Johannes Stradanus (1523-1605) publicó a finales del siglo XVI un conjunto de grabados que representaban los más grandes descubrimientos e invenciones de su tiempo, entre los cuales incluyó la pintura al óleo como una de las innovaciones técnicas que, de manera similar al reloj mecánico, los anteojos, la imprenta, la pólvora, la brújula o el astrolabio, cambiaron el rumbo de la historia. Esta invención que le dio un nuevo alcance a la pintura del Renacimiento fue atribuida al pintor flamenco Jan van Eyck. Giorgio Vasari, en su obra “Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores, y escultores italianos”, atribuyó el magnífico invento de la pintura al óleo a Juan de Brujas (Jan van Eyck) a quien describió como un aficionado a la alquimia que experimentaba permanentemente “destilando continuamente aceites para ensayar barnices y otras cosas como suelen hacer las mentes filosóficas”.
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Según Vasari, mientras van Eyck experimentaba formas de secado más rápidas, se dio cuenta de que los aceites de linaza y de nuez permitían un barniz que se secaba en menor tiempo. Probó también con otros materiales, encontrando que se podían agregar a este barniz pigmentos de color, lo cual tenía varias ventajas. Además del secado rápido, daban un mayor brillo y se dejaban aplicar mejor sobre la madera o el lienzo. Con estos aceites, escribió Vasari, “los colores quedan más mórbidos, más suaves y delicados (…) y los artistas que hacen uso de la técnica dotan a sus figuras de una bella gracia y de una vivacidad tales que muchas veces parecen de relieve y quieren escapar de las tablas”.
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Las notas biográficas de Vasari suelen exaltar logros individuales de manera exagerada, y sabemos que atribuir a un solo artista la invención de la pintura al óleo es un exceso, pero nos interesa la descripción del artista virtuoso como un alquimista y su taller como un complejo laboratorio con múltiples oficios, lo cual nos enseña sobre las complejas técnicas y conocimientos que suponía la pintura del temprano renacimiento.
Algunos de estos saberes podrían tener un carácter teórico, como lo fue el tratamiento geométrico del espacio y el uso de la perspectiva matemática; otros implicaron conocimientos de óptica y el uso de lentes de aumento, espejos y en algunos casos instrumentos como la cámara oscura. Parte fundamental de la calidad de las obras estaba en la preparación de los tintes, en sí misma un arte sofisticado del cual dependía la calidad de los colores, la textura y la durabilidad de las obras. Como los laboratorios de alquimia en las boticas, los talleres de pintura fueron lugares de permanente experimentación y acumulación de saberes empíricos que les permitieron a los artistas alcanzar niveles de fidelidad y naturalismo sin precedentes.
A manera de ejemplo, podemos comentar una de las pinturas de Jan van Eyck: “Retrato de hombre con turbante rojo” de 1433, muy posiblemente un autorretrato en el cual el artista, al igual que sus mecenas, quiso ser visto como un personaje real y único.
Con una composición austera y sin necesidad de recurrir a detalles escenográficos, sobre un fondo oscuro sobresalen el rostro del personaje que nos mira de manera directa y el turbante cuyos pliegues brindan una sensación de intenso realismo. La pintura produce en el observador la sensación de estar frente a un ser humano de carne y hueso en un instante específico. En este como otros retratos del artista, incluso en su “Rostro de Cristo”, van Eyck parece capturar un momento de la vida de un ser humano en el cual casi que revela su individualidad y sentimientos con una verosimilitud difícil de lograr incluso con la tecnología de la moderna fotografía.
El impresionante realismo, brillo, profundidad y volumen del turbante no solo son el resultado del talento del pintor, sino igualmente de la aplicación de complejos conocimientos químicos, una sofisticada combinación de veladuras (capas translúcidas) usando un pigmento orgánico extraído de las raíces de una planta (Rubia tinctorum) sobre una base opaca de bermellón (sulfuro de mercurio) que se han mezclado con aceite de linaza. El protagonismo de la tela no es accidental, no solo por la dificultad técnica de su manufactura, sino porque se trata de un producto exótico y costoso, que le da un lugar particular en la sociedad a quien puede poseerlo.
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El gran arte cortesano formó parte de un creciente mercado de bienes de lujo y fue una celebración del poder de adquisición. Las obras de arte mismas se convirtieron en costosos bienes, cuya posesión fue una obvia muestra de opulencia, pero además los artistas debieron plasmar en sus obras el lugar privilegiado en la sociedad de sus mecenas, mostrando con detalle emblemas de distinción que no podían faltar en los retratos. El autorretrato de van Eyck hoy se encuentra en la National Gallery de Londres justo al lado de una de las pinturas más conocidas del pintor, “El matrimonio Arnolfini”, tal vez su obra más comentada como emblema del retrato realista del renacimiento.
No es posible entender el arte y el papel de los artistas del renacimiento sin referirse a su público y sus mecenas; el consumismo de príncipes, monarcas y comerciantes europeos de la época es una característica que define a la cultura moderna y que permitió la emergencia del artista profesional, quien más allá de un hábil artesano fue reconocido como el creador de obras que llevan su marca personal y su correspondiente valor comercial.
La pintura conserva su marco original, que ofrece información relevante. En la parte inferior del marco se lee una inscripción dibujada simulando letras talladas que dice: JOHES DE EYCK ME FECIT ANO MCCCC.33. 21. OCTOBRIS (Jan Van Eyck me hizo el 21 de octubre 1433) y en la parte superior se lee la expresión: AlC IXH XAN, (hago esto porque puedo). Así este sea o no un autorretrato del artista, las inscripciones son explícitas en celebrar la autoría y virtuosismo del autor.
Tanto los retratos como los autorretratos de artistas en de los siglos XV y XVI nos ayudan a entender la emergencia de la creciente individualidad del mundo moderno. En primer lugar, no es una coincidencia que en este periodo de un naturalismo cada vez más preciso, el retrato haya adquirido mayor relevancia. En su condición de pintor de la Corte, Van Eyck debió atender numerosos encargos de retratos, que representaban individuos con todas sus particularidades humanas y su lugar en la sociedad. Además de ese posible autorretrato, van Eyck elaboró unos ocho cuadros con un estilo muy similar, en los cuales es notorio el manejo de detalles minuciosos, de sombras, proporciones y perspectiva, que ofrecen al espectador una potente sensación de realismo que marcó la pintura del Renacimiento. Refiriéndose a este momento de la pintura, el historiador del arte Ernst Gombrich afirmó: “por primera vez en la historia el artista se convertía en un perfecto testigo ocular, en el verdadero sentido de la palabra”.
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