Cuando el famoso novelista R. regresó a Viena, temprano en la mañana, después de una refrescante salida de tres días a las montañas, compró un periódico en la estación de tren y, al mirar la fecha, recordó que era su cumpleaños. Cuarenta y uno, pensó, y esa constatación ni le gustó ni le disgustó. Hojeó las candentes páginas del periódico y se fue a casa en un auto de alquiler.
El criado le informó de dos visitas y algunas llamadas recibidas durante su ausencia y le entregó la correspondencia acumulada en una bandeja. Después de echar un vistazo superficial, abrió un par de sobres que le interesaron por los remitentes; de momento, apartó una carta de letra desconocida y apariencia demasiado voluminosa. Entre tanto, le sirvieron el té. Se acomodó en el sillón, volvió a hojear el periódico y otras publicaciones, después encendió un puro y cogió la carta que había apartado.
Era más un manuscrito que una carta: una veintena de páginas escritas de prisa, con letra femenina, desconocida y nerviosa. Palpó de nuevo el sobre por si se había quedado adentro una nota de presentación, pero el sobre estaba vacío y, al igual que las hojas, no tenía firma ni remite. «A ti, que nunca me conociste», se leía en la parte superior, como saludo, como título. Se detuvo sorprendido y empezó a leer:
Mi hijo murió ayer. Durante tres días y tres noches luché contra la muerte de esa pequeña y frágil vida, permanecí cuarenta horas sentada junto a su cama, mientras la influenza sacudía su pobre cuerpo ardido en fiebre. Puse paños fríos en su frente hirviente, día y noche sostuve sus manitas temblorosas. La tercera noche, desfallecí. Mis ojos no aguantaban más, se me cerraban sin que me diera cuenta. Dormí tres o cuatro horas en el duro asiento y, entre tanto, la muerte se lo llevó.
Ahora yace allí, mi dulce y pobre niño, en su angosto lecho infantil, tal como murió; solo le cerraron los ojos, sus vivaces ojos oscuros, y le cruzaron las manos encima de la camisa blanca. Cuatro cirios arden en los cuatro extremos de la cama. No me atrevo a mirar, no me atrevo a moverme, pues cuando titilan los cirios, unas sombras se deslizan sobre su rostro y la boca cerrada, y entonces es como si sus facciones se movieran y yo pudiera pensar que no está muerto. Pero lo sé, él está muerto, no quiero volver a mirarlo para no volver a tener esperanzas, no volver a desilusionarme.
Lo sé, lo sé, mi hijo murió ayer; ahora solo me quedas tú en el mundo, solo tú, que no sabes nada de mí, y mientras tanto juegas o coqueteas con las cosas y las personas, sin sospechar nada. Solo tú, que nunca me conociste y a quien siempre amé. Tomé la quinta vela y la puse aquí, en la mesa donde te escribo, pues no puedo estar a solas con mi hijo muerto sin que se me desgarre el alma. ¿Y a quién habría de hablarle en esta hora terrible sino a ti, que fuiste y eres todo para mí?.
Quizá no pueda hablarte con mucha claridad, quizá no me entiendas; tengo la cabeza embotada, las sienes se me contraen y martillean, me duelen mucho las extremidades. Creo que tengo fiebre, quizá sea también la influenza, y eso estaría bien, pues así me iría con mi hijo y no tendría que hacerme daño a mí misma. A veces se me oscurece la vista, tal vez ni siquiera pueda terminar esta carta, pero quiero reunir todas mis fuerzas para hablarte una vez, esta única vez, amado mío, que nunca me reconociste.
Solo a ti quiero hablarte, contártelo todo por primera vez: quiero que conozcas toda mi vida, de la que nunca has sabido nada, aunque siempre ha sido tuya. Pero solo conocerás mi secreto cuando haya muerto, cuando ya no tengas que darme una respuesta, cuando esto que ahora me estremece los miembros con escalofríos sea de verdad el final. Si tengo que seguir viviendo, romperé esta carta y seguiré guardando silencio, igual que siempre. Pero si ahora la tienes en tus manos, sabrás que una muerta está contándote aquí su vida, una vida que fue tuya desde su primera hasta su última hora.
No temas a mis palabras; una muerta no quiere nada, no quiere amor ni piedad ni consuelo. Solo una cosa te pido, que creas todo lo que te confiesa mi dolor, que busca refugio en ti. Cree todo lo que te digo, es lo único que te pido: uno no miente en la hora de la muerte de su único hijo. Quiero revelarte mi vida entera, esta vida que empezó de verdad el día en que te conocí. Antes de eso, solo había una confusión nebulosa en la que mi memoria nunca volvió a sumergirse, una suerte de sótano lleno de cosas y personas empolvadas, cubiertas de telarañas, enmohecidas, de las que mi corazón ya no sabe nada.
Cuando llegaste, yo tenía trece años y vivía en el mismo edificio donde vives, el mismo donde ahora tienes en tus manos esta carta, mi último soplo de vida; vivía en el mismo pasillo, detrás de la puerta frente a la tuya. Seguro ya no te acuerdas de nosotras: la humilde viuda de un contador público (vestía siempre de luto) y la flaca niña adolescente. No nos hacíamos sentir, pues vivíamos como sumidas en nuestra precariedad pequeñoburguesa; quizá nunca oíste nuestros nombres porque no teníamos ninguna placa en la puerta y nadie venía a visitarnos.
Ha pasado tanto tiempo ya, quince, dieciséis años; no, seguro que no te acuerdas, amado mío, pero yo recuerdo cada detalle con fervor, todavía recuerdo como si fuera hoy el momento en que oí hablar de ti por primera vez y cuando te vi por primera vez. Permíteme, amado, que te lo cuente todo desde el principio; te ruego que no te canses de escuchar un cuarto de hora a quien no se ha cansado de amarte toda su vida.
Antes de que te mudaras a nuestro edificio, en tu apartamento vivía una gente desagradable, mala, pendenciera. Siendo pobres como eran, lo que más odiaban era la pobreza vecina, la nuestra. El hombre era un alcohólico que le pegaba a la esposa. A menudo nos despertábamos de noche por el estruendo de sillas caídas y platos rotos. Mi madre evitaba cualquier contacto con ellos y me tenía prohibido hablar con los hijos, que aprovechaban cualquier ocasión para vengarse conmigo. Me gritaban groserías cuando me veían en la calle, y una vez me pegaron tan duro con unas bolas de nieve que me sangró la frente.
Toda la vecindad sentía un odio instintivo hacia ellos y, cuando tuvieron que largarse con sus chécheres, respiramos aliviados. El anuncio de alquiler estuvo colgado en el portal unos días, después lo quitaron y se corrió la voz de que un hombre soltero y tranquilo, un escritor, había tomado el apartamento. Fue entonces cuando oí tu nombre por primera vez.
A los pocos días vinieron aseadores, pintores y empapeladores a eliminar todo rastro de los mugrientos habitantes anteriores; golpeaban, martillaban, raspaban y barrían. A ti no te vi ni una sola vez en toda la mudanza: esos trabajos los supervisó tu mayordomo, aquel hombre bajo, serio y canoso, que dirigía todo con naturalidad, calma y superioridad. Él nos impresionaba mucho a todos, primero, porque un mayordomo era una novedad en nuestra vecindad y, segundo, porque era muy cortés con todo el mundo. Al nombrarte, lo hacía con cierta veneración, un respeto especial. Y cómo lo quería yo por eso al viejo Johann, aunque envidiaba que pudiera estar siempre a tu alrededor y servirte.
Te cuento todo esto, amado mío, todos estos pequeños detalles para que comprendas cómo pudiste ejercer semejante poder, desde el principio, sobre la niña tímida y asustadiza que era yo entonces. Incluso antes de que entraras en mi vida, ya había un halo a tu alrededor, un aura de riqueza, maravilla y misterio.
Cómo creció en mí esa curiosidad cuando, al volver del colegio una tarde, vi el camión de mudanza delante del edificio. Los mozos estaban descargando cosas pequeñas y aisladas; yo me quedé en la puerta para poder admirarlo todo, pues tus objetos eran extrañamente distintos de todo lo que había visto: ídolos indios, esculturas italianas, cuadros grandes y llamativos y, por último, llegaron los libros, en unas cantidades y de una belleza que nunca habría imaginado. Los iban apilando en la puerta, donde tu criado les quitaba el polvo. Yo merodeaba, intrigada, alrededor de la pila cada vez más alta. Solo veía los títulos tímidamente, de reojo: los había en francés y en inglés y en idiomas que no entendía.
No pude dejar de pensar en ti toda la noche, incluso antes de conocerte. Yo solo tenía una docena de libros baratos, pero los quería más que a nada en el mundo. Y ahora me inquietaba cómo sería aquel individuo que poseía y había leído todos esos libros maravillosos, que sabía tantos idiomas, que era tan rico y tan culto al mismo tiempo. Pensar en todos esos libros me produjo una especie de veneración sobrenatural. Traté de imaginarte: eras un viejo de gafas y larga barba blanca, parecido a mi profesor de Geografía, pero mucho más benévolo, guapo y cortés. Esa misma noche, aún sin conocerte, soñé contigo por primera vez.
(*) Cortesía de Panamericana Editorial.