“Feliz Día del Hombre”

Cuando a la agencia de publicidad en la que trabajo llegó una solicitud de un cliente pidiendo desarrollar mensajes que felicitaran tanto a mujeres como hombres este mes de marzo, quedé un poco perplejo.

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Daniel Carreño
21 de marzo de 2019 - 12:16 a. m.
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Por lo que tenía entendido, la celebración que conmemora la lucha de las mujeres por igualdad de derechos y condiciones, que ocurre a nivel internacional el 8 de marzo, se ha convertido en un espacio de un mes entero para reconocer la tenacidad y el talante de, no solo las mujeres que históricamente han hecho grandes avances en dicha lucha, sino también la de tantas otras que son un ejemplo de esto cada día. No entendía entonces por qué pedían una felicitación para hombres, y después de una breve indagación descubrí que en Colombia se celebra, en pleno mes de la mujer —específicamente el 19 de marzo—, también un día del hombre. 

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Mi reacción inicial fue aquella de ligera indignación: “¿De verdad ni siquiera dejamos que las mujeres tengan un espacio propio sin que haya intrusiones?” No soy alguien que se la pase imprecando sobre cómo el “heteropatriarcado” o el “falocentrismo” permean nuestra sociedad —por lo general opino que esos discursos le quitan seriedad al feminismo—, pero sí me parece importante que exista cierta justicia antes que una absoluta igualdad, y que a las mujeres se les brinde un reconocimiento especial por la lucha que libran en una sociedad innegablemente injusta y que opera con inercia sobre estructuras que las desfavorecen. Aunque soy partidario de que exista la igualdad de condiciones independientemente del género (y un día del hombre, cuando ya existe uno de la mujer, es acorde con dicha doctrina), es un hecho que los hombres la tenemos considerablemente más fácil en la vida, y el fallar en reconocer esto es en sí un inconsciente acto machista.

El caso es que resolví que en lugar de pretender retar las poderosas y aparentemente inquebrantables estructuras sociales al repeler injustamente (y a propio costo laboral) los requerimientos de un cliente que no tiene ninguna culpa en el asunto, vi la oportunidad de hacer aquello que desde que arranqué mis estudios de publicidad he buscado lograr: utilizar esta poderosa herramienta de comunicación para tener un impacto positivo y constructivo en la sociedad. En mis manos estaban poniendo la decisión de lo que este mensaje debía transmitir, y es ahí donde vi la posibilidad contribuir, así fuera a través de un pequeño acto, a la lucha por una mejor sociedad.

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Por lo general la expresión de ese deseo es recibida con risas cínicas por parte de algunos miembros más experimentados de la industria (o de la vida) —y francamente me aterra que algún día me pueda convertir en alguien así—, pero me mantengo firme en la convicción de que a través de una intervención contundente, por pequeña que pueda ser, se puede comenzar a cimentar una realidad distinta. Después de todo, nunca sabemos realmente el impacto que estos mensajes pueden tener en la mentalidad de la gente y por ende en la sociedad.

Entusiasmado con el poder de la comunicación en mis manos, intenté —como busca hacer la publicidad— forjar un mundo ideal: mi mundo ideal en el que a las mujeres se les celebra su fuerza, su carácter, su poder, y a los hombres se les promueve un concepto de masculinidad representado por la sensibilidad, la resiliencia y la mente abierta. Aunque estos mensajes son breves y habitualmente están sujetos a numerosos ajustes por parte del cliente, tenía claro que era imprescindible mantener una comunicación enfocada en resaltar los atributos que empoderan a las mujeres, representativos de esta fuerza que las caracteriza y que les permite triunfar y destacarse en las metas que se proponen, manteniendo la mayor distancia posible de todos los elementos que constituyen el arcaico rol de género —siempre tan presente en la publicidad— que las encasilla como simples amas de casa que viven por la familia.

Apenas vi que una propuesta preexistente utilizaba la imagen de una madre con su hijo, me paré sobre la determinación de que la del día del hombre debía mostrar a un padre también, y uno bien amoroso además. Porque es aquí donde entra en juego el otro lado del asunto: ¿Por qué luchar contra la existencia de un día del hombre, o pretender que no se celebre la masculinidad, cuando en realidad podemos aprovechar ese papayazo para crear un discurso que nos permita cambiar mentalidades sin la necesidad de inhibir u opacar? El propósito de redefinir lo que se entiende por masculinidad en los ojos de la sociedad colombiana —incluso la occidental y hasta la global— no solo está en generar un ambiente más justo e igualitario para las mujeres, sino en emancipar a los hombres de estas tóxicas e insensatas expectativas que limitan su desarrollo emocional. Es acabar con la ridícula noción de que los hombres no podemos ser sensibles, emotivos, amorosos; que debemos ser machos fuertes y belicosos que se baten el pecho y pelean sin razón porque nuestro sexo nos exige ser protectores impenetrables que no se permiten ni siquiera llorar.

Me alegra poder decir que, a pesar de algunos ajustes que se hicieron a estos mensajes, la comunicación se mantuvo por las líneas que buscaba darle. Que en realidad obrando con la resiliencia de querer trabajar por la construcción de algo que vale la pena, no hay que doblegarse ante las presiones de una industria o una sociedad que muchos creen se rehúsa a cambiar. Estas pequeñas victorias a muchos les parecerán mínimas, y la joven ilusión de alguien que le falta ganar experiencia en el mundo real es fácil de ridiculizar, pero ejemplos como la reciente campaña de Gillette, The Best Men Can Be (vayan a verla), me dan toda la esperanza de que no solo se trata de un sueño por el que se debe luchar, sino una realidad que se puede lograr.

Por Daniel Carreño

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