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Diario del confinamiento VIII: ¿Rutinas? (Tintas en la crisis)

Desde hace un par de días tengo la sensación de que ya nos estamos acostumbrado a esta nueva vida en confinamiento. Como escuché en un programa de la radio, la anormalidad poco a poco será lo normal.

Daniela Siara

01 de abril de 2020 - 01:27 p. m.
Imagen de Martí Sureda, quien con su ingenio y paciencia ha sido protagonista de las nuevas rutinas que se han formado a raíz de la crisis del Coronavirus. / Cortesía
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Estoy tranquila de que no tengamos que salir de casa para nada. Nos hemos organizado bien, teniendo en cuenta que tenemos un niño de tres años encerrado y que necesita mucho movimiento. Sin embargo, a veces extraño muchas de las actividades de antes, y me invade la melancolía al imaginarme que, posiblemente, pasará un tiempo largo hasta que pueda reencontrarme con mi familia en Colombia.

Si está interesado en leer el capítulo anterior de este diario, ingrese acá: Diario del confinamiento VII: Ir al supermercado, una actividad de alto riesgo

El shock por la tajante prohibición de acceder al mundo exterior ya lo superamos. A partir de ahí, nos ha tocado repensarlo todo (cabe recordar que una multa aceleró ese proceso y que, poco a poco, tenemos más reparos con salir a la calle). Nuestro apartamento está completamente adecuado para las nuevas necesidades. Nos hemos ido apropiando de los diferentes espacios, que adaptamos para usos específicos. 

Por ejemplo, la habitación del niño la reorganizamos poniendo una mesa pequeña (que antes estaba en la cocina) junto a todos los materiales que pueden servir para hacer actividades de plástica. En la misma habitación centralizamos todos los carritos, los organizamos en una estantería baja y despejamos el espacio de muebles para que pueda hacer allí un buen despliegue. En la habitación de invitados dispusimos los juegos de construcción y de motricidad fina. Dejamos el sofá cama abierto como territorio para la invención de juegos. La sala, la destinamos a las actividades más expansivas; como construir casas o saltar desde el sofá o una mesa a colchonetas y cojines desplegados por el suelo. Dependiendo del día, por la tarde recogemos y guardamos todo para bailar o ver una película proyectada en la pared. 

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Si está interesado en leer la entrega seis de esta serie, ingrese acá: Diario del confinamiento VI: Héroes y mascarillas (Tintas en la crisis)

¡La verdad es que la pasamos bien! ¿Qué les parece si les cuento como transcurre un día normal en nuestra casa?

Mañana:

Nos levantamos sobre las 9 de la mañana. No hay afán. Durante el desayuno planificamos el día. Así, entre arepas de nostalgia y pan con tomate catalán decidimos quién trabajará por la mañana y quién se quedará con Martí. Luego nos aseamos y el que va a trabajar se encierra en el estudio. Nos ha costado, pero el niño ya tiene claro que el estudio es territorio prohibido, a menos de que la puerta esté abierta. 

Mientras tanto, el otro asea a Martí y hacen un pequeño ritual para comenzar el día: cantamos una canción y soplamos la luz de una vela. En las mañanas, dependiendo de quién está acompañando al niño, solemos usar el tiempo de forma diferente. A mí me gusta ofrecerle propuestas concretas; algo creativo de plástica y algo de psicomotricidad con los elementos que tenemos en casa (cojines, colchonetas, mesas, sillas). Martí decide cuál de las dos opciones prefiere hacer. Por otro lado, a mi marido le gusta ponerse al servicio del niño para que sea él quien proponga la actividad o el juego. Cuando la actividad se agota, le sugerimos al niño que tenga un espacio para mirar cuentos o para jugar él solo y así aprovechamos para preparar el almuerzo. 

Tarde:

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Comemos los tres juntos. Si hace sol montamos la mesita de cámping en el balcón y aprovechamos para reponer nuestras reservas de Vitamina D. El que no cocinó recoge los platos y limpia la cocina. Después, decidimos si hacemos una pequeña siesta o no. El niño últimamente no quiere, así que si los padres estamos cansados nos dormimos mientras él lee cuentos y construye cohetes a nuestro alrededor. Si no hay siesta, usamos ese tiempo para actividades tranquilas, como leer cuentos o ver algún vídeo divertido en el computador. Luego viene la hora del té, un ritual nuevo que hemos inventado a raíz del encierro. Es sencillo, tomamos algo caliente y comemos dos o tres galletas. Pero a Martí le encanta. Durante el ritual, sentados en torno a la mesa (¡y las galletas!) compartimos qué nos gustaría hacer el resto de la tarde. Aquí las propuestas pueden ser elegidas libremente por el niño o aprovechamos alguna actividad gratuita en internet. Unos días nos sumamos a sesiones de Yoga para niños y otros hemos hecho clases de percusión online (tendrían que haberme visto, aporreando el tambor como una loca mientras Martí me miraba con cara de susto). Otros días vemos películas proyectadas en la pared, bailamos o vemos en el computador el cuento que los profesores de la Escuela de Martí graban diariamente para estar cerca de las familias. Como habrán notado, NO tenemos televisor. Hace años que decidimos no entregarnos a esa caja vacía. Y puede que alguno piense que, en estos días de encierro, la tele es imprescindible para pasar el rato. En nuestro caso, estamos felices de que su ausencia nos brinde la oportunidad de hacer actividades creativas y constructivas. 

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Noche:

Cuando el reloj está cerca de marcar las siete de la tarde, empezamos a cocinar la cena. De nuevo, Martí se entretiene solo o nos ayuda a cocinar, y el otro adulto puede trabajar un rato. Cenamos juntos, escuchamos las ocurrencias del niño y la pasamos bien. Disfrutamos de estar sanos y no tener preocupaciones económicas. Llamamos por video llamada a alguien de la familia o a algún amigo. A las ocho de la noche, salimos a aplaudir con los vecinos el trabajo de los sanitarios y de todas las personas que permiten que lo básico este cubierto. Este bonito ritual colectivo marca la hora de llevar a la cama a Martí. Uno de nosotros se encarga de ponerle la pijama, leerle un cuento y acostarse a su lado hasta que concilia el sueño. Luego, aprovechamos el tiempo para ser 100% adultos de nuevo. Es el momento de terminar algún compromiso profesional, leer y responder WhatsApps, saborear una novela en silencio o compartir tiempo de calidad en pareja, ya sea hablando, viendo una película o disfrutando de lo que surja. 

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Este es el esquema básico. Luego, cada día es único y lo dejamos fluir. Lo único que está fijo es el aseo diario, los rituales, las comidas y las horas que debemos dedicar al trabajo. Mi esposo trabaja muy a gusto en las noches y yo en las madrugadas. Así que cada quién se ha adaptado para hacer las cosas a su manera. Sin embargo, el ritmo, la organización y la repetición, nos da la estructura y organización mental para sostener, e incluso disfrutar, este momento excepcional.

Por Daniela Siara

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