Muchos quedaron sorprendidos con la revelación del retrato de Gustavo Petro que se sumará a la hall de expresidentes de la Casa de Nariño, pues se diferencia radicalmente de los de sus antecesores. Mientras la gran mayoría optó por una opción mucho más tradicional, con traje, mirada serena y fondo indefinido, el presidente saliente prefirió un retrato en medio de una finca cafetera rodeado de mariposas amarillas. Se trata de una obra sin precedentes, pero que se inserta en una larga tradición con raíces que van mucho más allá de nuestra historia republicana.
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Desde finales del siglo XIV, en Europa ya contaban con representaciones de sus reyes y arzobispos pintados por algunos de los más destacados artistas de su época. Héroes de batalla sobre sendos caballos y matronas de cabello frondoso y vestido apompado eran los paisajes comunes de los palacios reales de esa época, por lo que, cuando los españoles desembarcaron en América, trajeron consigo esta tradición. Según explicó Carlos Moreno, bibliotecólogo de la Academia Colombiana de Historia, estas piezas cumplían dos funciones: primero, la de homenajear la figura de poder a través de la imagen, pero segundo y tal vez más importante, la de hacerlo presente en su nueva tierra. El retrato del virrey era un recordatorio constante de quién estaba al mando.
Con las guerras de independencia, los países de América Latina dejaron atrás a la monarquía, pero conservaron su tradición de los retratos. Simón Bolívar fue el primero en hacerlo y, desde entonces, múltiples representaciones suyas poblaron los pasillos del palacio de gobierno, aunque en ese entonces no era lo que ahora conocemos como la Casa de Nariño.
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Ahora bien, hay un punto importante en la historia que no tiene tanto que ver con los cuadros, sino con su lugar de exhibición. Moreno contó que, cuando se hizo la inauguración del Palacio de la Carrera (nombre que tenía la casa presidencial antes de convertirse en la Casa de Nariño) a principios del siglo XX, se emprendió un programa decorativo en el que se le comisionó a algunos artistas la realización de retratos de próceres de la independencia al igual que de presidentes anteriores. Fue así como aparecieron más cuadros de Santander, de Nariño, de Bolívar y demás, en muchos casos realizados por el pintor Ricardo Acevedo Bernal, uno de los más destacados de la época.
Desde entonces, se volvió costumbre que cada presidente escogiese un artista que lo retratara. La gran mayoría, como ya lo decíamos, son bastante similares. Destacan los de Laureano Gómez, retratado frente a una biblioteca; Belisario Betancur, que optó por un estilo mucho más atrevido con las pinceladas de Juan Antonio Roda, o incluso Juan Manuel Santos, que en lugar del fondo neutro aparece frente a un paisaje montañoso y con un pin de paloma de la paz en la solapa. Y bueno, también está la excepción del general Gustavo Rojas Pinilla, inmortalizado con su uniforme militar en su pintura. Sin embargo, aún seguía sin haber una galería que los albergara a todos.
Después de la última gran remodelación de la Casa de Nariño, en 1978, se creó el hall de expresidentes que hoy está en el primer piso del inmueble. Allí, uno al lado del otro y siempre acompañados con una placa con un breve perfil de cada uno, se fue poblando esta galería con espacio para alrededor de 25 cuadros. Con cada uno que entra, como será el caso de Gustavo Petro este 7 de agosto, hay uno que sale. Este año, ese será Marco Fidel Suárez, presidente de la república entre 1918 y 1921.
Ahora, no existe una ley que regule la realización de estos retratos ni que obligue a mantener esta galería tal y como está. Lo que sí existe es el Decreto 1678 de 1958, emitido por el entonces presidente Alberto Lleras Camargo y que prohíbe “colocar en las oficinas públicas retratos del presidente de la república o de otros funcionarios públicos, lo mismo que cualquier grabado o leyenda que directa o indirectamente pueda interpretarse como homenaje de los titulares o empleados de dichas oficinas al primer mandatario de la nación, o a dichos funcionarios. En las oficinas públicas solamente podrán colocarse efigies de próceres o, cuando así lo haya dispuesto la ley, la de personas ilustres desaparecidas”.
La única excepción parece ser este corredor en el que, al final de su mandato, cada presidente deja un recordatorio de su paso por el cargo.
El retrato de Petro
Todo esto lleva, ahora sí, a pensar en las decisiones que tomó el presidente Gustavo Petro para la realización de su retrato. El escogido para esto fue Luis Jaime Rojas Rodríguez, un artista con más de 35 años de experiencia, quien recibió COP 75.000.000 por su realización, lo que contrastó con el costo de otras piezas de este tipo como las de Uribe (COP 18.000.000), Santos (COP 23.000.000) o Duque (52.000.000).
El trabajo de Rojas es, sobre todo, realista y muy enfocado al detalle, como él mismo lo describe en su portafolio. Allí también se aprecia que cuenta con pinturas de otros personajes importantes de la cultura colombiana como Gabriel García Márquez, Omara Portuondo y Jorge Velosa, entre otros. Sus obras han protagonizado exposiciones dentro y fuera del país y en dos ocasiones ha sido galardonado con el Premio Grau de las Artes.
Su relación con el presidente Gustavo Petro no comenzó con este retrato, sino con un cuadro que le regaló en julio de 2025 de un niño palestino sosteniendo la bandera de su país frente a un paisaje en llamas. En la inscripción del cuadro, titulado Somos invencibles se lee: “Dedicada al digno pueblo de Gaza y al presidente Gustavo Petro, humanista y defensor de la causa palestina. Obra basada en un registro fotográfico del señor Hisham Abu Shaqrah y pintada en tiempos de genocidio por Jaime Rojas, 2025”. La bandera de este país también aparece en el retrato del presidente, simbolizando evidentemente su apoyo al pueblo palestino contra los ataques de Israel.
Hasta ahora, ni el presidente ni el artista se han pronunciado a profundidad sobre los elementos que componen este cuadro, por lo que tampoco es claro si fue el mandatario quien solicitó su inclusión o si fueron una licencia creativa del artista. Sin embargo, desde su revelación el pasado 19 de julio, saltaron a la vista algunos elementos que han hecho parte de la narrativa del presidente Petro durante estos cuatro años. Para Efraín Sánchez, sociólogo y doctor en Historia de la Universidad de Oxford, Reino Unido, esta fue la forma en la que Petro quiso diferenciarse del resto de mandatarios que lo antecedieron. “Los retratos de los presidentes son todos como del siglo XIX, incluso hasta Duque. Petro quiso hacer algo distinto”, afirmó.
Por eso, uno de los elementos que más llamó su atención no fueron las mariposas amarillas o la manilla con la bandera palestina, sino su atuendo. Gustavo Petro es el primer presidente que no aparece en su retrato con saco y corbata o con uniforme militar. Aparece todo vestido de blanco, muy similar a como Gabriel García Márquez se vistió cuando recibió el Premio Nobel de Literatura e incluso como él mismo ha salido en escenarios nacionales e internacionales. El mensaje es claro para Sánchez: “Petro quiere decir: ‘yo no fui igual a los demás expresidentes. Yo fui un presidente del pueblo’”. A su juicio, si bien es un cuadro que incorpora elementos simbólicos, es bastante evidente lo que cada uno de ellos quiere representar.
En una de sus manillas, por ejemplo, está la bandera de “Guerra a muerte”, un símbolo de la lucha que Simón Bolívar emprendió contra los españoles a principios del siglo XIX. Petro la ha utilizado ya en varias ocasiones, como en una intervención ante la ONU en septiembre de 2025, y durante su gobierno ha querido reivindicarla como un símbolo de libertad y resistencia al sometimiento. Esto a pesar de que varios académicos han cuestionado la forma en la que el presidente ha interpretado su mensaje, como Carlos Uribe Celis, autor, profesor titular (r) de la Universidad Nacional y presidente de la Federación Colombiana de Sociología, dedicó una columna en este diario a explicar su origen y concluye que se trata de una de las banderas de la Segunda República de Venezuela (6 de agosto de 1813 – 6 de septiembre de 1814).
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En la misma mano de la bandera está la cruz de Tau, o simplemente Tau, usualmente asociada a los franciscanos, pues San Francisco de Asís solía firmar todas sus cartas utilizando este símbolo. Petro, por parte, la utilizó también durante la última jornada de elecciones presidenciales y allí, durante su discurso, explicó que se trataba de la última letra del alfabeto hebreo y la asoció con la enseñanza expresada por Jesús en el Evangelio según san Mateo de que “los últimos serán los primeros”. Sin embargo, la información contrastada en sitios oficiales sugiere que se trata de un símbolo de salvación cristiana y de la crucifixión.
Y, finalmente, están las mariposas amarillas, que aparecen en el capítulo número 14 de “Cien años de soledad” con la llegada de Mauricio Babilonia a la casa de los Buendía. Su amor por Meme lo condenó con un proyectil incrustado en la columna vertebral que lo redujo a cama por el resto de su vida. Dice la novela: “Murió de viejo en la soledad, sin un quejido, sin una protesta, sin una sola tentativa de infidencia, atormentado por los recuerdos y por las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz, y públicamente repudiado como ladrón de gallinas”. Este se ha convertido en uno de los símbolos por excelencia del Nobel colombiano y que Petro ha utilizado una y otra vez como parte de su narrativa presidencial.
En conclusión, se trata de una pieza profundamente cargada de símbolos bastante evidentes, pero con los que el presidente saliente espera dejar una marca que lo distinga de quienes lo antecedieron y quienes lo sucederán. Con este gesto, Gustavo Petro se prepara para abandonar la Casa de Nariño.
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