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El corazón como el sol del microcosmos (El teatro de la historia)

En el Renacimiento, el cuerpo humano fue visto como un microcosmos cuyo funcionamiento podía ser explicado en términos físicos de manera similar al mundo celeste o a artefactos como relojes mecánicos.

Mauricio Nieto Olarte

04 de mayo de 2026 - 07:00 p. m.
Experimento de William Harvey en su Exercitatio “Anatomica de Motu Cordis et Sanguinis in Animalibus”, 1628.
Foto: Wellcome Library, London
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La idea de autopsia —ver con los propios ojos— cobró un sentido especial en la medicina del Renacimiento. Tanto para artistas como Leonardo da Vinci o anatomistas como Andrés Vesalio la anatomía solo se podía aprender con los ojos y las manos sobre cuerpos vivos o muertos. La diligente observación del cuerpo humano, la sistemática disección de cadáveres, el uso de lentes de aumento y la práctica experimental con seres vivos hicieron posible una revolución en la historia de la medicina similar a la que tuvo lugar en la astronomía con la revolución copernicana.

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La obra de William Harvey (1578-1657), “Exercitatio Anatomica de Motu Cordis et Sanguinis in Animalibus” (“Estudio anatómico sobre el movimiento del corazón y de la sangre en los animales”), publicado por primera vez en 1628, fue para muchos la obra fundacional de la fisiología moderna. Educado en Cambridge y posteriormente en Padua, Harvey tuvo conocimiento de los más recientes hallazgos de la nueva anatomía experimental. De regreso a Inglaterra llegó a ser el médico personal del rey Jacobo I, y como médico de la Corona tuvo la posibilidad de observar, hacer disecciones y experimentos con diversos animales, tanto muertos como vivos.

Para entender la novedad de sus conclusiones es necesario hacer una breve descripción de las ideas que se tenían en ese momento sobre las funciones de la sangre y el corazón. Para Galeno, la sangre venosa era creada en el hígado con el fin de nutrir los distintos órganos del cuerpo. Las venas y las arterias constituían sistemas independientes y no existía posibilidad alguna de que la sangre circulara por el cuerpo humano. La medicina árabe, en particular el trabajo de Ibn al-Nafis en el siglo XIII, ya había señalado los vacíos de las teorías galénicas sobre la sangre. No obstante, el mundo cristiano creyó hasta el siglo XVI que el hígado generaba sangre de forma permanente, la cual era llevada a todo el cuerpo a través de un sistema venoso.

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En 1574, antes de que Harvey viajara a Italia, su maestro en Padua, Girolamo Fabrizi, había notado que las venas de los diferentes miembros del cuerpo humano tenían unas pequeñas válvulas que obligaban a la sangre a fluir en un solo sentido. Con sencillos experimentos en un brazo humano, Harvey ilustró en su “Motu Cordis” la realidad de estas pequeñas válvulas que operaban como diques que mantenían la sangre fluyendo en una sola dirección.

Con la novedad del uso de lentes de aumento para observar el mundo natural, el médico de la realeza británica se interesó por conocer organismos y fenómenos nunca vistos, como los latidos del corazón de insectos como las abejas y moscas. Más tarde, Marcello Malpighi hizo observaciones con el microscopio de diminutos vasos sanguíneos en los pulmones que conectaban las venas con las arterias, confirmando la tesis de la circulación de Harvey.

Otro personaje que tuvo una clara influencia en la obra del médico inglés fue Realdo Colombo (1510-1559). Cuando Harvey estudió sus obras, encontró allí las dos ideas que le faltaban para terminar de construir su esquema cardiovascular. En primer lugar, Colombo insistía en que la sangre del ventrículo derecho del corazón pasaba al izquierdo a través de los pulmones; en segundo lugar, Colombo hizo una precisa descripción del funcionamiento del corazón explicando que cuando este se expandía, las arterias se comprimían y que, cuando las arterias se dilataban, el corazón se comprimía.

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Cuando Harvey unió las teorías de Colombo y Fabrizi con sus observaciones, e influenciado por la nueva filosofía mecánica, empezó a ver el corazón como una bomba que permitía que la sangre llegara a todos los órganos del cuerpo. Sus detalladas observaciones le permitieron hacer evidente que la cantidad de sangre que el corazón podía bombear en un día superaba varias decenas de litros, y le resultó inconcebible que el cuerpo pudiera absorberla y sustituirla por nueva sangre proveniente del hígado.

Para Harvey, la única explicación de este hecho debía ser que la sangre tuviera un movimiento circular: “(…) cuando he considerado con atención la cantidad de sangre que circula y el poco tiempo que toma su transferencia, he notado que los líquidos de la comida que ingerimos no podrían suplir esta cantidad sin que nuestras venas se vaciaran por completo y las arterias, por su parte, se reventarían por el exceso de sangre que reciben, a menos de que de alguna manera la sangre retornara de las arterias a las venas y regresara así al ventrículo derecho del corazón; y comencé a preguntarme si esta no tendría un movimiento en una especie de círculo”.

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En tiempos de Harvey el debate sobre la nueva cosmología copernicana ya tenía defensores importantes, como Kepler y Galileo. Es tentador pensar que existe una conexión entre la idea de la circulación de la sangre con el corazón como centro del cuerpo humano y la teoría de un cosmos heliocéntrico. Sabemos que Galileo fue profesor en Padua cuando Harvey era estudiante. Si bien no hay evidencia de que se conocieran ni de que Galileo entonces defendiera el sistema copernicano, es muy probable que Harvey hubiera tenido conocimiento de las teorías de Copérnico en los primeros años del siglo XVII. En particular, la idea de Kepler del Sol como el “anima motrix” del movimiento de los planetas en sus órbitas alrededor del Sol, resulta similar a la idea que tuvo Harvey del papel del corazón en la fisiología humana.

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En los últimos capítulos de su obra, Harvey dedicó muchas líneas a la exaltación del corazón: “Es el punto de inicio de la vida, y el sol de nuestro microcosmos”, “Es la fuente de nuestro calor”. Asimismo, afirmó que una vez la sangre ha dado vida a las partes del cuerpo, vuelve al corazón a retomar su perfección inicial, la cual logra por medio del calor que este le brinda.

El autor de “Motu cordis” se refirió al corazón como una bomba, lo que podría resultar familiar al lenguaje cada vez más frecuente en el siglo XVII de la filosofía mecánica. René Descartes, Robert Hooke y Robert Boyle, entre otros, acogieron la idea de que la naturaleza, incluyendo el cuerpo humano, operaba de forma mecánica no muy distinta al funcionamiento de artilugios diseñados por el ingenio humano, como los relojes que ya se veían operar de forma autónoma sin necesidad de la intervención humana. La filosofía mecánica permitió pensar el cuerpo humano como una máquina provista de “palancas”, “ruedas dentadas” y “poleas”. Imágenes que eran comparables a las observaciones de Harvey en las que se describían “tuberías” como componentes de una suerte de “sistema hidráulico”.

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La manera como Harvey entendió el funcionamiento del cuerpo humano no solo sentó las bases de la fisiología moderna, sino que fue una potente expresión de la ciencia de su tiempo. La diligente observación del mundo natural, la práctica de experimentos para extraer secretos, el creciente uso de argumentos cuantitativos, el uso de lentes que ampliaron la capacidad de observación humana y la tendencia a dar explicaciones mecánicas a los fenómenos naturales fueron elementos presentes en la nueva filosofía natural que tomó distancia con la dominante tradición clásica de la medicina occidental de Hipócrates y Galeno.

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Por Mauricio Nieto Olarte

Mauricio Nieto Olarte es filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en Historia de las Ciencias de la Universidad de Londres.
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