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Alejandro Zambra: “Todos los libros que valen la pena son difíciles de describir”

El escritor chileno habló sobre sus hábitos de lectura, los temas recurrentes en sus obras y la dictadura que vivió su país. Conozca la segunda parte de esta entrevista realizada por Tinta Club del Libro.

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Sandra Pulido (Tinta)
18 de enero de 2026 - 02:38 p. m.
El novelista chileno Alejandro Zambra.
El novelista chileno Alejandro Zambra.
Foto: EFE - Lavandeira jr
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Ha escrito reseñas, novelas, poesía, ensayos, entre otros textos, por más de 25 años. ¿Cuánto lee para escribir?

Varía mucho. Es difícil contestar esa pregunta, porque me doy cuenta que miento mucho, ya que reconstruyo el proceso de escritura de un libro. Podría decir que me demoré cinco años en escribir Bonsai, pero en realidad lo escribí en una semana. Quiero decir, durante cinco años estaba escribiéndose el libro, y otros libros que al final eran el mismo libro y no lo sabía, y de pronto hubo una semana en que lo entendí. Y claro, ahí la escritura fue muy rápida. Sería tan mentira decir que lo escribí en una semana, que decir que lo escribí en cinco años. En Poeta Chileno hay un poema en particular, hay unos poquitos, pero hay uno en particular que se llama Garfield, que corresponde exactamente a lo que yo quería escribir y hubiera querido haber escrito el año 2008, 2009. Estuve dos años yendo muchísimo a un cementerio parque en Chile, mirando, escribiendo un libro que nunca resultó. Y creo que ese poema era lo que yo quería escribir en esos años. Y luego, quince años, dieciocho años después, al imaginar los poemas que escribían los personajes de Poeta Chileno, ese poema salió en cinco minutos.

En realidad, hay un momento en que solo puedes pensar que es un momento emocionante, pero también que tu vida no consiste solo en escribir ese libro. Entonces, en esos momentos leo mucho, pero leo cosas que no necesariamente están conectadas con lo que estoy escribiendo. Y que al final igual se conectan.

¿Cuáles son sus hábitos de lectura? ¿Lee en alguna hora específica, subraya los libros, lee en papel?

Generalmente, de cada libro que cae en mis manos leo dos páginas. Y ahí soy muy caprichoso. O sea, si no hay algo en esas dos primeras páginas, o una página, o tres páginas, tampoco es una ley; si leo algo que no me parezca necesario, o que no me fascine, no sigo. No es un buen método, pues hay muchos libros que te cautivan al rato, y luego se vuelven imprescindibles. Pero claro, tiene que ver con que ya tengo casi 50 años… sé que voy a encontrar muchas cosas que me parezcan interesantes.

Leo hacia el final del día. Y a veces en la mañana. Pero en general leo hacia el final del día, y subrayo, sí, subrayo y leo en papel. Pero también leo muchos textos, no en ebook, sino en PDF, porque leo libros de amigos siempre. Hay mucho intercambio entre los escritores; es bastante más colectivo de lo que parece. Siempre estoy leyendo algún libro de amigos, y mandando comentarios, y también, como es la economía del trueque, recibiendo comentarios. Hay un circuito que es bastante más gravitante de lo que parece, y habitual. El otro día pensé eso; siempre estoy leyendo el libro de un amigo. Y claro, mis libros serían muy distintos también sin esas intervenciones, a veces de las mismas personas, a veces de otras. Va cambiando. Y también me gusta el ebook. Lo que más me gusta es poner el dedito y que aparezca el diccionario. Me parece que es una experiencia más continua que discontinua. Algo que puede ser fascinante, pero que a mí me distrae demasiado, son las frases subrayadas. Todo eso que tiende a la red social me distrae muchísimo. No lo rechazo, más bien me parece atractivo. Pero es el mismo motivo por el cual no tengo redes sociales.

¿Prefiere el libro impreso o el digital?

Divinizar el objeto libro no me interesa porque sería hipócrita. La mayoría de nosotros crecimos leyendo fotocopias, para mí, era un objeto de lujo. A veces te gastabas un dinero absurdo para que tuviera anillado. Incluso la mica que fuera de un color específico. Hace poco recordaba estos libros de fotocopias de enamorados. Del mismo modo que hacían un cassette con tus canciones favoritas, juntabas fragmentos de los libros que más te interesaban y hacías un gran anillado y se los regalabas a tu pareja. Un regalo parece que muy innoble y, sin embargo, maravilloso. Una antología para ti. Genial.

El libro es un objeto muy caro y más en nuestros países. Yo no lo divinizo, lo que pasa es que me parece una tecnología perfecta para mí. Y cuando está bien hecho un libro, la relación física que se establece es maravillosa, única.

Cuéntenos de su biblioteca, ¿cómo la organiza? ¿Es usted apegado a sus libros?

Yo no vivo en mi país. Cuando decidimos radicarnos acá, yo vivía en Santiago, en una casa repleta de libros. Y los doné a una biblioteca. Cosa de la cual me arrepiento todos los días. Me arrepiento y no me arrepiento, porque sí me pareció una estupidez mudarme con la biblioteca, y también creo que estaba medio desenamorado de esa biblioteca. Sentía más bien la imagen como de un cementerio. Vivía rodeado de libros, muchos de los cuales no iba a volver a leer.

Los libros eran lo mío. En mi casa, los libros que había, la mayoría eran míos. Y yo sentía un orgullo acerca de eso. Pero luego, eso se fue desbandando. Sentía esa biblioteca como un espacio muy propio y a la vez que me tendía a expulsar. Tal vez estaba deprimido y esta era mi manera de entenderlo.

Cuando me cambié de país, me pareció ridículo arrastrar toda esta historia. Lo que sí me traje fueron libros de poesía chilena. Hay algunos libros de los que me hubiera resultado imposible desprenderme, pero eran poquitos comparativamente. Y entonces empecé a habitar la biblioteca de Jasmina, que también es una lectora muy voraz, por supuesto. Pero su biblioteca incluye también bibliotecas previas, cosas que eran de su abuelo. Tiene muchos libros en inglés y lee mucho en inglés. Yo leo en inglés, pero no siempre. Poesía me interesa, porque la poesía está en el espacio de lo ilegible, entonces rima con esa dificultad.

Ya llevamos ocho años en la Ciudad de México y, claro, la biblioteca ha crecido, y ya creo que tiene que parar de crecer. Jasmina reclama porque hay demasiados libros, aunque muchos los trae ella. Pero luego pensé, yo ya he renunciado a una biblioteca, no voy a volver a renunciar a una, ya me cuesta más desprenderme de los libros.

Y sobre la organización, sí hay una división, pero no de género literario, más de lengua original. Y hay zonas más caóticas, en la habitación donde trabajo hay libros que quiero leer, que pueden estar ahí mucho tiempo, y libros que acabo de leer. Siempre que termino un libro, lo dejo ahora en cierta estantería… y no sé si lo quiero ordenar. Me gustaría ver qué pasa tres años, en orden nada más.

¿Tiene alguna anécdota memorable de un encuentro con un lector(a)?

Hay muchos, porque solo en esos momentos me contacto con otros. Es muy atractivo ese encuentro y esas discusiones, pero me da pudor hablar de esas cosas, porque en general son historias en las que uno queda muy bien.

Lo más lindo es el contacto con las personas que no leen, eso me gusta. ¿Cómo llegas a las personas que no leen? Por ejemplo, en Colombia, en el 2007, cuando fue Bogotá capital mundial del libro, estuve en las afueras de la ciudad. Fuimos con otros dos colegas a una escuela y había un niño de 7 u 8 años, la edad de mi hijo ahora, que en la ronda de preguntas levantó la mano, nosotros habíamos hablado, no recuerdo de qué, y dice: “Los escritores siempre hablan de la inspiración para escribir, pero yo quisiera saber de dónde sacan la inspiración para leer, porque a mí me parece aburridísimo”. A mí la idea de la inspiración para leer me parece muy atractiva, y me gustó lo que sucedió cuando preguntó eso.

De nuevo eso mismo, la literatura ocupa unos lugares obligatorios, sagrados, que también valoro mucho, cuando conocí a escritores, a los 16 años, y tuve la oportunidad de trabajar con gente que admiraba muchísimo, como Nicanor Parra. Me gustaba mucho ver cómo procesaban su trabajo, lo mucho que les importaba y, a la vez, los grados de incertidumbre que era imposible imaginar. Un escritor que tú admiras, de pronto sí duda de un adjetivo, sí duda de si publicar o no su libro.

A mí todo eso me parece mucho más relevante porque vivimos demasiado en el culto a la personalidad. Está saturado y para eso están los actores, las actrices de cine. La escritura también borra al autor, lo hace, no te importa realmente el autor. Lo construye, te apropias del libro. Creo que es muy importante esa apropiación que sucede siempre en la lectura. Tú puedes incluso entenderlo mal. Puedes decir, yo admiro a esta escritora. Esa es tu manera de decir, me apropio de lo que hace o hizo.

La poesía está presente en toda su obra, incluso en sus novelas. ¿Cómo influye su formación como poeta en su escritura y en la vida misma que lleva?

Tendría que imaginarme cómo sería no tener la poesía. Somos personas a las que les interesan mucho las palabras y la música. Yo me he dado cuenta de que eso es gravitante por cómo influye eso en nuestro hijo. Me doy cuenta de que él es así o que empieza a ser así. Y entonces ahí pienso en el resultado de la crianza.

Y bueno, está el lenguaje. Me interesa muchísimo la dimensión sonora de las palabras, la dimensión del juego lingüístico, las paradojas, los trabalenguas. Pero estoy pensando más bien en cómo soy que en cómo quisiera ser. Pero de eso se trata. Y eso está ligado un poco con esta pregunta.

¿La escritura ha cambiado su manera de relacionarse con los demás o de entender su propia vida?

Creo que la escritura y la lectura, pero puntualmente la escritura, debería ser muchísimo más habitual en la vida de las personas. Así como sabemos que es necesario ejercitar el cuerpo, debería ser también necesario escribir. La escritura permite un grado de responsabilidad mayor, lo posibilita, pero una responsabilidad aparentemente inútil. Sobre todo la escritura intransitiva, gratuita, la que no cumple una función práctica. Puro rumiar, puro desahogo, creo que ese espacio es catártico.

Y es raro porque durante buena parte de nuestra vida escolar sí escribimos. Me refiero a llenar un cuaderno de palabras, pero de pronto dejamos de hacerlo. Y yo creo en esa forma de escritura cotidiana, intrascendente, aburrida. Creo que si escribes, es menos probable que le eches la culpa a la persona que tienes al lado de todo lo que te pasa. Por eso hablaba de responsabilidad, que es una palabra antipática, pero en el fondo es más bien hacerse cargo un poquitito del misterio cotidianamente. Y sí creo que purifica tu relación con los demás. Ese ensimismamiento parcial purifica algo. Las amistades, por ejemplo, se van purificando con los años.

La infancia y la familia están muy presentes en sus obras. ¿Qué lo lleva a explorar estos temas?

Creo que son inevitables. Son temas implícitos de algún modo, como el amor, como la muerte. Indisociables también. Creo que la infancia en particular a mí me interesa porque en un punto era difícil distinguirla de la dictadura. Infancia y dictadura, lo digo en un sentido muy preciso. Es decir, al formular una imagen de la infancia, aparecía la dictadura y, al generar una imagen sobre la dictadura, aparecía la infancia. Entonces, me costaba distinguirla, tal como me costaba distinguir el silencio del silenciamiento. Es decir, el silencio como opción del silencio como obligación impuesta por la autoridad. Ahí aparece otra palabra muy significativa: autoridad, legitimidad. Esos son temas que a mí me importa mucho discutirlos.

En la infancia, la autoridad, puertas adentro, era el padre. Y en muchos casos lo que marcaba la familia era la ausencia de padre. Pero el padre era difícil no asociarlo, si estaba presente, con el dictador. Una asociación injusta. Pero claro, la infancia siempre es como una dictadura de los padres, por más democráticos que los padres quieran ser. Y en este caso, era como una dictadura dentro de la dictadura. Entonces, hay muchísimas visiones de la infancia que me interesan, creo que es un tema inagotable. Pero si tu pregunta es por qué me interesó escribir y leer sobre este tema, bueno, es por esta casi imposibilidad de distinguirla con claridad. Y claro, la infancia siempre es así, funciona como una ficción. No en el sentido de mentiras, sino de ficción, de posibilidad. Olvidamos buena parte de lo que experimentamos.

Y luego nuestros hijos despiertan un pensamiento sobre la infancia propia que es muy abrumador, maravilloso e inagotable. Tienes a tu hijo en brazos y ya estás cansado, no dormiste bien, y lo ves ahí tan frágil. Y tú no recuerdas esa misma fragilidad, haber estado ahí tan dependiente, abrumadoramente dependiente del cuidado. Y luego eliges, bueno, si eliges creer que tus padres te cuidaron muchísimo o que no te cuidaron nada, y simplemente te ponían la tele y te embutían un chupete y ya… No recuerdas haber aprendido. Hay mucha gente que recuerda cuando aprendió a andar en bicicleta, pero no recuerdas cuando aprendiste a caminar. Creo que es un tema precioso, complejo e inagotable.

¿Por qué los temas familiares, que parecen ser tan individuales, son universales?

Claro, es que hay algo ahí que sucede o no. No me interesa mucho el énfasis en la primera persona o en la tercera persona. Yo sé que son formas muy habituales de análisis incluso. No me parece que un libro, por estar escrito en primera persona o en tercera persona, sea bueno. Más bien al contrario. Siento que no dice nada acerca de la calidad de un libro. Pero claro, en el fondo hay un asunto con lo autobiográfico que genera identificación en la medida en que se aleja de lo propio. Es decir, si tú me cuentas tus sueños y yo te cuento mis sueños, son muy distintos en su especificidad. Y sin embargo, si tú me los cuentas, yo los percibo como muy propios porque yo también tengo sueños. Entonces se parece muchísimo, hay una proximidad muy grande porque estamos rondando lo inexplicable, que es el hecho de soñar.

Y entonces, mientras más específicas son las miradas, más universales son. Bueno, es un lugar común casi: “Describe tu aldea, describirás el mundo”, pero es cierto. En rigor, si te cuento en lo más específico, eso va a despertar el recuerdo de tu propia posibilidad de ser específica. Entonces, claro, hay una literatura que juega el juego contrario. El juego de, yo voy a presentar personajes representativos. Entonces simplifico al personaje, al extremo de volverlo intrascendente. Ese es el peligro de ese ejercicio.

Pero siento que mientras más nos adentramos en lo inexplicable, más comunicamos.

Hay toda una generación para la que es difícil distinguir la infancia de la dictadura. ¿Se ha sanado esa herida en Chile?

No, no creo. Pero me parece que es imposible. En realidad, aprendemos a convivir con esa imposibilidad y a mirar el pasado desde lugares distintos, sin renunciar a las luchas. Es decir, la literatura moviliza esa clase de reflexiones. No es que el libro te ayude a definir en una frase lo que sientes sobre tu país, te pone en diálogo, te pone en movimiento con lo que importa, con lo que te importa. Que también es una decisión personal. ¿Cuántos metros de felicidad necesitas? ¿A cuántos metros de felicidad aspiras? Pero luego las heridas se supone que cicatrizan y desaparecen.

Creo que es muy difícil hablar de cualquier cosa en Chile en profundidad sin llegar pronto a la palabra dictadura. Y a la vez van cambiando las sensibilidades, la gravitación. De pronto hay incluso, desde que yo recuerdo, un cansancio con la dictadura como tema. Décadas después sigue siendo gravitante, pero no paralizante.

Ahí creo que la literatura cumple una función, no congela, sino más bien descongela y moviliza, y permite hablar yendo más allá de uno mismo, yendo más allá de tu propio prejuicio. Entonces por ahí va su posible trascendencia o su poderío.


Por Sandra Pulido (Tinta)

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