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El arte colombiano del siglo XXI, una mirada desde el MAMM

El Museo de Arte Moderno de Medellín se atrevió a hacer una ecuación: diecinueve años, cinco miradas, cuatro salas y un país. El resultado es tan ajeno y tan propio como el mismo presente, como el tiempo y el futuro.

Paulina Tejada @PauliTejadaT

06 de junio de 2019 - 09:00 p. m.
Guerreras del centro, performance “Nadie sabe quién soy yo”./ Cortesía
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Con lenguajes diversos, desde geografías disímiles, con diferencias generacionales y búsquedas encontradas, la exposición “Pasado tiempo futuro: arte en Colombia en el siglo XXI” reúne el trabajo de 32 artistas colombianos sin la pretensión de delimitar líneas definitivas, sino, más bien, con el deseo de poner la primera frase de un diálogo, amplio y plural, sobre lo que ha sido durante las últimas dos décadas el devenir de ese otro relato de país, esa manifestación de identidad y de interrogantes a la que se le nombra arte.

Fue así como, en un proceso que llevó meses, cinco curadores invitados por el MAMM: Jaime Cerón, Carolina Chacón, José Roca, María Isabel Rueda y Alejandra Sarria, seleccionaron, cada uno, las seis obras que consideraron más ilustrativas para armar, aun con su inevitable condición de parcialidad, este relato.

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“Más que un consenso, fue un proceso individual que se agrupó”, cuenta Roca, quien de niño jugaba desarmando juguetes y hoy vive armando universos museográficos como uno de los colombianos más reconocidos a la hora de hacer curaduría. Esta tarea resultó siendo tan colorida como las frutas artificiales que reposan en una de las obras de la exposición, tan mutante y rebelde como el proyecto que se aventura a ser una “Escuelita del mal”, tan alterable como las 4.000 botellas que penden de un hilo en una de las salas y tan relevante como la cordillera de 18 metros de largo que se yergue en el centro del edificio Talleres Robledo, en Medellín.

Emiliano Valdés, curador jefe del MAMM, explica que “la idea es que este sea un primer acercamiento de parte de una institución de lo que ha sido este siglo, que llega con tantas oportunidades como retos, a través del arte, entendiéndolo como un reflejo del lugar en el que se está produciendo. Este es un ejercicio que como museo no podemos dejar de hacer de forma intencional, pues, a diferencia de las instituciones del pasado, debemos ser capaces no solo de conservar y mostrar la historia, sino de participar activamente en su discusión y contribuir con su escritura”.

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Para él, haber invitado a cinco curadores que han sido testigos de la época en momentos distintos y que encarnan perspectivas que no necesariamente coinciden, fue la mejor manera de abordar este propósito. “Con espacios y recursos limitados es imposible hacer una muestra exhaustiva y abarcadora, pero creemos que lo que está en esta exposición sí da cuenta de las preocupaciones que han determinado el arte del país en los últimos veinte años”, indica. De ahí que, en los algo más de dos meses que lleva exhibida, haya convocado a miles de personas de todos los lugares del mundo a recorrer sala por sala, observar obra por obra y darle sentido, cada una a su ritmo, con sus herencias y los filtros de su mente, uno por uno, a los elementos que la forman.

Valdés comenta que en “Pasado tiempo futuro: arte en Colombia en el siglo XXI” hay discursos encontrados. “El entorno social, político y económico ha sido una temática recurrente en el arte colombiano desde el siglo XX y, por motivos evidentes, se alarga aún; la naturaleza, la arquitectura y el paisaje, el arte mismo y la diversidad identitaria también están presentes”, explica.

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La transformación en la bisagra entre siglos no solo ha sido temática sino también formal. En el aspecto técnico, esta muestra deja en evidencia variedad y exploración. Desde el –aparentemente– tradicional dibujo, hasta las instalaciones en video hacen parte de ella. Esto, según explica Jaime Cerón, otro de los curadores invitados, es un reflejo de lo que en el círculo del arte se concibe como “la era del no medio”, en la que, detalla, el formato se ha vuelto “más una entonación de la obra y un camino transitorio en la proyección creativa de los artistas que su vehículo para crear”.

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Lo que sí quedó claro en la ecuación que se atrevió a hacer el MAMM es que hay un elemento que cada vez toma más fuerza en los gestos artísticos y que se potencia con la fuerza de la unión entre tiempo, cuerpo y movimiento: la performance.

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“El lugar del cuerpo, sobre todo el de un artista que utiliza el cuerpo en su obra, es el de afirmarlo siempre. Desde que haya esa posibilidad podemos explorar lugares políticos, sociales y de denuncia. En países como el nuestro, se hace necesaria una experiencia que nos afirme en el mundo”, declara María José Arjona, alumna en sus inicios de María Teresa Hincapié y más tarde de Marina Abramovich, que hace parte de esta exposición danzando con sutileza y ferocidad en su obra Lifeline, cuya trayectoria en asuntos relacionados con las artes del cuerpo es reconocida internacionalmente.

El barranquillero Carlos María Romero, o Atabey Mamasita, coincide con la bogotana. “El cuerpo es un campo de batallas y de control, y un campo de oportunidades para reclamar la potencia de la vida. Moverlo, explorarlo y celebrarlo son herramientas políticas tanto para resistir como para crear a nivel colectivo e individual con lo más cercano y a la vez más lejano que tenemos, que es el cuerpo mismo”, dice. Esta es la premisa bajo la cual propone Vogue-Chi, una experiencia participativa de terapia de movimiento que incorpora los principios tanto del voguing como del tai chi, cuyas sesiones se llevaron a cabo en el marco de esta muestra.

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Aunque esta práctica nació en Reino Unido, no hay que ir muy lejos para encontrar apuestas de los cuerpos como un artilugio para desestabilizar estereotipos y conquistar barreras. En mayo, ocho trabajadoras y extrabajadoras sexuales de las calles del centro de Medellín se propusieron tocar la mente de los visitantes del museo perforando prejuicios y contando su historia en el Teatro MAMM. Como ellas, activistas del movimiento Ríos Vivos desgarran sus gargantas cada tanto soltando al aire los nombres de sus líderes que han sido asesinados, tomando la voz en el espectro que hay entre arte y activismo, tanteado por años por la artista Carolina Caycedo.

Según Caycedo, además de exhibir piezas y difundir el arte, “los espacios artísticos institucionales deben discutir sin miedo los problemas que nos rodean”, y la potencia propia de los cuerpos en movimiento, además de democratizarlos, resulta siendo un camino para ejercer este llamado.

Sin pretender dar respuestas exhaustivas, el MAMM dio una primera mirada, “incompleta, pero ojalá sugestiva”, como lo indica su curador jefe, de los caminos que el arte colombiano ha recorrido en los últimos años. La exposición cerrará a finales de este mes, el 24 de junio, dejando a partir de entonces un espacio en blanco para las contrapreguntas, respuestas y elaboraciones desde otras geografías y visiones del país. No hacer esfuerzos por narrarse, por mirarse hacia adentro, quizá sea cómodo, pero, como concluye Valdés, es hora de “enfrentarnos y poner en perspectiva al país y al arte que nos ha tocado vivir”.

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Por Paulina Tejada @PauliTejadaT

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