El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.

Entrevista a Alberto Medina: narrar al ser humano que no es contado por la historia

El periodista y literato hace un viaje al corazón de siete clásicos de la literatura colombiana como una invitación a reconocernos en las letras que nos han narrado y que, hoy más que nunca, nos explican y nos convocan a través de su nuevo libro “La realidad de la ficción”.

Juan Camilo Rincón - @JuanCamiloRinc2

23 de febrero de 2026 - 08:06 p. m.
Alberto Medina ganó un premio Simón Bolívar en 2010 en la categoría de Crítica.
Foto: Carlos Barragán - Archivo particular
PUBLICIDAD

“Siervo sin tierra”, “Cien años de soledad”, “La vorágine”, “La marquesa de Yolombó”, “Cóndores no entierran todos los días”, “María” y “La rebelión de las ratas”. Con “La realidad de la ficción” (Aguilar) Alberto Medina nos lleva por siete novelas que retratan la vida y la historia de aquellos que fueron esclavizados, las grandes mujeres que lideraron pequeñas revoluciones, los campesinos que nunca han tenido un terreno, las violencias nacidas en la explotación del caucho, la masacre de las bananeras, los pueblos olvidados y otro sinnúmero de realidades que en pleno siglo XXI siguen siendo nuestras.

Gánale la carrera a la desinformación NO TE QUEDES CON LAS GANAS DE LEER ESTE ARTÍCULO

¿Ya tienes una cuenta? Inicia sesión para continuar

Entre la producción literaria colombiana, ¿por qué seleccionó esas siete obras?

Tengo claro que seleccionar siete historias como los grandes clásicos puede resultar injusto con novelas que no metí. Las escogí porque de alguna manera marcan nuestra historia desde los españoles hasta hoy. “La marquesa de Yolombó”, por ejemplo, transcurre en el período en el que aún dependíamos de España, durante la Colonia, y así se van marcando hitos hasta llegar a la Violencia —de la que no hemos salido, además—, retratada en “Siervo sin tierra”, en “Cóndores” e incluso en “Cien años de soledad”. Esas novelas me permitían, primero, encontrar sitios específicos en Colombia en donde ocurrieron buena parte de las historias. Cuando uno mira el mapa encuentra que las siete son todo el país. En ellas tenemos un gran lienzo de Colombia.

Y además de lo geográfico está la diversidad demográfica, social, cultural y política. ¿Cómo fue el proceso de investigación?

Cada libro tiene su propia historia, pero en términos generales la investigación parte de una lectura muy minuciosa de cada novela. Quería encontrar esa sustancia que está en el lugar, en el alma y en el personaje, porque con esos tres elementos podía empezar a dibujar cada ensayo. Por ejemplo, en “La rebelión de las ratas” se habla de Timbalí; ese lugar no existió, pero sí hay un pueblito llamado Belencito, donde se asentaron franceses, alemanes y mexicanos para trabajar en las acerías Paz del Río. Encontrar esas pistas en cada novela era lo que me generaba una inquietud periodística, pero también literaria.

Read more!

La de conocer y reconocer espacios y hechos reales esenciales para nuestra historia.

Ahí te doy otro ejemplo: la Iquitos que se menciona en “La vorágine”, con nombre propio, es el esplendor del caucho, bonanza, riqueza, mansiones y caucheros poderosos frente a la sangre que se derramaba en el Amazonas. Encontrar esos territorios en la realidad era lo que me llevaba a rastrear personajes: ¿quiénes son los hombres que defienden a Arana en Iquitos para que el señor José Eustasio Rivera diga que era nuestro cónsul, un funcionario público? ¿Por qué pesa tanto San Fernando de Atabapo en esa novela? Hay lugares e historias que concuerdan perfectamente con lo que narran estos escritores. Cada novela tenía unas búsquedas previas muy importantes de personajes, de lugares y del alma del colombiano que habitaba en las zonas donde ocurrieron esos hechos.

¿Por qué es tan importante la literatura para comprender la historia de nuestro país?

A mí la literatura logra trasladarme al ser humano que no es contado por la historia, esa que desde los historiadores está armada de hechos, pero que desde la literatura está armada de almas, de seres humanos en toda su dimensión, en diferentes etapas de la historia —y en la que hemos cambiado, nos hemos ido moviendo—. El colombiano de “La marquesa de Yolombó” no es el mismo de “Cóndores no entierran todos los días”, y ellos son diferentes a ese que entró esclavizado por Turbo y llegó a las haciendas del Valle, distinto al que se mete a una mina de carbón. Creo que eso es lo más jugoso: conocer el alma del terrateniente, el campesino, el minero, el esclavizado, el colombiano más pobre o el más poderoso. Todo eso nos lo entrega la literatura.

Read more!

¿Qué hace que esas obras se mantengan vigentes?

Ahí está definido lo que determina qué es un clásico de la literatura: su perdurabilidad en el tiempo. Por ejemplo, en un pueblo como Yolombó encuentro la veneración a un personaje real, Bárbara Caballero, conectada con la minería, que sigue siendo el modo de vida de la gente allá. Hoy en Yolombó las mujeres se sienten representadas por esa mujer, dicen: “Nosotras somos mineras y damos una pelea todos los días porque nos dejen serlo”. Las mismas peleas que dio Bárbara se siguen viviendo hoy. Ellas me contaban que hasta hace apenas 10 años a las mujeres no las dejaban entrar a las minas, dizque porque la “salaban”, y entonces no se encontraba nada. Las mujeres se sienten representadas en esas literaturas porque la realidad es la misma. Es el caso de “Siervo sin tierra”: hoy ochocientos mil campesinos siguen sin tener tierra en Colombia. ¿Qué más vigencia, qué más actualidad que ese dato? Que una zona como Boyacá haya perdido la belleza del paisaje porque la minería generó un cielo de hollín, una tierra ennegrecida por la sal y el carbón. Son novelas escritas hace setenta, cien años, y son clásicas porque siguen siendo actuales.

¿Cómo es la conversación entre la producción escrita y el trabajo audiovisual que se ha llevado a la pantalla desde Noticias Caracol? Por ejemplo, lo que se hizo sobre “Changó, el gran putas”, de Manuel Zapata Olivella.

Ese no es un libro fácil, porque habla de una mitología que no conocemos o conocemos muy poco; esos dioses, los orishas, una cantidad de terminología y de personajes anclados en el Olimpo africano. Cuando recreo esas historias para televisión el lenguaje es distinto, porque la imagen es protagonista. Cuando escribo sobre ese libro tengo que describir las imágenes que son fundamentales. Para el libro recurro mucho a la bibliografía histórica, porque el formato escrito me lo permite (por ejemplo, hablar de la llegada de los gitanos en “Cien años”), pero en la televisión es más complejo, entonces voy a lo que puedo narrar visualmente. Otro ejemplo es cuando desciendo a la mina para sentir lo que sintió Fernando Soto Aparicio cuando vio una viga rota a sesenta metros bajo tierra, como las que vio Rudecindo Cristancho, el protagonista de la novela, que descendía y se aterrorizaba. Ahí hay un encuentro de dos formas de narrar.

¿Cómo es el trabajo para hacer que la literatura llegue a un público masivo?

Este trabajo tiene como meta buscar lectores, invitar a la lectura. Siento que, si queremos entendernos de verdad como país, la literatura nos ayuda a no repetir los errores de la historia, porque ahí están pintados los hombres de carne y hueso. Los hechos solamente son hechos, pero en la literatura están los hombres. Con la literatura la gente descubre, por ejemplo, a Bárbara Caballero, dueña de minas y esclavos en una época en que las mujeres estaban sometidas a otro tipo de tareas. Es una manera de invitar a conocer historias que no son ajenas, que nos pertenecen. Eso hace que la gente no solo se encante con las historias que se arman para televisión, sino que además vaya a buscar el libro. Mucha gente se ha motivado a leer estas novelas gracias a eso.

Si le interesa seguir leyendo sobre El Magazín Cultural, puede ingresar aquí 🎭🎨🎻📚📖

Por Juan Camilo Rincón - @JuanCamiloRinc2

Conoce más

Temas recomendados:

Ver todas las noticias
Read more!
Read more!
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.