El Magazín Cultural

Publicidad
30 Oct 2021 - 5:00 p. m.

El lujo efímero de Jay Gatsby

El mayor dandy del Nueva York literario de los años 20, reconstruido por Fitzgerald en El gran Gatsby (1925), usa una mansión y la llena de lujos para reconquistar a la mujer que lo rechazó cuando era un joven sin fortuna.

Daniel Ferreira

Leonardo DiCaprio interpretando al gran Gatsby en una de las cuatro adaptaciones cinematográficas que ha tenido la novela de F. Scott Fitzgerald.
Leonardo DiCaprio interpretando al gran Gatsby en una de las cuatro adaptaciones cinematográficas que ha tenido la novela de F. Scott Fitzgerald.
Foto: Agencia Europa Press

Jay Gatsby, sorpresivamente millonario, aparece en la historia cuando ha comprado una propiedad junto al río Hudson en la que cada fin de semana reúne un recorte de la alta sociedad neoyorkina: artistas, productores de cine, bailarinas, políticos, corredores de bolsa y ricos de distinta ralea cual cortesanos que se encargan de expandir en todas direcciones la fama de la riqueza fastuosa del gran Gatsby.

El lujo es el origen del prestigio, y una cadena de infidelidades de parte de la pareja Buchanan provoca los hechos infaustos que acaban con la vida de Gatsby y un tercer matrimonio, los Wilson. Los personajes son polos opuestos en el origen de clase. La clase es familia, situación, condición y posición social. Tom Buchanan, esposo de Daisy, es el antagonista de Gatsby. Egresado de Yale y jugador de polo, es un millonario cuya riqueza nunca requiere ser explicada, porque nació en la burguesía y heredó la riqueza y debido a ésta se quedó con Daisy y lleva esa vida de jinete deportivo con cuadra de caballos que obtiene todo lo que busca a como dé lugar. Con dinero también sonsacó de la humilde casa en que vive e hizo su amante a Myrtle Wilson, la pobre esposa del bombero Georges Wilson, quien surte de gasolina los lujosos carros de Buchanan cuando cruza del West Egg (Long Island), el asentamiento de ricos, a Nueva York.

Otro personaje secundario es Jordan Baker, una jugadora de golf con posición asegurada pero sin brillo personal que cumple el rol de celestina al asegurar el reencuentro entre Daisy y Gatsby. Con esas mujeres de extracción social opuesta, anquilosadas por las vidas maritales, y el enfrentamiento prepotente entre dos patriarcas millonarios por obtener los favores o hacerse con las hembras, la venganza ciega del cornudo bombero Wilson, y la era el jazz como parábola de una época y epicentro social de la vida citadina, Fitzgerald construye un cuadro sentimental con oposiciones de clase y contradicciones sociales que crean un ambiente de esplendor y exceso decadentista en el furor de los años 20 del siglo pasado. Tal vez sea El gran Gatsby la gran novela norteamericana de la frivolidad.

Le sugerimos: “Detrás del primero, todos son perdedores”

Fitzgerald reúne en nueve capítulos lo que ocurre en West Egg y en Nueva York el verano de 1922: escenas íntimas, reuniones sociales, hoteles, mansiones, playas ribereñas, un conjunto de escenarios que se constituyen en elementos ceremoniales para mitificar el lujo norteamericano y que acaba por ser una síntesis de lo que pudo haberse vivido en las grandes urbes. La novela sublima o mitifica al menos una parte de lo que sea que hayan sido los años 20: el salto del foxtrot al charlestón, el prohibicionismo burlado, el derroche de aquellos que se enriquecieron poniendo gasolina a la guerra de Europa creyendo que las guerras habían quedado atrás. Algunos de esos elementos que alientan desde aquella década el “sueño norteamericano” de los emigrantes que aspiran a llegar a la tierra de la libertad: la obtención de la riqueza.

La bahía del río Hudson, a lado y lado iba siendo colonizada con mansiones por los que hacían fortuna en Nueva York. Es allí donde se llevan a cabo las fiestas de jazz y banquetes ofrecidos en el jardín y la piscina de la mansión Gatsby. Es un viejo palacete abandonado por el sueño faraónico de otro millonario, restaurado y amoblado por el nuevo rico del vecindario que aspira a atraer allí a una mujer en particular.

Nick Carraway, el narrador de la novela, es primo de Daisy Buchanan, la mujer que el magnate pretende reconquistar con el fasto. Carraway es el vecino pobre del vecindario, trabaja como vendedor de seguros en una oficina de Nueva York y paga alquiler de aquella cabaña de madera sin mobiliario que colinda con la mansión de Gatsby, desde donde puede ver una buena parte del jardín donde se llevan a cabo aquellas fiestas y banquetes romanos imitados por Gatsby, un moderno Trimalción. Carraway será testigo del accidente fatal y los sucesivos triángulos amorosos que desencadenaron aquella racha de muerte y desengaños que condujeron al fin del gran Gatsby.

La gasolinera situada en uno de los puntos de intersección entre la zona de las mansiones, la zona industrial y la urbe es otro espacio emblemático de la novela. Es el lugar de la pobreza, donde se origina el primer eslabón de la tragedia de Gatsby y con el que el autor logra crear un contraste entre el lujo y la carencia. Allí viven y trabajan los Wilson, con quienes Tom Buchanan interfiere para hacerse amante de la esposa a quien pone casa en Nueva York y fabrica a su modo también un espacio de fantasía al que aquella mujer nunca podría haber imaginado acceder por su origen y posición y determinismo social. En una escala menor, Buchanan reproduce con su amante el mismo sainete que Gatsby fabrica para atraer a Daisy, pero un sainete sin amor.

Le puede interesar: Nota hacia Baldomero Sanín Cano

Hay dos versiones finales de la novela El gran Gatsby. La concebida por Scott Fitzgerald y la que resultó ser la primera edición sugerida tras los cambios que sugirió al autor el editor Marx Perkins, de la editorial Scribner’s. Trimalción debía llamarse la versión original concebida por Fitzgerald cuyo título recordaría el banquete que dio el esclavo liberto en Roma tras recobrar su libertad (descrito en El Satiricón de Petronio). La versión definitiva fue El gran Gatsby como lo conocemos. La diferencia entre ambas versiones es la información que puede saberse de Gatsby. El monólogo final de Gatsby en el Trimalción contando episodios de su pasado, fue dividido y simplificado por Fitzgerald y repartido a lo largo del libro como información dosificada y fragmentaria, lo que haría de Jay Gatsby un personaje más sustancioso y complejo en Trimalción y más enigmático y espectral en El gran Gatsby.

El resultado, la versión definitiva con el Gatsby abreviado, para algunos lectores, fue un whisky disuelto. Para lectores tan acuciosos como Edmund Wilson, albacea de los papeles de Fitzgerald, la forma abreviada de El gran Gatsby tiene la urdimbre perfectamente ensamblada y lo demás debe aportarlo el lector. Según Juan Forn, que comparó las dos versiones línea a línea para desentrañar los cambios, y en su momento recomendó hacer una edición en castellano de la versión Trimalción (editada por Tusquets en 2018) con ese ese monólogo de colofón se da un peso de carne y hueso, un sentido del origen de clase más marcado y un anclaje al personaje central evocado por el narrador.

Traigo el dato a colación porque en París era una fiesta (1964), Hemingway dedica tres capítulos de ese catálogo de personajes de la generación perdida que se dieron cita en París de los años 20 a su amigo Scott Fitzgerald. Y ya en el primer encuentro, Fitzgerald le dice que hace dos versiones de sus cuentos: la original y la de publicar. La de publicar obedecía para él a seguir unos “trucos” para hacer la historia digerible y popular, más elíptica acaso, pero antes había que hacer la versión más literaria y sustanciosa. A Hemingway eso le parece prostitución literaria (y se lo dice en la cara al ebrio amigo). Pero Fitzgerald dice que no hay traición ni mediocridad, porque para llegar a la versión aguada hay que pasar primero por el concentrado y el esfuerzo verbal es insoslayable.

Le sugerimos leer: Elisabeth Louise Vigée Le Brun o la retratista favorita de María Antonieta

El mismo principio lo aplicó Fitzgerald entonces a su novela más conocida. Era una suerte de mecanismo de subsistencia para suavizar un poco el derroche que fue la vida vivida a manos rotas. Una vida tocada por la riqueza y la fama a partir del éxito comercial de su primera novela, Al este del paraíso (1920), en la que había cifrado su paso por la universidad de Princeton (estudios que abandonó para servir en el ejército durante la primera guerra mundial). Al retorno de la guerra y después de que su prometida, Zelda Sayre, hubiese roto el compromiso matrimonial, la editorial Charles Scribner’s Sons publicó su primera novela vendiendo más de cuarenta mil ejemplares el primer año. De modo que para 1925 ya Zelda había cedido a Fitzgerald, famoso en su país. Con una hija a bordo y El gran Gatsby recién publicado se fueron a vivir en Francia. En un café de Paris le confesó a Hemingway que su novela era un fracaso comercial porque en su primer año no vendió más de 25 mil ejemplares en su país. Recalcar esas cifras de ventas no representarían mayor importancia para una novela que se ha seguido reeditando desde que se publicó hace 96 años, y que cuenta además con 4 adaptaciones cinematográficas y es uno de los clásicos modernos de la literatura en inglés, pero el dinero o la pérdida del mismo fue una de las constantes obsesiones de Fitzgerald y de sus personajes.

Gatsby había sido uno de los movilizados a la fugaz participación de Estados Unidos en la Gran Guerra que dejó balcanizada a Europa, informa el narrador. En la guerra alcanzó el grado de capitán y obtuvo una medalla. Al regreso a Estados Unidos se encontró con que solo poseía el uniforme de gala de militar. La época en que sitúa Fitzgerald la historia es 1922 y el trasfondo social que se percibe en los datos sueltos del libro aluden al impacto de la guerra en gente como Gatsby y el ambiente de fiesta de la noche urbana. La ley seca se extendió desde 1920 a 1933 en Estados Unidos prohibiendo el expendio de alcohol. No dejaba de ser una ironía y un rescoldo del puritanismo que alentaba el tráfico y el contrabando porque en el país donde no había habido batallas y todos estaban ebrios, se prohibiera el alcohol mientras de manera “subterránea” se extendieran las tuberías de los traficantes junto a las redes del drenaje desde Houston hasta Canadá. Uno de los rumores que corren entre los invitados a estas fiestas es la participación de Gatsby en ese y otros negocios ilegales. El rumor se convierte en uno de los elementos que perfilan al personaje principal y lo envuelven en el truco de niebla Fitzgerald. Para los ricos de origen y los reaccionarios, como el esposo a la vez adúltero y cornudo de Daisy, Tom Buchanan, la riqueza de Gatsby es ilegal y su formación universitaria, el más distintivo rasgo del orden y prestigio patriarcal que se cimenta en Nueva York, está puesta en duda. Él no se traga el cuento de que su rival haya ido a la universidad de Oxford en Inglaterra como se rumora. La universidad es una de las distinciones de clase en esos formalismos patriarcales, como parece serlo también el lugar de origen.

El Este y el Oeste (de Estados Unidos), como el sur y el norte, son paralelos y meridianos en la prosperidad imperialista norteamericana: el racismo, el desarrollo económico y el puritanismo tuvieron límites y extensiones. La historia ocurre en el Este, la costa colonizada por los ingleses, la Nueva Inglaterra, donde están las grandes ciudades industriales y los puertos, el sitio en donde está la riqueza. El oeste son las grandes extensiones donde más adelante, en tiempos de Eisenhower se extenderán las carreteras del sistema interestatal, adonde se fueron en el pasado los aventureros a hacer fortuna y de donde vienen los sin fortuna, los provincianos, los rancheros sin modales, los advenedizos que estudiaron en universidades de menor nivel, como Carraway o Gatsby. Algunas de las informaciones que el propio Gatsby insiste en validar frente a su amigo y vecino, Carraway, acaso su único amigo y par, indica que hizo fortuna heredando una parte y luego multiplicó lo heredado con negocios petroleros y farmacéuticos, y su paso por Oxford se explica como un periodo breve de seis meses como contraprestación a su servicio en la guerra. Pero uno de sus socios reconocerá más adelante que no puede afirmar lo mismo, pues este lo conoció limpio, pobre, cuando su única propiedad era el uniforme de gala del ejército, por lo cual Daisy, la novia de guerra, lo rechazó. Este socio le dio la mano vinculándolo con algún tipo de negocio ilegal y, ya rico, Gatsby anduvo solo y se empeñó en reconquistar mediante el lujo el corazón de Daisy, quien lo rechazó por pobre poco después de la guerra. La aparición final del padre desmentirá la riqueza heredada y desvelará el origen humilde de Jay Gatsby.

El resultado de esa trampa materialista es lo suficientemente conocido como para repetirlo en estas líneas. Pero no deja de ser curioso que el capítulo final, tal vez el más bello de todos, sea una reflexión sobre aquello que ningún lujo puede pagar: la generosidad y la pureza de los sentimientos. Una moralidad que da acceso a otro tipo de linaje. La moralidad puede ser alcanzada sin origen y sin clase, y no puede ser doblegada ni comprada.

En El lujo eterno (2003), Lipovetsky-Roux analizan algunos aspectos desmitificadores del lujo moderno. El lujo se relaciona con los placeres de los sentidos. Al intensificarlos se intensifican las experiencias. ¿Con qué fin? Con el de hacerlas perdurar en el tiempo. Es una contradicción, en donde el buen gusto y el refinamiento simulan el alcance de la belleza pero no dejan de ser solo anhelo. La hipótesis que se me ocurre, sería que quien se acoge al rito social de las formas del lujo intenta alcanzar la belleza por posesión, o por medios no creativos. Lo cual es solo una transacción. Porque el instrumento para alcanzar la belleza elude trasegar el camino: su comprensión y la experiencia. El lujo y la belleza son fachadas que exigen ser valoradas por el grupo social. Sin ese valor que los demás otorgan, solo estás en posesión de cosas caras que aspiran a ser bellas y no de un talento, ni de un valor intrínseco no material.

Acaso el arte y el amor, instrumentos transitorios, permitan rozar la belleza en su eterna transitoriedad, pero Gatsby nunca buscó el arte, sino el lujo. Lipovetsky-Roux comparan también el lujo con el amor, en estos términos:

“El lujo se asemeja al amor y a su rechazo del “todo pasa, nada permanece”, a su deseo de eternidad. Incluso el placer de “malgastar” no carece de vínculos con la eternidad cuando es generador de un presente tan intenso que se vuelve para siempre inolvidable”. --El lujo eterno, Lipovetsky-Roux, pg 95, ed. Anagrama.

El drama de Gatsby no resulta de intentar obtener, mediante el lujo, el favor de una mujer, sino de intentar ponerse al mismo nivel de una clase social, a la que no pertenece, una clase que le niega el reconocimiento, porque aunque otros ricos acepten sus banquetes de Trimalción y se embriaguen en su terrenos, lo rechazan como un advenedizo, es decir con la misma distancia que mediaba entre los patricios romanos de Trimalción, el esclavo liberto que viste de lujos para convencer a otros de su libertad.

El marido de Daisy, en el enfrentamiento decisivo de los rivales, consigue sustituir en Daisy el encandilamiento por el lujo que ofrece Gatsby con la experiencia del amor vivido que conocieron juntos, donde la experiencia es la que intensifica los sentimientos. Carraway, testigo del enfrentamiento prepotente y racista entre Gatsby y Buchanan, llega a la conclusión de que la riqueza es inmoral. Los Buchanan son más vulgares que Gatsby, al no tener ética ni escrúpulos y encubrirse hasta en la muerte de la amante del marido y librarse de la responsabilidad subyacente en el asesinato de Gatsby y el suicido de bombero cornudo, fatalidad múltiple desencadenada por Daisy. El lujo, ese deseo de eternizar que consiste en malgastar para hacer el presente inolvidable, concierne a la esfera frívola de los objetos y los gustos que quieren enaltecer los sentidos, el clasismo a la esfera de la posición de las personas, pero la esfera de la ideas y de la ética está más allá de las cosas triviales que se pueden conseguir con el dinero y esas ideas y principios son constantemente burlados o soslayados por los personajes que solo buscan satisfacer sus deseos y pasar por encima de los de menor clase.

Katherine Ann Porter rechazaba la frivolidad de la obra de Fitzgerald porque a su parecer no representaba a ningún sector de la sociedad norteamericana. Pero representa la evolución del espíritu materialista del yanqui, el eterno buscador del capital. Es esa pequeña clase que domina el mundo de los negocios sublimada por los mitos de la farándula, la que más fascina a los que no la han conocido, y la que los aparatos de representación multiplican para alimentar iconos y productos culturales de la potencia americana. Lo que ha trascendido al resto del mundo es la representación de su rito social. Por eso cada generación tiene el rostro de Gatsby en alguno de los iconos del cine: el siempre galán de Redford y el galán advenedizo DiCaprio. Gatsby sí representa un tipo humano, comprensible para cualquiera que no sea ni norteamericano ni rico. Es el espíritu de un hombre que se siente mediocre, intentando cubrir con lujo y derroche la inseguridad que le provoca su origen de clase.

El gran Gatsby permanece como uno de los mitos de la cultura norteamericana y seguirá siendo objeto de adaptaciones a otros lenguajes de masas, porque logró integrar los símbolos de una era, la superficialidad del lujo de los años veinte, una de las puntas de lanza del imperialismo cultural en la era del consumo suntuario capitalista. La década siguiente de los Estados Unidos, marcada por la crisis económica, sería mejor retratada por Steinbeck, uno de los escritores más pobres que hubo en el mundo.

Síguenos en Google Noticias
Este portal es propiedad de Comunican S.A. y utiliza cookies. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso, de acuerdo con esta política.