Álvaro Miranda y el alma de la poesía colombiana

30 May 2021 - 2:00 a. m.

El poeta Miranda

Semblanza del único costeño que ha logrado el Premio Nacional de Poesía y quien murió a finales del año pasado.

José Luis Garcés González * / ESPECIAL PARA EL ESPECTADOR

Era ancho de espaldas y de mirada noble. Usaba en el trópico, y a veces en el páramo, amplias camisas a cuadros grandes. Caminaba despacio, un poco echado hacia adelante, al menos así lo recuerdo en su última visita a Montería en 2017. No era abundoso de parla, no alzaba la voz, su risa era eventual. Había nacido en Santa Marta el 6 de abril de 1945, pero la mayor parte de su tiempo la vivió en Bogotá. Fundamentalmente era poeta, aunque había conseguido una justa nombradía con la novela y la investigación histórica. Se llamaba y se llama Álvaro Miranda, y hasta ahora es el único costeño que ha logrado el Premio Nacional de Poesía que convoca la Universidad de Antioquia. Lo obtuvo en 1982 con el poemario Los escritos de don Sancho Jimeno. (Recomendamos: Los poetas se unen al paro).

Su novela La risa del cuervo ganó, en 1984 el primer premio en Buenos Aires, Argentina, en la convocatoria realizada por la Universidad de Belgrano. Esta misma novela, reescrita durante varios años e impresa nuevamente en Bogotá por Thomas de Quincey Editores, logró el Premio Pedro Gómez Valderrama, convocado por Colcultura en 1992. Además, entre otros, ha publicado el poemario Indiada (1971), la recopilación antológica Simulación de un reino (1996), Colombia, la senda dorada del trigo (2000), León de Greiff en el país de Bolombolo (2004), Un cadáver para armar (2007), Jorge Eliécer Gaitán y el fuego de una vida (2008). En 2010 viajó como becario a México y escribió la novela Muchachas como nubes, la cual permanece inédita y tiene como referencia la vida del poeta azteca Gilberto Owen. (Recomendamos: Más de José Luis Garcés sobre la poesía).

Casi nunca entre sus amigos y allegados le oí llamar por su nombre completo, sino por su quehacer estético. Siempre: el poeta Miranda. Y él se acostumbró. Poeta Miranda: y el hombre reaccionaba al llamado. Lo hacía con naturalidad, claro, era ese su verdadero nombre de pila. Parece que desde el día de su nacimiento. Quizá su nombre oficial era muy largo, Álvaro José Miranda Hernández, y el destino le asignó otro: breve, rápido y cierto: poeta Miranda. Pero, por contraste, desde Tropicomaquia, su verso es largo y conversacional, de follaje convincente, para nombrar lo que merezca mencionarse. Lo cual no le impide destacar el asombro o la belleza del discurso. Lenguaje de antiquitas, de selva, de animal real y mitológico, de lluvia abundante entre el follaje, de gente que reclama porque ha perdido su nobleza, de mujeres que denuncian porque frente a sus ojos han quemado a sus hijos. Todo su lenguaje poético está tocado por el discurso histórico. Desde que la historia era prehistoria, hasta el instante en que la historia se torna mirada contemporánea. Hecha así la lectura, podría decirse que en el poeta Miranda la historia buscó y halló otro cauce para expresarse.

Simulación de un Reino (Miranda, Álvaro. Simulación de un Reino. Bogotá. Thomas de Quincey Editores. 1996)

En 1996 el poeta Miranda publicó Simulación de un Reino, una antología que hace el recorrido poético de su trabajo desde el año 1966 hasta 1995. En esta compilación, se agrupan los textos Tropicomaquia; Indiada; Cuatro de Lebrija; Los Escritos de Don Sancho Jimeno; y Simulación de un Reino. Este compendio, que es el que queremos abordar en este texto recordatorio, ofrece una amplia panorámica de lo que es la poesía de Miranda, sus alcances, sus aciertos, sus búsquedas y, en definitiva, la carga contundente de su palabra. La palabra en él es un arma informal y con ella experimenta. Su poesía es producto de esos encuentros trilógicos entre la técnica, la imaginación y la historia, en la que el lenguaje es una síntesis de un yo acuso-yo delato-yo poetizo. Y todo lo hace sin pudor y belleza, como cuando titula: “PAISAJES QUE AL VUELO DE LAS PALOMAS SE AÑINGOTAN DE SUEÑO EN LOS BALCONES DEL PUEBLO, DONDE UNA MUJER SIN ROSTRO PERO DE PURIFICADA BELLEZA CONTEMPLA LOS RECUERDOS EN EL INSTANTE EN QUE LOS SOLDADOS MARCHAN A LOS CAMPOS DE CHUQUISACA, CUANDO LA VIDA SE LLENA DE AROMAS Y SE ENFANGAN LOS CAMINOS… (Así, con mayúscula).

La diversidad de los hechos se presenta en el poeta Miranda con una frescura de clorofila, vigilada por relojes que en una cúpula gótica insisten en marcar el tiempo de la historia. Hay un lenguaje de selva poética, de aguaceros soñolientos, de animales que aprenden a tocar tambores, de narrativa antigua y de hombres que se presentan espontáneos para desafiar la muerte. Pierde aquí la palabra poética la trascendentalidad que le son tradicionales. Se le transgrede. Se le profana. Se le hace caer del cielo a la tierra. Se le enreda con la risa. Se le relee y se le devora pues en ella se da el placer del texto.

En los poemas se siente la realidad de la época. Los títulos enormes y victoriosos, significativos y verídicos, caracterizan su trabajo, y preceden y completan la esencia de los que pueden llamarse versos, prosas o textos, que son una hermosa hilación de historia, naturaleza y metafísica. Y todo para narrar la indiada, la negramenta, el barro duro de la rebeldía. Para ejemplo están Tropicomaquia, Indiada, Cuatro de Lebrija y ese portento de historia que son Los escritos de don Sancho Jimeno, español-castellano defensor frustrado de Cartagena en 1679. Vencido pero vencedor. Hay una voz que se mofa de España y de sus jerarquías, que se duele de su afrenta. Que delata, verbigracia, la cornucopia de Felipe II. Que recuerda el albatros que se le presentó a Jorge Zalamea cuando el 9 de abril de 1948 se dirigía la toma de la Radio Nacional. La rabia de Benkos Bioho al proclamar la revolución. La oración de Carlos III cuando se enteró de la derrota y la toma del Castillo de Bocachica por el barón de Pointis. Para ello, el poeta Miranda estructura su libro acudiendo a múltiples recursos, algunos de extracción formal anacrónica, otros de clara y antiquísima procedencia linguística y literaria. Por sus páginas pasan el siglo de oro español, los balbuceos del castellano original, las expresiones típicas que desembocaron en el lenguaje de Cervantes y la poética de Quevedo, y en las audacias de los heterónimos.

La existencia del Caribe es una presencia constante en el poeta Miranda. Surge de forma inevitable, y no navega en las aguas de lo espontáneo; hace parte de la existencia del poeta, y de las hondonadas de su memoria. El Caribe, su biología y su antropología se respiran en cada verso, Toda su poesía se vierte en su fauna, su flora, su gastronomía, sus costumbres, sus fantasmas. Desde las iguanas hasta los patacones, desde los goleros hasta la arepa de huevo, desde el alcatraz hasta el exótico camionero que hace versos, desde las endechas que se dicen cuando se está verdaderamente enamorado hasta las endechas tristes a raíz de la desgracia política y humana del negro Jorge Eliécer, desde los decires del poeta Julio Flórez al observar los restos mortuorios de Carmencita Jánica hasta el firme aviso que informa que la comida de acá es más sabrosa que la de acullá, desde el aplauso al hechizo de una torta de casabe hasta el reproche por dejar que tambaleen las bisagras culturales propias. Este es un himno a esa cultura, a esas raíces que se agazapan en los huesos y que la diferencian del resto pero, a la vez, la insertan en el mundo conocido y quizá por conocer. Sentirnos pertenecientes a la tierra donde nacimos, no nos excluye de sentirnos pertenecientes al topos universal.

Sobre la obra del poeta Miranda se pronunciaron los escritores Germán Arciniegas, Álvaro Mutis, Enrique Molina, Ariel Castillo, Juan Gustavo Cobo Borda, Emiro Santos, Ramón Bacca, José Luis Díaz-Granados, entre muchos otros. Su voz como poeta y tallerista se escuchó en las principales ciudades del país. Como conferenciante y lector fue invitado a España, México, Venezuela, Estados Unidos, Uruguay y República Dominicana.

El poeta Miranda falleció en Bogotá el 9 de octubre de 2020, no sin antes, demostrando su humor y su sarcasmo, recomendarle por escrito al carpintero encargado de hacerle el ataúd que escogiera una buena madera, de excelente aroma, para conservar la fragancia de sus huesos, y que tuviera cuidado con el uso de los clavos para que nada le perturbara la tranquilidad de su silencio, que no es eterno, pues nos continúa hablando a través de sus obras que nos enseñan el vino de su validez y su vigencia.

* Escritor, ensayista, catedrático universitario. Director del periódico cultural “El Túnel2, de Montería, Colombia. Cuentos suyos han sido traducidos al eslovaco, inglés, francés y alemán. Su libro más reciente es “Analectas sociológicas y literarias”. E.: jlgarces2@yahoo.es

* Con respecto a este artículo, a la redacción de El Espectador fue remitido el siguiente pronunciamiento, que publicamos en su integridad:

Barranquilla 30 de mayo de 2021.

A LA OPINIÓN PÚBLICA

A propósito de la columna publicada en el diario El Espectador, en la sección cultural, el día 29 de mayo de 2021 (ÁLVARO MIRANDA Y EL ALMA DE LA POESÍA COLOMBIANA) de la autoría del consagrado escritor, periodista y docente de literatura de la Universidad de Córdoba: José Luis Garcés González, el Colectivo Estampas Barranquilleras se permite hacer las siguientes precisiones:

1.    Reconocemos la trayectoria del poeta samario: Álvaro Miranda, fallecido hace un año en la ciudad de Bogotá, quien tuvo una fecunda obra que permanecerá en el tiempo.

2.    Al poeta José Luis Garcés González, director del grupo literario El Túnel de la ciudad de Montería, le informamos que el poeta Álvaro Miranda no ganó el Premio Nacional de Poesía por concurso en 1982, como dice en su artículo, el premio lo obtuvo el 9 de noviembre de 1981 en el Paraninfo de la Universidad de Antioquia a las 7 pm.

3.    Por otro lado, creemos necesario recordarle al profesor José Luís Garcés González, que el poeta Miranda NO fue el único costeño que ganó el Premio Nacional de Poesía Universidad de Antioquia, Casa de estudios con fuerte tradición en el país, la cual tiene dos categorías desde 1979: Premio Nacional de Poesía por Concurso y el Premio Nacional de Poesía por Reconocimiento. En virtud de lo anterior nos permitimos decirle:

·         El Caribe colombiano se siente orgulloso de tener entre sus poetas mayores a tres grandes expresiones de las letras, los cuales fueron galardonados con el Premio Nacional de Poesía por Reconocimiento, que otorga dicha institución.

·         Estos escritores fueron en orden de distinción los siguientes:

JORGE ARTEL CONEO 1986

MEIRA DELMAR 1995

GIOVANNY QUESSEP ESGUERRA 2007

Consideramos una ligereza por parte del profesor José Luís Garcés González asegurar semejante despropósito desconociendo estos tres escritores insignes de las letras del Caribe. Sin dejar de lado que el maestro Quessep es coterráneo suyo.

Colectivo Estampas Barranquilleras.

Jorge Nazim Artel Alcázar

Jorge Campo Figueroa

Nathalia Artel Meza

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