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El fútbol en Colombia es un poema épico en construcción (Opinión)

Este 1 de junio, la selección de mayores de fútbol se enfrenta a Costa Rica en El Campín. Las boletas se acabaron en minutos, bajo el efecto de una histeria colectiva que siempre surge como condena, o más bien bendición, ante cualquier partido de fútbol en este país.

Juliana Vargas Leal

01 de junio de 2026 - 01:00 p. m.
A las 6:00 p. m. de este lunes 1 de junio se enfrentará la selección Colombia contra Costa Rica en un partido amistoso.
Foto: EFE - Angel Colmenares
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“A Italia me ordenaron marchar; este es mi amor, esta es mi patria”.

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Eneida, Virgilio (Canto IV, vv. 345-347)

Es curioso que a un partido amistoso contra un equipo que no consideramos rival directo se le compare con una despedida. “Gracias, guerreros”, como si en realidad lo fueran. Guerreros de aquellos con armadura, escudo y espada, a punto de irse a una campaña de meses, de la cual puede que no regresen.

Las despedidas traen consigo lágrimas, romantizaciones del pasado, abrazos más fuertes y largos, arrepentimientos, rumiaciones que no se van, que son bucles cíclicos que van y vuelven, van y vuelven. Quizás, el partido de este lunes tan sólo comparta esto último con una despedida. Los jugadores van y vienen en ciclos interminables. Pierden, pero no mueren, así que regresan y, como si en realidad fueran guerreros, el país los recibe victoriosos porque al menos regresan con vida. Y el ciclo reinicia. Juegan, ganan algunos partidos, pierden el título, regresan, se van. Una y otra vez, otra más. Son guerreros inmortales, por lo que la guerra y la muerte no tienen sentido. Sin muerte no hay riesgo, y sin riesgo la esperanza de que alguna vez el título se dé es infinita.

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Entonces, lo que se celebra en realidad no es una despedida deportiva, sino el futuro imaginado. Nadie va a El Campín a ver un amistoso contra Costa Rica. Van a ensayar la ilusión. Van a ponerle el cuerpo, por anticipado, a un sueño que aún no tiene forma: el de un país pequeño en el concierto del mundo, midiéndose con gigantes, atreviéndose a creer que esta vez, esta vez sí, puede pasar algo distinto.

Hoy se celebra la esperanza ilógica, la capacidad colombiana para creer contra toda lógica. Hemos perdido tantas veces, de tantas formas crueles, que la estadística debería habernos curado de la fe. Pero no; cada cuatro años volvemos a creer con la misma intensidad intacta, como si la memoria del dolor no nos sirviera para protegernos. Qué sentido tiene esperar algo de guerreros inmortales que no pueden morir. El colombiano, al parecer, es ingenuo, aunque puede que, en realidad, sea resistente.

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El humano es tribal por naturaleza. Sin embargo, ya hay pocos espacios en los que actuamos realmente como colectivo. El conflicto, la desigualdad y nuestra historia nos han separado en bandos. Somos seres fragmentados por la política, la religión, las fronteras, el estrato social, el algoritmo que nos encierra entre paredes y pensamientos enquistados. El fútbol es, quizás, el único ritual colectivo que nos queda. Es el único juego en el que todo un país se olvida de las reglas que rigen el mundo, para unirse en un universo creado colectivamente con sus propias normas, en el que once jugadores arriesgan la vida por el honor de una nación. Hay quien diría que el fútbol es un milagro que hace olvidar dolores y creer en lo imposible.

La noche de este 1 de junio será la anticipación de aquel milagro. En El Campín, despediremos a la selección como quien despide a un hijo en la puerta, sabiendo que el mundo es enorme y que volver no está garantizado, pero decidiendo, contra toda lógica, que esta vez la historia podría ser distinta. Si algo no nos ha arrebatado esta historia cargada de sangre, traiciones y tristezas, es el derecho a ilusionarnos. A falta de un Héctor, un Cid o un Eneas, le hemos impuesto a once hombres el papel de escribir un poema épico para Colombia.

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