
Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
"¿Qué hay en un nombre?" se preguntó famosamente Julieta asomada a su balcón. "Eso que llamamos rosa, lo mismo perfumaría con otra designación," declaró, en favor de su amor, para argumentar cuán poco le importaba que Romeo fuese Montesco mientras que ella era Capuleto. Pero en este texto —con plena consciencia del despropósito que se aproxima— se desafía abiertamente al bardo al afrimar que en realidad lo que hay en un nombre es algo muy importante.
Si bien Shakespeare tiene razón al dar a entender que la esencia de las cosas suele ser independente de su nombre, en los casos que este refiere a personas, más amenudo que no, el nombre contribuye a —e incluso genera— algo fundamental para ellas: una identidad.
Así nos aproximamos al tema central de este escrito, el cual trasciende los nombres dinásticos que erigen fronteras invisibles entre amantes adolescentes para concentrarse en aquellos que poseen un poder más extenso: los de naciones enteras. Capaces de encender fervorosos conflictos, estos nombres están cargados de incontables significaciones que varían para distintas culturas, al igual que dependiendo de estas mismas culturas varían los nombres en sí. Pero más allá de conflictos diplomáticos o bélicos, nos enfocaremos en un nombre en particular que despierta una polémica de caracter social.
Le sugerimos leer: Diario del confinamiento III: Cuidarnos y cuidar (Tintas en la crisis)
Aunque son pocos los temas que en Colombia logran evadir la polarización y ubican al grueso de la población de un mismo lado, existe un tema sobre el que, contra todo pronóstico, parece haber unanimidad universal: el rechazo absoluto del término "Columbia" para referirse al país.
El error ortográfico aparece con frecuencia en todo tipo de círculos de habla inglesa, publicaciones, medios de comunicación, redes sociales y hasta en casual conversación. Desde una corrección que sigue a un ligero enerve hasta una reafirmación de orgullo patriótico, "it's Colombia, not Columbia" es una frase más familiar de lo que muchos esperarían. Se puede encontrar por doquier en persecusión de la falla y hasta comercializada en mercancías como pocillos y camisetas.
Antes de continuar, hay dos términos referentes a nombres de lugares (sean países, ciudades, regiones y hasta continentes) que requieren explicación, se tratan de "endónimo" y "exónimo". El primero hace referencia al nombre que designa un lugar en el idioma local de este, como lo sería Colombia en español para los colombianos; el segundo hace referencia al nombre con el que se designa un lugar en un idioma externo, ajeno a este, o bien nuestro Inglaterra para un país que sus habitantes llaman England en la lengua de Shakespeare.
La creación de exónimos es un fenómeno lingüístico que se da de manera orgánica; es una forma de adaptación que permite hablar de otros lugares en el idioma propio sin tener que someterse a pronunciaciones o grafías complejas —por no decir sonidos o letras inexistentes— que los idiomas de dichos sitios podrían implicar. En ocasiones son similares al endónimo original, como lo es Moscú con Moskva, y en otras varían radicalmente, como en el caso del pueblo alemán de Aachen, conocido en español como Aquisgrán y en francés como Aix-la-Chapelle.
La verdad es que no existe una regla definida para determinar cómo se desarrollan estos exónimos. Aunque es posible que tengan un origen arbitrario, en la mayoría de los casos suelen estar ligados a la relación histórica entre los dos pueblos —y por ende las dos lenguas— en cuestión. Se dan como adaptaciones de endónimos, los cuales por su parte usualmente derivan de conceptos generales como "gentes" o "hablantes" que refuerzan el concepto de identidad.
De nuevo en Alemania, país de diversos exónimos, encontramos un ejemplo perfecto. Del antiguo término germánico diutisc ("de la gente") proviene su endónimo Deutschland y muchos exónimos como Doitsu en japonés. Si bien en italiano el gentilicio tedesco comparte ese mismo origen, al país se le conoce como Germania por la región septentrional que limitaba con el Imperio Romano. De otro arcaico término germánico, Alle Mannen ("todos los hombres"), viene el nombre de la confederación de pueblos alamanes que existió desde finales del Imperio hasta el siglo IX, y también Alemania, Allemagne, y Alemanha, nombres del actual país en español, francés y portugués. Finalmente, exónimos como Niemcy y Německo, en polaco y checo, derivan de nemets ("mudo"), término usado por los pueblos eslávicos para referirse a quienes no hablaban su idioma (vale notar que "eslávico", por su lado, viene de slovo, o bien "palabra").
El caso es que ninguno de estos anteriores aplica para Colombia. Nuestro país eligió su propio nombre en una época en que el concepto de estado nación estaba fortaleciéndose, con países tanto en el Viejo como en el Nuevo Mundo estandarizando nombres, banderas, escudos y otros símbolos para unir pueblos en torno a una identidad nacional. El nombre de nuestro país rinde homenaje al "descubridor" de América, Cristóbal Colón, aunque la historia detrás de este es mucho más compleja.
El nombre en sí proviene del término neolatín "Columbia" (derivado de Cristophorus Columbus, nombre en latín del navegante genovés), que existía ya desde mediados del siglo XVIII como una alternativa para designar al continente americano en general. Mientras que en la Nueva Granada la versión española —preferida por próceres de la independencia como Francisco de Miranda— vino a dar nombre al país que eventualmente se transformaría en Colombia, en los Estados Unidos de América la versión en inglés se usó para bautizar a la personificación femenina de la joven nación. Es, en esencia, esta la razón por la que los estadounidenses tienden de manera automática al término "Columbia", el cual, además de su relevancia histórica, sobrevive hoy en el nombre de su capital: Washington, District of Columbia.
Con la raíz de ese "error" por fin aclarada, persiste la cuestión de por qué su uso nos molesta tanto, en especial cuando países como Alemania, con tan distintos nombres, u otros como Grecia y Corea, que son casi universalmente conocidos por exónimos que poco tienen que ver con sus endónimos (Helláda y Hanguk), los asumen con tan buena voluntad. La curiosidad se acentúa cuando consideramos que, entre los múltiples exónimos con los que cuenta Colombia, realmente se trata de uno de los más sutiles. Como regla general, el nombre de nuestro país en cada idioma se rige por su versión del de Colón: Colombie de Colomb en francés, Kolumbien de Kolumbus en alemán, Kolumbiya de Kolumb en ruso y Kulumbiya de Kulumbus en árabe.
Se podría argumentar que todo se reduce a una cuestión de exposición. Mientras que nuestros exónimos de otras lenguas son poco conocidos y fácilmente disculpados por su cualidad "exótica" y ocasional, el inglés, como idioma universal, es más presente y por el cual buena parte del planeta conoce más sobre el país. Pero en realidad va mucho más allá de eso.
Colombia, a causa de su desafortunada historia reciente, se ha visto sometida a todo tipo de denigrantes estereotipos y desproporcionadas desfiguraciones por parte de los medios de comunicación e industrias de entretenimiento, en particular del mundo angloparlante. Cambiar una o por una u en sí no tiene mayor relevancia, pero el empleo de este exónimo extraoficial actúa esencialmente como sal en la herida.
Si le interesa, lo invitamos a leer: Notas pedagógicas para una sociedad en crisis (IX)
Es indignante ver el nombre del país asociado constantemente a contextos negativos, y el hecho de que este se encuentre mal escrito tiñe el desplante de un lacerante desinterés. Más allá de la imagen que tenga un país en el ámbito global, su nombre tiene el poder de conectar profundamente con un ser humano, con una comunidad, y —similarmente al de una familia— de evocar características y valores claves que constituyen la base de la imagen propia y de lo que se aspira a ser.
Es precisamente por respeto a ese sentimiento que el uso de exónimos comenzó a reducirse considerablemente en el siglo XX a medida que el colonialismo europeo se fue retirando del mapa. Sometiéndose virtualmente todas las nacientes naciones africanas a las fronteras arbitrarias que los poderes europeos trazaron en el continente, muchas de ellas decidieron que por lo menos tendrían el derecho a que se les llamase por su verdadero nombre.
Fue así que en países como Zambia y Zimbabue se despojaron de Rodesia, y que recientemente Esuatini —anteriormente conocido como Suazilandia— optó por recobrar un nombre más autóctono, evocativo de sus raíces y cultura. En el caso de una nación asiática, el uso del occidental Birmania sobre el nativo Myanmar puede probar ser controversial.
Sin embargo, esta práctica no se limita a antiguas colonias. En los últimos años dos países europeos han solicitado a la comunidad internacional que sus exónimos sean actualizados. El más reciente de estos, los Países Bajos, pidió que a partir del 1 de enero de 2020 se hiciera una adaptación de su endónimo, Nederland (literalmente "país bajo"), en cada idioma, dado que anteriores exónimos excluían a diez de sus doce provincias. Así Holanda, Gollandskiy y Ollandía —en portugués, ruso y griego— se convirtieron en Países Baixos, Niderlandy y Káto Horés.
El otro caso, a pesar de datar del año 2016, ha encontrado más dificultades para cambiar la percepción del planeta. Se trata del país que aún se conoce de manera oficial como la República Checa, pero que pide que se le llame casualmente Chequia para promover una imagen más amigable. El argumento de que "rara vez se le llama por su nombre oficial a la República Francesa o a la Federación Rusa" es perfectamente válido, pero al país al que mucha gente todavía se refiere erradamente como Checoslovaquia, todavía le quedan años de esfuerzo para posicionar su nuevo apodo.
A lo que se va con todo esto es que razones sobran para entender la importancia que puede tener un nombre. Utilizarlo bien es una muestra básica de respeto hacia otras culturas, pero cuando una adaptación se mantiene fiel a los orígenes de la identidad, ¿realmente importa si se cambia una que otra vocal, par consonantes o la entonación?
Lo que hay en un nombre tiene el poder de trascender este mismo. Romeo podría haber dejado el nombre Montesco, pero jamás de ser uno en esencia, puesto que era esta una parte indeleble de su ser que hizo de él la persona que Julieta amó. Lo realmente importante, evidenciado por el fruto de su tragedia, era dejar de empuñar este nombre para alimentar odios e imponer barreras.
Los colombianos entendemos que nuestro país —nuestra identidad— es rebosante de matices; una miríada de orígenes, tradiciones e ideosincracias que quebrantan simplificaciones y resuenan de alguna u otra forma en el fondo de nuestro ser para generar un fuerte orgullo. Una de esas características es que, inclusive con un tumultuoso pasado (y, por qué no, presente), somos capaces de dejar de lado la siempre presente —en ocasiones excesiva y otras necesaria— autocrítica para salir a proteger nuestra identidad ante aquello que consideramos una afrenta.
Es esa la esencia del poder de un nombre, no el de levantar fronteras para encasillar naciones, sino el de potenciar todo aquello que contiene para compartirlo de la forma más plena. Lo realmente importante es que Colombia, la Colombie, Kulumbiya, an Cholóim, o Columbia, por cualquier nombre que lleve, ata entre nosotros un lazo inquebrantable que siempre nos une contra las más difíciles pruebas.