Tras su paso por China, donde participó en la Feria del Libro de Shanghái y, posteriormente, en Agosto literario en Pekín, la semana literaria del Instituto Cervantes de Pekín, Héctor Abad Faciolince conversó para El Espectador sobre los libros que han acompañado su vida, los cambios que atraviesa el oficio de escribir y las preguntas que plantea una época marcada por la aceleración tecnológica. La publicación en chino de "El olvido que seremos" fue precisamente el motivo de su viaje a China, donde el libro llegará ahora a nuevos lectores.
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En el país asiático, donde el futuro parece avanzar a toda velocidad sin desprenderse del peso de sus antiguos mitos, el también autor de "Salvo mi corazón, todo está bien" encontró un escenario propicio para hablar de un oficio que todavía se aferra a la calma del esfero mientras siente cada vez más cerca el asedio del algoritmo. En esta conversación, el escritor colombiano reflexionó sobre su relación con los libros y reivindicó la lectura como un vicio que comienza en el oído y se convierte en una suerte de “poliamor”: una relación abierta y permanente en la que caben los clásicos, los hallazgos recientes y todos aquellos libros que, de una u otra forma, terminan acompañando una vida.
La conversación recorrió también la manera en que la geografía puede moldear el temperamento de un escritor y el papel de la escritura a mano como una suerte de “demiurgo” capaz de ordenar el caos. Pero, al hablar del presente, aparece una inquietud más profunda: la inteligencia artificial ya interviene en los procesos de escritura y abre un debate sobre aquello que todavía distingue al pensamiento humano.
Quiero que empecemos hablando de esos libros que lo han acompañado a lo largo de su vida, pero que, sobre todo, han nutrido su escritura.
Esos libros empiezan desde mi infancia, desde antes de que yo supiera leer. Empiezan con los libros que me leían, porque creo que la lectura empieza siempre por el oído más que por los ojos: se aprende a leer oyendo. Podían ser "Las mil y una noches", cuentos de Oscar Wilde o relatos en acetatos que escuchábamos una y otra vez.
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Después, con el milagro de aprender a leer, esos libros se multiplican y se repiten ante la vista, y ya es un vicio que llega hasta la vejez. Pasa por el momento en que nosotros les leemos en voz alta a nuestros hijos y, más tarde, a las alturas en las que yo estoy, en las que les leo libros a mis nietos. Obviamente, no recuerdo ni todos los libros que me leyeron ni todos los que he leído. Si uno es un lector constante, lee unas decenas de libros cada año; en tiempos de universidad y exámenes, a lo mejor pueden llegar a ser muchas decenas. Y algunos, por motivos que nunca sabemos bien cuáles son, se quedan en una compañía más cercana en nuestros afectos y los repetimos, los volvemos a leer.
¿Cuáles son esos a los que vuelve a leer o que tiene en su mesita de noche?
No tengo un libro que esté siempre en mi mesita de noche, pero los que tengo en mi dormitorio son los que más probablemente voy a volver a coger. Pueden ser clásicos como "El Quijote" o "Las mil y una noches", o libros modernos de autores del siglo XX como Joseph Roth, Javier Cercas o Fernando Aramburu.
Tengo muchos libros de poesía, sobre todo de poetas en lengua española que leo y releo mucho: de Colombia, León de Greiff, José Asunción Silva, Porfirio Barba Jacob; de España, Antonio y Manuel Machado; y, más recientemente, Joan Margarit. También leo y releo mucho al poeta portugués Fernando Pessoa.
Aspiro a que esos libros que voy descubriendo no se me acaben nunca. Siempre, cada año, descubro un nuevo autor del que me puedo enamorar. La literatura no es monógama: se expande en una especie de poliamor perpetuo en el que uno vuelve a sus viejos amores y descubre nuevos a lo largo de la vida.
Hablemos del caos como impulso, como chispa creadora. A lo largo de sus libros, muchos nacen porque ha habido caos en algún punto. ¿Cómo ha sido para usted relacionarse con este concepto?
En los textos sagrados, en el principio había caos y luego Dios le puso orden. Supongo que uno, como niño y como adulto, lo que ve y siente es un gran caos: en la guerra, en la tragedia, en la enfermedad. La escritura, y particularmente la escritura a mano, que es la que yo practico, es un intento de ordenar las ideas, de producir humildemente un oficio de demiurgo que trata de darle cosmos al caos.
Hoy, el caos que más me afecta son los nuevos inventos tecnológicos, en particular la inteligencia artificial. He leído un libro de Giuliano da Empoli sobre los nuevos depredadores, que habla de cómo cada vez dependemos más de herramientas tecnológicas que difícilmente entendemos. Los repartidores que veo en Shanghái o en Pekín, corriendo por las calles, nunca tienen contacto personal con nadie; solamente se comunican con máquinas.
Y yo creo que cada vez más nos comunicamos con máquinas. Ayer estuve en un mercadito comprando libros chinos viejos y el regateo se hacía a través de la inteligencia artificial. Es un intento de ponerle orden al caos, pero es algo que no se había hecho así nunca: antes todo se hacía oralmente o por escrito, y ahora se hace con la intermediación de estas máquinas.
Cada vez es más difícil dominar estas herramientas y creo que no las entiendo: es algo que me supera. Me siento ya muy viejo y son mis hijos o los hijos de mis amigos los que me ayudan a comunicarme con esto. No creo que me vaya a alcanzar la vida para poner en orden cósmico este nuevo caos que no entiendo bien.
¿Cree que sigue siendo importante el mito? Siento que hemos ido perdiendo esa relación con el mito y la tradición oral.
Los mitos eran, y en algunos casos siguen siendo, un intento de poner orden a través de una narración fantástica —no literalmente cierta, sino simbólicamente cierta— para entender el mundo. El mito es un intento de producir orden a través de narraciones y una comprensión de lo que no entendemos.
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Yo creo que no se acaba nunca. Permanentemente se están produciendo mitos urbanos y, cada vez más, en las redes sociales hay más "fake news", que son mitos permanentes, y son tantos que es cada vez más difícil dilucidar qué es cierto y qué no. A los viejos, en particular, nos engañan fácilmente a través de herramientas tecnológicas.
El ser humano vive en varios planos: uno que creemos que es el de la verdad y otros que son de la ficción. Y no es que la ficción sea siempre mentira; es una manera de entender la realidad, pero también hay planos completamente fraudulentos. Y cada vez nos cuesta más saber en cuál de todos estos planos estamos viviendo.
En una entrevista mencionaba los accidentes geográficos; me gustaría ahondar en este concepto. ¿Cómo han permeado estos accidentes geográficos su escritura?
Tanto los países como las personas están muy influidos por el tipo de geografía donde se desarrollan. No es lo mismo un pueblo del desierto que uno de las montañas del trópico andino. No es lo mismo un pueblo junto al mar que uno tierra adentro. No es lo mismo una nación entre montañas, ríos y selvas que un pueblo llano sin obstáculos naturales. Cada pueblo tiene que ponerle orden a ese aparente caos en el que nace. La geografía no es un destino inevitable, pero sí es un condicionante muy fuerte para lo que somos.
A la gente de las zonas templadas le cuesta comprender que nosotros, en Colombia, cerca del trópico, no tengamos estaciones: que los días y las noches duren casi lo mismo, que la temperatura no varíe significativamente, que no cambiamos de temperatura con el tiempo, sino con el espacio, subiendo y bajando según la altitud. Y para alguien de los trópicos que no haya estado en la zona templada, también es difícil entender esa preparación para el invierno, esos largos meses sin cosechas. Todo eso produce historias y temperamentos muy distintos.
¿Cómo logramos hacer una pausa a la inmediatez para vivir el proceso, especialmente en la escritura? ¿Cómo puede dialogar la inmediatez con el proceso?
Es muy difícil porque vivimos en un tiempo permanentemente acelerado. Yo nací en un mundo en el que escribía cartas a mano y se demoraban semanas en llegar. El teléfono era carísimo y solo se usaba en emergencias. Ahora puedo comunicarme con mi familia permanentemente.
He visto la transformación de escribir a mano —sigo haciéndolo— a las máquinas mecánicas, eléctricas, el computador y, ahora, sin que yo quiera, cuando estoy escribiendo, se me mete un supuesto asistente de escritura que me dice cómo debo escribir, que me cambia verbos o me sugiere comas. O cuando uno escribe un WhatsApp, el aparato automáticamente te está corrigiendo, bien o mal.
Me siento agobiado por esas máquinas, y creo que es en el cuaderno y el bolígrafo el único momento en el que puedo escribir sin ruidos, sin distracciones. Mi propio autismo está más tranquilo en la conversación solitaria y muda en el papel. Luego traslado esto al computador para la redacción final.
Pero cada vez vamos a estar más expuestos a libros hechos con asistencia de inteligencia artificial. Creo que esta es una transformación tan grande como la invención de la escritura o de la imprenta, y quizá más grande. No la entiendo ni la domino, y no sé si el resultado va a ser para bien o para mal.
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A mí me han hecho operaciones muy serias, pero es muy probable que en los próximos años esas operaciones no las haga solamente un cirujano, sino que haya una inteligencia artificial que asista. Probablemente un cirujano le va a decir al paciente: “¿Usted quiere que lo opere yo o quiere que lo opere la máquina con mi supervisión?”. Y esto va a ser bastante raro. Estando en China, esta sensación se acentúa porque aquí tengo la sensación de vivir en un futuro que no entiendo.
A propósito de su reciente columna de opinión para este mismo medio, "El tigre en la poesía", ¿cree que el tercer tigre sea China o se encuentre en este país?
Como dice Borges, “un tercer tigre buscaremos”. Yo diría que aquí tienen más presente el mito del dragón; tal vez habrá más bien un tercer dragón.
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