
El terremoto fue el 10 de agosto y el festival abre el 23 de octubre. ¿Pensaron en aplazarlo o cancelarlo? ¿Por qué pesó más seguir adelante?
Los festivales culturales de Cali se concentran en el segundo semestre: la Feria, Oiga, Mire, Lea, el Festival de Cine, Ballet, Ajazzgo. Cancelar todo implicaba desarticular equipos con memoria y experticia acumuladas, perder procesos que toman un año y enviar un mensaje de total desesperanza a una ciudad, o a varias, porque lo mismo pasó en otros departamentos afectados.
Cuando unas regiones ya perdieron tanto, ¿es sensato perder además esos espacios de encuentro? Si esperar condiciones perfectas fuera indispensable, ningún evento cultural sería viable en Colombia, pues nuestro país siempre tiene heridas abiertas. La labor de los gestores culturales, de la empresa privada, las administraciones, la academia y los creadores de todo espectro es seguir construyendo, cada cual desde su lugar.
Alguien podría decir que una ciudad en reconstrucción tiene otras prioridades que un festival de once días. ¿Qué responde?
El país entero tiene prioridades, pues no vivimos en el paraíso. Vivimos en una realidad dura y dolorosa que no se detiene: inundaciones, sequías, orden público, hambre, infancia desescolarizada, reclutamiento, extorsión. Podríamos enumerar hasta el cansancio. ¿Esperamos a tener las condiciones perfectas para que la cultura tenga cabida? ¿O cada quien aporta desde su lugar?
Sin caer en el lugar común de que “leer nos salva”, ¿qué puede hacer concretamente un libro por quien perdió su casa, a un familiar o la tranquilidad?
La misión de un libro en manos de un niño no es reemplazar una casa, un servicio de salud ni una escuela. El libro nunca ha suplido las condiciones de vida que el Estado tiene la tarea y la misión de procurar a los ciudadanos. Sería injusto pedirle a un libro infantil que cumpla una misión para la que no está hecho.
Después de un sismo, mucha gente teme las multitudes. Esperan 550.000 asistentes en un recinto abierto en el centro de Cali. ¿Qué tuvieron que prever en seguridad y en ánimo de la gente?
La feria no ocurre en un centro de eventos. El lugar elegido hace 11 años, y que ha demostrado estar en el paso orgánico de la gente, es un parque público al aire libre, atravesado por un río. Eso implica siempre, no solo ahora, los retos propios del espacio público: llueve, el viento es fuerte y las carpas necesitan condiciones para mantenerse estables. Aun así, ese parque es un corazón de la ciudad por donde transitan a diario los caleños.
No creo que las cifras de asistencia ni romper récords sean el aliciente de este año. Todos los festivales deben revisar si su espacio era óptimo en materia de seguridad. El festival Oiga, Mire, Lea, de la Biblioteca Departamental, por ejemplo, decidió descentralizarse e ir a diferentes bibliotecas y zonas de la ciudad. No hay nada inmóvil ni fijo: adaptarse es la clave de la vida misma.
El festival abre con una lectura dramatizada del guion de Netflix de Cien años de soledad, una historia sobre un pueblo arrasado. ¿Fue casual esa elección para una ciudad que acaba de vivir una tragedia?
Marleyda Soto y el director Carlos Moreno son íconos de esta ciudad y referentes para las nuevas generaciones. Harán una lectura dramática del guion y luego se mostrará en pantalla el resultado: lo audiovisual en diálogo con lo escrito. Los entrevistará el editor y periodista Andrés Grillo.
Muchas ferias empezarán a tener actividades de cara al centenario del natalicio de García Márquez. Esa divulgación habla de la vitalidad del libro y de la libertad que nos da el arte: hay obras tan universales que nos acompañan siempre, en los buenos y en los malos tiempos, sin estar atadas a coyunturas de tragedia. De lo contrario, habría que censurar y archivar los libros que no se adapten a la coyuntura o que la policía de la moral pueda interpretar como políticamente incorrectos.
Donan 100.000 libros infantiles y juveniles al Valle. Entregar libros es fácil; lograr que se lean es lo difícil. ¿Qué le dirían a un niño que vivió el terremoto y recibe uno?
Para Cali no es “fácil” recibir 100.000 libros infantiles: toda la Red de Bibliotecas Públicas, con más de 60 sedes, tiene cerca de 300.000. Con la Biblioteca Departamental los estamos llevando a bibliotecas, fundaciones y hospitales del Valle donde a veces hay poquísimos libros infantiles y, por las prioridades que mencionas, este año quizá no sea posible adquirir más. Próximamente llegarán 5.000 a la Fundación Valle del Lili, donde hay niños hospitalizados que deben ser desescolarizados por fuerza mayor.
Su valor comercial equivale a 3.000 millones de pesos, pero más importante es lo que significan para entidades pequeñas que trabajan con niños trasplantados, como la Fundación Divina Providencia. Sin esta donación no tendrían libros que den a los niños y a sus familias algún alivio, alegría o simplemente fantasía.
Cuando el festival cierre el 2 de noviembre, ¿qué tendría que haber pasado para que sienta que valió la pena, más allá de la cifra de asistentes?
No creo que definir si algo vale la pena por la cifra de asistentes represente a ningún gestor cultural. Cada vez tenemos más niños que quieren ser escritores. El año pasado se me acercó una niña de 13 años que acababa de presentar su primera novela en la carpa El Valle y sus letras; empezó a escribir a los 11. Otro niño, Federico, diagnosticado dentro del espectro autista, presentó hace cuatro años un libro de dinosaurios y al final gritó: “ya sé qué quiero ser en la vida, quiero ser escritor”. El año pasado vino a despedirse: iba a estudiar a Canadá y ya tenía dos novelas por publicar.
Un buen indicador de propósito es que un niño sienta el libro cercano y no como algo excepcional, y que un adulto que se alejó de los libros por una mala experiencia en el colegio sienta menos peso al acercarse a una feria y entre a escuchar una charla solo porque le interesa el tema.
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