Esta tendencia a la fabulación se extendió hasta los primeros semestres de mi universidad, y aún tengo unas pocas amigas a las que no les he aclarado que algunas historias que les conté no sucedieron tal como les dije. Las fabulaciones con que atiborraba a mis pocos amigos se confundieron frecuentemente con la realidad, y muchas veces yo mismo terminaba dudando si aquella historia que recordaba era real, o también me la había inventado.
La situación era grave porque incluso llegue a dudar de que cosas en realmente si sucedieron, o no eran otro conjuro que de forma espontánea surgía en conversación, pero que se estructuraba con la repetición, y que sencillamente en mi memoria habitaban codificadas igual las historias reales y las historias inventadas.
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El Dr. Prieto, un profesor de derecho al que nunca conocí, pero del que por dos años un amigo me habló, gustaba debatir sobre un libro que nunca había leído, e incluso escribió un libro dedicado a reflexionar sobre ese libro. Así es: el profesor al que nunca conocí escribió un libro sobre un libro que jamás leyó. Se trataba, ya no recuerdo, de uno de esos tomos quemados por la Historia de los que sólo sabemos que existieron por evidencia de otras obras. Cuando supe eso, me pregunté que habría sentido Prieto de haber podido conocer el libro real finalmente, si alguien lo hubiera encontrado en algún papiro en una excavación en algún lugar del Mediterráneo ¿se habría decepcionado? ¿Habría sido algo chocante? ¿Sería el mismo libro del que tanto hablaba? ¿Qué tan diferente era? Existe también la posibilidad que hubiera preferido no leerlo, que prefiriera el libro no leído del que por años había hablado.
Hubo una primera vez en la que la historia que conté terminó haciéndose real. Una vez que descubrí el lugar que me había inventado. Esa vez mi fabulación encontró un lugar tangible y, además de sacarme del aprieto de tener que confrontar que había inventado ese lugar, me permitió descubrir una posibilidad en la que las ensoñaciones fueran creadas, buscadas y presentadas en la realidad. No pocas veces después exploré esas mismas posibilidades en el amor o los viajes personales. Era posible encontrar las fantasías en lo tangible.
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Tenía menos de 12 años y, por primera vez, mis papás llevaron a Jeisson, el hijo del vecino Jairo, a la finca de mi abuela Rosa en Pacho, Cundinamarca. El problema es que en los seis meses anteriores yo me había inventado que en ese lugar existía un rincón fantástico a varias horas caminando de la finca, que casi nadie conocía y que se llamaba “El paraíso de los naranjas”. La verdad no sé de dónde saqué ese nombre.
En el paraíso de los naranjas existía un bosque anaranjado y había tantas naranjas en el suelo que formaban un tapete naranja, y había absoluto silencio, sólo se escuchaba la brisa y, sobre todo, yo insistía, era un lugar secreto que nadie más conocía, un privilegio que yo tenía y que, si había oportunidad, le iba a enseñar a él solamente. Por eso cuando su papá le dijo que íbamos a ir a la finca, J. me llamó emocionado “Uy, vamos de una al Paraíso de las naranjas”. “De una”- dije yo, pasando saliva.
La finca quedaba en la vereda El Cedro, a casi una hora de la cabecera municipal de Pacho. Era una finca con apenas un cuarto con tres camas, la cocina y el baño era instalaciones separadas. Atrás, en el patio, tenía una cancha de tejo. Llegamos y los perros nos ladraron media hora desde la loma que teníamos que bajar. Llevábamos cientos de piedritas para espantarlas: era como un efecto placebo tratar de lanzarlas. No recuerdo mucho ese día, me imagino que comimos el sancocho que hacía mi abuela y nos hacía sudar en pleno sol. Después nos fuimos a dormir mientras los adultos jugaban ajedrez.
Esa noche, antes de dormir, Jeisson me hizo prometer que al otro día tenía que mostrarle “el paraíso de las naranjas”. Esa mañana, luego de desayunar, le dije a mi mamá que iría con Jeisson a un paseo por el campo. Esto implicaba entrar a otras fincas caminando cuesta abajo entre árboles, pero como siempre lo hacía, nos dieron permiso. Le dije a J que era difícil encontrar el paraíso de las naranjas, que tocaba caminar mucho y que, a veces, uno se perdía. De esta manera me protegí ante el hecho obvio: no íbamos a encontrar ese paraíso, no existía.
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Él estaba entusiasta y me dijo que no importaba, que era capaz de caminar todo el día. Recorrimos primero varios terrenos donde había árboles de guamas, saltamos corriendo unos potreros donde había toros con pinta de bravos, bajamos por unos caminos empedrados y saltamos quebradas donde nos llenamos de barro. El paraíso de las naranjas no aparecía en ninguna parte y ya eran las 5 de la tarde. Ni siquiera subimos a almorzar. Ya cansados, nos recostamos en una verja hecha con maderas y yo comencé a disculparme por no poder encontrar el camino. Entonces apareció una niña de más o menos 13 años jalando un burro. J le preguntó: “Hola, ¿sabes donde queda el paraíso de las naranjas?”. Tuve pánico que la niña me delatara, aunque seguramente lo que iba a decir era que no sabía de qué estaba hablando, pero, sobre todo, me dio miedo que se riera y J se diera cuenta de que yo llevaba seis meses engañándolo. Que lo había metido en una travesía buscando un lugar que no existía. Para mi sorpresa la niña dijo: “El paraíso queda bajando esa lomita: saltan una quebrada, encuentran una casa roja, pasan un cultivo de caña y ahí está. Quedé estupefacto, ¿el paraíso existía? J me jaló y bajamos corriendo, luego de media hora caminando lo encontramos.
Nadie jamás me va a entender lo que fue encontrar ese lugar. Olía a naranja, había un tapete de naranjas en el piso que se extendía por un terreno inmenso y decenas de naranjos separados por cuatro o seis metros. Parecía todo un cuadro hecho con combinaciones de verde y amarillo, que se extendía perfectamente con un atardecer que a esa hora del día se coloreaba igual.
Todo era naranja y sobre el tapete había algunas hormigas rojas. Sentimos entonces, por un largo momento, que ese pequeño paraíso nos pertenecía. Estuvimos allí extasiados por el olor y el silencio durante cerca de una hora. Yo había dicho que casi nadie conocía el lugar, y parecía cierto: nadie pasó por esa hora en la que permanecimos allí. El hecho de que fuera difícil encontrarlo hacia coherente la sacralidad del lugar que, durante seis meses, yo había alimentado.
J. caminó por todos lados, se acostó a dormir sobre el tapete de naranjas y luego uso su camisa como bolsa para llevarse más de una decena de naranjas. Todo el camino de regreso le contó a su papá emocionado y orgulloso que yo le había llevado a conocer el paraíso de las naranjas.
Años después, cuando leí “El país de la canela”, pensé que algo parecido hubieran podido sentir los conquistadores si el lugar ensoñado hubiera existido, pero a diferencia de Pizarro, yo si hallé, aunque fuera por unos minutos, ese lugar que me había inventado.
A veces recuerdo ese sitio en el que sólo estuve esa vez y el que, probablemente, pocos encontrarían sorprendente. Para mí era como si hubiera convocado mi fabulación a la realidad. Durante la pandemia le dije un día a Héctor Abad que recordaba un texto de él sobre un poeta que recordaba su poesía, pero que él contaba en su texto que no recordaba haberlo leído. Lo más curioso es que Héctor no recordaba tampoco su texto, un doble olvido (le dije), y todo esto me hizo recordar mi perdido paraíso: el paraíso de las naranjas que encontramos con J.
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Lo cierto es que experimentar la confusión que existe entre la fabulación y la memoria, me hizo pensar en que todo recuerdo es una fabulación también, pero también que algunos se experimentan del mismo modo. Tantos años y todavía creo que es posible que los paraísos de naranjas encuentren un lugar sobre la tierra, que sea convocados o que sólo esperen que los encontremos.
Aunque también existe la tragedia de no poder volver a visitarlos, como fue con al paraíso de las naranjas, al que nunca regresamos, y ese día que pasamos atiborrados de naranjas y que me parece que fueron felices, no sólo son irrepetibles, sino que incluso me cuesta retener en la memoria con el detalle que quisiera. También existe la posibilidad que haya inventado esta historia o al menos algunas de sus partes, y aún así siempre que pienso en ella, siento complicidad con ese yo real o ese yo hipotético que descubrió el paraíso que se había inventado. Entonces: ¿importa acaso?