Usted fue columnista de El Espectador y hace unos años volvió a serlo, pero con El País. ¿Por qué volver a ese oficio y alternarlo con el de novelista?
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Presenta muchas dificultades el oficio de columnista, de opinador constante, para un novelista. Entre otras razones, porque no hay dos maneras más opuestas de ver el mundo y de explorarlo a través de la palabra que la del columnista y la del novelista.
Los novelistas escriben a partir de la incertidumbre, escriben a través de preguntas, de exploraciones, de lo desconocido. Y un columnista en cambio escribe, creo yo, a partir de una mínima certeza, de una convicción a la que ha llegado y que quiere comunicar. Es un acto, en cierto sentido, de proselitismo.
Para mí la opinión es un vicio. Yo he tratado varias veces de dejarlo y no lo he conseguido, porque es una manera de conversación ciudadana o de cumplir con los deberes esenciales del ciudadano, que son los del debate, la crítica, la confrontación de opiniones distintas, que a mí me parecen imprescindibles en cualquier sociedad saludable.
Y lo sigo haciendo por eso. Aparte de la satisfacción personal de entrar en conversación, en un determinado tipo de conversación con los lectores, está una sensación de deber en una democracia saludable. Creo que un deber ciudadano es el de entrar en los debates, en las conversaciones, y establecer esa manera tan particular del diálogo que es una columna de opinión.
¿Le da temor repetirse en los temas que aborda como columnista y que incluso pueden trasladarse a la literatura?
No, no me despierta temores; al contrario, me gusta repetirme, me gusta respetar mis obsesiones, que son pocas y son muy fuertes, y por eso el libro está construido como está.
Se pudo construir en tres secciones muy diferenciadas porque muchas de las columnas respondían, de maneras distintas, a esas pocas obsesiones. El primer capítulo habla de la verdad y la mentira y nuestra dificultad en estos tiempos para separarlas. El segundo capítulo habla de la violencia y la memoria, que no solo son mis obsesiones de ciudadano, sino también de novelista. Todas mis novelas, en cierto sentido, hablan de esos dos temas: nuestra violencia colombiana, la incapacidad para abandonarla como gran problema de nuestras sociedades, constantemente enfrentadas con un pasado que está siempre cambiando y que los poderes están siempre manipulando.
Y esa tercera parte habla de las maneras de explorar el mundo en las que vivo yo: las artes, la literatura, el cine, la pintura. Distintas maneras de explorar el mundo que para mí son inseparables de una sociedad convulsa como la nuestra.
Yo creo que las sociedades convulsas, violentas, donde hay sufrimiento, con mucha frecuencia producen obras de arte, porque las obras de arte —las novelas, las películas, las pinturas, las esculturas— son lugares donde los ciudadanos tratamos de responder a preguntas sobre nosotros mismos a las que el discurso político no está respondiendo, o frente a las cuales el periodismo y la historia se quedan cortos, porque hay lugares de nuestra experiencia a los que no pueden acceder.
Entonces, esa idea de presentar toda una sección del libro concentrada en el arte, y que sostiene además que el arte no es un lujo sino una necesidad en las sociedades humanas, me parece que es parte fundamental de ese intento por crear un espacio donde sociedades problemáticas y convulsas puedan hablar de ciertas cosas que no se pueden mencionar en otras partes.
Los novelistas escriben a partir de la incertidumbre, escriben a través de preguntas, de exploraciones, de lo desconocido. Y un columnista en cambio escribe, creo yo, a partir de una mínima certeza, de una convicción a la que ha llegado y que quiere comunicar. Es un acto, en cierto sentido, de proselitismo“.
Juan Gabriel Vásquez
Usted habla en varios momentos de América Latina, de su preocupación por tolerar símbolos que reivindican las viejas dictaduras o revoluciones. ¿Cómo ve el presente en general del continente?
Sí he visto en América Latina una especie de regresión muy preocupante a divisiones, enfrentamientos y sistemas de valores que pertenecen a otra época, a la época de la Guerra Fría. Lo que estamos viendo ahora en los distintos autoritarismos latinoamericanos es una división entre los nostálgicos de las dictaduras militares —como Milei, como Bolsonaro, como Kast—, sobre todo de los años setenta, y las herencias distorsionadas y lamentables de las revoluciones socialistas de los años sesenta. Eso es lo que es la Venezuela de Maduro o de Delcy Rodríguez, y eso es lo que es la Nicaragua de Ortega y su mujer.
Entonces es como si volviéramos, en cierto sentido, a esa división que Mario Vargas Llosa llamó “los sables y las utopías”. Y es una regresión profundamente preocupante.
A todo eso se añade este imperialismo de nuevo cuño que, bajo Trump, intenta otra vez recuperar la doctrina Monroe para convertir a América Latina en sus dominios, en una especie de patio trasero que es explotado y se controla o intenta manipular a través de distintos mecanismos de chantaje más o menos abierto o de intervención militar: chantaje a través del narcotráfico, por ejemplo, intervención militar como en el caso de Venezuela y la amenaza a otros países.
Es profundamente preocupante y nos va a recordar y a poner sobre la mesa otra vez la vieja conversación sobre la unidad latinoamericana. Espero que nos haga preguntarnos por qué ha sido imposible, a lo largo de dos siglos de vida republicana, para América Latina unirse convenientemente y resistir un poco a las agresiones imperialistas de Estados Unidos, que cambian de piel y cambian de excusas, pero que no han desaparecido.
En varias columnas también habla usted de lo preocupante que es esta relación entre un personaje como Trump y un personaje como Elon Musk. Por qué quiso señalar ese vínculo de plutócratas de la democracia, como usted los llama, y del poder que tienen las redes sociales.
Sí, yo creo que una de las grandes amenazas a las que nos vamos a enfrentar en los años que vienen —ya lo estamos haciendo, ya estamos sufriendo esa amenaza— es la alianza tan perversa entre los nuevos autócratas, especialmente de extrema derecha como Trump, como Milei, pero no solo de extrema derecha, y lo que llamo en el libro los plutócratas de la tecnología, que son los dueños de las grandes plataformas, como Elon Musk, como Zuckerberg, también desde otro punto de vista como Peter Thiel o como Sam Altman.
Allí hay una alianza tremendamente problemática, porque se trata, por un lado, de que los autócratas ofrecen desregulación e impunidad a las plataformas tecnológicas, y las plataformas tecnológicas les ofrecen a los autócratas confusión del ciudadano, desorientación, desinformación y una manipulación impune de las versiones del mundo que están viendo.
Al plutócrata de la tecnología como Musk o como Zuckerberg le interesa no tener reglas que los limiten. Eso, por ejemplo, es lo que hace la Unión Europea, y por eso, con tanta frecuencia, Trump y Vance están insultando, amedrentando, tratando de destruir la Unión Europea.
Se trata de un acuerdo perfecto de intereses profundamente nocivos para nuestras democracias. Y esto solo se va a multiplicar en tiempos de la inteligencia artificial. Es profundamente preocupante y uno de nuestros deberes como ciudadanos y como electores de gobiernos es caer en la cuenta de que esto está sucediendo y de los peligros enormes que esta alianza representa.
Hablemos del periodismo, porque me llama la atención que usted hace una especie de defensa de este oficio en varios momentos del libro. ¿Por qué busca, si se quiere, reivindicarlo?
El libro se puede entender también como un diario de un testigo a lo largo de cinco años, como un intento por poner sobre la mesa algunas preguntas y herramientas para analizar nuestro momento presente. Pero se puede entender también como una defensa del periodismo.
Yo creo que en estos tiempos el periodismo serio, el periodismo responsable, es un lugar de resistencia: resistencia contra las fuerzas antidemocráticas de los autoritarismos, resistencia contra los intentos brutales de manipulación de nuestra realidad, de nuestras opiniones, de nuestro comportamiento ciudadano que son las redes sociales.
En el periodismo serio hay una fiscalización de esas fuerzas que hoy en día es absolutamente imprescindible. Por eso no es sorprendente que se convierta en el principal enemigo de estas fuerzas, tampoco lo es que Milei llame a los periodistas “hijos de puta” y azuce a una multitud para que los llame así. Por eso no es sorprendente que Trump los llame “el enemigo del pueblo” e intente por todos los medios desacreditarlos y minar la confianza que los ciudadanos tienen en el periodismo.
Para mí, el mejor periodismo hoy es sencillamente heroico. Los mejores periodistas, los que están conscientes de su responsabilidad, son héroes de la resistencia. Y por eso reciben constantemente los ataques de esta conspiración.
El libro también quiere ser una vindicación del periodismo como lugar desde el cual los ciudadanos resistimos a los peores impulsos y las peores tendencias de las fuerzas que nos gobiernan y nos manipulan.
Usted dice que, si tuviera que señalar un rasgo de nuestro tiempo, señalaría la desconfianza. ¿Cuáles son las implicaciones de esto según usted?
La desconfianza corroe las sociedades democráticas, siembra cizaña en la ciudadanía, impide las negociaciones y los diálogos. Y esto es tremendamente nocivo para una convivencia correcta. En la pandemia nos dimos cuenta los colombianos directamente de cómo operaban estos fenómenos. El gobierno desconfiaba de los ciudadanos porque no seguían las reglas, porque violaban las restricciones, y los ciudadanos desconfiaban del gobierno porque ponía restricciones absurdas, porque lo que decía no se cumplía, porque mentía o distorsionaba o exageraba.
Esa pérdida de confianza entre ciudadanos y gobierno, y también entre los ciudadanos entre sí, conduce a la disolución, a la desintegración de los vínculos sociales. Es uno de los primeros síntomas de una democracia de capa caída: la desconfianza entre los ciudadanos.
¿Cómo ve la campaña electoral en Colombia?
La campaña electoral colombiana es, creo yo, directamente heredera de los fenómenos del año 2016, cuando la desinformación acerca del proceso de paz, las mentiras y las calumnias instalaron una manera de hacer política entre nosotros que sigue vigente.
Yo lo único que le pediría al ciudadano colombiano del año 2026 es que recuerde a un ruso del siglo XIX, Anton Chéjov, que decía: “Odio la mentira y la violencia en todas sus formas”. Miremos las elecciones a través de ahí. Identifiquemos a los candidatos que elogian la violencia o que la provocan. Identifiquemos a los que mienten, a los que distorsionan la verdad, a los que desinforman, y no premiemos esos comportamientos.
Premiemos al que busca la verdad, por más relativa que sea. Al que rechaza la violencia o la condena. Esos, creo yo, tendrán que ser los líderes que elijamos. Vamos a ver si es posible.
No podía dejar de preguntarle por la literatura. Usted cita a Zweig en una frase que dice: “La cosa más importante del mundo es saber ser uno mismo”. Usted dice que esto es muy difícil. ¿Cómo es ser usted mismo?
Yo creo que la construcción de uno mismo es una de las grandes tareas a las que se enfrenta un individuo, desde el punto de vista ciudadano y político, pero también desde el punto de vista íntimo y personal.
Construirse uno mismo implica el descubrimiento de una serie de palabras, de conceptos. Un filósofo norteamericano, Richard Rorty, lo llamaba el “léxico personal”: esas palabras que nos construyen, que nos permiten decir quiénes somos, qué queremos, qué no queremos.
Para mí ahí siempre ha entrado la literatura. Las novelas, la poesía, son espacios donde uno va coleccionando las palabras que permiten nombrar las emociones que nos importan, que permiten construir lo que somos.
Y esto es más importante cuanto más convulsa y difícil sea una sociedad. Entre otras razones, lo que persiguen estos personajes, los plutócratas de la tecnología, es en cierto sentido la anulación del individuo y de la individualidad, la transformación del individuo en un ser gregario que solo responde a la tribu. Y el tribalismo, para mí, es una de las grandes enfermedades de nuestro tiempo.
El título del libro, Esto ha sucedido, sale de La peste, de Albert Camus. Allí la voz narrativa dice que la labor del cronista es decir “esto ha sucedido” cuando sabe que en efecto esto ha sucedido. Y eso que suena tan simple es de las cosas más complicadas que hay hoy, porque hay fuerzas muy poderosas empeñadas en que no veamos lo que ha sucedido, o en decirnos que lo que vemos no es lo que ha sucedido.
Esa es una de las razones por las que publico este libro: para poner sobre la mesa este problema terrible de fuerzas poderosas dedicadas, todos los días, a decirnos que no estamos viendo lo que estamos viendo ni oyendo lo que estamos oyendo. Es una distorsión de la realidad salida directamente de las peores distopías, pero nos está afectando ahora. Y una responsabilidad ciudadana es darnos cuenta de esto.
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