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“En la arquitectura la permanencia no existe”: Alejandro Saldarriaga

El arquitecto habló sobre el diseño de “La memoria del río”, un proyecto itinerante que se convirtió en parte del legado que dejó la Bienal de Arte y Ciudad (BOG25).

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Micaela Chiliquinga
03 de febrero de 2026 - 12:56 p. m.
“La memoria del río”, diseñada por Alejandro Saldarriaga y ejecutada por la empresa El Líder, se encuentra
en el parque Bicentenario.
“La memoria del río”, diseñada por Alejandro Saldarriaga y ejecutada por la empresa El Líder, se encuentra en el parque Bicentenario.
Foto: David Dini
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¿Cómo surgió su interés por la arquitectura?

Desde muy pequeño siempre tuve afinidad por el arte. En el bachillerato me identificaba mucho con lo artístico y con lo manual, y eso incluía jugar con legos cuando era niño. Recuerdo que me llamaba, me fascinaba la Ópera de Sídney. A partir de ahí empecé a sentir una afinidad muy fuerte por la arquitectura.

Una de las experiencias que más me ha marcado dentro de este arte fue lo que ocurrió durante la pandemia. En ese contexto surgieron oportunidades para arquitectos jóvenes, especialmente para proponer ideas más especulativas orientadas a la reactivación del espacio público. Además, ni los clientes ni las entidades públicas tenían fondos para invertir en espacios permanentes, entonces había que encontrar una metodología que permitiera una arquitectura liviana, muchas veces a través del préstamo de materiales, para reactivar servicios y actividades. Aunque también realizo proyectos más tradicionales, la arquitectura efímera con enfoque social me atrajo especialmente.

“La memoria del río” es una obra arquitectónica itinerante diseñada por usted. ¿Cómo fue el proceso de creación de este proyecto?

La obra surgió a partir de una iniciativa del secretario de Cultura, Santiago Trujillo, del director de Arte, Cultura y Patrimonio, Diego Parra y de la subdirección de Infraestructura y Patrimonio Cultural de la Secretaría encabezado por Edgar Figueroa y con el equipo compuesto por Edgar Bernal, Emmanuel Guerra, Juliana Mendoza, Diego Rodríguez y Juan Sebastián Robayo. Ellos fueron quienes estructuraron la parte más conceptual de la propuesta. La intención era que Bogotá contara con un conjunto de estructuras efímeras destinadas a eventos culturales.

Desde este espacio se buscaba hacer un homenaje a la memoria de los ríos de la capital, intentando devolverles su condición de ejes de activación cultural dentro de la ciudad. El diseño también tomó mucha inspiración de los ríos en cuanto a su carácter flexible y adaptable a distintos lugares. La cubierta se basa en un sistema altamente modular que puede trasladarse a diferentes espacios. Otro valor de este tipo de arquitectura es ser oportuna para intervenir espacios patrimoniales, ya que siempre respeta el sitio. Este proyecto estará en el parque Bicentenario hasta marzo y luego se trasladará al parque Tercer Milenio.

¿Qué oportunidades y retos se dieron a partir del diseño de esta instalación?

En términos de oportunidades, me parece muy positivo que las ciudades empiecen a pensar en invertir recursos en estructuras efímeras y es interesante que esté surgiendo un mayor interés por este tipo de arquitectura, que se cuestione la idea de que la permanencia debe ser siempre una condición obligatoria, especialmente en infraestructuras públicas.

En cuanto a los retos, el principal fue el tiempo, que era muy corto tanto para la fabricación como para la implementación. Afortunadamente se logró cumplir. El sitio de implantación presentaba muchas dificultades porque está rodeado de patrimonio y no cuenta con vías de acceso. Todo el ensamblaje tuvo que hacerse de manera muy manual. Esto demuestra la lógica efímera de las estructuras, que pueden montarse sin necesidad de maquinaria pesada o camiones.

Desde un ángulo más personal, ¿cómo ha sido su acercamiento al río y cómo influyó eso en la construcción de esta obra?

Vivimos en una ciudad donde los cerros orientales nutren a la ciudad a través de los ríos, y gracias a eso tenemos agua. A diferencia de otras ciudades en las que he vivido, aquí la relación con el agua es mucho más directa y cotidiana. En Bogotá el tema del agua suele estar asociado al exceso o a la escasez, o a problemáticas derivadas de la canalización de los ríos. Desde la universidad este ha sido un tema muy presente para mí. He desarrollado otros proyectos que lidian directamente con el agua, y esa es parte de mi relación personal con ella.

En el caso de esta instalación, las cubiertas son en arco, buscando comunicar una geometría que dialogue con el paisaje de los cerros de Bogotá y con una forma intercalada que remite a un boquerón que resume la idea del río. Por eso la instalación es de color azul: era importante generar una iconografía clara. Se utilizaron aproximadamente 15.000 piezas de tela de seda de poliéster, todas del mismo color azul. Estas telas, al moverse con el viento, comunican de forma muy clara la idea del movimiento del agua. Siento que esta obra es una reflexión más escultórica sobre el agua.

¿Qué valor encuentra en la arquitectura efímera en contraste con la arquitectura más “tradicional”?

Creo que, en el fondo, la permanencia no existe realmente. Para mí, este entendimiento fue principalmente un aprendizaje que adquirí en contextos más internacionales. Siento que la educación en Colombia tiende a gravitar hacia una visión más occidental de la arquitectura. No critico esa postura, porque los edificios, al ser inversiones tan altas para la sociedad, deben ser durables. Sin embargo, no siempre se abren espacios para hablar de arquitecturas que se salen un poco de ese marco tradicional.

Cuando hablo de arquitectura efímera, no me refiero únicamente a algo de corta duración que aparece y desaparece, sino a un sistema cambiante. De hecho, estoy escribiendo un libro que se llama “Las arquitecturas del realismo mágico”. En mi reflexión, la pandemia fue un momento global en el que lo fantástico y lo surreal se volvieron parte de la cotidianidad en cuestión de meses.

Por eso considero que este tipo de sistemas funcionan muy bien en barrios de autoconstrucción, que están en constante transformación y enfrentan problemáticas estructurales, como el acceso a alimentos, agua, electricidad o educación. En esos escenarios las arquitecturas de desarrollo pueden tener un impacto muy positivo.

¿Cómo entiende la relación entre el arte y la arquitectura, especialmente en este tipo de proyectos que habitan e intervienen el espacio público?

En este caso voy a citar mucho al arquitecto Giancarlo Mazzanti. Él tiene una mirada muy provocativa sobre la arquitectura, y siempre habla de ella como una composición que se genera a través del juego. Esa mirada hace que la arquitectura se vuelva mucho más pública y accesible para todos. Considera los edificios casi como esculturas dentro del espacio público. En lo personal, si no fuera arquitecto, creo que me interesaría mucho ser escultor a gran escala. Al final, se trata de esculturas habitables. En el texto que escribimos junto con la Secretaría de Cultura, para la divulgación internacional del proyecto, definimos esta obra como un proyecto que se sitúa entre las disciplinas del arte público y la arquitectura efímera.

“La memoria del río” es uno de los legados que la Bienal Internacional de Arte y Ciudad (BOG25) le dejó a Bogotá. ¿Qué considera que es lo más valioso de un espacio como este?

Viví los últimos cinco años en Estados Unidos y regresé a Bogotá en mayo de 2025. Volver a una ciudad en la que no había vivido activamente durante un tiempo fue una experiencia que me impactó. Ver todas estas esculturas a gran escala en la BOG25 fue muy significativo para mí, y también me pareció muy valioso que las obras fueran fácilmente transitables a pie. Bogotá es una ciudad que se puede recorrer caminando en muchos sentidos, y aprovechar esa condición, ese carácter peatonal, me pareció fundamental. La experiencia de la construcción la viví muy de cerca y, al final, este espacio quedó como una sede cultural destinada a acoger eventos futuros de la ciudad. Ese, para mí, fue uno de los mayores valores de haber participado en un contexto como la Bienal.

Desde su experiencia, ¿qué posibilidades ve hoy para el desarrollo de la arquitectura en una ciudad como Bogotá?

Siento que en Colombia todavía existe una cultura relativamente conservadora cuando se habla de la disciplina arquitectónica. Generalmente seguimos refiriéndonos al canon de la arquitectura como el objeto permanente que conquista el paisaje urbano y se convierte en un hito que perdura en el tiempo. No digo que eso sea algo negativo, simplemente no creo que deba ser la única mirada que tengamos como sociedad ni como gremio.

Soy docente, y actualmente se están explorando metodologías alternativas de emprendimiento en arquitectura. Siento que esta puede ser una señal de cambio. Siempre les digo a mis estudiantes que la metodología que he seguido combina la práctica profesional con la docencia y con un componente teórico. Esa mezcla me ha permitido, afortunadamente, empezar a trabajar con instituciones públicas y generar suficiente interés para que estas empiecen a considerar desarrollos de arquitectura no convencional dentro de sus proyectos.

Por Micaela Chiliquinga

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