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Dos días antes del terremoto que tanto afectó a Pereira el pasado 10 de agosto, paseaba con mi esposa por la plaza principal de la ciudad cuando recordé que ahí, detrás del emblemático Bolívar Desnudo de Arenas Betancourt, había un mural al lado de “El Tuvo”, pasaje bastante concurrido y visitado por numerosos transeúntes, entre quienes se encontraban turistas.
Y, claro, ahí estaba, en un sitio pequeño, de pocos metros, formando un ángulo que separaba el tradicional edificio de la Lotería de Risaralda y el citado pasaje; oculto, casi escondido o tapado por personas de pie, pendientes de cuanto sucedía en el extenso parque, rodeado por palmeras y árboles de mango.
Contra la pared
Ante esto, no pude menos que atravesarme para mostrarle a ella la mencionada pintura sobre la pared —dos paredes, en realidad— de Hernando Tejada (1924-1998), más conocido como “Tejadita”, un prestigioso artista nacido en Pereira, aunque adoptado luego por Cali, igual que su hermana Lucy Tejada, en cuyo honor se levanta cerca un museo en el centro cultural que lleva su nombre.
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De inmediato, cogí el celular para tomarle una foto, nada fácil ante la estrechez del lugar y porque el mural se hallaba en una suerte de esquina, con paredes contiguas, enfrentadas, donde la figura central era un pobre campesino con su espalda curva para sembrar maíz, según rezaba el título de la obra, inscrito en una placa que también identificaba a su autor y el año en que fue realizada: 1958, o sea, cerca de sesenta años antes.
De hecho, su estado de abandono era notorio. Dos grietas —causadas seguramente por temblores de tierra muy comunes en el Eje Cafetero colombiano— se cruzaban al frente del personaje en cuestión, quien no se inmutaba por ello; el intenso colorido, propio de “Tejadita” en sus típicos cuadros de realismo mágico, tendía a desvanecerse, y varias figuras geométricas, con forma de casitas, se veían flotar en lo alto, como dispuestas a irse.
A continuación, entramos a “El Tuvo”, apreciando sus negocios de comercio. Se destacaban lujosas joyerías, donde, obviamente, mi esposa se detuvo un buen rato, confiada en que algo habría de comprarle. Nada raro pasó entonces.
¡Temblor! ¡Temblor!
Ese 10 de agosto, al borde de las 7:30 de la mañana, un golpe muy fuerte, repetido una y otra vez, de lado a lado, casi me tumba de la caminadora, cuando ya estaba a punto de terminar los ejercicios. Al tiempo, mi esposa se despertó con violencia, sin contemplaciones, y saltó de la cama para llegar, a las carreras, hasta la puerta del apartamento, lista a lanzarse hacia las escaleras del alto edificio Valladares.
Logré detenerla y nos dirigimos ambos, tambaleándonos, al amplio espacio de la sala. Allí nos abrazamos a sendas columnas que desde abajo trataban de ser arrancadas de raíz por el sismo, un verdadero terremoto que se tornaba incontenible, derribando más y más cosas por todas partes, tanto que sentimos ver la hora llegada en que perderíamos la vida. Orábamos en silencio, implorando la ayuda divina.
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Cuando volvió la calma, en medio de escombros que simulaban algún bombardeo en la guerra declarada por fuerzas oscuras, logramos salir de la casa, reunirnos con los demás residentes del edificio y dar gracias al cielo por estar vivos.
Antes del mediodía, cuando muchos vecinos habían partido en sus vehículos hacia las afueras de la ciudad a zonas campestres más seguras, no tuvimos otra opción que irnos a buscar un restaurante, pues mi esposa aún estaba en ayunas.
Las calles estaban cubiertas de escombros; un edificio, a escasos metros del nuestro, se encontraba al borde del colapso, y por doquier se veían personas angustiadas, en shock —como si el terremoto no hubiera terminado o estuviese a punto de reactivarse con la misma furia—, por más que sus compañeros trataran de calmarlas, dándoles ánimo mientras pretendían disimular su propia angustia.
Rumbo a la Plaza
Llegando al centro de la ciudad, el panorama que se observaba era desolador: casas y edificios por el suelo; vehículos cubiertos por pesados muros de cemento y ladrillo; llanto y más llanto, gritos y más gritos, como si esto fuera el fin del mundo, al decir de un anciano que parecía no saber hacia dónde iba.
De la hermosa “Perla del Otún”, en fin, no quedaba sino una que otra huella por donde el terror de la mañana no había hecho presencia, a juzgar por sus paredes blancas, de pie, incólumes.
Fue así como llegamos a la Plaza de Bolívar, donde una multitud se reunía al frente de las ruinas de un edificio, entre las cuales se buscaba, con desespero, algún sobreviviente. Rescatistas y voluntarios se convertían así en los héroes del momento, ante las críticas circunstancias que atravesábamos.
Y fue cuando me di cuenta, sorprendido como estaba, que allí, entre esa montaña de escombros, debían estar los destrozos del mural de Hernando Tejada, “Tejadita”, que mi esposa y yo habíamos admirado dos días atrás, creyendo con terquedad, en la inmortalidad del arte y de los artistas.
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