En el capítulo ocho de “La mala memoria”, Heberto Padilla describió cómo se enteró de la presencia de bases soviéticas en Cuba. Eran los primeros años 60. Él estaba en Londres, organizando la oficina de Prensa Latina con 30 mil dólares que le había enviado directamente Ernesto “Che” Guevara. Escribió: “Juan Arocha me llamó de La Habana anunciándome su llegada inminente. Acudí a recibirlo y un momento después de saludarnos me espetó: “En Cuba la situación está que arde. Se afirma internacionalmente que hay instalaciones de cohetes nucleares soviéticos en Cuba. Se han publicado fotos hechas por aviones de Estados Unidos, pero en el periódico no nos hemos dado por enterados. Se niega sistemáticamente la acusación”.
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Pasados dos días, los principales medios de comunicación soviéticos publicaron la noticia de que “Estados Unidos había ordenado el bloqueo naval de Cuba hasta que la URSS desmantelara los misiles. En aquellas horas de tensión para la ciudad, y para el mundo, la gente se detenía en las calles para escuchar el parte oficial soviético que era repetido frecuentemente por las emisoras radiales y de televisión. Al fin se anunció el acuerdo entre Kennedy y Jruschov. En la redacción de Novedades de Moscú Aníbal Escalante, que se había mantenido tan a la expectativa como el resto, alzó súbitamente la cabeza al oír la noticia: ‘Eso es política. La humillación no importa. Lo que importa es que Cuba está ahí’”.
Desde aquellos tiempos, que comenzaron a llamarse los días de “la crisis de octubre”, Padilla entró en una especie de estado paranoico, como decenas de cientos de cubanos, de norteamericanos y en general, de ciudadanos de Occidente. Era “La sensación de naufragio que Ortega y Gasset colocaba en el centro de la existencia humana, el súbito pavor de que al abrir la puerta una mañana nos encontremos que la calle no está, ese descubrir paso a paso que en épocas de gran pasión el intelectual honrado tiene que callarse o mentir, la evidencia de que el espíritu servil se acentúa en los tiempos de las revoluciones”. El que hablara de más, terminaba preso o con dos tiros en la cabeza. El que callara demasiado, acababa por ser tildado de cómplice.
Los cubanos sabían que era cierto lo de las instalaciones de los cohetes nucleares soviéticos en la isla, pero tenían que mirar hacia otro lado. Ni siquiera en los pasillos eran capaces de admitir la realidad. Incluso, como lo refirió Padilla en sus memorias, el poeta soviético Eugenio Evtuskenko buscaba que alguien le contara lo que estaba ocurriendo. “Quería comentar con amigos cubanos en Occidente lo que estaba ocurriendo. Evtushenko intentaba calmarme: ‘No ha ocurrido nada. Cuba está ahí. Si fuera cubano escribiría un poema suscribiendo los cinco puntos del Gobierno de Cuba para cualquier negociación, son puntos que no ponen en duda la soberanía; escribiría: “Son cinco puntos, cinco puños en alto”’, y recitaba como recitan los poetas rusos”.
Algunos años más tarde, a finales de los 60, Evtushenko le demostraría a Padilla su amistad. Como lo escribió él mismo, “De las muchas personas que conocí en la Unión Soviética, Eugenio Evtushenko me trató con una amistad que no puedo olvidar. Y cuando comenzaron las dificultades en Cuba, me envió un cablegrama felicitándome por el premio de la Unión de Escritores y obviando el escándalo: ‘Son verdades amargas, pero las verdades amargas son también verdades’. Te abraza tu hermano ruso, Eugenio Evtushenko”. Luego, Padilla fue arrestado por el régimen y fue obligado a realizar “la clásica ceremonia de autodegradación”, que solía poner de buen humor a Fidel Castro. Evtushenko le escribió una larga carta a su amigo de tantos y tantos años.
En ella le decía, entre otras cosas, “Ser herido no significa ser muerto. Muchos dicen que estás en una granja, o en una cooperativa; pero quiero decirte que siempre he admirado tu poesía, y quiero oír de nuevo los cascos de hierro de los caballos de tu poesía…”. Evtushenko, el poeta de las multitudes en la Unión Soviética de los 60 y 70, fue uno de los muchos intelectuales con los que Padilla se cruzó en sus múltiples viajes desde finales de los 50. A algunos, como a Albert Camus y a Jean Paul Sartre, los buscaba a través de sus conocidos, pero se enfrentó al problema de las tribus de los dos escritores. En general, quienes admiraban al uno, detestaban al otro, y viceversa. A Camus, por fin, lo contactó a través del periodismo y de un argelino.
“Desde el primer instante Camus se dirigió a mí en español -escribió Padilla-. Como Montherland, tenía un profundo conocimiento de la cultura española, al punto que tradujo La devoción de la cruz de Calderón. Intenté hablarle de su obra, pero él apenas se interesó en el tema; prefirió hacerme preguntas sobre Cuba. En el año cincuenta y nueve, Cuba se alzaba deslumbrante en la Prensa europea, era noticia diaria en los periódicos de París; pero él veía señales de la isla que intentaba descifrar”. Luego de haber almorzado, Camus le pidió que le regalara un tabaco y salieron a caminar. Hablaron de literatura, de Argelia, por supuesto, de sus influencias norteamericanas, Hemingway y Faulkner, y del “gran Pasternak” y del “gran Dostoievski”. Al final, de Franz Kafka.
A Sartre lo conoció en Moscú, después de haber viajado por Finlandia y de haber quedado prendado de su literatura. Cuando le comentó aquellas impresiones, Sartre le respondió que lo entendía casi a la perfección. “Durante un largo período de la adolescencia nos educamos con estados de ánimo ajenos, impersonales. Yo viví muchos años enamorado de la idea, de escribir, una novela solar. —¿Como El extranjero? —me atreví a preguntar. —Sí. Yo hubiese querido, que La Náusea hubiese tropezado, con el ambiente solar de África del Norte. Pero, por lo visto, también ustedes los cubanos reaccionan contra el medio en que viven. Tienen una nostalgia prenatal por la nieve. Alejo Carpentier casi no alude a lo más visible del país, al sol, que es el equivalente de la nieve de los novelistas rusos”.
Unas palabras más adelante, le sugirió que interiorizara su mundo, pues al fin y al cabo era en el que había nacido y vivido, y remató diciéndole: “Ese embrujo que le produce Escandinavia es totalmente literario. Además, toda la infancia tiene un fondo de balada. La niñez es primaria, inmediata. Es la edad de los grandes miedos y las grandes efusiones”. Pasados uno años de aquella conversación, Sartre haría parte decisiva de la polémica que se generó en el mundo literario y político por la detención de Padilla, las posibles torturas que habría sufrido, su “autoincriminación” y el atentado que todo aquel suceso significaba para la libertad.