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Acabo de leer la última novela de Evelio Rosero, publicada por Alfaguara hace pocos meses: Lluvia de frailes en la selva. Le he dedicado varios días, pues no es, en absoluto, una novela corta: tiene 308 páginas y una prosa, por momentos, dificultosa, barroca y grotesca, donde la exageración nos hace titubear y ponernos alerta sobre lo que tenemos entre las manos. A ello se suma la imagen que dejan su título y su carátula, prolongada desde la primera frase: «Primero llegaron en barco». «Eran mil cuatrocientos noventa y dos frailes que se desperdigaron como sombras sobre la tierra, esparcieron el bautismo a diestra y siniestra y clavaron en el corazón de cada aldea la cruz como estaca mortal».
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La asociación es inmediata: «... llegaron en barco» y ese 1492 como primera ancla remite a la llegada de los conquistadores y de la religión a nuestras tierras. La brutal llegada: «... Estos frailes eran la inteligencia, la soterrada cabeza de otros miles de barbudos trepados en sus equinos que asaban indios y los freían, los empalaban y desollaban, los reventaban y crucificaban en nombre de Dios».
Evelio Rosero ha dado muestra de su temple como narrador: cerca de catorce novelas y dos libros de cuentos, entre los cuales Plegaria por un papa envenenado y La carroza de Bolívar se cuentan entre sus respiraciones largas y su capacidad para sostener la emoción de la historia en espacios ocultos o poco abordados. Ese Bolívar que se desarrolla en el departamento de Nariño y aquel pontificado de Albino Luciani en Plegaria por un papa envenenado colindan con este otro espacio oculto de la conquista: la brutalidad, el salvajismo, lo barroco, la selva amazónica, lo perverso, lo velado, el dolor y el sufrimiento, que conforman esta última novela, que pesa como un árbol, como un río inmenso y como lo grotesco mismo.
Dice:
“Después llegaron en mula.
Después en tren.
Después los trajo el avión, como caídos del cielo".
Es una manera directa de situarnos en el presente de la novela y de la colonización actual, con una historia fantástica, pero atada a la realidad de nuestro país. El mismo 12 de octubre, a las doce del día, «arribó al aeropuerto un avión, y brotó de su puerta una horda de frailes hambrientos. Eran frailes oscuros como sus hábitos y corrían ávidos en busca del restaurante. Y se sentaron a la mesa con impaciencia de niños, y masticaban las cabezas de pollo con todo y sus picos, lamían las rabadillas, trozaban patas y uñas, pulverizaban costillas, quebraban pescuezos y los chupaban ruidosos, sorbían los ojos que flotaban en el caldo y se mamaban los dedos y se frotaban los testículos y eructaban y pedorreaban y arremetían de nuevo hasta hartarse».
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Hasta aquí la primera página, donde se anuncia la historia. Pero la novela produce, con seguridad, varias sensaciones en el lector, de acuerdo con las etapas por las que avanza.
La primera, demasiado larga, corresponde al alistamiento y a la explicación de por qué se realiza la misión y para qué. Allí describe con detalle este ejército de frailes y monjes horribles, monstruosos, deformes, defectuosos y extraños, resultado de la creación de ese espacio grotesco, sucio y baboso que se conforma para salvar a los indios Uao (que recuerdan a los nukak makú) del exterminio que va a practicar el ejército para que las compañías petroleras extranjeras extraigan los recursos naturales y exterminen a los nativos.
Este espacio, que se agiganta con la misma euforia de lo grotesco a medida que avanzamos, recuerda la novela de los años setenta del chileno José Donoso, El obsceno pájaro de la noche, cuando «el Mudito» esconde en «La Rinconada» a decenas de seres monstruosos. Este es un buen ejemplo que se engancha con la idea de la novela de Rosero: la conformación de un mundo donde prevalece la estética de la fealdad que propone en su libro el filósofo alemán Karl Rosenkranz.
Este primer segmento de la novela de Evelio comienza nombrando a los diferentes hombres que conforman los «batallones» de dominicos, jesuitas, agustinos y franciscanos: Mardoqueo Vanín, Torcuato Sanpedro, Remolino Santángel, Hortensio Golondrino, Augusto Recto, Nilo Grácil, Silio Cisne, Adán Gallo, Zósimo Gracia, Apolonio Law, Pompeyo Rojo, Pelayo Sincara y así hasta la extenuación del lector, que suda de risa o de cansancio al escuchar los nombres de las monjas, las santas, las devotas y las vírgenes, que, junto con los monstruos, cocineros, pilotos, militares, soldados, mercenarios, macheteros y presidiarios dejados en libertad, se suman para cumplir esta misión.
Y, antes de partir hacia la selva, se trepa al helicóptero al iniciarse la segunda etapa de la novela de Rosero: una columna de prostitutas contratadas y comandadas por la maravillosa y lujuriosa Nena Madagascar para atender a un montón de soldados y mineros al mando del capitán Agrícola.
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Desde este primer momento de la novela, Rosero impone eso que Mijaíl Bajtín llamó «realismo grotesco» como una categoría estética que describe la representación del cuerpo humano y de la vida material en su dimensión más excesiva, abierta, desbordante y estrambótica, vinculada al carnaval, a la fealdad y a la cultura popular medieval y renacentista.
Por ello, lo primero que surge en nuestro imaginario de lectores es Gargantúa y Pantagruel, de Rabelais. Gargantúa nace pidiendo a gritos que le den de beber; Pantagruel, de niño, devora a mordiscos la vaca que lo amamantaba. Todo en Rabelais es desmesura: banquetes interminables, humanos que orinan e inauguran ríos, batallas absurdas, listas cómicas que se extienden por páginas enteras —nombres, objetos, insultos— y un lenguaje que mezcla erudición con la mejor grosería de mercado.
Por ello, Lluvia de frailes en la selva continúa leyéndose a pesar del sopor que, por momentos, produce, porque aquí hay algo mucho más profundo: la intención explícita del autor de presentarnos una categoría que no habíamos abordado con la magnitud con que lo hace Evelio Rosero en esta novela, aunque ya había realizado intentos visibles y referenciados en análisis de La carroza de Bolívar y Los almuerzos, tal como lo señala Luis Carlos Bermeo en el diario El País de Cali: «Es con Lluvia de frailes en la selva que Rosero deja de contenerse y lleva su imaginación al exceso de una verdadera parodia barroca, rompiendo todos los límites de la moralidad y lo políticamente correcto, pero conservando un tono festivo, incluso para describir los actos humanos más degradantes».
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Claro que existen ejemplos en la literatura colombiana, pero son solo intentos. Las maracas en la ópera, de Ramón Illán Bacca, propone un enfrentamiento de dos culturas que ya se desprende de su título, pero también una carnavalización y una mixtura de hechos históricos con humor y socarronería. Es una carnavalización de la literatura colombiana distinta de la de Rosero: más histórico-satírica que corporal-grotesca, pero de la misma familia bajtiniana. Bacca carnavaliza la Historia con mayúscula; Rosero carnavaliza masivamente el cuerpo y lo sagrado.
Otro ejemplo que se desprende de mis lecturas es la novela El resto es silencio, de Carlos Perozo, donde la desmesura es la ciudad que recibe a Altuve Plata (nótese la estructura de este nombre frente a los de Rosero), un presidiario que termina su condena y se encuentra con la ciudad Aguacero, la ciudad Miseria, la ciudad Desventura y así, casi cien nombres a lo largo de una novela que es lenguaje, exageración de la realidad y construcción de nuevas palabras. En la primera página, un perro se orina en la pierna de Altuve y, en un capítulo posterior, es el perro quien narra, etcétera (exageración, esperpento lingüístico y urbano).
Pero lo importante ahora es que aquí, en Lluvia de frailes en la selva, la novela constituye el desarrollo pleno de lo iniciado por Rosero hace varios años y la razón por la cual continúo su lectura (tomo tinto y hago ejercicios de estiramiento).
La segunda etapa de la novela, según mi lectura, es la llegada de los frailes a la selva en helicóptero, al lugar específico destinado para cada legión, antecedida por la aventura del vuelo en medio de monjas y prostitutas emocionadas, que retan, en una escena cómico-erótica, a estos hombres defectuosos que oraban y descendían por escalerillas desde el aire con sus hábitos y sus miserias.
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Es ahí donde ya no es posible despegarse del texto y de sus 250 páginas restantes, pues la aventura, lo grotesco, la muerte, la suciedad, el sexo, la ausencia de comida, el ridiculizar la casa apostólica que los envió, la crueldad, la fiereza de los animales, la naturaleza, el río, el regreso al tiempo y al espacio de la conquista, la lluvia interminable, el miedo, los perros amaestrados, la hermosa monja Didima Pura y la maravillosa historia lesbiana entre estas dos mujeres opuestas, pero ambas vírgenes, cada una desde su lugar en la vida, hacen que la novela se columpie hacia un tercer momento: ese entronque con La vorágine, de José Eustasio Rivera, que, como bien lo ha dicho varias veces el autor, es su obra preferida, incluso por encima de Cien años de soledad.
Perdidos unos, muertos los otros, hambrientas, sin indios Uao para evangelizar y salvar, se produce el desenlace de los sobrevivientes, convertidos unos en piratas y esclavizadores; otros, en santos y jesucristos encarnados, como el caso de Mardoqueo, que hace ver a los ciegos, pues un domingo sanó al sordo, al paralítico y a la virgen con dolor de alma.
«Ocurrió después del sermón de la piedra —que así fue llamado su primer sermón—: lo rodearon los fieles por todas partes y una mujer se acercó a sus espaldas y, sin que él la viera, rozó su hombro. Entonces él le preguntó: “¿Quién me ha tocado?”. Y la mujer cayó a sus pies y rogó por su hija, que acababa de morir. Fue a la casa donde velaban a la muerta y la tomó de una mano y le dijo: “Lázara, levántate y anda”. Y ella se levantó y andó». (Copiado textualmente de la pág. 301).
Casi al final de la novela se lee:
«En la palestra pública, Mardoqueo Vanín enseñó por fin al mundo su cabeza de tamaño descomunal, sus ojos como globos, la lengua roja apuntando a todos como si los enredara por las gargantas y se los tragara, los huecos de su nariz como extraordinarias sepulturas, su robusta nuca, tallada en piedra, que ostentaba en su cima seis o diez escamas de serpiente, su joroba, los seis dedos que tenía en cada uno de sus pies, los pelos como cerdas de puerco alrededor de los tobillos, su cola de pez en el borde superior de las nalgas, su frente, donde ondeaban dos diminutos cuernos, y dijo: “Soy el señalado. Él me señaló».
¿Qué más se requiere para confirmar lo que resalto? Una novela en el absoluto esplendor del realismo grotesco; un lugar para lectores que disfrutan el lenguaje en un espacio estético distinto al acostumbrado, pues lo barroco y lo carnavalesco se mezclan en su dimensión más excesiva, abierta, desbordante y estrambótica con la fealdad, la historia y la cultura popular oculta.
Rabelais sonreiría al leerla, pues alguien entendió la forma de su risa para describir el mundo: un grotesco consumado para el cuerpo y lo sagrado.