; él hacía parte del movimiento aquí en Santa Rosa de Lima, y la manera en que ella ha continuado la lucha es profundamente inspiradora. Entonces para mí hay una dualidad permanente: por un lado, está lo que se perdió y lo que no se hizo, incluso la sensación de fallarse a uno mismo frente a la vocación; y por el otro, esa inspiración y esas ganas constantes de seguir adelante por la gente.
¿Con qué se encuentran los jóvenes que entran a la YMCA?
Con una pregunta. Siempre que un joven llega al movimiento, la pregunta es: ¿cómo va a apostar por sí mismo? Desde ahí empieza a construirse su camino en la organización. Claro, hay una estructura: somos una ONG mundial y trabajamos en cuatro líneas, que llamamos cuatro pilares. Está Mundo Justo, que aborda la movilización social, la equidad y la inclusión. Está Planeta Sostenible, que reúne las acciones para cuidar el planeta. Está Comunidad y Bienestar Primero, enfocada en la salud integral, con énfasis en salud mental. Y está Trabajo con Propósito o trabajo significativo, que tiene que ver con los medios de vida. Pero cuando un joven llega, no entra hablando de objetivos de desarrollo sostenible de un día para otro. Habla primero de qué le duele, qué le preocupa, qué lo hace sentirse pequeño o grande. A partir de ahí empieza a desarrollar su apuesta de vida, con el deseo de hacer algo distinto y siempre atravesado por el servicio.
Cuénteme un poco más sobre su nueva sede.
La casa de la YMCA ha sido nuestra desde 2001. Durante las operaciones militares en la Comuna 13 fuimos una de las pocas organizaciones que permaneció allí. Esa es la sede que estamos remodelando y modernizando. Pero no estaba pensada como un espacio social sino como vivienda, y por eso no facilitaba la realización de eventos o encuentros comunitarios. Por ejemplo, hemos tenido jóvenes con movilidad reducida que no podían integrarse plenamente. Entonces quisimos convertirla realmente en un espacio comunitario. En ese sentido, todo el primer piso estará disponible para las personas del sector, mientras que el segundo estará destinado a lo administrativo, a reuniones y a eventos propios de la organización.
Para usted, ¿cómo se construyen las oportunidades?
Para construir una oportunidad hay que tomar una acción política: creer en la población que va a ser beneficiaria. Desde el relacionamiento puedo identificar a esa población, pero si no creo en ella, todo se queda en un buen taller y nada más. Por ejemplo, uno de nuestros proyectos más importantes hoy es la galería viva Memorial de las Ausencias. Ese proyecto lo lidera un joven que se llama Juan, y lo asumió cuando tenía 15 años. Si la YMCA llama a un joven y le dice “mire, tenemos esto, ¿le interesa?”, pero no le cree —no le responde a las reuniones, no lo acompaña a hablar con proveedores, no le da un lugar en las inauguraciones—, el joven no va a asumir esa acción política ni ese liderazgo. Esa decisión es fundamental. Más allá del relacionamiento, la financiación o el reconocimiento externo, hay que creerle a la población que se está convocando para esos procesos. Sin eso no hay nada.
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