6 May 2021 - 5:46 p. m.

La sociedad que le teme al dolor

Presentamos un análisis de la sociedad del consumo frente al dolor, desde el ensayo “La sociedad paliativa” del filósofo coreano Byung-Chul Han.

Jaír Villano* / @VillanoJair

En la sociedad del consumo y el rendimiento el imperativo es ser feliz. La positividad hace que el dolor devenga negativo. El dolor es lo opuesto a las exigencias del dispositivo neoliberal: el triunfo, el éxito, las posesiones, el optimismo, son las premisas. El dolor y el fracaso se anulan por considerarse una contraparte aniquiladora. En realidad, es una argucia que oculta la esencia más estimulante del ser humano: el sufrimiento.

“La sociedad paliativa” de Byung-Chul Han es una crítica frontal a las estrategias de dominación del neoliberalismo: hay que evitar el dolor. Nada debe doler. Es imperativo ser positivo. “La nueva fórmula de dominación es «sé feliz». La positividad de la felicidad desbanca a la negatividad del dolor”.

El dolor, decía Jünger, “es una de esas puertas con las que abrimos el mundo”. El sujeto contemporáneo le huye, le evita, le ignora. Vivimos en una sociedad de analgésicos: el dolor pasó a ser un tema de la medicina, y no de la sociedad y el individuo. Dejarlo en esa esfera, impide que este se haga “lenguaje e incluso crítica”.

El dolor, a diferencia de lo que pregonan los optimistas, purifica. No hay tránsito importante en la vida que no esté salpicado por una experiencia dolorosa. El dolor hace sentir. El dolor deviene reflexivo. Pienso porque me duele, me duele porque pienso. El dolor intensifica la existencia. Siento dolor, luego existo.

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“El dolor trae felicidad y la sostiene. Felicidad doliente no es un oxímoron. Toda intensidad es dolorosa. En la pasión se fusionan dolor y felicidad. La dicha profunda contiene un factor de sufrimiento”.

En la profundidad del ser hay dolor: las sombras opacadas por las luces proyectan verdades incómodas: contradicciones, incoherencias, vacuidades acumuladas. Una introspección verdadera implica dolor. Un diálogo honesto y sumergido hasta el fondo de lo incierto deviene doloroso.

“El espíritu «solo alcanza su verdad hallándose absolutamente desgarrado de sí mismo»”, dice Hegel. “En toda experiencia hay un momento en que se tiene que sufrir y pasar por eso. En eso se distingue la vivencia, que no causa ningún cambio de estado. Divierte en lugar de transformar”, complementa el autor de En el enjambre.

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¿Por qué es esta la sociedad de la algofobia? Porque en la sociedad del rendimiento la positividad opaca el lugar de lo otro. Incluso aquello que no es positivo debe resultar agradable. En la sociedad del Like toda expresión debe agradar. Debe ser legitimada por el Me gusta.

Todo debe ser expuesto. Todo debe ser subido. Todo es contenido. Se privilegia tanto mi yo ante el otro que se termina perdiendo mi yo ante mí mismo. Somos los creadores y productores de nuestras apariciones. Las premeditamos. Pero en la sociedad de la felicidad no caben las versiones negativas: lo negativo debe resultar positivo. (Sofisticado por filtros).

El problema de la logofobia es que crea hipersensibilidades: hoy sufrimos más por menos. El dolor del sujeto hipersensible está sustentado en banalidades. Dejar que la medicina se encarga de esto, no el viaje hasta el fondo de sí mismo, hace que el individuo pierda su carácter combativo. No se enfrentan las causales del malestar, se resuelve con analgésicos.

“Unas expectativas cada ves más altas puestas en la medicina, unidas al sinsentido del dolor, hacen que incluso los dolores insignificantes resulten insoportables”.

La mercantilización del arte no se escapa a esto. El arte pasó de causar “extrañeza respecto del mundo”, como pensaba Adorno, a suplir las necesidades de entretenimiento. Los analgésicos también son usados en las expresiones artísticas: no hay espectadores emancipados, como pensaba Rancière, sino público ávido por efectismos.

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“La anestesia general de la sociedad hace que desaparezca por completo la poética del dolor. La anestesia desbanca a la estética del dolor”.

El arte pasó de ser lo crítico y lo problemático a lo consumible. Un buen artista no es aquel que interroga, sino aquel que entretiene. Un buen libro lo es en tanto “se puede” leer: no en tanto “se busque” interpelar, discutir, interpretar. El artista no ofrece las visiones —antes de su obra— pasadas por alto por los demás, el artista divierte con su performance; pasó de desagradar a la condescendencia más fatua del espectáculo.

“El arte tiene que poder resultar chocante, molestar, perturbar, e incluso poder doler”, dice Han. El arte no duele. El arte, aunque con algunos matices, es consumo.

Las relaciones sentimentales también han sido penetradas por la positividad. “El otro como dolor desaparece. El amor como consumo, que cosifica al otro degradándolo a objeto sexual, no duele. Se opone al eros como anhelo de lo distinto”.

Los cuerpos pasaron a ser mercancías. La inmediatez del placer buscado anula el dolor del tránsito. La espera, el anhelo del otro desaparece, los cuerpos no se corresponden: se consumen.

El amor, entonces, no debe doler. El otro es no dolor. Es valorado —y usado— en tanto felicidad. El sufriente de amor es sospechoso: es la negatividad. El amor no duele, se consume. No hay que sufrir por amor, hay que buscar la positividad, o la inmediatez del placer.

La inmediatez es un síntoma diciente de la era digital. En esta el sujeto neoliberal es su propio agente de marketing. Pasamos de ser explotados a nuestros propios explotadores, somos víctimas y verdugos. No alcanzar los índices de rendimiento —las metas de la positividad— genera disgusto. Las redes sociales incentivan el dispositivo: hacen creer que es posible todo, #puedestodo. El humano busca, entonces, saldar su deuda personal y con el mundo: también puede todo. Labora en busca de saciar el deseo de poder “poder todo”. Su narcisismo es su báratro.

Así, no se vive, se rinde. No se crece, se avanza. No se es, se tiene y se exhibe algo.

Es elocuente, dicho sea de paso, la frase “¡Estudien, vagos!”, porque ahí se condensa el axioma capitalista: la educación en tanto producción, no en tanto capacidad para suscitar fastidio social, no en tanto interacción pensante con lo establecido, no en tanto pugna de un país que genera dolor.

Justamente, uno de los temores políticos en estos tiempos es evitar hacer los cambios profundos. Las reformas de fondo, las transformaciones drásticas, todo aquello que implique el sufrimiento del statu quo.

“La política paliativa no tiene el valor de enfrentarse al dolor. De esta manera todo es una continuación de lo mismo”.

El político por excelencia prefiere analgésicos antes que ajustes paradigmáticos. El centro ofrece unas pequeñas variaciones, no el cambio de lo hondo.

En suma, el neoliberalismo aprovecha sus astucias para controlar a base de positividad, y dejar lo otro como innecesario, estorboso, “negativo”. Somos la sociedad que se jacta de sus libertades, el hombre se figura soberano de sí mismo, pero en realidad lo que hay es nuevas formas de esclavitud e idealismo.

El dolor es la “negatividad”, pero es lo que más posibilita ese encuentro entre la angustia y la nada ontológica pensadas por Heidegger. Eso que nos revela el ser. Nos hace existir.

Renunciar a la “negatividad” es renunciar a la vida, a sus pesos, a sus fragores; una vida sin dolor es una vida sin sentido.

*Tesis de posgrado sobre el Dolor en la literatura, la filosofía y el cine.

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