17 Apr 2020 - 11:23 p. m.

Gabriel García Márquez y las memorias de sus abuelos

Tranquilina Iguarán Cotes y Nicolás Ricardo Márquez Mejía fueron las voces que susurraron el tono de su literatura. En las conversaciones que tuvo con Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba se revela lo esencial de esos recuerdos.

Andrés Osorio Guillott

Archivo y cortesía
Archivo y cortesía

Hay una especie de artilugio en las memorias de la infancia cuando estas están combinadas con las vivencias que muchos tuvimos con los abuelos. La atmósfera de esos recuerdos está abrigada por la ternura, por los dos extremos de la vida del ser humano: el asombro del pequeño y la experiencia del veterano. En ambas miradas está la curiosidad de dos mundos que están separados por varias décadas, pero que resultan converger en algo más que una herencia genética que se expresa en el color de los ojos o en la forma de los cabellos.

“El tema de toda su obra no es gratuito. Brota de su propia vida. Al niño perdido en la gran casa de sus abuelos, en Aracataca; al estudiante pobre que mataba la tristeza de los domingos en un tranvía; al joven escritor que dormía en hoteles de paso, en Barranquilla; al autor mundialmente conocido que es hoy, el fantasma de la soledad lo ha seguido siempre. Está todavía a su lado, inclusive en las noches de La Coupole, célebre como es y rodeado siempre de amigos. Él ganó las treinta y dos guerras que perdió el coronel Aureliano Buendía. Pero el sino que marcó para siempre a la estirpe de los Buendía es el mismo suyo, sin remedio”. Estas palabras fueron plasmadas por Plinio Apuleyo Mendoza en El olor de la guayaba, libro que recoge una amplia entrevista con Gabriel García Márquez y que fue publicado en 1982.

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Auscultar en las razones precisas por las que los personajes de los escritores son como son, creyendo que son la representación fidedigna de alguna persona que guarde un lugar especial en la memoria y en el corazón de los escritores suele ser una tarea perdida, que solo reafirma lo misterioso de la literatura y sus laberintos. Por el apellido de la abuela de García Márquez pensaríamos que Úrsula Iguarán -que falleció un jueves santo, como le sucedería al mismo escritor-, tendría la suerte de cargar con los rasgos de Tranquilina en Cien años de soledad; lo mismo del coronel Aureliano Buendía, aunque el escritor le haya aclarado a Apuleyo que el personaje que más se parece a su abuelo es el coronel sin nombre de La hojarasca.

García Márquez cuenta en el libro que: “El coronel Nicolás Ricardo Márquez Mejía, que era su nombre completo, es tal vez la persona con quien mejor me he entendido y con quien mejor comunicación he tenido jamás, pero a casi cincuenta años de distancia tengo la impresión de que él nunca fue consciente de eso. (…) pero en toda mi vida de adulto, cada vez que me ocurre algo, sobre todo cada vez que me sucede algo bueno, siento que lo único que me falta para que la alegría sea completa es que lo sepa el abuelo. De modo que todas mis alegrías de adulto han estado y seguirán estando para siempre perturbadas por ese germen de frustración”.

Y sobre su abuela Tranquilina Iguarán comentó: “La pista me la dieron los relatos de mi abuela. Para ella los mitos, las leyendas, las creencias de la gente formaban parte, y de manera muy natural, de su vida cotidiana. Pensando en ella, me di cuenta de pronto que no estaba inventando nada, sino simplemente captando y refiriendo un mundo de presagios, de terapias, de premoniciones, de supersticiones, si  tú quieres, que era muy nuestro, muy latinoamericano, Recuerda, por ejemplo, aquellos hombres que en nuestro país consiguen sacarle de la oreja los gusanos a una vaca rezándole oraciones. Toda nuestra vida diaria, en América Latina, está llena de casos como este”.

Esos mitos y leyendas, ese rasgo de la superstición que es señalado por García Márquez y que poseía su abuela a la hora de contar sus relatos y sus visiones del mundo tienen un origen en su bisabuela, en las raíces de la cultura y cosmogonía Wayuu, comunidad indígena que habita en La Guajira y que ha perdurado entre los mares y platanales que adornan el paisaje del Caribe colombiano. Los símbolos de la naturaleza sobre la muerte, la magia de lo onírico y los misterios del territorio son elementos que terminaron por darle una forma a esa ola que traía la fundación de una aldea y la concepción de un nuevo tiempo.

Los granos de oro que llegaban con los vientos no tan fríos a su casa en Aracataca seguían siendo los mismos que en el pasado golpeaban los cuerpos caídos en la Guerra de los Mil Días, suceso en el que su abuelo obtuvo el grado de coronel revolucionario del partido Liberal. En esa casa que habitó buena parte de su infancia, y a la que volvió muchos años después para ver en sus calles, sus árboles, sus mariposas y sus gentes las epifanías que harían falta para crear ese conjuro del cual surgiría el universo de Macondo: “Mi recuerdo más vivo y constante no es el de las personas, sino el de la casa misma de Aracataca donde vivía con mis abuelos. Es un sueño recurrente que todavía persiste”, concluía García Márquez sobre la influencia del hogar de sus abuelos en las mañanas que antecedían las horas de una escritura anclada a la realidad de sus primeros años de vida.

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