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La eterna contienda entre el bien y el mal en los bestiarios medievales

Los tratados antiguos y medievales sobre animales buscaron instruir y entretener a sus lectores a través de una naturaleza mágica rica en simbolismo que nos enseña sobre las virtudes y los vicios humanos.

Mauricio Nieto Olarte

30 de agosto de 2026 - 08:00 p. m.
Contienda del elefante y el dragón, Bestiario de Aberdeen, manuscrito del siglo 12.
Foto: Wikimedia commons
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Desde la prolífica obra de Aristóteles sobre animales y plantas, y a lo largo de la Edad Media, en el mundo occidental se consolidó una tradición enciclopédica en historia natural que suele separarse en dos tipos de textos: el herbolario y el bestiario.

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La botánica y la medicina han tenido historias entrelazadas, y los herbolarios fueron tradicionalmente tratados farmacéuticos. Como los herbolarios, los bestiarios quisieron recopilar saberes populares y conocimientos útiles, pero además buscaron destacar lo extraordinario: con frecuencia se refieren a creaturas maravillosas, como el unicornio, la mantícora, el grifo, el ave fénix, el dragón, sirenas y diversos monstruos marinos. Ricas en simbolismo y enseñanzas morales, las descripciones de animales pretendían instruir y entretener.

Los bestiarios se suelen relacionar con colecciones de fábulas y supercherías, más cercanos a la literatura fantástica que al conocimiento riguroso del mundo natural. No obstante, los bestiarios no deben ser calificados como obras de poco valor en la historia de las ciencias. Son, más bien, una forma de abordar el mundo natural desde una perspectiva distinta a la nuestra, que nos enseñan sobre tradiciones y mitos populares. No tiene sentido que los valoremos con parámetros de las ciencias de la vida modernas.

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Plinio Segundo, el escritor romano del siglo I, fue autor de una gran enciclopedia titulada Historia Natural, la obra más influyente sobre animales de la antigüedad. Muchos otros siguieron la tradición grecorromana de recopilar descripciones de animales tanto domésticos y familiares, como criaturas exóticas de otros continentes: elefantes, jirafas, rinocerontes o dromedarios. Adicionalmente y no menos importante, los bestiarios se ocuparon de criaturas extraordinarias y aterradoras, que habitaban el fondo del mar u otros lugares remotos, pero no por eso eran menos reales que un caballo o un cerdo.

Desde Aristóteles, y de manera clara en la Historia Natural de Plinio, la naturaleza parece operar basada en principios de simpatías y antipatías. Siguiendo ideas familiares a los griegos, las criaturas mantienen relaciones antagónicas y, para mantener su equilibrio, la naturaleza crea seres con propósitos opuestos. Así, el poderoso león puede ser dominado por el canto del gallo, el elefante se ve desafiado por el dragón o el diamante solo cede en dureza por obra de la sangre del macho cabrío. Los ejemplos mencionados nos remiten a las relaciones entre macro y microcosmos, dónde la existencia de relaciones mágicas en la naturaleza forma parte de un conocimiento, considerado por siglos legítimo y poderoso.

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Entre los tratados de mayor difusión en la Edad Media está De Natura Animalium (Sobre la naturaleza de los animales) de Claudio Eliano (ca. 175- 235), una miscelánea de historias y anécdotas sin orden aparente. El texto no pretende esclarecer un orden o jerarquía de los animales como sucede en los textos aristotélicos, ni tampoco los clasifica según el medio en que habitan (tierra, agua, aire) al estilo de Plinio. En cada uno de los diecisiete libros de la obra, se mencionan animales terrestres como el perro y la cabra, los cuales aparecen junto a ruiseñores, tiburones, hormigas, pulpos y abejas.

No obstante, es un extenso tratado sobre una naturaleza diversa y maravillosa llena de bondades y enseñanzas para los humanos.

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Otro tratado sobre animales de importancia en la Edad Media fue el texto anónimo conocido como el Physiologus (Fisiólogo), que sería el modelo de un conjunto de tratados sobre animales o bestiarios a lo largo de este periodo. El texto griego, posiblemente escrito en Alejandría antes del siglo IV, fue uno de los libros sobre animales más populares del Medioevo y aparece en la mayoría de las lenguas: siríaco, latín, armenio, etíope, árabe y lenguas vernáculas europeas.

La naturaleza, además de su riqueza material, ofrecía lecciones morales, ya que era frecuente atribuirles personalidades específicas a los animales y muchos encarnaban virtudes o vicios humanos. Por ejemplo, el asno era testarudo y estúpido; el elefante inteligente y noble; el león valiente, el zorro intrépido y engañoso; la serpiente malvada.

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Algunos de estos tratados fueron bellamente ilustrados, pero las representaciones artísticas de animales no se limitaron a códices suntuosos. Leones, emblema de fortaleza, pelícanos símbolo del sacrificio de Cristo, serpientes como la tentación del demonio; creaturas fantásticas como grifos (híbrido entre el león y el águila) y dragones que seguramente buscaron infundir temor, fueron esculpidos para decorar las catedrales y representar en piedra alegorías sagradas.

Muy seguramente, los artesanos que las elaboraban conocían el simbolismo de las esculturas y los clérigos incluían en sus sermones alusiones a la naturaleza, que los feligreses podían evocar al observar las inquietantes esculturas en los pórticos y doseles de sus iglesias. De esta manera, parte de los contenidos de los bestiarios circularon más allá las reducidas comunidades letradas de los monasterios y universidades y el conocimiento. Las leyendas sobre los animales, reales y fantásticos, hicieron parte de una amplia cultura medieval.

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En la tradición enciclopédica cristiana sobresale la obra Etimologías de Isidoro de Sevilla (560-636). El libro XII de su gran obra, titulado De animalibus, el obispo de Sevilla se ocupa de bestias y aves, y conserva la tradicional disputa entre contrarios que caracterizó la historia natural de Plinio. No obstante, en el mundo cirstiano dicha tensión entre opuestos en el orden natural se reduce a la maniquea confrontación de Dios y Satanás, el bien contra el mal.

A manera de ejemplo, para dar una mejor idea de la historia natural en el mundo cristiano, nos vamos a referir a una de las contiendas más repetidas de los bestiarios medievales, la del elefante y su legendario enemigo el dragón. Siguiendo a Plinio, la leyenda cuenta que el dragón ataca al elefante enroscándose en su cuerpo y, como las grandes serpientes, logra sofocar a su víctima, la cual rendida se desploma y aplasta a su atacante, muriendo los dos en la batalla.

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El elefante, el primero de los animales terrestres del cual se ocupa Plinio en su Historia Natural, posee una gama de virtudes humanas tales como la justicia, la memoria, la lealtad y la prudencia. “Déstos, (los animales terrestres) el mayor es el elefante y más allegado a los sentidos humanos, porque entiende el lenguaje de su tierra, tienen obediencia al superior y memoria de los oficios que aprenden; deléitanse en el amor y honra y, lo que en pocos hombres se halla, son capaces de bondad, prudencia y justicia”.

Destaca su habilidad para ser enseñados en distintos oficios, su entendimiento, memoria y clemencia, siendo creaturas compasivas que se resisten a hacer actos de crueldad con humanos. Al cierre de su detallada presentación Plinio se ocupa “De su discordia con los Dragones” una gran contienda entre dos colosos de la naturaleza que parecen encarnar el bien y el mal. Justo después, se ocupa de los dragones y de serpientes enormes que pueden tragar ciervos y toros enteros. De ahí en adelante el dragón fue objeto de múltiples y aterradoras descripciones en los bestiarios medievales, una especie de serpiente alada y gigante, de ojos llameantes, que se alimenta de sangre, una creatura que entre los cristianos con frecuencia fue asociada con el diablo mismo. En la Biblia encontramos varias referencias al dragón como símbolo de muerte y caos.

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La leyenda de San Jorge, el valiente santo caballero que derrota la bestia para salvar a los cristianos y predicar la fe, popularizó la idea de la lucha de la bondad contra el mal representado por el más aterrador de los animales, una serpiente alada y gigante, la encarnación de Satanás.

Por Mauricio Nieto Olarte

Mauricio Nieto Olarte es filósofo de la Universidad de los Andes y doctor en Historia de las Ciencias de la Universidad de Londres.
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