Usted ha escrito novelas y cuentos, ha ganado varios premios entre ellos el Premio Pulitzer 2008 por “La maravillosa vida breve de Óscar Wao”. ¿Cuánto lee para escribir? ¿Qué lee mientras escribes?
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Yo soy súper nerd y súper lector. Leo un libro y no quiero hablar de más, pero un libro cada tres días. Si no es una novela es un libro de cuentos. Leo muchísimo. Y si estoy escribiendo una novela, debo haber leído casi 200 libros para poder elaborarla. Algunos relacionados con el tema de la novela, no todos. Es mi manera de “echar leña al fuego”.
¿Recuerda ese momento en el que lo “atrapó” la literatura? Y, ¿cómo fue tomar la decisión de ser escritor?
Yo tengo 55 años. Y cuando era niño, no había competencia de celulares ni de las redes sociales. Si lo puedo decir de una manera, había más tiempo para la lectura. A mí me pasó que llegué a Estados Unidos a los 6 años, tuve muchísimos problemas con el inglés. Somos cinco hermanos y todos ellos aprendieron el inglés inmediatamente. Yo no sé qué me pasó, soy un quedado con los idiomas. Estaba pasando por eso… pero una cosa interesante es que cuando tu lees un libro, nadie comenta tu acento, nadie te puede decir que no estás leyendo bien.
Al principio yo quería entender y dominar el inglés y los libros me ayudaron. Con los libros practiqué sin presión y en esa búsqueda, esas ganas de aprender el idioma para vivir, ahí mismo, los libros fueron como un hechizo, me agarraron y cincuenta años después no me han soltado. Me acuerdo de un libro de Sherlock Holmes que estaba escrito para niños. Yo leí ese libro y ahí mismo, explotó todo, mi cabeza, mi alma, mis ojos… todo. Desde ese momento me enganché con la lectura.
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Hablemos de los silencios en sus textos, en sus personajes...
Soy caribeño y en el Caribe hay más silencio que cultura, hay más silencio que sociedad. Pertenezco a una familia que habla muchísimo y comunica casi nada. Creo que hay mucha gente que se identifica, mucho bla, bla, bla, se habla mucho, pero en realidad no hay comunicación.
Algo que entendí de joven, es que muchas de las verdades, muchas de las cosas más importantes de cualquier momento, se comunicaban por el silencio. Creo que es también que mi mamá viene de una zona de la República Dominicana, Azua, donde la gente es muy distinta. Si vamos a hablar de los estereotipos de un azuano es que no hablan mucho. En la capital todo el mundo habla, mucha bulla, el calor humano y luego las reuniones de familia en Azua, mucho silencio. Eso me marcó.
El bilingüismo, la diáspora, la dominicanidad, la vida... Cuéntenos de ese intento suyo por representar a plenitud la complejidad del mundo lingüístico que habita.
Ahora mismo, tú puedes ver por televisión o en cine que cuando se trata de representar comunidades latinas siempre sale muy cursi. Creo que es muy difícil entender para quien no vive dentro de una comunidad cómo se vive allí, cuál es su actualidad, si tienen fiebre, cuál es la temperatura, la vibra. Yo traté de ser fiel a todos esos aspectos de la cultura que no veía ni en el televisor, ni en el cine, ni en muchos de los libros que leía.
Hubo veces que tuve que buscar estrategias que me ayudaran. Yo trato de mezclar el español, de usar en una oración escrita en inglés, uso estructuras en castellano. Es así, porque hay que entender que en una comunidad como la mía, el inglés y el español viven juntos, están casados, se quieren divorciar todos los días, pelean todos los días, pero siguen de viejos igual, viviendo en la misma casa. Eso siempre me llamó la atención.
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¿Cuáles son esos recuerdos que tiene de su infancia y de los libros en ella? ¿Hay colores, olores o sabores que acompañen esos recuerdos?
Los primeros seis años yo no vi un libro. Me crie en un barrio pobre de Santo Domingo, de la capital. No había libros. El único que creo que me encontré fue la Biblia pero con mucho perdón, a mí de niño no me interesaba para nada, no tenía dibujos, nada de esas cosas.
Fue cuando llegué a EE. UU. que me encontré con los libros. Todavía me acuerdo de la primera vez que fui a una biblioteca. Ellos me explicaron, porque yo no sabía nada, que tenía el privilegio de sacar 3 libros. Pero hay que entender que cuando uno viene de un barrio pobre, tener la posibilidad de sacar libros gratis, sin problema, que te los puedes quedar un par de semanas… para mí eso fue revolucionario. Encima de todo estuvo la fe y la confianza en esa institución: yo me enamoré de la cultura, de los libros. Todavía pienso muchísimo en Enid Blyton, una escritora inglesa, ella escribió muchos libros para niños, recuerdo la colección Los siete secretos, The Secret Seven en inglés, fueron los primeros libros que leí.
¿Cómo elige los libros que lee? ¿Va a la librería? ¿De quién aceptas recomendaciones?
Soy como un tiburón. Como bien sabes, los tiburones se la pasan nadando para sobrevivir. Yo ando en esa búsqueda constante de libros. Siempre estoy “asechando”, mirando lo que las personas leen en el tren, en la calle. Visito bibliotecas, leo periódicos y revistas especializadas. Pero por encima de todo, aquí hay muchas tiendas vintage y mientras muchos buscan ropa y otras cosas, yo en cambio, me meto por las esquinas y busco libros viejos que ya no están en circulación. Donde sea, yo estoy buscando libros.
Además, apenas me levanto, leo de una vez; la gente se cepilla los dientes, yo leo. Y en la noche, leo siempre. No puedo contar las veces que me he despertado con la cara en un libro… ya con babas encima de las páginas lindas… es parte de mi costumbre.
No sé cómo fue. Pasó cuando yo era niño. No recuerdo los elementos de lo que estaba pasando, qué me atrajo primero. Si tuviera que suponer, diría que una niñez muy difícil, con un papá medio dictador, con un ambiente racista, viviendo en una familia pobre, sin control, sin recursos, viviendo con cinco hermanos en un apartamentico con dos habitaciones… uno necesita una manera de escapar… y también yo era, todavía soy, un muchacho sumamente curioso. Quería saber de todo. En esa época no había redes ni internet y si querías conocer el mundo, tenías que leer… y yo estaba loco por conocer el mundo.
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