DARL
Jewel y yo salimos del algodonal, por el sendero, uno detrás del otro. Aunque voy a quince pies delante de él, cualquiera que nos observara desde el cobertizo del algodón podría ver el sombrero de paja de Jewel, roto y raído, sobresaliendo por encima de mí. El sendero, alisado por las pisadas y recocido cual adobe por los calores de julio, va derecho, como tirado a cordel, por entre los verdes liños de las plantas, hacia el cobertizo, situado en medio del algodonal. El sendero, alisado por tantas y tantas pisadas con obsesionante precisión, al llegar allí, se tuerce y rodea el cobertizo, formando cuatro ángulos de suaves vértices, para internarse de nuevo en el algodonal. (Lea la noticia de las obras liberadas para este año).
El cobertizo está hecho de toscos troncos, de entre los cuales la argamasa ha tiempo cayó. Cuadrado, con el techado roto y a una sola vertiente, se recuesta cual una ruina desolada, pero deslumbrante, en medio de la luz solar: en paredes fronteras, dos grandes y únicas ventanas miran al sendero. Al llegar al cobertizo, yo, por mi parte, sigo el giro del sendero que lo rodea; Jewel, que continúa a quince pies detrás de mí, mirando siempre al frente, se cuela de una zancada por una de las ventanas. Siempre mirando al frente, con sus ojos claros como la madera incrustados en su cara de palo, atraviesa de cuatro zancadas el interior del cobertizo, con la rígida gravedad de uno de esos pieles rojas que hay de muestra en los estancos1 , vestido con un mono remendado y dotado de vida sólo de la cintura para abajo, y de una sola zancada, sale de nuevo al sendero por la ventana opuesta, en el momento mismo en que yo doblo la esquina. Otra vez en fila india, a una distancia de cinco pies, yendo Jewel ahora el primero, seguimos nuestro camino, sendero arriba, hasta el pie del despeñadero. El carro de Tull está junto al manantial, atado al poste, con las riendas enrolladas en el pescante. En el carro hay dos asientos. Jewel se para delante del manantial, coge la calabaza que cuelga de una rama del sauce y bebe. Me adelanto a él y remonto el sendero. Comienzo a oír la sierra de Cash. Cuando llego arriba, Cash acaba de dejar de serrar. Pisando sobre un montón de virutas, está tratando de ensamblar dos tableros. Amarillean como oro, tenuemente, entre los espacios de sombra, mostrando en sus flancos las suaves ondulaciones de las señales dejadas por la azuela. ¡Qué buen carpintero es Cash! Mantiene los dos tableros sobre el banco, ajustando sus bordes para que formen una cuarta parte de la caja. Se arrodilla, enfila con la mirada la superficie de los tableros, los deja luego, y vuelve a empuñar la azuela. Buen carpintero. Addie Bundren no podría desear uno mejor, ni una caja mejor en que descansar. Una caja así le dará confianza y comodidad. Sigo hasta la casa acompañado por el chac, chac, chac de la azuela.
CORA
Pues ayer mismo recogí los huevos de los nidales y me puse a cocer. Las tortas me salieron pero que muy bien. Dependemos casi por completo de las gallinas que tenemos. Son buenas ponedoras las pocas que nos han dejado las zarigüeyas y otras alimañas. Y las culebras, en el verano. En menos que se dice, se cuela una culebra en un gallinero. El caso es que nos costaron mucho más de lo que mister Tull pensaba, y como le prometí que el gasto lo compensaríamos con los huevos que pusieran, ahora voy a tener que andar con mucho tiento, pues por mí se compraron. Sí que pudimos haber comprado unas gallinas más baratas; pero fui yo misma quien dio su conformidad cuando miss Lavington me dijo que me aconsejaba criar unas que fueran de buena casta, y porque hasta mister Tull admite que una buena casta de vacas o de cerdos, a la larga, trae más cuenta. Pero, como hemos perdido tantos huevos, no nos atrevemos a quedarnos con ninguno para nosotros, pues yo no podría soportar los gruñidos de mister Tull, ya que si se compraron las gallinas fue por mí. De forma y manera que cuando miss Lavington me habló de las tortas, pensé para mis adentros que yo misma podría hacerlas y ganar lo bastante de una sola vez como para aumentar en el equivalente de dos gallinas el valor limpio de mi averío. Y que, incluso, echando en ellas un huevo menos cada vez, los huevos me saldrían por nada. Y esta semana han puesto tantos, que no sólo he recogido bastantes más de los que pensaba vender y emplear en las tortas, sino que, además, aún me han quedado los suficientes como para que la harina y el azúcar y la leña del homo me salgan por nada. Así, que ayer me puse a cocer con más tiento que nunca, y las tortas me salieron pero que muy bien. Pero cuando fuimos esta mañana a la ciudad, miss Lavington me dijo que la señora había cambiado de parecer y que no iba a celebrar la reunión. –De todas formas, debiera quedarse con las tortas –me dice Kate. –Eso es –digo–, aunque hay que hacerse cargo de que ya no las necesita. –Debiera quedarse con ellas –dice Kate–. Claro que estas señoronas ricas de la ciudad pueden cambiar de parecer. Los pobres, no.
Las riquezas no son nada a los ojos de Dios, pues Él sabe ver dentro de los corazones. –Quizá las pueda vender el sábado en la feria parroquial –digo–. Me salieron verdaderamente ricas. –No sacará ni dos dólares por cada una –dice Kate. –Bueno; en realidad, es como si no me hubieran costado nada –dijo–. Los huevos no tuve más que sacarlos de los nidales, y cambié una docena por azúcar y harina. En realidad, es como si las tortas no me hubiesen costado nada; hasta mister Tull sabe que los huevos que había en los nidales sobrepasan con mucho la cantidad que nos habíamos propuesto vender, de forma y manera que estamos como si nos hubiésemos encontrado los huevos o como si alguien nos los hubiese regalado. –Ella debiera quedarse las tortas, pues ella misma las encargó –dice Kate. Dios sabe ver dentro de los corazones. Si es voluntad suya que no pensemos todos igual sobre la honradez, no soy yo quién para discutir los divinos designios. –Yo estoy en que nunca tuvo necesidad de las tortas –digo–. Pero la verdad es que me salieron muy ricas. Tiene la colcha subida hasta la barbilla, a pesar del calor que hace; destapadas, solamente las manos y la cara. Descansa sobre la almohada con la cabeza en alto de forma que puede mirar por la ventana, y nosotros oímos a Cash cada vez que maneja la azuela o la sierra. Y aunque fuéramos sordos, casi podríamos, observando la cara de ella, oír a Cash, verle. Su cara está tan consumida, que los huesos se dibujan bajo la piel con líneas blancas. Tiene los ojos como dos velas que uno viera derretirse y caer su esperma en las arandelas de unos candeleros de hierro. Pero la salvación eterna y la gracia perdurable no han descendido aún sobre ella.
–Salieron muy ricas –digo–. Pero no como las tortas que Addie solía hacer. Con sólo fijarse en la funda de la almohada, se puede saber cómo lava y plancha esta chica, si es que alguna vez lo ha hecho. ¡Ah, si abriera los ojos y se viera en manos y a merced de cuatro hombres y de este marimacho! –No hay mujer por estas tierras que amase y cueza como Addie Bundren –digo–. De seguro que si ella se levanta y se pone a cocer, no vendemos las demás nada. Debajo de la colcha no hace más bulto que una tabla, y ya sólo puede decirse que todavía alienta por el crujir de las hojas del jergón. Hasta su pelo permanece quieto y pegado a sus mejillas, a pesar de que la chica está a su lado, en pie, dándole aire con el abanico. Mientras la miramos, se pasa el abanico a la otra mano, sin dejar de dar aire con él. –¿Duerme? –chichisbea Kate. –No. Está mirando a Cash; allí –dice la chica. Podemos oír el ruido que hace la sierra en la tabla. Suena como un ronquido. Eula nos vuelve la espalda y mira por la ventana. Su collar hace juego con su sombrero rojo. Nadie diría que sólo le ha costado veinticinco centavos. –Debiera haberse quedado con las tortas –dice Kate. Me hubiera venido muy bien ese dinero. Pero, en realidad, es como si no me hubiesen costado nada, salvo el hecho de cocerlas. Le diré que todo el mundo puede cometer un error, pero que no todos saben salir de él sin pérdidas; que no todo el mundo puede comerse sus errores: eso es lo que le voy a decir.
Alguien atraviesa el zaguán. Es Darl. No mira acá adentro cuando pasa frente a la puerta. Eula le sigue con los ojos mientras anda, hasta que él desaparece por la puerta trasera de la casa. Con una mano que levanta juguetea un poco con las cuentas del collar; después se atusa el pelo. Al darse cuenta de que la estoy mirando, sus ojos se turban.
DARL
Padre y Vernon están sentados en el porche trasero de la casa. Padre vuelca tabaco de la tapa de su tabaquera en su labio inferior, manteniendo estirado el labio con el pulgar y el índice. Echan una mirada alrededor cuando yo cruzo el porche y sumerjo la calabaza y bebo. –¿Por dónde anda Jewel? –dice padre. Era yo todavía un chiquillo cuando aprendí que el agua sabe mucho mejor si antes ha estado un buen rato en un pozal de madera de cedro. Fresquita, con un ligero sabor semejante al aroma que despiden los cedros con el aire cálido de julio. Tiene que estar así seis horas, por lo menos, y hay que bebería en calabaza. Nunca se debe beber agua en vasijas de metal. Y de noche sabe aún mejor. Solía yo echarme sobre el jergón, en el zaguán, y aguardaba a sentirlos a todos completamente dormidos; y, cuando lo estaban, me levantaba y dirigía al pozal. El brocal negreaba en el negror de la noche; y la superficie tranquila del agua era un orificio redondo en la nada, donde yo, antes de agitarla y despertarla con el cazo, solía ver una estrella o dos en el pozal, y una estrella o dos en el cazo, antes de beber. Después crecí; cumplí más años. Y entonces esperaba a que todos se fueran a dormir, y así podía echarme, con los faldones de la camisa levantados, a oírles dormir, a sentirme sin tocarme, a sentir el fresco silencio cernirse sobre mis partes y a preguntarme si Cash, allá, en la noche, haría lo mismo, si lo habría estado haciendo durante los dos años últimos, antes que yo pudiera haberlo deseado o hubiera podido hacerlo. Los pies de padre están desfigurados por completo –sus dedos entumecidos, ganchudos y engarabitados, sin nada de uña en los meñiques–, por haber trabajado en duras faenas, en la humedad, calzado con zapatos de fabricación casera, cuando era niño. Sus zapatones están junto a la silla. Tienen el aspecto de haber sido cortados con un hacha de filo embotado, como hecha con un lingote de hierro. Vernon ha ido a la ciudad. Nunca le he visto ir a la ciudad con mono. Por su esposa, dicen. Ella enseñaba en una escuela. Antes. Tiro al suelo el agua que sobra, y me seco la boca con la manga. Va a llover antes de mañana. Tal vez antes que se ponga el sol.
–Pues ha bajado a la cuadra –le digo–. A aparejar el caballo. Ha ido allí a divertirse con el caballo ese. Entrará en la cuadra y saldrá al prado. No verá al caballo por ninguna parte; está allá arriba, entre los pinitos del pimpollar, a la fresca. Jewel silba, una sola vez y penetrantemente. El caballo resopla; entonces Jewel lo ve, reluciente, durante un instante, gozoso, entre sombras azules. Y Jewel vuelve a silbar; el caballo va hacia él, ladera abajo, las patas nerviosas, las orejas en punta e inquietas, moviendo hacia arriba sus ojos desorbitados, y se para a diez pasos, de costado, observando a Jewel por encima de la crin, en atenta y traviesa actitud. –Venga usted acá, señorito –le dice Jewel. El caballo se acerca. Con rapidísimos temblores en su piel, tensa y recorrida por torbellinos de lenguas semejantes a llamas. Agitando la crin y la cola, y poniendo en blanco los ojos, el caballo emprende otra corta carrera, corcoveando, y se para de nuevo, firmes las patas, y así se queda, para observar a Jewel. Jewel marcha rápidamente hacia él, con las manos en las caderas. A no ser por las piernas de Jewel, diríase que ambos son dos estatuas talladas para un grupo salvaje al sol. Cuando ya Jewel casi lo va a agarrar, el caballo se alza sobre sus cuartos traseros y se deja caer de manos, de golpe sobre Jewel. Ahora Jewel está encerrado en un laberinto centelleante de cascos semejantes a una ilusión de alas; entre ellos, debajo del pecho levantado del caballo, Jewel se escurre con la relampagueante flexibilidad de una culebra. Por un instante, antes que la sacudida llegue a sus brazos, ve su cuerpo entero en vilo, horizontal, removiéndose como un látigo, hasta que agarra al caballo por las ventanas de la nariz y toca tierra de nuevo. Y se quedan ambos rígidos, estáticos, terríficos: el caballo, apoyado en sus patas traseras, tiesas y vibrantes, con la cabeza baja; Jewel, con los talones hincados, ahogando el resoplar del caballo con una mano, acariciándole el cuello con la otra, con incontables golpes cariñosos, insultándole con obscena ferocidad. Es un momento de rígido y espantoso vacío; el caballo tiembla y lanza quejidos. Luego Jewel se monta en el caballo. Cabalga cuesta arriba, como un torbellino, semejante al restallante azote de un látigo, recortándose en el aire su cuerpo pegado al del caballo. Ahora el caballo se queda plantado, la cabeza gacha, antes de lanzarse a la carrera. Descienden por el cerro, dando saltos, corcoveando, erguido Jewel, sujeto como una sanguijuela a la cruz del caballo, hacia el vallado, donde el caballo, al pararse, con el vientre casi a ras de tierra, hace trepidar sus cascos. –Bueno –le dice Jewel–. Ahora puedes estarte quietecito, si es que ya estás satisfecho. Dentro de la cuadra, antes que el caballo se pare, Jewel, a toda prisa, se desliza al suelo. El caballo se dirige al pesebre, seguido de Jewel. Y, sin mirar baria atrás, le suelta una coz, estampando uno de sus cascos en la pared. Como un pistoletazo. Jewel le da de patadas en el vientre; el caballo enarca el pescuezo hacia atrás, enseñando los dientes; Jewel le da de puñadas en el morro y se escurre hasta el sobrado, al que se sube. Pegándose al montón de heno, agacha la cabeza y escudriña por encima de los tabiques hacia la puerta. El sendero está solitario; ni siquiera puede oír desde allí la sierra de Cash. Se yergue y se pone a echar heno al pesebre, a brazadas, a toda prisa, hasta llenarlo. –Anda, come –dice al caballo–. Llénate esa maldita panza hasta que revientes, cabronazo, hijito de la gran zorra.
* William Faulkner: su primera novela, La paga de los soldados, es de 1926. Luego, tras una breve estancia en Europa, publicó Mosquitos (1927), Sartoris (1929), El ruido y la furia (1929), Mientras agonizo (1930), Santuario (1931), Luz de agosto (1932), Pilón (1935), ¡Absalón, Absalón! (1936), Los invictos (1938), Las palmeras salvajes (1939), El villorrio (1940), Banderas sobre el polvo (1948), Réquiem por una monja (1951), Una fábula (Premio Pulitzer 1954), La ciudad (1957), La mansión (1960) y La escapada (Premio Pulitzer 1962), que aparece poco antes de su muerte.