27 Nov 2021 - 9:30 p. m.

El evangelio según Gustavo (Cuentos de sábado en la tarde)

Gustavo Cruz no es el pobre diablo que describen los borrachos en las tiendas. Los pobres diablos no salvan a ladrones ni lideran ejércitos de perros. Pobre sí es, como tantos de nosotros, pero no diablo. Les aseguro que cuando muera serán muchos los que digan que era un santo.

Orlando Oliveros

"Para entonces el videojuego de vaqueros había pasado de moda y había sido reemplazado por el de unos soldados que cumplían misiones en guerras. Gustavo Cruz nos invitó a mí y a los muchachos a jugarlo en su casa".
"Para entonces el videojuego de vaqueros había pasado de moda y había sido reemplazado por el de unos soldados que cumplían misiones en guerras. Gustavo Cruz nos invitó a mí y a los muchachos a jugarlo en su casa".
Foto: Pixabay

Cada navidad, en el barrio donde Gustavo y yo vivíamos, todos los niños pedíamos una PlayStation. Era el regalo más importante en la lista que escribíamos al Niño Dios. Debajo, como segunda y tercera opción, había bicicletas y zapatillas deportivas. Alguien tal vez pedía una pelota de fútbol o una figura de acción. Pero el premio gordo era la Play. Ésta no se limitaba a la consola, por supuesto. Junto a ella debían venir dos controles y un videojuego de vaqueros donde podíamos disparar a los bandidos que merodeaban los pueblos del Salvaje Oeste. Éramos buenos en eso: apuntar y abrir fuego. Nos gastábamos la plata de la merienda en maquinitas en las que batíamos el récord de muertos.

Le sugerimos leer: La Esquina Delirante XCIII

Sólo Gustavo Cruz era diferente. Él insistía en que había que ser compasivos con los villanos de los videojuegos, imaginar que tenían esposa e hijos. “Hay que darles una segunda oportunidad —nos decía mientras sacudíamos los revólveres— para que puedan ir a abrazar a los familiares que los esperan cada noche cuando apagamos el televisor”. Daba risa la seriedad con la que hablaba. En el cine, cuando íbamos a ver una película de acción, sufría con los extras que el protagonista eliminaba a medida que transitaba la senda del héroe. Por ejemplo, si el chacho desnucaba a un terrorista, Gustavo nos apretaba el brazo y preguntaba si aquel personaje efímero y secundario tenía una madre esperándolo en casa. Entonces lo mandábamos a callar con un golpe en la perilla.

Hubo una época en la que fue el único del grupo que no tenía una PlayStation, aunque me consta que se la había pedido varias veces al Niño Dios. Nosotros habíamos ido recibiendo las nuestras poco a poco. Un 24 de diciembre encontraba la mía bajo el pino artificial y el 24 de diciembre del año siguiente otro descubría la suya camuflada entre las hierbas falsas del pesebre. A Gustavo le regalaban cosas distintas. Y en ocasiones eran regalos que no estaban incluidos en su lista: guantes de béisbol, guayaberas blancas o libros de texto que iba a necesitar tan pronto empezara la temporada escolar. Los 25 por la mañana nos reuníamos en el parque para presumir de nuestro botín. Él nos observaba en la distancia con un par de pantalones bajo la axila que sus padres le habían comprado en el mercado.

Le puede interesar: La vida en un suspiro (Cuentos de sábado en la tarde)

— ¿Y tú para qué quieres una Play? —le pregunté cierto día.

— Para jugar el videojuego de los vaqueros —respondió.

— Pero si no te gusta matar a los malos.

— Yo no los voy a matar, Andre.

— ¿Sino?

— Voy a mirarlos. Caminaré por el pueblo sin sacar la pistola. Un paseíto, como cuando salimos a ver el alumbrado navideño en el centro comercial.

Por comentarios así, los demás muchachos creían que era un pendejo. Los que menos lo querían lo llamaban marica. En realidad no lo comprendíamos. Ni siquiera su papá. Con él peleó una vez (por todo el barrio se escuchó el intercambio de gritos) y después de eso nunca más lo vimos asistir al colegio. Luego escapó de su casa y se convirtió en el vagabundo del que hablan los borrachos en las tiendas. Famosas son sus historias al otro lado de la ciudad. Cuentan que se interpuso entre un atracador y la turba que lo iba a linchar. Que aguantó patadas, arañazos, palos y piedras hasta que llegaron dos policías y esposaron al ladrón. Y que lo hirieron en la cara con una tabla llena de clavos. En la mejilla derecha le quedó la cicatriz: una especie de estrella cenicienta inflada por el queloide.

Le invitamos a leer: “¿Ustedes por qué se han vuelto tan violentos, insensibles y destructivos?”

Hace unos meses lo vi frente al edificio donde trabajo. Estaba sentado en el andén. Tenía la barba sucia y frondosa de los peregrinos. Doce o trece perros callejeros lo rodeaban como a una perra en celo. Él los alimentaba con huesos de pollo y cabezas de pescado que sacaba de un balde plástico. Me dio vergüenza saludarlo, así que esperé dentro de la oficina hasta que se marchara. Mientras tanto, recordé la última vez que habíamos conversado. Fue el año en que el Niño Dios por fin le trajo una PlayStation. Una de segunda mano, pero en condiciones aceptables. Para entonces el videojuego de vaqueros había pasado de moda y había sido reemplazado por el de unos soldados que cumplían misiones en guerras. Gustavo Cruz nos invitó a mí y a los muchachos a jugarlo en su casa. Nos amontonamos en la cama a su alrededor. Él encendió la consola, seleccionó a su soldado y lo armó hasta los dientes. Sin embargo, a la hora de la verdad no disparó una sola bala. Anduvo por el campo de batalla como si estuviera recorriendo el patio de juegos de un jardín infantil. No lo inmutaban las bombas ni la metralla.

Uno a uno, cansados de que no hiciera nada, los muchachos se fueron. Yo me quedé. Estaba hipnotizado, pero no sabía el motivo. Gustavo parecía feliz. Sus enemigos lo herían repetidamente mientras él paseaba. “Mira cuántas luces”, me decía. A pesar de que su puntaje era un asco, daba la impresión de que no sentía que estuviera perdiendo. Permanecimos como en un trance: él dejándose matar y yo viéndolo. Apagamos la Play tres horas más tarde, cuando su papá le gritó que iba a llegar caro el recibo de la electricidad.

Recibe alertas desde Google News