─¡Susy, Susy, maldita perra! ─gritó la mujer.
Se detuvo en la esquina y miró hacia atrás. Vio que la vieja la seguía llamando a grito limpio y con la zapatilla en la mano. Ella continuó su camino: sabía llegar hasta la comisaría porque la semana anterior acompañó a la mujer a poner una denuncia ─le habían robado el bolso, el monedero y la dentadura postiza.
Susy estaba decidida a denunciar.
Lo que sucedió esa mañana era inadmisible, perverso y no estaba dispuesta a que le ocurriera a otras. Tuvo que soportar una penetración no deseada y con consecuencias, pero asumió su estado con una digna resignación y sin maldiciones. En algunas ocasiones se escondía en un rincón a llorar en silencio.
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Un día pensó que era mejor morir. Estaba dispuesta a beberse el veneno que había en la alacena, solo tenía que esperar a que la mujer saliera al mercado o a comprar el pan. Entonces aprovecharía y se lo tomaría de un solo trago.
Cuando esos oscuros pensamientos se pasearon por su cabeza, sintió algo parecido al sonido de varias locomotoras descarriadas dentro de su vientre. Dio un brinco por el estupor que le causó el ruido. Los malos pensamientos huyeron por la ventana abierta.
Susy esperó junto a otros transeúntes a que el semáforo cambiara de color. Cuando cambió a la luz verde cruzó la carretera. Caminó deprisa y mirando a todos lados. Los ojos los tenía hinchados de tanto llorar. Por la mañana no probó bocado. La ausencia pesaba tanto como una caja de herramientas.
Cuando llegó a la comisaría entró y se sentó en el suelo a esperar su turno. El frescor de las baldosas le imprimió un aire de tranquilidad en el rostro. En una gran pantalla anunciaron los turnos. Susy no había cogido número y prefirió esperar a que atendieran a los inhumanos, como ella los llamaba. A pesar de su corta edad, tenía claro que no podía fiarse de nadie. Consideraba que todas las personas eran egoístas, egocéntricas y que no eran capaces de dar amor sin pedir algo a cambio.
Cuando la sala de la comisaría quedó vacía, el ventilador continuó girando. En el suelo habían quedado unas cuantas patatas fritas con sabor a pollo y varias bolitas de chicle. Susy se acercó a uno de los despachos y dio tres golpes en la puerta. Salió un tipo con botas de media caña y gorra beisbolera. Le extendió la mano y le preguntó qué se le ofrecía. Susy se abrazó a él y como no sabía hablar tomó un lápiz, un papel y empezó a escribir.
─Quiero poner una denuncia.
El policía la miró y le hizo una señal con la mano para que continuara.
─Escriba, por favor.
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Mientras Susy escribía, el hombre daba golpecitos con el lapicero encima de la mesa y fumaba.
─Verá usted. Todo empezó hace algunos meses. Ese día la ventana estaba abierta y se respiraba un olor agradable dentro de la casa. Tocaron a la puerta. Ella abrió deprisa. Entraron dos hombres y uno era de mi tamaño. Era blanco y tenía algunos lunares negros. La verdad, me pareció un poco feo, pero en sus ojos pude ver que a él también lo obligaban. Su mirada era inocente, pero tenía que obedecer. Me invadió un mal presentimiento. El hombre nos encerró en una habitación y mi sexo y el del que era de mi tamaño, el blanco, se juntaron forzozamente. Me quedé inmóvil…
─Continúe.
─El blanco dudó. El hombre nos agarró a los dos a la fuerza hasta que logró engancharnos. Me penetró y grité. “Ya está, ya está”, le dijo el tipo a la vieja. Yo me mantuve quieta, recibí dolor y…
─¿Y, después qué pasó?
─El hombre se marchó con el blanco. Antes de irse le dijo a la vieja que dentro de unos días yo vomitaría y que era normal… En los meses siguientes la barriga ya me pesaba y caminaba con dificultad. Un domingo, la barriga me temblaba, tenía escalofríos y jadeaba. La vieja tiró en el suelo una colchoneta. Yo subía, bajaba, daba vueltas y regresaba. Hasta que por fin salió el primero: era blanco y con lunarcitos negros. Luego salió el segundo, que era marrón como yo, y el tercero salió negro azabache. Los limpié con mi lengua y me comí el cordón umbilical de uno de ellos.
─No hace falta entrar en detalles.
─Los abracé y estuve toda la noche mirándolos. Me encontraba exhausta y aterrada de tener tantos hijos. Sabe, me acostumbré a ellos, no les puse nombre, yo reconocía a cada uno por su olor. Uno olía a jazmín, otro a chocolate y otro a comino.
El caso es que esta mañana me desperté tarde. No sentí el olor de uno de mis hijos, el que olía a comino.
El hombre bostezaba mientras leyó la denuncia, después miró a Susy y la acompañó hasta su casa. El policía picó al timbre. La mujer que se encontraba en bata polar abrió la puerta.
─Buenas tardes ─dijo el policía─. Aquí le traigo a su perra.
─Gracias, muchas gracias. ¿Quieres tomar un café?
─Por favor. Ojalá esté bien cargadito y con un terrón de azúcar.
La mujer encerró a Susy en el baño. La perra ladraba, arañaba y daba golpes a la puerta…
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Percibió un olor a jazmín y chocolate. Escuchó cuando cerraron la puerta y el olor desapareció.
Más tarde, la mujer sacó a Susy del baño. Susy corrió a ver a sus cachorros, pero solo encontró un hueso prensado y una pelota de tenis.
En la mesa Susy vio unos billetes. Cuando la vieja se durmió, los destrozó y se los tragó.
Cuando la mujer despertó no encontró el dinero y miró a Susy fijamente.
─¡Maldita perra! ─gritó.