Cuando la revista “Verde Olivo” publicó un ensayo en el que el escritor Manuel Navarro Luna elogiaba los versos de Heberto Padilla, ya en los altos mandos de La Habana había una orden para vigilar muy de cerca a los artistas cubanos. Era necesario “parametrearlos”, decían, y “parametrearlos” significaba definirlos, calificarlos como amigos o enemigos de la Revolución. Padilla no era ni lo uno ni lo otro. Era un poeta que intentaba llegar a fin de mes trabajando en “Prensa Latina”, la agencia de noticias que había creado el régimen, y en el cual trabajaron Gabriel García Márquez y Rodolfo Walsh, entre varios otros.
La revista literaria era la voz de las Fuerzas Armadas de la Revolución. Tanto Fidel Castro como Ernesto “Che” Guevara vivían pendientes de lo que allí se publicaba. Cuando le llevaron los borradores del ensayo de Navarro, Guevara los aprobó casi que con un aplauso. Ya había escuchado por voz de Nicolás Guillén, por ejemplo, que Heberto Padilla era uno de los más trascendentes poetas jóvenes del país. Consideraba que la Revolución necesitaba más poetas, y de paso, que los poetas necesitaban más Revolución. El artículo salió. Fue comentado y reproducido, muy a pesar de las molestias que provocó en Luis Pabón Tamayo, director de la revista.
A su manera, entre soterrada y altiva, la voz de Pabón Tamayo se convirtió en la voz de los intelectuales de la Revolución. Él decidía cuáles eran los “parámetros” que debía tener cada obra exhibida o publicada, y de acuerdo con ellos, señalaba a todo aquel que fuera o pudiera ser enemigo de la Revolución, comenzando por los homosexuales. La persecución fue, en un comienzo, sutil. Luego fue algo más cruda y explícita. De cualquier modo, el lineamiento general, ineludible, era “Dentro de la Revolución, todo. Contra la Revolución, nada”, palabras que Fidel Castro había pronunciado en junio de 1961 ante la pregunta de cuáles podrían ser los derechos de los artistas en Cuba.
Uno de los presentes en aquella reunión fue el poeta ruso Eugenio Evtushenko, un hombre que hablaba entre las multitudes y que le hablaba al humano medio. Solía decir, ante decenas de miles de espectadores, “Yo soy un escritor para aquellos que no lo son”. Como escribió Jesús David Curbelo en el portal Rialta, “De modo curioso, Evtushenko fue un autor crítico con las autoridades (Stalin, los líderes del posestalinismo, los cerebros de la ‘perestroika’, los hombres de negocios de la nueva Rusia) y, a la vez, no tuvo problemas con ello. Defendió a disidentes en muchas partes del mundo y se opuso a la invasión de los tanques rusos en Praga, por ejemplo, pero siguió siendo lo que ya era desde que comenzara el deshielo”.
Pasada la reunión con Castro, las opiniones sobre su discurso a los intelectuales, las ediciones inmediatas a los textos que comenzaron a circular en los órganos oficiales, y las juergas que le siguieron hasta la madrugada y un poco más allá, Padilla recordó que “Evtushenko nos aconsejó estricta prudencia. Salvar la cabeza en una revolución era lo más importante. ‘Ustedes están borrachos de literatura, pero yo sé que todos los días hay gentes a quienes le vuelan la tapa de los sesos. La verdadera cuestión es la violencia. Con menos años que muchos de ustedes soy su abuelo. He nacido dos veces. En Zima, Siberia, en 1933, y hace nueve, después de la muerte de Stalin. Esta revolución es como la infancia de la nuestra’”.
Uno de sus poemas emblemáticos fue “Adiós, Bandera Roja nuestra”, cuyos primeros párrafos decían: “Adiós, Bandera Roja nuestra. / Descendiste del Kremlin / no tan orgullosa / ni tan diestramente / como hace años te izaste / sobre el destrozado Reichstag, / humeante como la última bocanada de Hitler. Fuiste nuestro hermano y nuestro enemigo. /Fuiste el camarada del soldado en las trincheras, / fuiste la esperanza de la Europa cautiva. / Pero, como una cortina roja, tras de ti ocultabas al gulag / repleto de cadáveres helados. / ¿Por qué lo hiciste, / Bandera Roja nuestra? / Adiós, Bandera Roja nuestra. / Acuéstate. / Reposa. / Recordaremos a todas las víctimas / engañadas por tu dulce susurro rojo / que sedujo a millones a seguirte como corderos / camino al matadero. / Pero te recordaremos / porque no fuiste tú menos engañada”.
En las tres reuniones que Castro sostuvo con los intelectuales en la Biblioteca Nacional José Martí de La Habana, dijo: “¿Nos hemos olvidado de que la colonización de un país comienza por conquistar la cultura? ¡Estemos alertas!” Luego explicó lo que quería decir con “Dentro de la Revolución”. “¿Qué quiere decir ‘dentro de la Revolución?’ -preguntó- Que dentro de la revolución están los derechos de todos, porque la Revolución comprende los intereses del pueblo”. En repetidas oportunidades, dejó muy en claro que la Revolución no pretendía asfixiar al arte o la cultura, “cuando nosotros estamos preocupados porque el arte y la cultura no asfixien a la Revolución”.
Pasado un año de aquella reunión, Heberto Padilla fue enviado a trabajar como corrector de estilo en el periódico “Novedades de Moscú”. Le encantaban el frío, la nieve, los grises y los personajes de la historia que habían caminado por las calles que él transitaría. En Moscú supo de primera mano cómo idolatraban allí a Pablo Neruda, hasta el extremo de traducir su obra con rimas del más viejo ruso, y cómo esperaban que los tiempos cambiaran un poco para poder publicar “Por quién doblan las campanas”, de Ernst Hemingway, a quien conoció en el aeropuerto de La Habana unos días después del triunfo de la Revolución. Hemingway llegaba con el torero Antonio Ordóñez para celebrar aquel suceso histórico.