
“La familia elegida son las personas que lo ven a uno y lo quieren exactamente como es”. Esa idea atraviesa Lo primero que se rompió fue el corazón, la nueva novela de Julián Lopera, una historia que comenzó como un cuento sobre un padre y su hija y que, después de ocho años de escritura, se convirtió en una exploración sobre el clóset, la negación de la identidad, el cariño y las familias.
La novela sigue a Ignacio y Valentina, padre e hija cuya relación está atravesada por los silencios, las tristezas y las cosas que no se dicen. Pero alrededor de ellos aparece también la familia Eléctrica, un grupo de mujeres trans que construye, con sus propios códigos, una red de cuidado y pertenencia.
Lopera cuenta que, al ampliar aquella primera versión, comenzaron a aparecer las historias de los personajes, incluido el pasado de Ignacio y las experiencias de las mujeres trans que los rodean. El resultado es un libro que no se detiene en el momento de salir del clóset. Se pregunta, más bien, por algo menos transitado: qué pasa con quienes nunca salen de él y cómo ese silencio alcanza a quienes están cerca.
Muchas novelas LGBT giran en torno a la salida del clóset. La tuya mira a quienes se quedan dentro. ¿Qué le interesaba explorar ahí?
Yo no estoy escribiendo necesariamente un libro sobre la identidad, aunque obviamente tiene que ver con ella. Trataba de seguir la historia de Ignacio y la de Valentina.
He leído muchos libros de personas LGBT que salen del clóset, que superan un montón de obstáculos, a las que la familia no quiere y que luego hacen otra cosa. Es muy bonito, gira mucho alrededor de la superación y de que todo va a mejorar. Pero hay mucha gente que se queda enclosetada. Y esa gente no escribe libros, no es la que está creando arte.
A mí me interesó mucho hacer este ejercicio: cómo se vive ese dolor y ese duelo, y qué impacto tiene en la gente alrededor. Como en este caso es un hombre cis, el impacto recae mucho en las mujeres que lo rodean, tanto cis como trans.
Entonces, la identidad viene a ser la exploración de la gente que de verdad no sale, la que no está escribiendo sus libros.
En la novela, Bogotá tiene un papel muy importante, pero también aparecen experiencias fuera de la ciudad. ¿Qué lugar ocupan estas últimas en el libro?
Hay un mito de un hombre que llega al pueblo usando vestidos. Le pegan, sigue vistiendo estas prendas y, al final, se convierte en un pájaro. Es una mitología que existe dentro del pueblo.
A veces se realzan y se priorizan las maneras de vivir de la ciudad, y es lo que más conozco porque he vivido mucho en ciudades. Esas maneras son más reconocibles porque siento que las hemos apropiado de Estados Unidos o de Europa.
En el libro, por ejemplo, está Felipe, a quien no le importa y anda vestida por la calle en un pueblo del Tolima. También está el momento en que aparecen todos estos maricones en el río: encontraron una manera de crear un espacio para ellas, mucho más invisible que en la ciudad. Traté de abrir esos espacios chiquitos donde la gente encuentra maneras de conectarse.
En la novela, la familia no se limita a los vínculos de sangre. ¿Cómo construye esa idea de familia elegida?
Una cosa que quiero decir es que la familia en Colombia no es papá, mamá e hijos, esa familia tradicional que a veces tratan de proteger. La familia en Colombia es la abuela, la tía, los primos, la "moza", los hijos segundos. Todo eso hace parte de la familia.
Entonces, la familia elegida, en un contexto colombiano, tiene mucho sentido: es gente sin relación de sangre que está involucrada en la vida de uno, y creo que esas estructuras ya existen en la familia biológica colombiana.
En el libro, la familia Eléctrica es la familia escogida. Es la que cría a Valentina porque Ignacio está incapacitado por la depresión. También es la que sostuvo a Ignacio mientras le decía mentiras a Alma, y el mundo donde él podía ser como era.
En últimas, son las personas que lo ven a uno y lo quieren exactamente como es. Esa es parte de la temática del libro, y no es solo queer, es universal: todos queremos que nos amen, todos lo necesitamos y todos tenemos miedo de que las personas más cercanas nos abandonen o no nos quieran. En una narrativa queer está muy marcado porque muchos hemos tenido que irnos de nuestras familias biológicas.
Hay algo que atraviesa estas relaciones y que quizá no sea tan evidente a primera vista...
Hay un montón de cariño en cómo se desarrollan todos estos lazos de familia escogida. Una de las cosas que me parece más bonita es cómo uno puede generar lazos tan profundos con gente con la que no tiene una relación biológica, y el libro lo explora mucho: poder escoger a la gente que está en la vida de uno y qué es el amor incondicional.
Yo crecí con una idea del amor incondicional, pero en realidad es dejar que una persona crezca a full y sea lo que es, y estar presente para amarla y presenciar ese crecimiento.
Con la familia Eléctrica, una de las cosas que más me gustó escribir fue cuando están todas juntas hablando mierda, jugando con el lenguaje, echando chisme y queriéndose de una manera muy íntima, que es legible para ellas. El idioma que usan tiene mucho cariño.
Y lo último: estas estructuras de familia escogida vienen de hace muchos años. No soy la primera persona en escribir sobre esto; mucha gente LGBT lo viene haciendo hace tiempo. La familia escogida me parece un privilegio de ser queer: estas estructuras ya están ahí.
Hablemos de la madre trans que salió de Cuba en 1980…
Cuando tenía una mala relación con mi familia biológica, tuve una madre trans que, a su vez, tuvo madres trans. Mi madre trans era una mujer cubana que salió corriendo de Cuba en 1980, y a ella también la recogieron un maricón y una mujer trans.
Todo esto que cuento son estructuras ancestrales que tenemos como gente LGBT desde hace mucho tiempo, y es muy lindo poder tenerlas. Cuando hablo con otra persona trans, siento inmediatamente un nivel de intimidad y de complicidad, como un “¿qué necesitas? Te voy a ayudar”. Hay una alianza muy linda, un sentir que viene de hace mucho tiempo, y con el libro lo estoy trayendo otra vez a la luz.
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