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El arte de Pilar Copete

La obra de la artista bogotana se ve fuertemente influenciada por la naturaleza. Con su técnica sanguina —trazo muy poco utilizado por nuestros artistas—, plasma de forma sobria los frailejones, el agua y los animales.

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Enrique Uribe Botero
04 de junio de 2023 - 02:00 a. m.
Las pinturas de Pilar Copete van más allá de los colores tradicionales vistos en la naturaleza.
Las pinturas de Pilar Copete van más allá de los colores tradicionales vistos en la naturaleza.
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Soy arquitecto de profesión formado en la Facultad de Artes de la Universidad Nacional. Ese tiempo lo viví acompañado de estudiantes, profesores y obras de arte. Fue un medio en el que me sentí muy cómodo: correspondía a lo que me había rodeado en mi niñez y adolescencia, sobre todo por la línea materna.

Tengo muy claro mi más lejano recuerdo: era 1967 e iba cogido de la mano de mi mamá mientras visitábamos una exposición de pintura, actividad que para ella era rutinaria. Con los años supe que esas obras eran del maestro Santiago Cárdenas, pues me impactó una en particular de la que hoy tengo una reproducción.

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Tengo un bello paisaje andino pintado al óleo por mi mamá en su adolescencia y mi abuela fue definitivamente una activista de las bellas artes en su querida Pereira, a través de fundaciones como los Amigos del Arte y el Museo de Arte de Pereira, o como aficionada al teatro en su calidad de actriz. Todo esto hizo que uno de mis hermanos decidiera dedicarse a las artes plásticas como profesión y oficio.

Desde que, a principios del siglo, vi por primera vez el trabajo de Pilar Copete, este me atrajo de manera muy especial. A partir de ese momento lo he perseguido en donde quiera que haya tenido la posibilidad, incluso en redes sociales como Facebook o Instagram.

Muchas cosas de su trabajo me llaman la atención. Encuentro muy acertados y de gran profesionalismo, los temas, el manejo de la técnica, principalmente de la pintura al óleo, y este para mí no es un detalle menor, puesto que quien pinta al óleo está, entre otras, pensando en la permanencia de sus obras en el tiempo, cosa que no garantiza el acrílico, por ejemplo.

La maestra Pilar usa en sus dibujos la milenaria sanguina, trazo muy poco utilizado por nuestros artistas. Tal vez del único que me acuerdo, aparte de Pilar Copete, es Luis Caballero.

Esta técnica tiene esa magia de llevar nuestra mente a la historia del arte, principalmente al Renacimiento, además de Leonardo Da Vinci, unos de cuyos trabajos más recordados son los dibujos hechos con el lápiz de sanguina.

Los formatos que trabaja Pilar Copete, el muy hábil manejo de la paleta de colores, la composición de sus pinturas y sus trazos largos y decididos hacen de su obra un todo muy bien concebido y construido, que convierten cada pieza en una obra de arte digna de ser apreciada, conocida y conservada. Todo un deleite.

Empiezo en orden por cada uno de los componentes arriba mencionados.

Los temas dije, lo puse en plural, pero realmente es uno: la vida. La naturaleza, las plantas, los paisajes, el agua en sus diferentes formas. La bruma y los animales, representados principalmente en los caballos, sin que falten las aves y, en algunas de sus obras, la discreta y respetuosa presencia de la figura humana.

Son por lo general paisajes de esta alta montaña en la que vivimos, tan únicos, nuestros y desconocidos para quienes no habitan en el trópico más arriba de los 2.600 metros sobre el nivel del mar. Juncales, frailejonales, humedales, paisajes brumosos y apacibles. En conclusión, una agradable y evocadora compañía. Pero, claro, no se trata de una reproducción fidedigna de las plantas, lo cual, si bien es válido, no es el trabajo de la artista. Las pinturas de Pilar Copete van más allá de eso. Si bien las plantas son fácilmente reconocibles, estas no necesariamente copian el color de las hojas o de las flores. Pueden tener tonos que van desde el gris original de un frailejón hasta un sutil azul jamás visto en la planta o, incluso, una sombra ocre o naranja; colores de por sí muy difíciles de combinar de manera armónica. Pilar lo logra con maestría. Combinación de colores que para nada altera la imagen de la planta o el paisaje representado; al contrario, lo enriquece. Se necesita talento para esconder un gato azul en un pajonal coqueteándole a un desprevenido colibrí del mismo color; poniendo de igual a dos seres que conviven, aunque cada uno tenga su papel en el proceso estructural del ecosistema.

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Si una de las razones de ser de las bellas artes es producir emociones en el observador, Pilar Copete cumplió la tarea, pues la serenidad con la que nos trasladamos a los bellos y únicos paisajes del páramo tropical o a un grupo de caballos juguetones es una experiencia que se agradece a la artista.

Ahora, la maestría en los trazos de esta pintora demuestra que es una persona segura y, por supuesto, con gran habilidad para el dibujo. Son trazos largos, únicos, casi que monolíneos. Con no más de cinco trazos Pilar bien puede esbozar muy claramente un caballo contorsionando, por ejemplo, o la flor y hojas de un cartucho (“Zantedeschia aethiopica”). Sea la oportunidad para señalar que los dibujos que hace Pilar Copete de los grupos de caballos jamás podrían ser realizados si no se tiene a estos equinos en frente. Difícilmente un pintor puede plasmar y sentir los infinitos movimientos de un caballo de los que dibuja Pilar Copete a partir de una fotografía o una vivencia. La vegetación que aparece en sus cuadros reúne flores y plantas que, rara vez, se ven fuera de su medio. Con ello, la artista nos abre la mente y nos traslada al campo, al medio natural de estas plantas, a la vez que nos hace un discreto llamado a la protección de nuestros ecosistemas.

Otra característica que llama la atención de su obra son los formatos que utiliza. Ha sido común que, históricamente, en la pintura haya artistas que trabajen formatos de tamaños y proporciones casi que estandarizados. Este, para nada, es el caso de Pilar Copete: es fácil deducir que, en una exposición de una docena de sus pinturas, cada cuadro expuesto tuviera una proporción y tamaño distinto. Esto es importante porque una cosa es tener la idea de una representación a plasmar sobre una tela cuyas medidas están previamente establecidas y una muy distinta es pensar en qué tamaño y proporciones debe tener el bastidor en el que se va a pintar lo que se tiene en mente. Esto, a mi modo de ver, es muy importante y singular en la obra de Pilar Copete.

Con estas líneas quiero invitar a quienes no conozcan el trabajo de esta artista a que se den una pasada por la Universidad de Ciencias Aplicadas y Ambientales (UDCA), y visiten la exposición que está colgada en este centro universitario.

Por Enrique Uribe Botero

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