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David Uclés y su “Macondo íbero”: el realismo mágico que une a España y Latinoamérica

Durante el Festival de Poesía de Granada, el ganador del Premio Nadal de novela 2026 habló sobre la construcción de memoria a partir de lo fantástico.

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08 de mayo de 2026 - 08:07 p. m.
El escritor David Uclés tras recibir el galardón como ganador del Premio Nadal de Novela 2026 por la obra 'La ciudad de las luces muertas'.
El escritor David Uclés tras recibir el galardón como ganador del Premio Nadal de Novela 2026 por la obra 'La ciudad de las luces muertas'.
Foto: EFE - Marta Perez
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El sol se filtraba entre las columnas del Palacio de Carlos V, en el corazón de la Alhambra, creando un escenario donde el tiempo parecía haberse detenido para recibir a David Uclés (Úbeda, 1990). El joven escritor, recientemente galardonado con el Premio Nadal, conversaba en el recinto con la naturalidad de quien se sabe en una de sus patrias chicas. La atmósfera de Granada, ciudad que ama lo diminuto, dictó un ritmo de confidencia para desgranar cómo lo fantástico se ha convertido en su mejor herramienta para rescatar la memoria.

Uclés llega al lector latinoamericano con una propuesta que late con una fuerza familiar. El autor explicó que España y Latinoamérica son sociedades en las que lo mágico y lo realista “se manifiestan de una manera hermanada”. Según sus palabras, existe un peso poderoso de las tradiciones y supersticiones que, mezclado con la realidad, da origen a ese realismo mágico que nos identifica.

Al profundizar en esta conexión, el escritor andaluz señaló que en su tierra las costumbres son sumamente vívidas y determinantes. “En Andalucía, las costumbres, las supersticiones, las tradiciones forman parte del día a día”, comentó, trazando un puente cultural que ignora el océano para centrarse en las raíces compartidas. Es este ecosistema el que le ha permitido normalizar lo extraordinario en su celebrada novela, La península de las casas vacías.

Esta obra literaria es una novela sobre la contienda española en la que ha invertido una década y media de trabajo. “He estado 15 años construyendo ese, yo lo llamo el Macondo íbero”, confesó, refiriéndose a un universo donde el olivar andaluz sustituye al imaginario caribeño. En este espacio, Uclés busca contar la historia más reciente de su país con una “profusión de color y de forma y de surrealismo”.

Para el autor, este Macondo peninsular comparte rasgos fundamentales con el universo de Gabriel García Márquez. Uclés destacó que sus personajes, al igual que los de Gabo, “son muy inocentes, son muy tiernos, no se asombran ante lo mágico, conviven con ello”. Esta aceptación de lo fantástico es, según su visión, una característica propia de las tierras donde la tradición está profundamente arraigada.

Sin embargo, el escritor defiende que esta no es una corriente exclusiva de una sola geografía, sino una “corriente muy internacional”. El escritor sitúa su obra en una tradición que incluye a maestros como el propio Márquez, pero también a figuras europeas y asiáticas. Para él, autores como Günter Grass, Olga Tokarczuk o Salman Rushdie demuestran que es posible narrar la herida de un país mediante un “cierto velo onírico mágico”.

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Muchos se preguntan por qué elegir la fantasía para narrar un episodio tan crudo como la Guerra Civil Española. Uclés es partidario de que las “heridas que todavía le duelen al pueblo se describan bajo un estilo que permita la aparición de metáfora y de paralelismo”. Para el autor, el realismo puro a veces resulta insuficiente para capturar la magnitud del dolor de una nación.

El escritor sostiene que este enfoque tiene un propósito mayor que la simple estética. Según sus declaraciones, “narrar la historia del pueblo mediante estilos oníricos (...) tiene un mayor efecto para crear una memoria literaria y democrática”. Este uso de la alegoría y la metáfora sirve, fundamentalmente, para “fortalecer el hecho histórico en la memoria del lector”.

A pesar de los elementos fantásticos, mantiene un rigor sobre la base histórica del conflicto. “Si tú tratas un texto desde el rigor y la honestidad histórica y con respeto, cariño y empatía hacia los que ya no están, yo creo que no puede salir mal”, confesó durante la entrevista. Su literatura nace del deseo de no tergiversar las historias personales, sino de honrarlas con un espíritu que impida ridiculizar la historia.

La memoria es, de hecho, el pilar que sostiene toda su arquitectura creativa. El escritor entiende el arte como una herramienta necesaria para “rescatar del olvido en algunos momentos clave ciertas escenas históricas que nos pueden ayudar a comprender mejor nuestro presente”. Su objetivo es realizar una memoria que recupere voces literarias que el tiempo ha ido erosionando.

Esta sensibilidad nace de sus propias raíces en una familia de olivareros en Jaén. Uclés recordó con humildad cómo, en su juventud, no llegaba a valorar “la herencia de la cultura del campo, los silencios, la conversación con la familia”. Hoy, reconoce que esa riqueza de observar el mundo desde lo sencillo es lo que dota a su escritura de una belleza auténtica y cercana.

A partir de su conexión con la tierra, considera los lugares como entes con voluntad de espíritu. Para impregnarse de esa energía, llegó a recorrer la península tocando los pomos de las puertas de casas históricas, como la de Unamuno en Salamanca, buscando conectar con la esencia de quienes las habitaron. Cree firmemente que los lugares quedan impregnados de la energía y el recuerdo de quienes pasan por ellos.

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El escritor aspira a una literatura que logre la “belleza de la frase con las palabras más simples y cercanas”, una lección que aseguró haber aprendido de la poesía de Federico García Lorca. Su reto es, desde lo pequeño e individual, lograr alcanzar lo universal. Esta búsqueda de la verdad a través de la belleza es lo que él vincula con el concepto náhuatl de “la flor y el canto”.

En conversación en el Palacio Carlos V, en la Alhambra, junto a la catedrática Remedios Sánchez, el autor se refirió a su obra más reciente, La ciudad de las luces muertas, donde Barcelona se convierte en un territorio donde los intelectuales vuelven a la vida. En este caso, utiliza la metáfora de las luces para referirse a los artistas que, aunque ya no están, “siguen arrojándonos su luz”. Es un ejercicio de lucha contra el olvido que se mantiene constante en toda su trayectoria.

Siguiendo el mantra de Gabriel García Márquez de vivir para contarla, Uclés anunció sus planes de mudarse a diversos países solo con una maleta y su guitarra. Cree que estas experiencias vitales, que producen “llanto, amor puro o felicidad extrema”, son las que realmente enriquecen la escritura futura. Para él, los lugares y las personas son una fuente de inspiración mucho mayor que la propia literatura.

Próximamente, el autor iniciará una gira por Bogotá, Guadalajara y Buenos Aires, ansioso por conectar con los lectores latinoamericanos. Su deseo es que este nuevo público viaje de la mano de lo onírico por territorios que antes solo conocía a través del realismo más descarnado. “Quiero demostrarle que no, que también hay magia”, afirmó con entusiasmo sobre su visión de España.

David Uclés ha logrado devolverle al relato histórico su fulgor perdido. Su “macondo íbero” es un testimonio de que la fantasía es, en muchas ocasiones, el camino más honesto para recuperar la dignidad de un pueblo. Entre flores y cantos, su palabra resuena como una promesa de que la memoria no podrá ser domesticada por el olvido.

La velada alcanzó un punto de máxima sensibilidad cuando Uclés decidió que las palabras no eran suficientes. Se sentó frente al piano y, con una voz que conmovió a los presentes, comenzó a cantar “La Tarara”. En ese instante, la música dejó de ser un adorno para convertirse en el hilo que une su narrativa con la emoción pura, confirmando su convicción de que “la literatura está en todo”.

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