“Sentí que todo lo que había ganado viviendo lejos de mi familia lo había perdido en muy pocos meses. Entonces me empecé a hacer la pregunta por el clan: ¿cómo es eso de que pertenecemos a un clan y que eso nos define? Entonces, ¿qué es lo que nos diferencia del clan? ¿Y qué es lo que nos une al clan? También, obviamente, ahí estaban las mujeres presentes: mi abuela y mi mamá, que tenían como un pacto de cuidados, y veía que mi abuela lo había tenido con su madre, y así sucesivamente, generacionalmente. Entonces la pregunta empezó por ahí: ¿a qué pertenezco y qué me diferencia de esto? Y, por supuesto, por ese tema estructural de la convivencia y el cuidado”, dijo Juliana Gómez Nieto, autora de “Nuestros dones”, sobre lo que la motivó a escribir este libro, que le permitió ganar el Premio de Novela Inédita del Ministerio de Cultura 2025 y que el Fondo de Cultura Económica publicó hace pocos meses.
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Gómez, quien ya había publicado otros libros, como “Terrorista poética”, “Magnético sur” y “Montañas azules”, logró con “Nuestros dones” una obra que conmueve por los retratos de familia que allí registra, que están impregnados de intimidad, dolor y afirmaciones que quizás a todos nos ha costado alguna vez asumir, pero que son parte de esas costuras que poco se ven y que componen el tejido de los vínculos más sagrados y trascendentales de nuestra vida.
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Leer “Nuestros dones” es transportarse a esas casas que hacen de postales en el Eje Cafetero; es sentir que mientras leemos algunos boleros se escuchan alrededor, y es también sentir cierta tristeza y cierta angustia al descubrir que el fondo de nuestra fragilidad y de nuestros dolores, los propios y los de nuestros seres queridos, pueden ser más hondos de lo que quisiéramos aceptar.
Ya que lo menciona, hablemos del cuidado, porque creo que es uno de los conceptos importantes de la novela.
Lo fui abordando, porque a veces me tocaba quedarme sola cuidando a mi abuela. Entonces ella a veces se caía. El mayor miedo cuando alguien cuida a una persona mayor es que se caiga y se rompa la cadera.
Era un miedo que estaba ahí todo el tiempo, presente. A mí me interesa el tema de los cuidados, porque he trabajado con la agenda regional de género. Entonces sé que es un tema estructural, sé que es un tema que está en debate desde hace algunos años y que el movimiento feminista lo ha posicionado como un asunto central.
Es decir, no podemos hablar de igualdad de género si no hablamos de la distribución de los cuidados. El trabajo del cuidado es no remunerado en la mayoría de los casos, y esto recae especialmente sobre las mujeres.
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Todo está relacionado, porque imagínate que una mujer que cuida no tiene tiempo y, como no tiene tiempo, tampoco tiene trabajo. Entonces tiene pobreza monetaria, pobreza de tiempo, y eso está relacionado con la restricción de todas sus autonomías.
“La infancia de mamá no aparece en las fotos familiares. Las huellas de su historia están en su piel en forma de surcos y arabescos. Algunas son visibles y otras secretas”. Quiero preguntarle por esa forma en la que se muestra el dolor o las cicatrices en el caso de ese personaje.
Había una pregunta cuando empecé a hacer la investigación sobre el archivo. Me di cuenta de que, al venir de una familia de origen campesino, atravesada además por las violencias y por una estructura de empobrecimiento, no había un archivo como tal, como sí existía en la familia por parte de mi papá, donde había fotos y otros elementos gráficos.
Entonces me pregunté: ¿cuál es el archivo de mi familia Específicamente, de mi familia materna. Si fueron desplazados, si eran personas empobrecidas, si eran campesinas. Y lo que encontré fue que el cuerpo también es un archivo, aunque eso lo han dicho grandes teóricos. Entonces pensé: ¿cómo indagar ese cuerpo como lugar de exploración y de archivo? Me di cuenta de que las cicatrices cuentan y narran una historia que tiene que ver con el pasado, con las heridas que nos atraviesan y con nuestra experiencia en la vida.
Para acceder al archivo de mamá estaban sus cicatrices. Cómo habla ella del dolor y cómo cada cicatriz es una historia que la remite a un pasado de su infancia. Estamos llenos de marcas y de signos con los que se pueden hacer memoria. No necesariamente tiene que ser un archivo material.
En el caso de la abuela, estaban las canciones o los secretos para curar, que también son un archivo. Y como dice el libro, tienen una fecha de caducidad secreta. Todos y todas somos archivos vivos que nos vamos a morir y con nosotros se va a perder esa información, porque no está presente a través de la escritura o de otro dispositivo que permita fijarla.
Creo que este libro también fue un intento de recuperar esa tradición oral y esa memoria oral de una familia de mujeres campesinas y volverla literatura.
Hay un momento en el que la narradora se pregunta: “¿Pensó alguien en la memoria de los objetos? ¿Qué dirían estas sillas y estos cuadros si pudieran hablar?”. En su caso, ¿cuál es el objeto que más memoria tendría?
Hace poco apareció una foto de cuando era niña. La tenía una vecina que vivía en mi casa hace 30 años. Me dijo: “Mira, vivía en tu casa y tengo esta foto”. Y en esa foto aparecen mis juguetes de infancia. Me dio un regalo enorme, porque no tenía fotos de mis juguetes, y me acordé de ellos.
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Pero si pienso en un objeto, sería un neceser o algún lugar donde se guardan cosas. A mí me encantan los lugares donde se guardan cosas: los dispensarios, los neceseres, los cajoncitos. Me gusta sacar cosas, meter cosas, mantenerlos vacíos.
“Pienso en el poder como algo abstracto y movedizo, y en que en esta familia todas lo ostentamos y lo ejercemos a través de pequeñas dosis de veneno”. ¿Por qué también le interesó explorar el poder en un hogar?
En ese ejercicio de desidealizar la familia y el clan estaban también todas las violencias implícitas que sentimos. Lo he visto mucho en las mujeres: la frustración de no haber podido tener una vida propia, sino haber tenido que quedarse cuidando. Y la manera de reclamar eso muchas veces aparece a través del resentimiento y de la rabia.
A veces siento que la figura de la mujer dentro de las familias es vista como un bien o un servicio que le pertenece a la familia. Entonces es implícito que se va a quedar cuidando y que ni siquiera puede decidir qué hacer con su vida. Y aunque “elija ese destino”, hay una frustración enorme.
Ese es el conflicto de la narradora. Ella piensa: no quiero cuidar, ese no puede ser mi destino. Aunque me nazca hacerlo, aunque tampoco quiera abandonar a mi mamá y a mi abuela, también podría rebelarme.
Por otro lado, el asunto del poder me interesaba muchísimo, porque siento que su ejercicio es mucho más sutil de lo que creemos. Está relacionado con el lugar que ocupamos en ciertos clanes y en ciertos momentos, pero eso cambia. Es móvil.
Dice la narradora: “Pienso que somos una especie débil”. A lo largo del libro está el tema de la fragilidad flotando constantemente. ¿Qué piensa usted de la fragilidad en la condición humana?
Creo que la fragilidad es lo que más nos hace humanos. Es un regalo y al mismo tiempo una condena. No me imagino la inmortalidad. No me imagino la vida eterna. Tampoco me imagino una vida sin dolor. Me parecería tediosa. Cuando reconocemos la fragilidad entendemos que estamos aquí apenas un momento y que en ese momento deberíamos florecer.
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Obviamente existen condiciones estructurales que hacen que todo sea muy difícil y no siempre es fácil florecer. Pero sí creo que la fragilidad es lo que nos hace humanos y que también es un regalo poder morir. ¿Te imaginas vivir eternamente? La vida está diseñada de una manera perfecta porque envejecemos para querer morirnos. Tal vez si no envejeciéramos no querríamos morir. Y alguien dijo hace poco algo que me gustó mucho. Sergio Blanco, escritor, dramaturgo y director de teatro, dijo: “Los cuerpos saben morir”. Creo que sí estamos diseñados también para aprender a morir.
Hay una frase que me gustó mucho: “Me fastidia la obsesión por el dolor y aún más la manía de escarbar la herida para que no cicatrice, para que siga doliendo”. Hablemos entonces de ese momento en el que el dolor parece convertirse en otra cosa.
Julia es la contraposición a Gema, que es su madre. Gema quiere que le duela, porque al mirar sus cicatrices y recordar el dolor construye una identidad. Eso les da sentido a su pasado y a su vida. Julia no. Julia cree que eso está sobrevalorado. También porque no tiene ese dolor y habla desde la soberbia de quien no ha sido atravesada por él. Pero igual pone de manifiesto que el dolor puede convertirse en un mecanismo de manipulación. A veces creemos que porque alguien sufre o está enfermo ya no puede manipular o mentir. Idealizamos. Y no. Los seres humanos somos complejísimos. Creo que también nos aferramos al dolor como mecanismo de supervivencia. Pero, la pregunta es: ¿quién soy sin él? Eso conecta con otra pregunta que me hicieron sobre si el arte sana. No creo que el arte sane. El arte ronda la herida, la mira, la analiza, trabaja con el dolor.
“No quiero ser como mamá o abuela. No quiero su torpeza, su párkinson, su depresión, su fibromialgia, su trombo, su flacidez y no quiero sus dolores”. Hay una resistencia a repetir la historia de ellas. ¿Por qué aparece de esa manera?
Porque vuelve la pregunta: ¿qué me hace pertenecer y qué me hace diferenciarme del clan? Las familias son asfixiantes. Te dan y te quitan. Hay algo claustrofóbico en ellas, porque estarán ahí toda la vida. Julia representa el ímpetu de la vida frente al declive. Por más que te diga que la fragilidad es lo que nos hace humanos, y que hay que aceptarla, nadie quiere envejecer ni morirse.
Y para terminar, una pregunta que seguramente le han hecho: ¿cuál es su relación con la muerte? Porque uno siente que está presente durante todo el libro.
Tengo una relación absolutamente filial con la muerte y con lo tanatológico. Desde niña escribo sobre eso. Mi primera obra fue sobre el terremoto del Eje Cafetero. Mi primer poema, a los ocho años, también era sobre la muerte. Es algo que me interesa mucho. Me seduce todo lo que tenga que ver con la muerte. Me parece inquietante. Y también me genera un gran alivio.
Soy una persona atravesada por el peso de la existencia y por el peso del dolor. Soy muy sensible. La muerte me parece un antídoto contra el dolor. Y también contra el placer. Al final, la muerte es un regalo de los dioses para los humanos, como digo en el libro. Eso no significa que no sufra con ella.
En estos momentos mi mamá es una paciente oncológica paliativa, con todo lo que eso significa. Entonces me enfrento todos los días a la pregunta por la muerte. Mi abuela fue fundamental para este libro. La entrevisté muchísimo. Ella me decía: “Otra vez usted con esa misma historia”. Y yo le respondía: “Abuela, te voy a convertir en un personaje de la literatura, te lo prometo”.
No podía terminar este libro. Y cuando ella murió entendí que yo no hubiera podido terminar esa historia antes. Era parte del proceso. Ahí aparece ese epígrafe de que no es posible empujar al río. A veces pienso que con las historias pasa lo mismo. Tenemos unas lógicas de producción muy capitalistas: que en un año hay que sacar un libro. Pero las historias tienen sus tiempos. Y eso me parece mágico de la escritura. Hay un punto donde la escritura y la vida se encuentran. Son cosas distintas, pero existe una intersección donde se tocan y ahí ocurre algo muy interesante.
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