El Magazín Cultural

3 Dec 2022 - 9:30 p. m.

El juicio del caos (Cuentos de sábado en la tarde)

Las estructuras narrativas en sí

Isabella Jiménez Ruan

son ya una forma de marcar posiciones ideológicas.

- Luz Aura Pimentel

Presentamos "El juicio del caos", como parte de la sección Cuentos de sábado en la tarde.
Presentamos "El juicio del caos", como parte de la sección Cuentos de sábado en la tarde.
Foto: Pixabay

Hace un par de años tuvo lugar un juicio que marcaría la historia. No muchos hablarían de él, pues esa nunca fue la idea, pero sí que iba a cambiar el rumbo de la literatura para siempre. Suena trascendental, ¿no es así? Bueno, no hay otra manera de describir lo que sucedió en aquel juzgado.

Imaginemos la escena: miles de personajes y narradores reunidos alrededor del estrado, cada uno ocupando un asiento, murmurando sus apuestas sobre lo que iba a suceder, a la espera de que los acusados cruzaran por la puerta principal.

Al frente, se encontraban las sillas de la Corte Narrativa Literaria. Eran cinco sillas: las de los extremos le correspondían a los Conciliadores del Texto Novelesco, quienes se encargaban de revisar la estructura narrativa de las novelas publicadas hasta el momento. A sus lados, se encontraban las sillas de los Secretarios del Mundo Narrado, quienes decidían si los temas abordados en las novelas eran lo suficientemente claros y concisos para que el lector pudiera llegar a una conclusión de la misma índole. Por último, se encontraba la silla más grande, más imponente y ostentosa: en el centro se encontraba la silla del Juez, la silla del Narrador Supremo.

Era una leyenda. Nadie sabía con exactitud quién era, pero sí era de conocimiento general que había participado en tantas novelas que nadie se atrevía a adivinar el número de sus

apariciones. Nadie se arriesgaría a subestimarlo; era el emblema de las fábulas tradicionales y de las narraciones realistas. Nadie le faltaba el respeto.

– ¡Silencio en la corte! –gritó el Narrador Supremo desde su asiento.

Inmediatamente, la habitación guardó silencio. Lo que él decía debía ser obedecido en seguida. No era muy diferente a como era en sus novelas.

– ¡Que entren los acusados! – dijo uno de los Secretarios, tratando de imitar la soberbia del Juez.

Las puertas se abrieron de par en par y, acto seguido, la Guardia Literaria pasó escoltando a los tres acusados al estrado.

Todos los presentes los observaban. “Debería darles vergüenza”, “¿y esperan que se les reconozca dentro de este mundo con siquiera un poco de respeto?”; “ya saben lo que dicen: el narrador se parece a su autor. Y estos están igual de locos a los suyos”. Todos estos murmullos los hacía el jurado sin la intención de ocultar su desagrado hacia los acusados.

Sin embargo, tampoco es como si a ellos les importara la opinión de los personajes y narradores que los rodeaban. Más bien, estaban esperando la hora de terminar con ese juicio de una vez por todas. No eran los primeros en enfrentar dichas alegaciones en contra de su carácter como narradores: de Unamuno ha estado en juicio durante más tiempo del jurídicamente necesario, y no hablemos del narrador… Bueno, el traductor… Aunque… ¿podría ser el autor? En fin, el libro de nuestro querido hidalgo, Don Quijote, siempre ha causado bastante revuelo en el mundo literario. Parecía que nunca terminarían los juicios de este tipo.

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Apenas llegaron los acusados al frente de la Corte, la Guardia se apartó un poco de ellos para que el jurado los pudiera ver mejor. Aunque solo un poco.

Uno de los soldados anunció su llegada.

– ¡Los acusados están aquí, Señoría!

Los cinco integrantes de la Corte se pusieron de pie. El jurado hizo lo mismo. Los tres acusados observaron la situación. No sabían si les divertía o les aburría. Sin embargo, no podían negar que se sentían un poco nerviosos: no todos los días uno se enfrenta a la Ley. En especial, después de haberla violado por tanto tiempo. Pensaron que ese día nunca llegaría.

Claramente, estaban equivocados.

–Hoy estamos aquí reunidos para terminar de una vez por todas con la insurgencia literaria – dijo una Conciliadora. –Por mucho tiempo, estos tres “narradores” han estado poniendo nuestro mundo de cabeza. Han querido darle un nuevo rumbo a la narración. Un rumbo peligroso e incierto. Sin fundamento alguno. Han querido reevaluar nuestros valores más preciados, entre ellos, la mimetización de la realidad.

–Día tras día trabajamos para lograr que nuestras narraciones sean limpias y claras– continuó su compañero. –Tratamos de ser lo más descriptivos posible. Entre más directos, mejor. No es justo que tres de los “nuestros” vengan a arruinar todo ese trabajo de años, de siglos. Este es el acto más grave de traición, y no será pasado por alto. Todos acá tienen que responder ante la Ley.

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– Es por está razón que los narradores de Otra vuelta de tuerca de Henry James, El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad y La señora Dalloway de Virginia Woolf enfrentan la pena de ser borrados de la Historia Literaria, tanto de sus libros como de la memoria de los lectores, para siempre– dijo la Conciliadora.

–Dama, caballeros; se les acusa de traición narrativa e insurgencia literaria – señaló el Narrador Supremo – ¿cómo se declaran?

Los acusados se miraron entre sí. No sabían qué responder. Todo lo que dijeran sería usado en su contra. Y con razón: ninguno de ellos creía que habían cometido ningún crimen, así que, ante sus ojos, cada uno de los tres era inocente. Sin embargo, ni la Corte ni el jurado lo veían de esa manera. Siempre habían sido tan rígidos, tan inflexibles, tan extremadamente fastidiosos…

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–¿Y bien?– insistió el Juez –¿cómo se declaran?

–Honestamente– dijo el narrador de La señora Dalloway–, creemos que, para ustedes, somos los peores criminales que han podido existir en la historia. Les molesta nuestra forma de ver el mundo, por no hablar de nuestra forma de representarlo. Es entendible, pues ustedes ya vienen acostumbrados a una larga tradición de realismo, naturalismo, positivismo, y todos los “ismos” relacionados a las tan aclamadas “ciencias exactas”, que cualquier pequeña desviación la ven como una amenaza a su tan perfectamente evaluada realidad. Parecen disgustados cada vez que nos ven y, a decir verdad, eso me causa mucha gracia. Miren las caritas que ponen con el simple hecho de que les esté hablando… ajá, ajá… ¡esa misma! – el narrador señaló a los Secretarios del Mundo Narrado, cuyas caras reflejaban cada vez más la poca simpatía que sentían hacia los acusados. Parecía que estuvieran cerca de la peste o de cualquier cosa similar.

–Entonces –lo interrumpió el Juez–, ¿se declara culpable?

–Yo nunca dije eso, Señoría –respondió el narrador de La señora Dalloway–. No sé de dónde habrá sacado semejante conclusión. Yo solo dije que, según ustedes, nosotros somos los peores criminales del mundo diegético. Y que, por eso, siempre parecían disgustados cada vez que hablaban de nosotros. O con nosotros. O cada vez que el recuerdo de nuestra existencia irrumpía en sus cabezas. Y luego dije que era ese disgusto el que me causaba gracia porque, en serio, deberían verse las caras cuando están frente a nosotros –dijo riendo–, parece como si hubiesen visto la cosa más horrible del mundo. Y, bueno, entiendo que para ustedes lo seamos, pero no se controlan ni un poco. Lo que me parece raro, teniendo en cuenta su rigor y seriedad. Pero bueno, todos tenemos nuestros momentos, ¿no?

–¿Siempre habla tanto? –preguntó uno de los personajes del jurado a su compañero.

–¡Ey! Escuché eso –dijo el narrador –¿Sabías que murmurar es de mala educación? Qué vergüenza. Y en frente de la Corte Narrativa Literaria. ¡Deberían juzgarlos a ustedes!

–Sólo ustedes serán juzgados –habló el Narrador Supremo. No le gustaba perder el tiempo y, en ese momento, eso era justamente lo que estaban haciendo–. Me voy a ahorrar una larga discusión y voy a asumir que se declaran inocentes. Cualquier criminal piensa que lo es. En especial si el criminal es tan revoltoso como uno de ustedes.

–¡Oiga! –reclamó Marlow.

–Además –continuó el Narrador Supremo–, todos sabemos cómo va a terminar este juicio: independientemente de cómo se consideren, violaron la Ley. Y eso tiene sus respectivos castigos.

–¿Y qué pasaría si le dijera que nosotros también nos encontramos culpables? –preguntó la institutriz con una mirada desafiante.

El jurado se exaltó, mas no pronunciaron palabra alguna. Al menos, no en voz alta, pues todos murmuraban la sorpresa que les había causado semejante pregunta.

El Juez observó fijamente a la acusada. Le sorprendió su repentina valentía. O, más bien, su estupidez.

–Ya le dije, señorita –dice el Narrador Supremo–, el hecho de que se declaren culpables o inocentes no va a cambiar el veredicto final.

–Pero sí le podría hacer considerarlo –insistió la institutriz.

–No veo cómo.

– No tiene por qué. Estoy de acuerdo con el narrador de La señora Dalloway: aunque les demos todas las razones posibles, siempre nos considerarán culpables. Y, sinceramente, pienso que hacen bien en hacerlo.

–¿Y eso a qué se debe? –preguntó uno de los Secretarios.

–A que nuestras historias nunca fueron hechas para ser claras y lineales. Nunca fueron hechas para ser inocentes.

–¿A qué se refiere? –preguntó la Conciliadora.

–Revisemos rápidamente los temas que tocan nuestras novelas: la mía, Otra vuelta de tuerca, plantea temas como el más allá, la niñez y la inocencia, la confianza y la credibilidad. El corazón de las tinieblas, por otro lado, cuenta las consecuencias de un viaje atroz, el mundo colonialista y la decepción o la desgracia que puede significar conocer a tus héroes. Por último, La señora Dalloway nos habla de la forma en que distintas personas viven un día de sus vidas en el siglo XX. No obstante, la historia va más allá de los hechos, y nos cuenta en detalle lo monótona, extenuante, compleja, abrumadora, triste o feliz que puede ser la vida. Ah, y no olvidemos la mirada femenina que, aunque también es importante en mi historia, es bastante interesante en este libro. Estos son algunos de los temas que nuestras novelas abarcan. Claramente hay más, pero me parece que estos son los que más les causa conflicto… sí, sí lo son, a juzgar por sus caras. Oigan, mi compañero acusado tiene razón, sus expresiones son bastante divertidas –dijo la institutriz. A estas alturas ya no le importaba parecer grosera por sus comentarios. Fueron ellos los que irrumpieron en la mansión de su patrón para traerla a este ridículo juicio. Iban a tener que afrontar las consecuencias de sus acciones.

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– Y… ¿tu punto es? – presionó una Secretaria.

– Mi punto es que, de entrada, todas estas cosas ya son controversiales. La atención que se le da a estos temas es tal que inevitablemente causa conflicto. En un mundo donde todo es tán cuadriculado, lo que se presenta con una forma distinta termina siendo catalogado como el enemigo. Y, en este caso, eso es lo que somos. Somos sus enemigos. Por ende, somos culpables.

–Nuestros autores nunca estuvieron muy de acuerdo con su forma de representar el mundo– añadió Marlow, con un aire misterioso, abatido.

–Sus autores nunca supieron comprender el mundo, para empezar. Mucho menos representarlo– añadió un Conciliador.

–Esas palabras son interesantes, sobretodo viniendo de narradores como ustedes –respondió Marlow. Normalmente, era alguien cayado. Pero, si no decía nada, este juicio podía tomar un rumbo muy peligroso para ellos.

–Sus libros no representan la realidad. La fragmentan. No hay manera de que…

–¿Y nunca se ha parado a pensar que, así como la fragmentan, la representan de otra manera?

–preguntó la institutriz.

–¿Nunca te cansas de hacer tantas preguntas retóricas? –le preguntó un Secretario.

–La verdad es que no –respondió la institutriz con una sonrisa orgullosa–. Muchos lectores aprecian bastante la calidad de mis preguntas.

–Deberías cuestionarte por el tipo de lectores que lee tu historia.

–Lo hago todo el tiempo –dijo la institutriz–. Es por eso que me caen tan bien.

–Además de insurgente, ¿eres presumida?

–Estoy contando los hechos. No hay ninguna presunción en eso.

–Bueno, si tú lo dices…

–¡Orden en la sala! –exclamó el Narrador Supremo. De nuevo, la conversación se estaba yendo por rumbos que no eran compatibles con la densidad del juicio. Alguien tenía que mantener el control, y parecía que sus compañeros de la Corte no iban a encargarse de hacerlo.

–¿Se da cuenta de la herejía que está cometiendo al decir que la realidad se puede representar de otras maneras? Si a eso le suma el hecho de que acaba de admitir que sus novelas fragmentan la realidad, entonces no entiendo por qué seguimos en juicio en vez de borrarlos a todos de una vez de la historia literaria –el Juez hizo una señal con su mano y, en seguida, la Guardia empezó a buscar los libros de los acusados para quemarlos.

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–No estoy diciendo nada más que la verdad. Incluso, podría decirse que nuestras novelas son más “realistas” que las suyas, puesto que comprenden algo que ustedes aún no pueden aceptar, mucho menos comprender: toda historia es contada por medio de una perspectiva específica. Nunca va a haber una historia completamente objetiva. Jamás– afirmó la institutriz.

–Por eso es que nuestras narraciones pueden volverse tan confusas –continuó Marlow–, porque no hay una manera directa de comprender la realidad, de entender lo que en ella sucede.

–En nuestras historias priman las perspectivas y sus falencias, sus puntos ciegos y, en ocasiones, su falta de lógica –añadió el narrador de La señora Dalloway–. Tratamos de representar lo difuso que puede ser el pensamiento, su naturaleza caótica y desbordante. Sí, en ocasiones resulta

abrumador. Pero así es la vida. No podemos reducirla a una simple narrativa directa. Le quitaríamos el entusiasmo.

–Ustedes siempre están complicándose –dijo el Conciliador–. Piensan que ya no hay valores cuando, evidentemente, ahí siguen. Se cuestionan el sentido, cuando este no tiene por qué ser cuestionado. Incluso sus compañeros de historia son más tranquilos

El Conciliador se estaba refiriendo a los otros dos narradores de Otra vuelta de tuerca y al enigmático narrador que acompañaba en el bote a Marlow en El corazón de las tinieblas. Ellos no fueron acusados por insurgencia literaria ni por traición narrativa, pero era más que nada debido a sus pocas apariciones en sus novelas. Eso sí, fueron notificados para testificar al frente de la Corte. Y no tenían la opción de responder con un no. Entonces, ahí se encontraban, sentados en primera fila, viendo cómo todo el caos se desataba.

–Yo no tengo compañero de historia –se lamentó el narrador de La señora Dalloway.

–¿Y por qué ellos no están siendo juzgados como nosotros? –se preguntó Marlow.

–Cuidado nos hundes a los dos, Marlow –le advirtió su compañero de bote.

–¿Acaso no me vas a defender?

–Lo haré. Pero es más fácil hacerlo como un testigo libre que como un posible criminal.

–¡Escuché eso!– dijo la institutriz.

–Eres muy impulsiva –le dijo Douglas, otro de los narradores de su novela.

–Y tú muy engreído. Pero no es algo que te repita todo el tiempo –respondió ella.

–Sí, sí lo haces –le contestó el otro narrador de su novela.

–Todos se ven tan entretenidos con los otros narradores de sus novelas… Ya entiendo la soledad de Clarissa –añadió el narrador de La señora Dalloway. Nunca le había gustado ese aspecto de la omnisciencia que venía con su trabajo, aquella sensación de soledad que lo rodeaba a pesar de que la distancia entre él y los personajes era casi tan inexistente que, incluso, pareciera que no existiera un narrador externo a la historia.

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–¡Ya basta! –gritó el Narrador Supremo– ¡Basta!, ¡Basta!, ¡Basta! Esto parece más un parque para niños que una respetada Corte, ¡y no lo voy a tolerar!

En seguida, todos se callaron. El jurado lo miró con temor. El resto de la Corte volvió a sus posiciones de magnanimidad. Los acusados solo se miraron entre ellos. Aburridos. Algo irritados. No entendían qué seguían haciendo ahí. Ellos no tenían intención de molestar a la Corte Narrativa Literaria. Si los dejaban ir, no serían una gran amenaza. O eso se repetían para recordar que no estaban haciendo nada malo. Porque ellos no sentían culpa alguna por lo que hacían.

–¿Quiere saber por qué no están siendo acusados los otros narradores de sus novelas, señor Marlow? –preguntó el Juez con impaciencia.

–En mi novela no hay otro narrador… –repitió el narrador de La señora Dalloway.

–¡Silencio! –exclamó el Juez– No se les juzga porque ellos no son tan confusos como ustedes. Aparecen ocasionalmente en sus historias y, cuando lo hacen, es con el propósito de que estas sean más claras o que, al menos, se conozca su contexto. No tratan de engañar ni de confundir, pues ese es el trabajo de ustedes tres. Mas colaboran en la historia al ampliar el panorama de lo que está sucediendo. Dan luces del posible orden que puede haber en sus novelas, si es que hay uno. Ustedes son quienes dañan ese presunto orden. Arruinan su propia historia. Destruyen su propia narración.

–De hecho, Señoría, –dijo el otro narrador de El corazón de las tinieblas – nosotros no somos los “buenos” de la historia, ni mucho menos. Nuestra narración no está porque nuestros autores querían mantener un orden. Bueno, sí necesitaban cierto orden, pero es algo paradójico.

Necesitaban cierto orden para representar el caos. Y nosotros somos el complemento de ese caos.

Ayudamos a que este sea más evidente, no a mitigarlo o tratar de desaparecerlo. Aunque, en el caso del narrador de La señora Dalloway, no hay necesidad de introducir el caos…

–No, no hay necesidad. Te enfrentas a él directamente. –afirmó el narrador de la novela mencionada–. Bueno, yo enfrento al lector directamente con ese caos. Son muchos personajes los que tengo que focalizar. Y sus mentes a veces son algo… dispersas. Pero no se puede esperar algo diferente: al fin y al cabo, así funciona la conciencia.

–Ese es nuestro objetivo –dijo la institutriz–. Mostrar la individualidad de los narradores y cómo esta afecta sus narraciones. Ninguno de nosotros somos los “narradores ideales”, porque dichos narradores no existen. Muchos han tratado de convertirse en ellos, pero no pudieron. Así que, ¿por qué vamos a intentar idealizar la realidad, a los personajes y a nosotros mismos como narradores, si ninguna de estas cosas es digna de ser idealizada?

Todos los presentes comentaban entre sí lo que la institutriz acababa de decir. Parecía tener razón, tenía argumentos válidos. Ella y todos los acusados. Mas no podía estar en lo correcto. Simplemente no podía…

–Ustedes quieren entender la narración de una manera más compleja, más sombría. No traten de justificarse –dijo el Secretario.

–No lo estamos haciendo –dijo Marlow–. Nunca fue nuestra intención “justificar” nuestra narración ni lo que en ella presentamos. Además, si estamos hablando de creadores de confusión, entonces el narrador de La señora Dalloway se lleva el primer lugar.

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–¡Oye! –reclamó dicho narrador.

–¡Es verdad! –destacó Marlow.

–Sí, pero no ayuda mucho decirlo en este momento.

–Ya, bueno, eventualmente íbamos a tocar el tema…

–Ni modo. Lo que dice mi compañero acusado es verdad, Señoría –dijo el narrador de La señora Dalloway–. Prácticamente, todo este desorden literario ya estaba siendo pensado desde los tiempos del Quijote. ¡Hola, Alonso! Lo siento, está aquí y lo tenía que saludar. Bueno, ¿qué estaba diciendo? Ah, sí. El caos literario. Nuestros libros son un simple ejemplo de algo que iba a terminar sucediendo tarde o temprano: la ruptura del concepto de “realidad” que encerraba al mundo, el reconocimiento de sus múltiples facetas. Después de las Primera Guerra Mundial, esta necesidad de buscar nuevos horizontes, nuevas realidades, de explorar esa tiniebla que significaba el mundo, aumentó. Es por eso que mi libro es particularmente más… explosivo, en cuanto a narración se refiere.

–Sí, porque, como tal, solo narra un día común y corriente de la vida de unas cuantas personas –murmuró alguien del jurado.

–¡Ey! Puede pasar mucho en un día. Por no hablar de los recuerdos que vienen a la memoria en los momentos más inesperados. Algo de respeto –exclamó el narrador de La señora Dalloway.

–Ya basta –dijo el Juez–. No voy a aceptar que algo tan preciado como lo es la narración sea burlado por un puñado de narradores insurgentes que lo único que hacen es buscar divertirse a costa del resto del mundo literario y de sus lectores. Ni siquiera hemos dado inició al juicio, oficialmente. ¡Esto parece un circo!

–Los circos son entretenidos –comentó Marlow en voz baja.

–A mí se me hacen demasiado bulliciosos –añadió la institutriz.

–Bueno, yo opino que…

–¡Silencio! –gritó el Narrador Supremo– Ya no más. No voy a aguantar otro segundo con ustedes en esta Corte. ¡Los acusados son declarados culpables! Señores Secretarios, señores Conciliadores, bórrenlos de la historia literaria.

En ese momento, tuve que intervenir.

–Señores y señoras del jurado y de la respeta Corte Narrativa Literaria. Sinceramente, considero que se están extralimitando un poco –dije, con un tono lo suficiente formal para la ocasión.

–¿Qué rayos?, ¿Y usted quién es? – preguntó el Juez.

–Bueno, me siento un poco ofendido. No soy tan difícil de reconocer. A ver, es verdad que solo aparezco en una novela, pero mi forma de narrar su historia es algo característico de mi papel como narrador. Pero está bien, no se preocupe: la gente tiende a reconocerme por esta pequeña obra llamada Madame Bovary… no sé si la recuerden.

–¡¿Eres tú el narrador de Madame Bovary?! –exclamó la Conciliadora.

–Sí. Bueno, al principio es Charles, pero poco a poco se va desvaneciendo su voz y… –paré un momento. Estaba llevando la conversación por ramas que, en el momento, no me correspondía tocar– Me estoy distrayendo. No vine para hablarles de mí. Este no es mi juicio. Pero sí vine para defender a estos tres narradores que están siendo juzgados.

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–Ya era hora –dijo Marlow.

–Pero… pero, ¿cómo? –se preguntó el Narrador Supremo– No tiene sentido. ¡Pero si es de los ejemplos por excelencia de la narración realista! ¿Cómo puede defender a narradores tan

contrarios a usted?

–Dentro del realismo de mis narraciones hay cierto subjetivismo con el que juego a lo largo de la novela. Ciertas emociones que no son posibles de representar por fuera del abrumador detalle de la realidad. Pero, como dije, esto no es sobre mí.

El Narrador Supremo parecía estar a punto de declarar culpables a todos los presentes en el juzgado, acusados o no: no iba a aguantar más interrupciones o “ideas disparatadas” por parte de los presentes. Así que tenía que apresurarme.

–Damas y caballeros. Entiendo que toda la vida se nos ha dicho que la narración que conocían hasta el momento, aquella que se narra desde un punto de vista “completamente objetivo”, que tiene un inicio y final claros, que cuenta los hechos “como son” y viene con una moraleja, es la única forma narrativa valiosa y honrada. Si bien no le podemos quitar su importancia en la historia de la literatura, estaríamos limitando nuestro razonamiento al decir que este es el único modo verdadero de narrar. Estos tres acusados –dije, señalando a cada uno de los narradores que estaba siendo juzgado en ese momento– son un ejemplo de ello. Nos enseñan que la realidad no se cuenta sola ni a secas, sino a través de perspectivas y sensibilidades. Nos recuerdan que toda narración surge a partir de una voz, aunque esta sea narrada en tercera persona, y que dicha voz no siempre va a contener la verdad absoluta, puesto que es imposible focalizarlo todo. Focalizarlos a todos.Y que, si intentamos representar la realidad por medio de nuestras palabras, tenemos que estar dispuestos a representar sus incoherencias, sus puntos ciegos, sus matices. En últimas, tenemos que estar dispuestos a mostrar sus imperfecciones. Independientemente de la primera o tercera persona utilizadas en las novelas, siempre hay una perspectiva que nos muestra su realidad. Y eso es lo que hacen estos narradores, esto es lo que representan: el reflejo de la latente confusión que experimentan los seres humanos por el simple hecho de estar vivos. Así que, a todos los narradores y personajes que se encuentran en este lugar, les tengo una pregunta: ¿de verdad creen que pueden alcanzar la objetividad absoluta?, ¿creen que son capaces de contar, de vivir, un relato sin sombras, sin cicatrices, sin enredos, sin imperfecciones? Si su respuesta es afirmativa, entonces nos retiramos, y no volveremos a molestarlos. Sin embargo, si siquiera tienen que pensar la respuesta, entonces los invito a que nos escuchen, a que nos lean, y a que descubran cómo es el camino que quieren seguir, cuál es el verdadero desafío detrás de la supuesta simpleza de la narración. Adelante, es hora de tomar su decisión.

Al principio, nadie habló. Solo se podía escuchar la acelerada respiración de todos los que me acababan de escuchar. Parecía que no sabían qué decir. Era eso, o el miedo de ser desterrados y borrados de la historia de la literatura los paralizaba.

El silencio se rompió por el sonido de un fuerte golpe.

–¡No! –exclamó el Narrador Supremo – No lo escuchen. Es un traidor. Siempre hemos tenido un orden claro. Al seguirlo, hemos asegurado el éxito de la literatura como una guía para los lectores. Si cambiamos eso, estaríamos dudando de todo lo que hemos construido, de lo que hemos conseguido. No lo voy a permitir. No lo podemos permitir. ¡Guardias! ¡Arréstenlos! ¡Arréstenlos a todos!

Fue en ese momento cuando se desató el caos.

Los testigos del juicio fueron rápidamente hacia los acusados y, junto a ellos, pelearon contra los soldados de la Guardia Literaria para liberarlos. El jurado se dividió en dos grupos: quienes apoyaban al Narrador Supremo y aquellos que estaban de acuerdo con el discurso que acababa de decir. Parecía un juego de todos contra todos. Atacandose entre sí. Formandoalianzas. Rompiendo amistades. La Corte Narrativa Literaria luchó contra los rebeldes. Los acusados encabezaron la revolución. Todos estaban gritando. Todos estaban peleando. Todos estaban concentrados en la batalla que se estaba librando frente a ellos.

En medio del revuelo, me fui retirando lentamente de la habitación. Nadie me vio salir. Observé por última vez la dramática escena: los gritos, los golpes, el miedo, la esperanza.

Ya todo estaba hecho: había cumplido con mi deber.

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