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18 Dec 2021 - 11:13 p. m.

El escritor como mercancía

Presentamos este ensayo, que da cuenta de la autopublicación apresurada y la complacencia de las editoriales independientes.

Jaír Villano / @VillanoJair

Imagen de Arthur Schopenhauer, reconocido como el padre del pesimismo filosófico. Consideraba que "toda vida es esencialmente sufrimiento".
Imagen de Arthur Schopenhauer, reconocido como el padre del pesimismo filosófico. Consideraba que "toda vida es esencialmente sufrimiento".

El oficio del artista es cada vez menos valorado. Habitamos tiempos de la mercantilización del rol. Así, cualquiera que pueda financiar su libro es escritor. El auge de las editoriales independientes obedece, en su mejor medida, a la necesidad de publicar autores emergentes y marginados, voces nuevas y refrescantes. Pero está el caso de otros, apresurados e intolerables a la crítica, dispuestos a pagar el precio que sea preciso con tal de transformar su esfuerzo en un resultado.

La fragilidad del individuo moderno domina a este artista. La paciencia necesaria en todo ejercicio artístico, la retroalimentación del trabajo, los vaivenes del proceso, la autocrítica imprescindible en función de un mejor efecto, son características lejanas del escribidor afanado. El modern artist anhela la publicación más que la suficiencia de su obra. Es decir: el objeto más que el espíritu. Su exhibición más que su dedicación.

Hay varias explicaciones. Por un lado, está la de la sociedad de consumo y el hombre de consumo, o sin contenido (G. Agamben), dado que toda actividad es una mercancía el inconsciente colectivo actúa correspondiendo a ello. De modo que mi actividad en el mundo es la actividad con la que me lucro en el mundo. En el art, no obstante, las premisas son distintas: por definición las mayores expresiones artísticas están despojadas de cadenas y/o ataduras. Son libres y nacen de una necesidad espontánea. Dejarlas al arbitrio del mercado es apagar el vuelo de su flama, desnaturalizar la pureza de sus causas, desviar su cauce, derrumbar su arbitrariedad. El arte cuyo único propósito es vender es desechable. El art al que se le exigen complacencias políticas y/o sociales se priva de libertad, pero ese es otro debate.

La otra explicación es la hipersensibilidad del sujeto contemporáneo. Puesto que esta es una sociedad que veda al humano de su diálogo con el dolor, hoy somos más proclives a sensibilidades menos dolorosas. La felicidad exigida por el neoliberalismo juega en contra del temple del individuo. Dado que es más lábil, al mercado le resulta más fácil venderle recetas y fórmulas de ataraxia: libros, series, conferencias, psicología, etc. De esta forma, la tolerancia al comentario negativo sobre el trabajo se pierde. El cuestionamiento de sus ideas es una conspiración en contra suya. El artista no está dispuesto al rechazo, considera que su obra no es rechazable: ha depositado mucho en ella. La positividad hace creer que #todoesposible. Pero en arte el optimismo no garantiza un imperativo optimista.

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En uno de sus lúcidos ensayos sobre las cuestiones metafísicas de la poética, Valéry decía: “Sentir no supone hacer sensible —y todavía menos: bellamente sensible...” (Teoría poética y estética). Dicha reflexión no cabe en el ego desbordado de este autor. Su obra se debe difundir porque su voz, por minúscula y desafinada que esté, debe ser escuchada por el mundo. Los múltiples talleres de escritura fomentan la autocomplacencia, y fungen como centros de apoyo y consuelo.

Las editoriales independientes aprovechan este entusiasmo: urden catálogos donde clasifican estas iniciativas. En algunos casos con toda la parafernalia que el autor requiere. Así, hacen creer que hay unos filtros y unos protocolos: unos evaluadores. De forma que el libro pasa por una examinación. Lamentablemente, no es cierto: la mayoría de las veces los costos van por cuenta del escribidor.

Hoy no hay espacios para un editor al estilo Gordon Lish. Alguien que corrige y le exige al escritor que envía su manuscrito -lo interpela, lo mejora y lo pule-, como hizo con Carver. Hoy el editor es un negociador de libros. El escritor no quiere saber de correcciones, ni de sugerencia, desea publicar, presumir y vender su libro.

Pero hay empresas honestas: limpian de ornamentos sus funciones: son editores e impresores. Asesoran la corrección de estilo, el diseño, la portada del objeto; no financian el producto. Cobran por ese servicio. Lo cual no tiene nada de malo.

No hablo aquí del problema de la autopublicación en autores virtuosos: Nietzsche financió la tercera parte del Zaratustra con su dinero, pensaba en una pequeña edición para unos pocos amigos (“Vidas de Nietzsche”, Miguel Morey). Proust, ante el rechazo constante, decidió costearse la primera parte de À la recherche du temps perdú. Los ejemplos, desde luego, son muchísimos. El arte, como pensaba Schopenhauer, nos libera del absurdo de la existencia: nos permite a los espectadores maravillarnos con el trabajo del artista (“El mundo como voluntad y representación”). Hay que agradecerles a estos individuos que hayan confiado en su talento.

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La pregunta que asalta, entonces, más allá del negocio editorial, es ¿qué tanto de esta proliferación de volúmenes resulta propositiva para la cultura literaria? Si con el ensayo de Gabriel Zaid, “Los demasiados libros”, quedamos atónitos con esa cantidad de impresiones por minutos, hoy sin duda la situación se hace más voluptuosa. Zaid, sin culpa voluntaria, no tomó en cuenta el E-book y algunas de las nuevas modalidades librescas.

Borges ya lo presentía: “”La imprenta (…) ha sido uno de los peores males del hombre, ya que tendió a multiplicar hasta el vértigo textos innecesarios” (“Ficciones”).

Hoy hay menos tiempo para leer y más libros por prescindir. Hay más literatura y menos lectura. Hay más escritores celebrados y menos Autores.

Todo lo cual hace menor la valorización del rol. Se precariza su significado dada la facilidad de su alcance. Aquí también podríamos incluir las comodidades con que se obtienen títulos universitarios. O mejor: certificaciones académicas. Flexibilidades que corresponden con la mercantilización del saber. De manera que no es tanto el conocimiento lo que me hace y me legitima, sino un diploma, un acta, una financiación.

Con su infalible ironía Lichtenberg decía: “Los filósofos verdaderos y los titulares” (“Aforistmos”, tomo II). Hoy hay literatos de oficina y literatos.

Hoy proliferan columnistas indignados, pero sin contenido. Hay exceso de doxas, y ausencia de meditaciones. Proliferan plataformas para desembarazar la rabia, no la reflexión.

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La astucia del sistema neoliberal es amplia y voraz: explica buena parte de esto. El capitalismo penetra las esferas y actividadas menos sospechadas de la existencia personal y colectiva. Aprovecha cualquier tipo de ocasión para controlar merced al consumismo de los individuos.

No estamos lejos de que la técnica opere por el escritor: supla su desasosiego, pula la sensibilidad de sus errores, organice sus estructuras linealmente. (Por fortuna, el acento y el color de la Voz está lejos de su alcance. Word no sabe de eufonía, ni de polisíndeton, ni de hiperbaton, ni de tantas figuras retóricas que le dan color y personalidad a las palabras del escritor).

Las consecuencias del enquistamiento neoliberal no son una discusión circunscrita a los políticos (mucho menos relegada a la demonología izquierdosa). La penetración de su sistema atraviesa las actividades menos deparadas de la vida. Se inserta en la consciencia individual y colectiva, y nos hace querer ser inmunes a estados pesimistas, dolorosos, negativos y de todo lo que no representa el confort en nuestra existencia (Véase “Dialéctica negativa”, T. Adorno).

El auge del artista innecesario es el auge de una cultura de consumos innecesarios. Es la consecuencia de una sociedad narcisista y ávida por hacer de sí mismo y de su trabajo un consumo.

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