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Bogotá como ruido interior en “El origen del mundo”, la primera novela de Ana María Ordóñez

En esta obra, Ana María Ordoñez demuestra un dominio notable del ritmo y del flujo de conciencia, así como una prosa capaz de sostener una novela entera desde la interioridad de un solo personaje. Una experiencia exigente: habitar la mente de una mujer en una ciudad que no calla.

Santiago Díaz Benavides

23 de enero de 2026 - 02:00 p. m.
Ana María Ordóñez fue la ganadora del III Premio de Novela Germán Espinosa en la categoría sub-35.
Foto: @harrymramirsez & Escarabajo Editorial
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Hay novelas que se leen siguiendo una historia y otras que se atraviesan como un estado mental. El origen del mundo, primera novela de la escritora colombiana Ana María Ordóñez, pertenece a este segundo grupo.

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Ganadora del primer lugar del III Premio de Novela Germán Espinosa en la categoría sub-35 y publicada por la editorial Escarabajo, la obra construye su fuerza no desde el acontecimiento, sino desde la voz: una conciencia que no descansa, que recuerda, que se interroga, que se expone.

Martina, su protagonista y narradora, nos conduce por la novela sin mediaciones. No hay un narrador que ordene el mundo ni que suavice la experiencia: todo ocurre en su cabeza. Desde una entrevista de trabajo hasta los recuerdos de la infancia, desde las relaciones familiares hasta los vínculos amorosos, desde el deseo de huir del país hasta la precariedad cotidiana, El origen del mundo avanza como un flujo de pensamiento que rara vez se interrumpe. Aquí, más que saber qué pasa, el lector aprende cómo piensa alguien que está tratando de sostenerse.

Uno de los grandes aciertos de la novela es la manera en que Bogotá aparece no como telón de fondo, sino como un ruido constante que moldea la subjetividad de Martina. La ciudad es fría, acelerada, hostil, saturada de sonidos y estímulos. No se describe desde la distancia: se padece desde el cuerpo. “Es difícil vivir en Bogotá”, piensa Martina, y esa dificultad no es solo climática o urbana, sino mental. La capital se vuelve una nevera atestada, un espacio donde nada termina de calentarse, donde el silencio no existe y donde incluso el pensamiento se acostumbra a no callar nunca.

Esa ciudad que no concede tregua explica, en parte, el tono de la novela: una prosa inquieta, sensorial, cargada de asociaciones, que pasa de una imagen a otra con naturalidad. Ordóñez escribe desde la percepción y desde el cuerpo, y eso se nota en pasajes donde lo cotidiano se cruza con reflexiones sobre el deseo, el arte y la sexualidad. El título mismo, El origen del mundo, dialoga abiertamente con la pintura de Courbet y con lo que esta ha significado históricamente: el cuerpo femenino como origen, pero también como objeto de observación, de misterio, de moralización.

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La novela no busca ofrecer una tesis feminista cerrada, pero sí pone en tensión los discursos que rodean el cuerpo de las mujeres. Martina se pregunta, recuerda y especula sobre la vagina, el deseo, sobre quién mira y quién es mirado. Ese cuestionamiento atraviesa también su experiencia laboral y afectiva, sin necesidad de caer en juicios explícitos. Ordóñez opta por una escritura que incomoda más de lo que explica, y ahí radica buena parte de su potencia.

Las relaciones que rodean a Martina están marcadas por la fisura. La familia aparece como un espacio de afectos incompletos: una madre y un padre que cargan con silencios y ausencias, y una hermana —Antonia— que se convierte en el vínculo más estable, casi el único territorio seguro. En el terreno amoroso, la novela muestra con crudeza cómo los vínculos fracturados del origen pueden repetirse en la vida adulta. No hay romanticismo posible: hay desgaste, dependencia, culpa.

La amistad ocupa un lugar central, no como refugio idealizado, sino como espacio de intensidad emocional. A través de ese vínculo, la novela introduce uno de sus quiebres más importantes —sin necesidad de nombrarlo directamente— y obliga a Martina a confrontar los límites de su propio autoanálisis. Durante buena parte del libro, ella se “hace terapia” a sí misma: nombra su voz interior, la examina, la corrige. Sin embargo, El origen del mundo es clara en algo fundamental: pensarse no siempre alcanza. Hay dolores que exigen ser compartidos, escuchados, acompañados.

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En ese sentido, la novela también dialoga con una preocupación contemporánea: la salud mental. No como consigna, sino como experiencia íntima. Martina es consciente de que va por la vida con una máscara, de que ha elegido mal, de que su historia familiar pesa más de lo que quisiera admitir. Esa conciencia no la salva, pero la vuelve lúcida. Y esa lucidez —dolorosa, incompleta— es uno de los gestos más honestos del libro.

Que esta sea una ópera prima resulta especialmente significativo. Ana María Ordóñez demuestra un dominio notable del ritmo y del flujo de conciencia, así como una prosa capaz de sostener una novela entera desde la interioridad de un solo personaje. No hay vacilaciones evidentes ni excesos innecesarios. Su segunda obra, La marea, publicada por la editorial Calixta, confirma que no se trata de un debut aislado, sino de una autora que empieza a consolidar una voz propia dentro de la narrativa colombiana reciente.

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El origen del mundo no promete consuelo ni redención. Invita, más bien, a una experiencia exigente: habitar la mente de una mujer en una ciudad que no calla, acompañarla mientras se quiebra, mientras recuerda, mientras decide si seguir o detenerse. Y hoy, cuando nos inundan tantos relatos complacientes, esa apuesta por la incomodidad y la conciencia merece ser leída con atención.

Por Santiago Díaz Benavides

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