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Héctor Abad Faciolince: “La literatura no debe usarse para curar o como tratamiento”

Gracias a la alianza con Tinta club del libro, presentamos la segunda parte de una entrevista con Héctor Abad Faciolince (uno de sus curadores), quien habló sobre los libros que recomienda y la literatura como refugio. Entérese al final de este artículo sobre cómo obtener un descuento en Tinta.

Sandra Pulido Urrea

25 de mayo de 2026 - 01:43 p. m.
Héctor Abad Faciolince fue uno de los cinco finalistas del primer Premio Aena de Narrativa Hispanoamericana.
Foto: EFE - Quique García
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Escribió “El olvido que seremos”, el clásico colombiano llevado al cine, 17 años después del asesinato de su padre. ¿Ayuda la literatura a sanar dolores?

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La literatura no está hecha para eso, ni uno la debe usar para curarse o como tratamiento, como quien va a un psicoanálisis o al psicólogo. Caminar tampoco está hecho para sanar heridas o dolores, tampoco la natación; actividades que a mí me gustan mucho. Caminar, nadar, oír música, conversar con un amigo, beber vino con mi mujer o con mis hijos, o con mis amigas, todo esto no está diseñado para sanar dolores, y no fue el propósito al escribir “El olvido que seremos”. Pero todas estas actividades juntas: caminar, nadar, conversar con los amigos, escribir un libro, van sanando dolores, porque ellos, si uno les da tiempo, si uno no se dedica a la amargura, al rencor, a la acusación de los otros, al odio permanente, al resentimiento; sino a cosas más agradables como leer, escribir, conversar, beber, caminar, nadar, oír música, aprender algo sobre cualquier tema: sobre los baobabs, las ranas o los cactus… Todo eso hace que los dolores y las heridas no estén siempre en primer plano. Por eso, las personas que aspiran a ser cultas, aunque nunca lleguemos a ser cultas de verdad, tenemos muchos recursos donde refugiarnos en una vida que siempre va a traer amarguras, tristezas, ofensas, calamidades, tragedias. Hay tragedias que yo no me quiero ni imaginar, pero tener recursos culturales para enfrentar esas tragedias con palabras, inteligencia, amigos, música y actividades ayuda; no quiero decir que cura todo, no, no cura todo. Hay cosas que no se curan, pero se disimulan, se atenúan, se vuelven más borrosas, no están ahí todo el tiempo.

Ha vivido experiencias muy fuertes en los últimos años: una cirugía de corazón abierto, un bombardeo en Ucrania y la muerte de su amiga que estaba a su lado. ¿Cree en los milagros?

No, yo me vivo muriendo y no sé por qué no me muero. La muerte me pasa cerquita, me pasa rozando, y cuando uno se expone a casos de supervivencia absurda, surgen estas grandes palabras como “milagros”. ¿Qué son los milagros? Generalmente se le atribuyen a la Providencia o a un ser sobrenatural; o hablan del “Destino”, también con mayúscula como la Providencia. Como que ese no era tu día, que todo está escrito en una especie de libro del destino, como en la novela Jacques el fatalista de Diderot, que todo está escrito allá arriba en el gran libro y si no pasó o si pasó es porque estaba escrito. Hay otra palabra que sí se puede escribir con minúsculas: el azar. Está lo insólito y lo raro, nosotros lo llamamos milagroso, pero no creo en la Providencia, no creo en el destino, pero sí creo en el modesto azar, en el que a uno le pueden pasar o no cosas maravillosas u horribles.

Por ejemplo, no creo que mis libros hayan sido traducidos o se leen bastante solamente porque tienen alguna calidad, sino también porque tuve mucha suerte, porque hubo azar, porque conocí a una editora en un momento determinado, porque Pilar Reyes pasó por una caseta donde yo estaba vendiendo mi librito autopublicado, “El tratado de culinaria”. Pilar Reyes todavía no era la editora que es hoy, vendía libros en la caseta de Alfaguara, pero llegó a ser editora junior poco después y propuso ese libro autopublicado a una editorial tan grande y tan importante que yo no me había ni siquiera atrevido a mandarles el libro. Entonces hay que tener suerte en la vida también, mala suerte para que lo maten o para que le maten a alguien que uno quiere mucho y buena suerte para que le pasen cosas. Creo en el azar y uno con la voluntad puede, hasta cierto punto, evitar azares malos y propiciar azares buenos, como tirar los dados donde debe ser. Hay que tratar de hacer eso e intentar no tirar los dados donde probablemente tú puedes ser uno de los cinco o los seis del dado que va a caer. A mí me ha dado muy duro haber estado en esa mesa de cinco personas en Ucrania, donde unos quedaron heridos levemente, y una sola persona, Victoria, quedó herida de muerte. Después de haber estado en su puesto, de haber ocupado la silla que ella estaba ocupando cuando cayó el misil, eso sí te llena de supersticiones. El pensamiento mágico surge ahí mismo: “yo era ella, ese era mi sitio, yo estaba destinado a morir ahí, con un proyectil que me entró por el occipital, por el hueso de atrás de la cabeza, y me dejó inconsciente para siempre, muerto dos o tres días después”. Todo eso es muy raro y atribuírselo al destino, a la Providencia, a los milagros o al azar, es muy complicado. Hay una voluntad y un culpable en ese caso, el último culpable es Putin, que es quien está mandando a lanzar misiles balísticos con media tonelada de explosivos en un lugar civil, en un restaurante. Eso es, hay un culpable: fue un acto deliberado para matar a Victoria y a otras 12 personas, a unas gemelas que estaban ahí, comiendo con su padre, que les estaba dando de premio una pizza, porque habían sacado buenas calificaciones. Frente a él se murieron sus hijas de 14 años, y él tuvo la desgracia de sobrevivir. No es que el general o Putin haya mandado a asesinar a esas gemelas, pero al tirar un misil, una bomba encima del techo de un restaurante, donde hay civiles comunes y corrientes, donde hay niños, es un acto criminal y si hay gente que propicia el azar criminal, es terrible.

Lea la primera parte de la entrevista aquí.

¿Cómo llegó a “Job, historia de un hombre sencillo”, cuándo lo leyó y por qué cree que sería un buen descubrimiento lector?

El libro tiene casi un siglo, fue publicado en 1930 por primera vez, en los años de persecución a los judíos en Alemania, y está escrito por un autor judío. El título es importante porque alude al libro de la Biblia, pero el subtítulo, “Historia de un hombre sencillo”, es muy importante, porque en los dos libros que recomendé, son de escrituras sencillas. Uno de hace un siglo, como “Ulises” o “En busca del tiempo perdido”. Eso no los hace viejos, hay libros que no importa que tengan cien años, o mil, o dos mil, “La Ilíada” tiene más de dos mil años y sigue siendo extraordinaria. Los libros no se pueden juzgar porque sean viejos o contemporáneos; los libros no envejecen. Bueno, envejecen, pero no importa que estén viejos.

Mis recomendaciones son historias sencillas, de escrituras sencillas, que no las hacen menos valiosas, menos profundas o menos poéticas. Yo leí “Job” cuando tenía 30 años, como hacia 1990, porque Alberto Aguirre, librero, amigo y editor, me recomendó mucho a Joseph Roth y desde que Alberto me lo recomendó, empecé a leerlo y he leído decenas de libros de él. Es un autor que siempre recomiendo y que quiero mucho. Me gusta él, sus cartas, sus borracheras. Escribió un libro precioso sobre los borrachos, que es “La leyenda del santo bebedor”. Ya que digo leyenda, pues este libro también tiene forma de leyenda, es como una leyenda yiddish, como una leyenda del jasidismo judío de Europa del Este, donde él nació, en una parte donde hoy es Ucrania, cerca de Bardichev, que mencionaba al principio.

Lo que me gusta es que es un libro en el que se entrelazan la desesperación y la esperanza, y eso es también el libro de Job bíblico, sagrado para los judíos y los cristianos. Es una prueba, para mí es una leyenda, para mí no es un libro real, no es una verdad teológica, es una bonita leyenda, porque los hombres buenos tienen en la vida un destino malo. Es decir, si Dios existe y es todopoderoso y misericordioso, ¿por qué les ocurren cosas malas a los hombres buenos? En este caso a Mendel, el protagonista de Job, por qué le nace un niño minusválido, retrasado mental, como se decía antes, tonto, que no aprende a hablar, que no sabe caminar, que tiene la cabeza grande, su cuarto hijo y su padre, digamos que triste como creyente por esa prueba que le ha mandado Dios, se limita a cargar a ese niño y a cantarle una pequeña melodía, como a quererlo. Cantarle a un niño es quererlo, y cantarle a un niño bobo más, aceptarlo. Hay un libro de poesía de Joan Margarit que se llama “Joana”, es un libro de poesía todo dedicado a su hija Joana, que tenía un retraso mental grave o un problema físico grave, que no sé cuál era. Este señor abandona a ese hijo bobo, digámoslo así, o tullido, epiléptico, tiene síntomas de muchas cosas. Lo abandona porque están persiguiendo a los judíos, se va a Nueva York, le matan en la guerra a uno de sus hijos, la hija se le enloquece, se vuelve esquizofrénica, se le muere la esposa, y llega un momento en el que este hombre se revela contra Dios, no puede haber un Dios bueno, si esto me pasa a mí sin culpa. Su única culpa tal vez fue haber abandonado a su hijo, que él pensaba que se iba a morir al poco tiempo y lo dejó con una familia vecina. Sin embargo, el libro termina siendo una leyenda de gran esperanza; es muy bonito. A mí me conmovió mucho, me gusta mucho, léanlo con sencillez, con cuidado, lo sencillo no tiene nada de tonto, lo sencillo puede ser muy profundo.

A propósito de la relación de Mendel con Dios, y pensando en la actualidad de nuestro país, ¿cuál es el sentido de tantas vidas, llenas de dolores, conflictos y caos?

No es fácil saberlo, creo que el sufrimiento en la vida es inevitable, todos lo vamos a tener, a no ser que vivamos una vida muy corta, de 5 o 6 años, y nos muramos sin tener la experiencia del sufrimiento. Pero si uno vive una vida larga, consciente y más o menos plena, tarde o temprano tiene sufrimientos. ¿Qué papel tiene? Yo no sé, pero lo único que uno puede hacer ante eso es no abandonarse a esos sufrimientos, no convertirse solo en ese sufrimiento, no dejarse vencer por ese sufrimiento y permitirle que contamine y convierta toda tu vida en una desgracia. Lo que salva a este niño es una melodía que su padre le cantaba cuando era un niño de brazos. Su hijo se llama Menuchim, y hay un gran violinista, yo no sé si Roth lo conoció o no, pero ya era más o menos conocido en 1930, Yehudi Menuhin; los mismos nombres son importantes. Bueno, lo que llega como una muestra de esperanza, cuando este hombre ha padecido todos los dolores y todos los sufrimientos, es la música, yo diría que es un libro sobre la música, en últimas.

Lea la segunda parte de la entrevista aquí.

¿Cómo llegó al libro “El cielo es azul, la tierra blanca” de Hiromi Kawakami? ¿Cuándo lo leyó y por qué cree que sería un buen descubrimiento?

El libro me lo regaló una mujer. Es un poco obvio porque creo que este libro solamente lo podría haber escrito una mujer. Los hombres y las mujeres no somos iguales, no somos la misma cosa; somos distintos, psicológicamente distintos, nuestro cuerpo es distinto, pensamos de una manera diferente, tenemos prioridades diferentes, somos felizmente diferentes. Y a mí me fascinó por esa extrañeza doble, la de una historia que solamente puede contar así como está contada una mujer, y una japonesa; y la extrañeza de una cultura tan ajena a la nuestra. A veces, cuando leo literatura japonesa o veo películas japonesas, no sé si lo que me fascina es la historia intrínsecamente o la extrañeza de esa cultura tan distinta a la nuestra, las sutilezas, por ejemplo, de cómo se mide el tiempo en esta novela, que está todo medido con el paso de las estaciones. Digamos que un novelista tropical y excesivo y barroco de los trópicos, como han sido muchos escritores de por estos lados, no puede escribir una novela así, como de esta serenidad y sutileza, de esta sencillez.

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¿Cree que este libro es la reivindicación del amor como sustento humano?

Esta novela me gusta porque es amor, pero no es el amor, no tiene nada que ver con un amor de novela romántica o de telenovela, es el amor entre una mujer de 38 años y soltera, una edad que también para las mujeres no es fácil, porque es como una bisagra entre muchas cosas, y un viejo profesor. Es un amor que es amor, uno va viendo que es amor, pero que el componente erótico es mínimo o ninguno y no importa, es más que eso o menos que eso, no sé, es otra cosa, y yo espero que les guste también, este es un gran libro, de una belleza sencilla.

(*) Tinta club del libro es una iniciativa que propone una experiencia de lectura mensual a través del envío de libros seleccionados por curadores invitados. Cada edición incluye un título en una edición producida especialmente para el club, acompañado de materiales editoriales que contextualizan la obra y su elección.

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Este proyecto articula la figura del curador como eje de su propuesta editorial. Escritores y agentes del campo literario participan en la elección de los títulos y en la construcción de un marco de lectura que se extiende más allá del libro, mediante textos y espacios de intercambio asociados a cada edición. Tinta se plantea así como un dispositivo de mediación entre autores, obras y lectores, con una periodicidad mensual.

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Por Sandra Pulido Urrea

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