Hoy Natalia Lafourcade tiene concierto en Bogotá. Vino a presentarnos su más reciente álbum llamado “Cancionera”. Y regresó siendo otra, porque a la Natalia del pasado, la que escuchamos hace tres años con “De todas las flores”, ya le hizo un duelo: esa mujer que se veía casi igual no cargaba los viajes, los conciertos, todas las canciones que ahora existen, ni un hijo. Ahora viaja con un bebé que le está extendiendo la vida, un proceso que ya había comenzado a través de las letras que componía sola.
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“Cancionera” tiene doce canciones, entre las que se encuentra “Mascaritas de cristal”, una confrontación con el espejo. Allí insiste en que, a pesar de la plata, los títulos y los adornos, a ese reflejo le importan poco los artilugios, y que llegará el día de enfrentarse a la propia cara. “Hay algo paradójico: si te enfocas adentro, lo de afuera se llena de flores. Pero siempre llega de tu enfoque interno. Es mágico, pero la potencia siempre tiene que nacer en ti”, dijo Lafourcade para este diario.
Disfruta de la neblina de las montañas, de las flores que rodean su jardín de Veracruz, de los amores intensos, comprometidos, clandestinos o pasajeros, y de la parranda: de las noches en las que se va soltando con un mezcal y va picoteando travesuras que después convierte en canciones. Por eso en sus últimas letras, las de “Cancionera”, hay espacio para sirenas, brujas, amorcitos canoeros y hasta incendios de llantos. Personajes y momentos que se dividen entre sus cantos de esperanza y algunos lamentos que evocan el mundo raro de Chavela Vargas.
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“La vida se trata de que te expongas y de que no dejes de sorprenderte. Y eso fue lo que ese alter ego, esa Cancionera, me dijo a mí, Natalia, en la canción. Hoy ya puedo verbalizar que soy muchas Natalias en un mismo cuerpo y que quiero jugar con todas las versiones de mí. Por ejemplo, soy bastante solemne y al mismo tiempo juguetona: me gusta mucho la picardía de los latinos. Ese picoteo me fascina, pero para mí la música es sanación. Las canciones son compañeras, así que me las tomo en serio”, dijo Lafourcade durante la grabación de “El refugio de los tocados”, el pódcast de conversaciones de El Espectador.
Con la Cancionera, Natalia juega. Se inventa que es otra, se sale de sí misma, se ríe, se aconseja. Que no importa lo que se le exija afuera, que lo que cuenta es lo que ya ha decidido por convicción. Para encontrarse, se llama con los versos: “cántame la Luna / canta nuestro mar / canta los dolores de la soledad”.
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Hace tres años, en el Movistar Arena siguió el orden de “De todas las flores”, un álbum que nos devolvió su voz inédita. Escribiendo canciones fue que atravesó momentos solitarios, amargos, y solo aceptando esas sensaciones las letras aparecieron. Llegaron con paciencia y hablaron de momentos precisos. Pudo sentirse atrevido que publicara información tan suya, tan propia. Se expondría, pensó. Después de cantarlas entre sus sábanas o al lavar sus platos, decidió que la Natalia Lafourcade que estaba naciendo ya podía atreverse a compartir esos dolores tan hondos, pero tan musicales. Ya tenía obra.
Esta vez, habló de un “maestro interior”, una presencia que solo se manifiesta cuando se logra acallar el ruido del mundo. Para ella, el silencio no es un vacío, sino un escenario donde ese guía aparece para decirle verdades que, a veces, preferiría no escuchar.
Hoy, Lafourcade tiene un cabello largo que cae en ondas naturales que parecen acompañar el ritmo pausado de su respiración. Es, en esencia, una persona de pocas palabras, por lo que estar en su mismo espacio termina siendo una oportunidad para la calma. Habla sin trucos.
Recibió a los periodistas de este diario en un lugar en el que todos parecían ser conscientes de la magnitud de su figura, excepto ella. Como si sus premios, su rótulo de estrella internacional, nos importaran más a nosotros, mucho menos interesados en lo que ella realmente valora: el sueño de su hijo, la salud de sus padres, el florecimiento de su jardín, su guitarra y las letras de las canciones que recibe su público.
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Y también habría que hablar de su comprensión del tiempo. En su canción “El lugar correcto”, parece haber encontrado un mantra para sobrevivir a la velocidad de la industria y las expectativas externas: “y el lugar correcto es el ahora / para caminar / no hace falta más”. Para ella, la verdad no reside en los grandes hitos, sino en la capacidad de observar los atardeceres o en el acto mecánico y milagroso de respirar. Durante la charla, recuerda colaboraciones con maestros que han marcado su camino, y se ríe. Y también le van llegando las palabras de su familia, y se ríe. “¿Qué vas a hacer con los otros 40 años que vienen para tu vida?”, nos cuenta que le dijo su papá el día de su cumpleaños. Y ella vive prendida de esas palabras.
Lafourcade ha tenido que transitar territorios oscuros y ha decidido contarlos y cantarlos. Durante la grabación del pódcast, abordó la soledad no como una carencia, sino como una herramienta de supervivencia. Para ella, la búsqueda de coherencia implica abrirle la puerta al “maestro interior”. Y callarse. Después del silencio viene el escenario de revelaciones, como el que le llegó con la maternidad.
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El parto fue un rito que implicó la muerte literal de la mujer que conocía hasta entonces. “Todas las que somos madres podemos entender el concepto de lo que es morirse y renacer”. Tal vez esa metamorfosis es la que le permite hablar de la muerte y del dolor con una calma inusual.
“Hoy mi día Uno quiero comenzar / un nuevo ciclo, una oportunidad”, cantó en otra canción de hace muchos más años, como la declaración de quien ha entendido que el bienestar personal es una decisión diaria y que su enfoque es lo que permite que su mundo exterior florezca, pues Lafourcade no solo ofrece canciones, sino herramientas para la construcción de un refugio propio.
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