¿Quién es Ángel Marcel?
Averígüelo Vargas. No tengo la más remota idea. Como no creo en la unidad del yo, quisiera pensar, sí, que soy varias personas al mismo tiempo: una con el nombre de Pompilio Iriarte. Otra, con el seudónimo de Ángel Marcel. Alguien que escribe poemas, cuentos, epífanos, artículos, ensayos, anécdotas, sin reclamar el estatuto de literato o escritor. Un profesor que después de 45 años de ejercicio docente, sigue dando sus clases con juicio sin pretender el título de maestro. Soy marido, papá y abuelo. Soy buen lector. Me gustan los objetos nobles, los libros antiguos, las plumas estilográficas, las máquinas de escribir, los artículos de cuero y de madera. Detesto el ‘patrioterismo’, el fanatismo de cualquier calaña, el arribismo, la astucia, la ‘avivatez’ y la picardía de muchísimos de mis compatriotas. Amo la discreción y el bajo perfil de las personas. No creo en absolutos. Con Woody Allen pienso que “Tragedia + Tiempo = Comedia”.
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¿Por qué usa seudónimo y por qué Ángel Marcel?
Con mi nombre Pompilio no hubiera vendido ni un solo libro. ‘Pompilio’, que en latín se dice ‘Quintilius’, es un nombre que los romanos daban al quinto hijo. Mi papá, que no sabía latín, le puso ‘el quinto’, a quien era su primer hijo: yo. Los colombianos nos distinguimos por poner nombres ridículos. Ser colombiano es ponerles (no colocarles) a los niños y niñas, con todos los horrores de grafía que aguante la escritura, Jessica, Giselle, Wílber, Wílmer, Johanna, Yuleidy, Érika, Yuraiby, Leidydi, Mayerly, Cindy Stefanía, Deisy, Ginna, Jerson, Mangelly, Jhoan Andrey, Julieth, Christhian, Karen, Giseth, Jiseth, Lizeth, Valery, Jeniffer, Leydi Katerine, Vanessa, Yorleth, Jhorman, Tressor, Onedolar, Usnavy, Ferney, Stewenson, Nhorman o Linderman, mientras padres y padrinos gritan llenos de entusiasmo: “Qué orgulloso me siento de ser colombiano”. ¿Alguien conoce a un solo gringo que se llame Pompilio?
Como nunca me gustó el nombre que me puso mi papá, me lo cambié ante un notario, y me autonombré Ángel Marcel. Ángel, en honor a mi hija Ángélica, y Marcel en honor a mi hija Marcela. Ya era justo que las hijas nombraran a su padre.
Si a la comedia le quito el tiempo, ¿qué me queda?
Desde el punto de vista aritmético, me quedaría Tragedia. Sabemos que el tiempo lo sana todo.
¿Su buen humor es una herencia genética o ha sido un aprendizaje que emplea para sonreírle a la adversidad?
El humor, más que echar chistes, es una forma de vida propia de quien no come cuento, de quien no traga entero, de quien ve todas las cosas desde la distancia. El humor es una forma de la crítica, es decir, de la modernidad. El humor que me reconocen mis amigos y conocidos se lo debo al medio en el que me he formado durante todos estos años: el Gimnasio Moderno, la única institución educativa que conozco cuya filosofía es el humor.
Una cosa es educar, otra impartir conocimiento y otra sembrar el gusto por lo cultural y por lo artístico. ¿Cómo ha sido su experiencia en cada uno de estos estadios?
Educar, impartir conocimiento, es decir instruir, y sembrar el gusto por lo cultural y por lo artístico son prácticamente la misma cosa, pues todas esas tareas corresponden a acciones formadoras. Aunque don Agustín Nieto Caballero, uno de los fundadores del Gimnasio Moderno, institución educativa en la que trabajo desde hace 42 años, hizo famosa la frase “Educar primero que instruir”, no debemos separar una cosa de la otra, pues toda instrucción es formativa y viceversa.
Michelangelo Buonarroti, conocía como pocos el oficio de escultor. Sabía que las estatuas están implícitas en los bloques de mármol cortados de la cantera. Según tal principio estético de tan hondas resonancias en el arte occidental, tallar la figura consiste solamente en ¡quitar lo que sobra!
De igual manera, los educadores queremos esculpir al hombre ideal quitando lo que le sobra a ese ‘bloque en bruto’ que recibimos antes de formarlo, a contrapelo de los malos profesores que no hacen más que ‘llenar’ de conocimientos inútiles, de datos para el olvido, esas mentes infantiles y juveniles que más temprano que tarde dan muestras de hartarse de semejante bazofia.
Esta pedagogía de la talla humana que modela y forma y pule al ciudadano ejemplar, culto, capaz de acciones comunitarias, es la que he intentado, no sé si con éxito o no, a lo largo y ancho de mi magisterio.
¿Es posible rescatar los valores en la sociedad? ¿Ellos son inamovibles o se les permite cambiar con el tiempo y acomodarse a las circunstancias?
Quienes piensan que los “valores” de antes eran mejores que los actuales, olvidan que los muchachos de hoy hacen las mismas locuras que a su edad hicimos los mayores. Y olvidan también que, como alguien dijo, “Empezamos a dar buenos consejos cuando ya no somos capaces de dar malos ejemplos”.
Tan sano realismo que renuncia, sí, a hacer del mundo un paraíso inalcanzable, pero no a producir algunos cambios de importancia en una u otra persona, no descarta la esperanza que ciframos en nuestra labor educativa. Por fortuna contamos con jóvenes de todas edades a quienes no cautiva ya el “discursito plano” que da por sentados los valores, ni tienen interés alguno en que se los sigamos “inculcando” mediante “palabritas” inocuas y vacías, como aquellas que “predican” que “hay que ser buenos, honrados, francos, transparentes, generosos, esforzados y solidarios.”
Si, a contrapelo de lo anterior y a tono con una visión humanista y enriquecedora –realista en todo caso– les proponemos debatir, hacer conciencia y tomar decisiones en torno, por ejemplo, al supuesto o real carácter mercantilista del saber en nuestro tiempo, al supuesto o real desinterés utilitario que, según dicen, animaba el conocimiento en otras épocas; a la pregunta de si la cultura nos hace o no mejores, a la precariedad e ineficacia de las palabras a la hora de “comunicarnos”, a la dudosa “racionalidad” de nuestra especie, como consta en la no muy honrosa historia de la humanidad, a la complejísima, ambigua y contradictoria condición humana capaz de los más bellos actos comunitarios y a la vez de las acciones más ruines, al carácter teatral e histriónico de la amistad, el amor y las relaciones públicas y privadas, a la relatividad o universalidad de los valores éticos y morales, y a la necesidad de asumirlos como soportes para no caer en el más grosero primitivismo, tendríamos ante nuestros ojos y ante los ojos de nuestros jóvenes no una meta demasiado baja, fácil de conseguir, sino otra de mayor alcance y altura, así corramos el riesgo de encontrar una violenta oposición en las mentes mediocres y rutinarias.
¿Han cambiado los valores? Sí, y de qué manera. ¿Para bien o para mal? Me gustaría pensar –y esperar– que para bien. Frente a lo que me tocó vivir en mis años de estudiante, encuentro en los jóvenes de hoy mayor audacia, más frescura e irreverencia, más precaución ante “absolutos” y “verdades reveladas”, mayor capacidad crítica así sea ante cosas que los mayores consideramos “fruslerías”; mejor disposición para reírse, incluso de nuestras clases, de nosotros y de ellos mismos. Aunque adoro las coplas de Manrique, estoy muy lejos de pensar con él que “(…) cualquiera tiempo pasado fue mejor.” Lejos también de decir: “¡Ah, en mis bellos tiempos…!” “¡Ah, es que en mi época…!” Con frecuencia digo a mis jóvenes estudiantes que el día que me sorprendan diciendo semejantes chocheras, me lo hagan saber, para empacar mis cosas e irme a casa. Una cosa es cierta: si los “valores” de los viejos hubieran sido mejores, hoy tendríamos como herencia un mundo más amable.
Independiente de si a los valores los influye el tiempo, ¿el problema social podría decirse que radica en la falta de voluntad de las personas para obrar el bien?
El problema llamado social nace de una especie de ley de Darwin: el pez grande se come al chico, el que se adapta mejor, sobrevive. El resto es literatura.
¿Comparte la percepción de que muchas personas pese a sus apellidos, condición económica o reconocimiento social, tienen comportamientos tan primitivos que sorprenden?
Sí. Salvo raras y muy honrosas excepciones –y en ello nada tienen que ver los apellidos, la condición económica o el reconocimiento social–, la historia de la humanidad ha sido la historia de la agresión y de la guerra. Salvo raras y muy honrosas excepciones, el hombre sigue siendo un bárbaro notable.
Muy triste es reconocerlo, pero el ser humano, a pesar de su vasto saber y de la habilidad increíble de sus manos –y me temo que por causa de ello mismo– no ha aprendido a convivir. Ha fracasado en la pedagogía de la concertación, del diálogo, del entendimiento, de la tolerancia y de la aceptación del otro, que es en última instancia lo que cuenta. Este hombre tan hábil y tan “sabio” es capaz de matar o hacerse matar por futilidades, por un asunto tan baladí como la discutible validez de un gol en el estadio. Este hombre tan hábil y tan “sabio” es capaz de hacer de la sangre y la crueldad motivos de diversión; disfruta cuando el boxeador aniquila físicamente a su oponente, se deleita cuando el matador atraviesa al toro con el estoque. Este hombre tan hábil y tan “sabio” daña el medio ambiente hasta poner en peligro la supervivencia de la especie.
Hay muchas puertas que conducen a la ‘iluminación’, entendida como el llenar de luz un espacio antes oscuro y vacío, pero a muchos les toma un tiempo importante medir la llave en cada una de esas puertas hasta encontrar su camino. Otros ni siquiera lo intentan. ¿Cómo invitar a que lo logren con éxito?
Para empezar, no me considero ningún ‘iluminado’: me hacen falta las barbas, la melena, los anteojos de intelectual, hablar en jerga incomprensible, tener cara de Rasputín o de ‘gurú’ de algo, me hace falta ‘pontificar’, ‘aparecer’, ser ‘pantallero’, citar a troque y moche a autores que nadie conoce o ha leído… Ahora, si por ‘iluminación’ se entiende cierta lucidez, diría que se logra mediante la lectura de textos importantes, pues como ha dicho alguien, “los buenos libros le quitan a uno lo pendejo”. Saber y decir estas cosas conlleva ya una invitación para que quienes no lo han intentado, lo intenten.
Cuántos dedican su existencia a luchar contra sus propios demonios. Otros evidencian la mediocridad del que todo lo tiene pero nada le es propio. ¿Es posible convertir la materia prima del que está colmado de expectativas, aún con sus demonios, en un genio en permanente proceso, crecimiento y movimiento?
El genio es un don de los dioses, pero el talento es nuestro propio asunto, y con paciencia persistente y muchísimo trabajo, al final, podremos alcanzar talento. Parodiando frases que ya son un lugar común, diríamos que la obra de un genio equivale a un ‘knockout’ fulminante que altera por completo el automatismo de nuestra percepción.
En su calidad de maestro, de educador, ha de sentirse gratificado, bien recompensado, pero ¿cuáles son sus frustraciones, si las tiene, por supuesto?
Los que nada esperamos no podemos sufrir desilusiones. Sin embargo, esperamos.
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Su muy sobresaliente alumno, Ricardo Silva Romero, me contaba en una entrevista que ” (como) se me empezaban a raspar las rodillas cuando armaba ciudades en el piso, la mejor manera de jugar (…) era escribir historias”. ¿Será que ahora las bibliotecas, sus libros y las historias que contienen están condenadas a muerte por la tecnología y sus distractores que llegan a muy temprana edad a dominar todos los espacios vitales, y que lo que raspa hasta herir, es la voluntad y la determinación de hacer algo que trascienda?
Es verdad que el automatismo y el hacer tan fáciles las cosas, tan propios de la tecnología, nos han quitado el sentido de la aventura y la capacidad de asombro. No deja de admirarme el hecho de que Galileo con un anteojo (‘catalejo’ le decían) tan sencillo y tan pobre en recursos técnicos si lo comparamos con los super telescopios de ahora, y con unos pocos libros que poseía, fuera capaz de semejante revolución de la astronomía, frente al alarde tecnológico y al cúmulo de información de ahora que más bien lleva a la gente a aburrirse rápido de máquinas y eventos mejor inscritos en la inmediatez que en la trascendencia… Pero también me pongo a pensar que, como dice Sábato, antes de la invención de la imprenta había cultura. Y de la buena.
¿Cómo define a una sociedad culta, a una persona culta?
En teoría, como sociedades y personas respetuosas de las demás personas y comunidades.
Una forma de trascender es a través de los hijos, que, entendería, debe considerarlos como su mejor obra de arte. Un maestro, además, cuenta a sus alumnos y sus escritos. Si no nos llevamos nada, ¿es imperativo sembrar algo importante?
Para nada. Para nada. Uno no trasciende en los hijos, ni en sus discípulos ni en sus obras.
El ridículo nace de los gestos que hacemos en discordancia con lo que somos: hacer gestos de famoso cuando no lo soy. Hacer gestos de rico cuando no tengo en qué caer muerto. Dármelas de sabio cuando soy ignorante. El colmo del ridículo se da cuando hago gestos de inmortal sabiendo que soy mortal, que voy a morirme sin remedio.