Para Mircea Cărtărescu, Medellín es una ciudad viva. Aunque no es su primera vez en el Valle de Aburrá, dijo que le gusta mucho la Ciudad de la Eterna Primavera, que tiene algunas partes muy pintorescas y otras muy modernas, como algunas ciudades de Europa o Estados Unidos. “La ciudad está llena de vida en muchos aspectos”, comentó. Desde la terraza de su hotel en El Poblado, el escritor rumano, reconocido por obras como “Nostalgia”, “Solenoide” y “Theodoros”, concedió esta entrevista a El Espectador.
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Cărtărescu llegó la capital antioqueña en el marco de la vigésima Fiesta del Libro y la Cultura de Medellín, en la que participará en una lectura de poemas y una charla en la que se abordará la literatura y su relación con lo onírico. En esta conversación habló sobre los poemas de Dylan Thomas, la solidaridad, la humanidad, la esperanza en tiempos modernos, el heroísmo y su proceso de escritura.
Ha dicho que su novela “Solenoide” es un “comentario largo” del poema de Dylan Thomas “No entres dócilmente en esa buena noche”. ¿Cómo ha cambiado su percepción de esta pieza tras escribir la novela?
Él es uno de mis poetas favoritos; incluso lo traduje para mí cuando tenía 20. Creo que no me sorprendió que Bob Dylan tomara su nombre de Dylan Thomas. Es un poeta fascinante en la modernidad por su uso del enorme vocabulario inglés de una forma específica y personal. Nadie ha escrito como él. En todo lo que escribía, exprimía el lenguaje y lo forzaba a sacar su expresividad. Fue un gran poeta con una vida trágica. Cuando iba a escribir “Solenoide”, recordé su famoso poema en forma de villanelle “No entres dócilmente a esa buena noche”, porque la idea del poema se ajustaba a lo que quería escribir. Es una protesta contra la muerte, y quise escribir un libro que protestara contra la trágica condición humana, las enfermedades, los accidentes callejeros, contra todo lo que es terrible para nuestro destino. Este poema habla de eso, de no tener que aceptar nuestra condición y de que deberíamos protestarla, aunque no sé si a Dios o a quién. No hay que aceptar que eres mortal, porque sabes que tu alma es inmortal; estuvo aquí antes de que nacieras y sobrevivirá a la muerte.
Esta novela también la ha asociado con la solidaridad…
Al final de una de sus historias más importantes e interesantes, Albert Camus presenta a una persona que murió, y quienes rodearon su lecho de muerte no podían decidir si la última palabra que dijo fue “solidario” o “solitario”. Recuerdo que esto fue muy importante para mí, porque me recuerda esa sensación de querer estar solo o querer estar con otros. En mi opinión, nadie va a resolver este problema; nadie puede decir qué es mejor para un ser humano, si estar solo y concentrado en su propia vida interior o estar abierto a otros. Empecé a escribir “Solenoide” pensando que la persona en el texto de Camus había dicho “solitario”, y quería escribir sobre la soledad del ser humano. Mientras escribía, entendí que, de hecho, había escrito sobre solidaridad, porque mi personaje había encontrado una manera de salvarse solo a sí mismo, pero la rechazó porque llegó a la conclusión de que no sería feliz sin su familia y sus amigos. Prefirió morir con los demás que salvarse y estar solo. Creo que ese fue un gran descubrimiento. Desde ese momento en adelante mi libro dejó de ser un empeño estético y comenzó a ser uno ético.
Ahí entraríamos a hablar del heroísmo.
Tendríamos que preguntarnos: ¿todavía hay héroes entre nosotros? Muchas personas estarían tentadas a decir que no, y que es algo romántico del siglo XIX, que no tenemos héroes porque no hay nadie que esté peleando con una espada, a caballo, en un campo de batalla. Estoy en desacuerdo con eso. Creo que muchas personas a nuestro alrededor pueden ser héroes. Una madre que cría a tres hijos es una heroína, en mi opinión, y mucho más si lo hace sola. Cualquier persona que haga algo por quienes son frágiles o vulnerables es heroica. Volodymyr Zelensky, por ejemplo, creo que es un héroe de la humanidad, y precisamente es el arquetipo, porque es alguien sin mucho poder que pelea contra alguien 10 veces más poderoso; es como David contra Goliat. Eso es heroísmo.
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En medio de todo esto y las realidades que vemos en las noticias, ¿cómo podemos sentir esperanza? ¿Cree que este tipo de personajes pueden ser una forma de mantenerla viva?
Tengo un hijo de 23 años y tiene todos los problemas y la visión del mundo de cualquier persona joven que, en mi opinión, es muy desesperanzada. Se siente solo, débil y sin esperanza en el mundo. Creo que tiene razón, porque actualmente tenemos muchas razones para sentirnos así, tal vez más que en cualquier otra época. Algunos creen que será la inteligencia artificial la que nos mate, otros el calentamiento global o un meteorito o una bomba atómica. Hay muchos motivos para ser pesimista. Creo que estas nuevas generaciones son trágicas porque hay mucha menos esperanza. Esto puedo entenderlo, pero no soy tan pesimista como mi hijo. Tengo que sentir que hay esperanza, porque no se puede vivir de otra manera. Debes sentir que tu vida va a continuar; tus sueños, tu amor y tus actitudes hacia los demás van a seguir hacia delante. Espero que encontremos en algún lado la sabiduría para superar nuestros propios obstáculos y continuar el gran proyecto de la humanidad.
Ha hablado varias veces sobre sus diarios y cuadernos en los que escribe sus libros. ¿Cómo son estas sesiones de escritura?
Me considero un escritor especial y raro en cierto sentido, aunque no uso la palabra escritor para hablar de mí mismo. Creo que siempre he sido una persona muy normal a quien le sucede algo extraño cuando voy a mi mesa de escribir, y es que tengo una especie de personalidad dividida. Cuando escribo, me convierto en otra persona, me olvido de mí mismo y comienzo a escribir como otra parte de mí. Generalmente lo hago a mano, aunque no siempre. Escribo a mano porque, fundamentalmente, soy un escritor de diarios. Mi diario es lo más importante que escribo. Puedo imaginarme sin escribir libros, pero no sin escribir mis diarios personales. He escrito durante 52 años, desde que tenía 17, y mis diarios escritos a mano ocupan un espacio muy grande en mi biblioteca. Podría imaginarlos como el tronco de un árbol, y mis demás libros serían sus ramas, hojas, flores y frutas. Pero todo comienza con mi diario. Es algo muy complejo, los uso como un mecanismo de sanación, para tomar notas cuando leo libros, para anotar ideas para nuevos textos y también para anotar mis sueños. Todo lo que he soñado en los últimos 52 años está ahí; debe haber cientos o miles de ellos. Es una relación muy personal y compleja. En cierto punto, decido publicar lo que hay ahí, cada siete años, más o menos. Escribir a mano todos los días me hizo crear mis libros de esa forma; es una manera muy vintage de escribir, pero estoy muy satisfecho con ella. Lo más extraño es que no edito nada; lo que escribo es lo que se convierte en borrador, solo elimino una palabra cada cinco o seis páginas. No conozco otra manera de escribir.
¿Cómo opera la memoria en estos diarios?
Diría que “memoria” es una palabra muy antipática para mí. Nunca la utilizo para escribir porque muchos autores escriben sobre sus recuerdos. Memoria, memoria, memoria. No me gusta esa palabra. ¿Qué significa realmente? Que recreas tu vida a una cierta edad, bajo ciertas circunstancias. Un escritor real, en mi opinión, nunca hace esto. Un escritor real inventa, no recuerda. Por eso le llamamos literatura de ficción. Si se tratara solo de reproducir memorias reales que tuviste de tu infancia o adolescencia, eso no sería ficción. No hay nada de realidad en la ficción. Todo lo real es irreal en la literatura, porque el rol de un escritor es inventar y reinventar todo el tiempo. Sin invención, no hay literatura.
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¿Cómo se ha dado esa invención y reinvención de la Bucarest sobre la que ha escrito?
Tengo una compleja relación de amor y odio al hablar de Bucarest; la amo y la odio al mismo tiempo. Bucarest fue un descubrimiento para mí cuando era joven. Nací en esa ciudad, pero no lo sabía. Vivía en un barrio de Bucarest al margen de la ciudad. Mis padres eran trabajadores normales y muy pobres y no sabía cómo se veía Bucarest en el centro; no lo conocí hasta que cumplí 20 años. Pasé buena parte de mi vida en ese barrio delimitado por tres salas de cine a las que iba mi madre todo el tiempo porque le encantaban las películas. Pero era como un triángulo de las Bermudas, era muy difícil salir de ahí. Cuando entré a la facultad, descubrí Bucarest y pensé que era la ciudad más bella del mundo cuando conocí el esplendor del centro y es por eso que, en mis primeros poemas, Bucarest brillaba. Estaba contento con eso y feliz de vivir ahí. También viví en una dictadura y no podíamos viajar en ese momento. La primera vez que salí del país fue a los 39 años y, al viajar, pude hacer comparaciones luego de ver el esplendor del mundo. Desde ese momento, mi actitud hacia Bucarest cambió. Claro, todavía la amo porque es mi ciudad natal, pero empecé a ver su lado oscuro. En mis libros maduros, especialmente en “Cegador” y “Solenoide”, Bucarest aparece como una ciudad triste, oscura y gris con personas molestas, tráfico pesado, polución y una especie de fealdad fundamental. Por ejemplo, esa es la ciudad que describí después de cumplir 40. Pero en las mejores páginas que escribí, Bucarest era una especie de alter ego, la sentía como una suerte de hermano gemelo.
¿Cómo es su relación con esos alter egos?
Cualquier personaje es un alter ego para alguien que escribe. Flaubert decía que Madame Bovary era él mismo. Cualquier personaje es como un hermano o hermana gemelo que tienes. Piensa en los personajes que aparecen en nuestros sueños: estamos soñando con todo tipo de personas; a algunas las conocemos, a otras no, pero todas son creadas por nuestro cerebro; vienen de la misma sustancia que nosotros tenemos. Pasa lo mismo con la escritura. Escribir un libro es soñar. Puedes tener la acción, la escena y a varios personajes, pero eres todo eso. Ese es el poder de tu mente, de tu ser interno: el poder de crear vidas, sueños y palabras. Me celebro no por crear historias, sino por crear palabras y mundos. Por eso creo que mi más reciente libro “Theodoros” es como la culminación de mi literatura. Es inevitable hablar de Gabriel García Márquez estando aquí, lo que él hizo en sus mejores novelas de crear mundos con su física, química, biología y su gente, creo que fue algo que logré en “Theodoros”: hacer que diferentes tuercas trabajaran como un reloj.
Regresemos a sus diarios; no los escribe en un único lugar. ¿Se ha sentido como un extranjero alguna vez mientras escribe?
No, soy un ciudadano del mundo. Estoy absolutamente feliz aquí, por ejemplo, pero también sería feliz en cualquier parte. Escribo en donde me encuentre; cualquier lugar es diferente, una maravilla y un pequeño milagro. He escrito la mayoría de mis páginas en el extranjero. Mi trilogía, que tiene 1.500 páginas, fue escrita en Berlín, Stuttgart, Viena, Budapest, Ámsterdam y Bucarest. Con una pluma y una hoja de papel es suficiente. Desde este punto de vista, los escritores son las personas más felices del mundo, porque si fuera un director de cine, no podría hacer una película desde cero en cualquier parte. Soy el único dueño y creador de mi mundo.
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¿Para usted qué significa la palabra “identidad”?
Es una palabra complicada porque hoy en día, muchas personas toman la identidad como excusa para buscar diferencias. Para ellos no se trata de sí mismos, sino de lo que los diferencia de los demás. Por ejemplo, la nacionalidad, está bien sentirse orgulloso del país de origen, pero cuando exageras, cuando te conviertes en un nacionalista, cambia de sentido y se vuelve algo malo. Se supone que un nacionalista se enorgullece tanto de su país que odia a los otros, lo cual no es bueno. Si eres feminista, es algo bueno encontrar tu identidad en eso y luchar contra las discriminaciones, pero irse a la orilla de odiar a los hombres no es bueno. Todo lo que marca la diferencia entre la gente, si lo exageras, se vuelve contra ti. Es bueno encontrar tu identidad, pero no es bueno que se convierta en algo absoluto. Por ejemplo, es estúpido estar orgulloso de ser un hombre, de ser blanco, de ser rumano; es claro que eres todo eso, pero no deberían ser los ingredientes reales de lo que tu identidad debería ser. Tu identidad debería ser tus sueños, proyectos, planes para el futuro, amor por los demás, compasión por los menos favorecidos y más. Lo demás son solo sabores, pero no pilares fuertes de identidad, en mi opinión.
¿Qué libros han dejado huella en usted?
Todos. Todos los libros que mi madre me leía o los que he tenido el placer, el honor y la felicidad de leer me han influenciado. Desde los libros de mi infancia, hasta los de mi adolescencia y la literatura que leí después. Soy todos esos libros. “Soy solo literatura”, como decía Kafka. He vivido en la literatura y la amo; ha sido la gran felicidad de mi vida. Algunos de los libros más poderosos que me han influenciado fueron escritos en mi idioma, rumano, aunque pocas personas conocen a estos autores. De escritores conocidos, solo por hablar de los modernos, mencionaría a Carlos Fuentes, Kafka, todo lo que él escribió, Dostoievski, y el plano más importante para todo lo que he hecho fue la obra de Thomas Pynchon. Él es el escritor que más admiro.
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