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El pincel beligerante de Débora Arango

Después del éxito del seriado de Teleantioquia “Débora Arango, la mujer que desnudó a Colombia”, la artista fue seleccionada como la imagen femenina en el nuevo billete de $2.000.

Eduardo Márceles Daconte

17 de diciembre de 2018 - 09:00 p. m.
“Las monjas y el cardenal, óleo sobre lienzo, 177 x 127 cm. S. F. / Cortesía
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Débora Arango es una de las pintoras colombianas más destacadas del siglo XX. Su obra se inscribe en una amplia gama de preferencias que caracterizan, de igual modo, el panorama de la plástica nacional. Es la primera mujer que propone una pintura contestataria que alude a situaciones sociales y políticas sin dejarse intimidar por la crítica adversa ni por la animadversión del clero y los moralistas que en su época la amenazaron, incluso con la excomunión, por la sensualidad de sus desnudos.

Ejerció con éxito la pintura al óleo, la acuarela y la cerámica para producir obras que enfocan con tono acusador la miseria de campesinos, obreros y prostitutas, así como escenas satíricas que cuestionan con imaginación fantástica, a veces burlona o provocadora, las costumbres aberrantes de sectores conservadores y religiosos del país. Nacida en Medellín (1907-2005), fue discípula del pintor Eladio Vélez y se nutrió de las enseñanzas del muralista Pedro Nel Gómez, en especial de su visión documentalista de nuestros mitos, leyendas y de su actitud desinhibida ante el desnudo.

Después de permanecer olvidada durante largo tiempo, la obra dispersa de Débora Arango fue exhibida en una primera retrospectiva en Medellín en 1984, la cual significó un paso decisivo en el rescate y la divulgación de su trabajo artístico. Desafiando la moral convencional de los años 40, su pintura enfocó situaciones dramáticas con una intención de crítica social y política muy polémica en ese tiempo. De una personalidad intrépida, su obra se inclinó por un expresionismo vigoroso de colores vivaces en sus medios favoritos: el óleo y la acuarela.

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Dueña de una sensibilidad especial y una vocación temprana, fue descubierta por una religiosa italiana en el colegio María Auxiliadora de Medellín, quien le contagió su amor por el arte y la estimuló a seguir por ese camino. Después fue discípula del pintor Eladio Vélez, con quien aprendió la técnica del retrato, disciplina en la que demostró inusitado talento. Su temperamento fogoso la impulsó a buscar alternativas para romper con el canon clásico que, como una camisa de fuerza, la constreñía a una pintura más académica.

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Hasta que encontró en los frescos de Pedro Nel Gómez una expresión libre que aludía a la mitología popular y a sucesos históricos, así como a los oficios humildes y a una profunda solidaridad con los desheredados de la tierra. Entonces tomó el camino que había señalado Gómez en su obra, en especial su representación del desnudo femenino, que practicó por su cuenta en ejercicios caseros hasta dominar el tema, que fue motivo de escándalo en la mojigata Medellín de su juventud.

De su recorrido por Estados Unidos y México, donde asistió a la Escuela Nacional de Bellas Artes de 1946 a 1948, su pintura reflejó aquella experiencia en los esqueletos, que recuerdan la obra gráfica de José Guadalupe Posada, y cierto influjo de los muralistas mexicanos, de manera especial el expresionismo nacionalista de José Clemente Orozco. Débora desarrolló así una temática inscrita en los conflictos históricos, pintando escenas escabrosas que enfatizaban cierto feísmo y un zoomorfismo entre grotesco y trágico, dos de las características esenciales de su obra.

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A partir de entonces su trabajo tomó un giro social de contenido crítico, que reflexionaba en torno a la difícil vida de las prostitutas, la esquizofrenia de las cárceles, las asonadas del Bogotazo con su secuela de muerte y destrucción, la labor de los braceros, el hambre de los obreros y campesinos desplazados por la crisis económica, escenas anecdóticas de borrachos, trabajadores, monjas y sacerdotes.

De manera puntual fustigó al ideólogo conservador Laureano Gómez, a quien concebía como un sapo en un desfile protagonizado por el clero y los militares con la muerte de abanderada. Su iconografía era desafiante, sus personajes esperpénticos, deformados por las inclemencias de situaciones hostiles, ostentaban ingredientes satíricos, ofensivos para los altos estamentos del poder político y eclesiástico, pero celebrados por los sectores progresistas del país.

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Su pintura irreverente suscitó el rechazo de los puritanos y conservadores, también despertó la animadversión de la curia, que la amenazó con la excomunión y el fuego eterno del infierno si no dejaba de pintar desnudos. Pero la artista nunca se dejó intimidar, en su lugar respondió airada que “el arte, como manifestación de la cultura, nada tiene que ver con los códigos morales. El arte no es amoral ni inmoral, su órbita no intercepta ningún postulado ético”.

Por Eduardo Márceles Daconte

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