En su discurso inaugural de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (Filb 2026), Juan Esteban Constaín recordó la historia de un minero alemán llamado Bruno Schröder, quien tras su fallecimiento en 2023 dejó una casa llena de libros. “Pero cuando digo ‘llena de libros’, no es una exageración ni una frase de cajón para describir una buena biblioteca”, afirmó el escritor. “No. Cuando digo ‘llena de libros’ es que estaban en todas partes: en los baños, en la cocina, en las habitaciones, en el garaje, en la buhardilla, hasta en el jardín. Schröder había construido esa casa con sus propias manos, una proeza que gracias a su oficio pudo emprender y terminar sin morir en el intento, y la levantó sólo con el propósito de albergar en ella el único objeto que le importaba de verdad en este mundo”.
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Pero, contrario a lo que se pueda inferir, Shröder parece no haber sido un gran lector. Sus conocidos nunca lo describieron como un erudito y los recuerdos de las conversaciones que tuvieron con él jamás estuvieron atravesados por las citas de distintos autores o corrientes filosóficas. Shröder simplemente era un amante de los libros. Y de personas como él, guardadas las proporciones, se llenó Corferias durante estas dos semanas, atraídas por esa plaga incontenible de papel que se expandió por cada pabellón. La historia de esta inmensa biblioteca ilustra una máxima que el mismo Constaín declaró en su discurso: “leer libros es una cosa, y comprarlos y tenerlos y atesorarlos es otra”.
La lectura, la literatura y el pensamiento que derivan de ellos han sido el centro de todas las conversaciones que hemos tenido en el marco de la feria, pero hoy venimos a hablar del objeto material que hace todo esto posible.
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Más allá del texto
“En mi clase, todo el primer corte está dedicado a comprender el concepto de materialidad. Y, para eso, la pregunta central es ¿qué es un libro?”, contó Liliana París, editora y profesora de la Pontificia Universidad Javeriana. Ante el interrogante, sus alumnos de “Materialidades de la edición” suelen llegar a conclusiones similares: un objeto de papel, con páginas cosidas, que contiene información, una portada... en fin. Y si bien esta puede ser la imagen que tiene la inmensa mayoría, para los teóricos de la industria editorial es apenas la punta del iceberg. “Cuando nos empezamos a hacer preguntas, se vuelve mucho más difícil armar una definición. Hoy no podría decir ‘un libro es esto’, porque para mí es un artefacto que permite una experiencia. No es un contenedor, sino una posibilidad”, explicó París.
Hay libros sin páginas, audiolibros, libros digitales, libros sin palabras y libros que no están diseñados para ser leídos, sino vistos; exhibidos. La poeta y teórica estadounidense Amaranth Borsuk incluye en su obra “El libro expandido” a las tablillas de arcilla y los rollos de papiro para hablar sobre todas las diferentes formas que este concepto ha adoptado a lo largo de la historia. Tanto para ella como para París, el hecho de pensar el libro como un concepto más abstracto en lugar de una imagen nítida e inamovible devuelve la pregunta hacia lo físico, pues esto también se vuelve parte del mensaje y la experiencia de lectura que se quiere crear. “El hecho de pensar el libro como idea obliga a volver a hablar de su forma material de maneras que pueden ser productivas, excitantes, perplejas y, a veces, hasta problemáticas”, escribió Borsuk.
El texto no es un elemento que vaya independientemente del objeto que lo contiene. Dos ediciones de “Cien años de soledad” pueden crear experiencias de lectura completamente distintas, pero no únicamente porque tengan una u otra portada o un papel más o menos frágil, sino porque cada una de las decisiones que se toman para lograr el producto final son el resultado de un análisis sobre la relación que se quiere crear entre el objeto y su lector. La tipografía, las tapas, el tamaño, las imágenes, el tipo de papel, las divisiones del libro, los desprendibles y un gran etcétera juegan un rol en cómo las personas interactúan con él, porque todo hace (o al menos debería hacer) parte de un mismo propósito.
“La materialidad no es una tipografía, sino es entender por qué se usa esa tipografía: ¿qué transmite? ¿Por qué imprimo en un tipo de papel y no en otro? ¿Cuál es el contexto de la persona que lo va a leer? Todas estas preguntas hacen que la materialidad sea como un aura alrededor de lo tangible, que es lo que finalmente moldea la experiencia. Si yo no pienso en la materialidad del libro que estoy creando, a lo mejor mi lector no va a entender la historia completa”, continuó París.
Y, de la misma manera, es posible afirmar que un libro no se hace únicamente como un vehículo de ideas, sino que puede ser creado como una pieza de arte en sí misma. Este es uno de los puntos que Borsuk reflexionó sobre los volúmenes creados para reposar en una biblioteca o en la mesa de una sala. “El libro de artista no es un catálogo, es decir, un libro con imágenes de obras de arte, ni una impresión de lujo de una novela con ilustraciones de un reconocido artista, tapas de cuero grabado y páginas de guarda jaspeadas. Podría ser una de esas cosas, pero solo si dichas elecciones fueran interrogadas e integradas en la manera en la cual la obra construye sentido”, escribió la académica.
El Espectador fue en busca de ejemplares como estos en la Filbo y habló con algunas de las personas que los comercializan para entender cómo se diferencian estas piezas de la gran mayoría que ahora se venden en los pasillos de Corferias.
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Juzgar un libro por su portada
Entrar a Booktique es encontrar un espacio en el que cada libro respira su propio aire. A diferencia de otros puestos donde cada lomo queda aprisionado entre cientos más que se acomodan a presión en las estanterías, aquí la clave es dejar que las personas puedan apreciar cada detalle de cada volumen. Hay libros de arte, de viajes, de fotografía, hay uno dedicado a los dibujos de superhéroes de Marvel y otro de las sillas creadas por algunos de los más icónicos diseñadores industriales del mundo. Cada uno trae su propia aura, pero los une la idea de que, si bien se pueden ojear y leer, son piezas pensadas para exhibirse. De la misma manera que un cuadro o una escultura, cada uno de estos libros se usa para darle vida a un espacio.
“Estos no son libros donde predomine la literatura o un texto, sino que son muy visuales. La idea es que puedas sentarte a mirarlos e inspirarte con ellos. Para mí, son magia pura”, explicó Juliana Velásquez, fundadora de esta librería. Allí se pueden encontrar, entre muchos otros, algunos de los libros de Assouline, una editorial enfocada en la creación de libros de mesa de centro (o “coffee table books”) con temáticas que van desde la arquitectura y el diseño hasta el turismo y la gastronomía. Para Velásquez, cada uno representa la oportunidad de acercarse a un mundo y mostrar a las personas una parte del suyo. “Yo siempre trato de preguntarle a mis clientes por sus gustos y sus ‘hobbies’, porque una de las características de estos libros es que sirven para expresar su personalidad”, agregó.
Un caso similar es el de Villegas Editores, una empresa que ha dedicado más de 50 años a investigar, escribir y fotografiar la cultura colombiana para plasmarla en papel. Pero más que historia de Colombia o libros de biología, los volúmenes de esta editorial también están pensados desde lo material, para crear una experiencia que acerque a sus lectores a nuestro país a través de una obra cuidada hasta el más mínimo detalle. “Villegas Editores publica primeras ediciones de libros ilustrados de gran formato sobre temas colombianos, y el enfoque profundo de la editorial es mostrar la amplitud de la belleza de Colombia”, explicó Isabela Ospina Pava, administradora de la librería y encargada del stand de la editorial en la Filbo.
Ahora, para hablar sobre la importancia de la materialidad no solamente se pueden mencionar los libros de exhibición. También valdría la pena hablar de aquellos libros que solo están completos cuando un lector interactúa con ellos. Es el caso, por ejemplo, de una edición de “El principito” de la editorial Planeta que incluye instrucciones de origami en cada página que resultan en una imagen del famoso personaje de Antoine de Saint-Exupéry. O, también, hay un volumen que se destaca entre los miles que están en esta edición de la Filbo: “S. El barco de Teseo”, de J. J. Abrams y Doug Dorst.
Este libro, distribuido por la editorial Océano en la Filbo, tiene la particularidad de que no puede ser abierto sino por quien lo compre, pues al abrir el sello que lo contiene empieza un misterio que requerirá de su participación durante todo el proceso. El libro, en principio, es la novela de un enigmático autor sobre el secuestro de un hombre desconocido. Pero con lo que se encuentra quien lo abre es también con una conversación entre dos lectores que han ido dejando sus notas en los márgenes del libro y que, a medida que avanza la historia, van reuniendo piezas de un inmenso rompecabezas que los hace entrar de lleno en el relato.
“S. quiere ser una celebración del libro como objeto físico. En este momento de correos electrónicos y mensajes de texto, y todo lo que se mueve en la nube de una manera intangible, este libro es intencionalmente tangible. Queríamos incluir cosas que realmente puedas tener en la mano: postales, fotocopias, páginas de blocs de notas, páginas del periódico escolar o un mapa en una servilleta…”, afirmó J. J. Abrams en la descripción del libro.
Y, al final, todas las piezas mencionadas en este artículo, y todas las de naturaleza similar que esperan un nuevo dueño en esta edición de la feria, recuerdan que el libro no es simplemente el texto que contiene, sino toda la experiencia que se crea cuando un lector pone los ojos sobre él. Claro, hay algo de provocación en el título que acompaña este artículo, fácilmente se habría podido sugerir que un libro no es solo para leer o que un libro no se lee, sino que se vive, pero la verdad subyacente en la afirmación de que un libro no es para leer es que la lectura y la compañía que da tener un ejemplar más en la biblioteca muchas veces parecen ir por caminos paralelos. Cada uno ofrece la oportunidad de cambiarnos la vida, pero muchas veces es suficiente con poder ser parte del camino.
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